Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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¡Animo! Soy yo; no teman

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Miércoles después de Epifanía

Textos

† Del evangelio según san Marcos (6, 45-52)

En aquel tiempo, después de la multiplicación de los panes, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se dirigieran a Betsaida, mientras él despedía a la gente. Después de despedirlos, se retiró al monte a orar. Entrada la noche, la barca estaba en medio del lago y Jesús, solo, en tierra. Viendo los trabajos con que avanzaban, pues el viento les era contrario, se dirigió a ellos caminando sobre el agua, poco antes del amanecer, y parecía que iba a pasar de largo.

Al verlo andar sobre el agua, ellos creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían visto y estaban espantados. Pero él les habló enseguida y les dijo: “¡Animo! Soy yo; no teman”. Subió a la barca con ellos y se calmó el viento.

Todos estaban llenos de espanto y es que no habían entendido el episodio de los panes, pues tenían la mente embotada. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Tras la multiplicación de los panes Jesús ordena a sus discípulos partir solos con la barca, mientras él se retira al monte para orar. La oración de intimidad con el Padre no lo aisla, ni eclipsa el cuidado de sus discípulos. Éstos, en efecto, se encuentran en dificultades remando sobre el mar de las pruebas de sus vidas: la noche los sorprende, el viento contrario hace difícil su camino.

Entonces Él va a su encuentro caminando sobre el mar. Jesús no quiere imponérseles con su milagro e « parecía que iba a pasar de largo». Sin embargo, ante su turbación, pues creían ver un “fantasma” se les acercaó, calmó el viento y les dijo: «¡Animo! Soy yo; no teman».

El estupor de los discípulos, unido a la falta de fe en Jesús les hace llenarse de pánico, porque no habían comprendido el signo de los panes ni la identidad misma de su Maestro, corno Mesías e Hijo de Dios. Las perspectivas de Jesús y las de sus discípulos son diversas: «tenían la mente embotada», corno sucedió en otro tiempo, cuando Israel atravesaba el desierto.

Los discípulos reconocieron al Maestro cuando escucharon su palabra que les hacia entender que lo que veían no era una visión de ultratumba sino una manifestación de Dios para que acabaran de entender en medio de sus incertudiumbres y miedos.

Si el discípulo no está familiarizado con la Palabra del Maestro no lo reconocerá cuando en medio de la prueba salga a su encuentro para sostenerlo.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 2, 177.

Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo: “Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo…”

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Octava de Navidad

29 de diciembre

Textos

+ Del evangelio según san Lucas (2, 22-35)

Transcurrido el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley: Todo primogénito varón será consagrado al Señor, y también para ofrecer, como dice la ley, un par de tórtolas o dos pichones.

Vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en él moraba el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu, fue al templo, y cuando José y María entraban con el niño Jesús para cumplir con lo prescrito por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo: “Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me habías prometido, porque mis ojos han visto a tu Salvador, al que has preparado para bien de todos los pueblos, luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel”.

El padre y la madre del niño estaban admirados de semejantes palabras. Simeón los bendijo, y a María, la madre de Jesús, le anunció: “Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma”. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

¿Cuáles el camino para conocer a Dios y morar en él? El Apóstol, después de haber presentado el criterio negativo de la comunión: «No pecar»), expone el positivo, que consiste en la observancia de los mandamientos y, entre estos, el del amor a Dios y a los hermanos. Para el cristianismo, pues, el conocimiento de Dios comporta exigencias de vida que han de ser observadas. Por el contrario, la filosofía religiosa popular del tiempo, llamada “gnosis”, sostenía que la salvación del hombre se obtiene a través del conocímiento de Dios, única cosa que permite alcanzar el verdadero objetivo de la vida humana, esto es, la liberación del mundo visible. En oposición a esta doctrina, que excluía el pecado y la existencia de toda moral, Juan afirma que el auténtico conocimiento de Dios debe estar avalado por la observancia de sus mandamientos. Porque, el que cumple «su palabra»  experimenta el amor de Dios y mora en Él, porque vive como ha vivido Jesús y tiene dentro de sí una realidad interior que lo impulsa a imitar a Cristo, cuyo ejemplo de vida ha sido justamente el amor.

Este mandamiento del amor, además, es nuevo y antiguo al mismo tiempo: «nuevo», porque ha sido la enseñanza recibida desde el principio del anuncio cristiano. Entonces, el auténtico criterio de discernimiento del espíritu de Dios reside en la práctica del amor fraterno porque no se puede estar en la luz de Dios y después odiar al propio hermano. Para el Apóstol el que ama vive en la luz, el que odia vive en las tinieblas.

La escena de la presentación de Jesús en el templo de Jerusalén sugiere el trasfondo teológico de este fragmento: la antigua alianza cede el puesto a la nueva, reconociendo en Jesús-Niño al Mesías doliente y al Salvador universal de los pueblos. El relato, ambientado en el templo, lugar de la presencia de Dios y de la revelación profética es rico en referencias bíblicas y consta de dos partes: la presentación de la escena y la profecía de Simeón.

María y José, obedientes a la ley hebraica, entran en el templo como sencillos miembros pobres del pueblo de Dios para ofrecer su primogénito al Señor y para la purificación de la madre. Confianza y abandono en Dios cualifican esta ofrenda de Jesús-Niño, anticipo de la verdadera ofrenda del Hijo al Padre que se cumplirá en el Calvario. Pero el centro de la escena está constituido por la profecía de Simeón «hombre justo y piadoso de Dios, que esperaba el consuelo de Israel». Guiado por el Espíritu va al templo y, reconociendo en Jesús al Mesías esperado, estalla en un saludo festivo unido a una confesión de fe: las antiguas «promesas» se han cumplido; él ha visto al Salvador, gloria del pueblo de Israel, luz y salvación para todas las gentes; ahora su fin está marcado por el triunfo de la vida. Pero esta luz del Mesías tendrá el reflejo del dolor, porque Jesús será «signo de contradicción»  y la misma Madre será implicada en el destino de sufrimiento del Hijo.

Simeón acepta la revelación de Dios en el infante que llevan María y José a presentar al templo. Varón justo que acata la forma como Dios ha querido manifestarse para transformar la historia; Los ojos de Simeón, ajeno a falsos deseos o expectativas mesiánicas, han visto al Salvador, donde todos ven sólo un niño pobre en brazos de sus padres. Nos hace falta la fe de Simeón, para vislumbrar con esperanza la fidelidad de Dios en los más pequeños y vulnerables de la comunidad.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 2, 91-94.

Encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre

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25 de diciembre

La Natividad del Señor

Textos

+ Lectura del santo Evangelio según san Lucas (2, 1-14)

Por aquellos días, se promulgó un edicto de César Augusto, que ordenaba un censo de todo el imperio. Este primer censo se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a empadronarse, cada uno en su propia ciudad; así es que también José, perteneciente a la casa y familia de David, se dirigió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, llamada Belén, para empadronarse, juntamente con María, su esposa, que estaba encinta.

Mientras estaban ahí, le llegó a María el tiempo de dar a luz y tuvo a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada.

En aquella región había unos pastores que pasaban la noche en el campo, vigilando por turno sus rebaños. Un ángel del Señor se les apareció y la gloria de Dios los envolvió con su luz y se llenaron de temor.

El ángel les dijo: “No teman. Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto les servirá de señal: encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”.

De pronto se le unió al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “¡Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!” Palabra del Señor.

Audio

Voz: Marco Antonio Reyes Fernández

Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Lucas es el evangelista que narra el nacimiento de Jesús; su relato gira entorno al mensaje central: el salvador prometido por Dios está presente aquí y ahora, su venida se ubica en la historia y tiene significado para ella. 

Jesús entra en la historia universal

José y María viajan a Belén presionados por el edicto del emperador romano Augusto; de esa manera, y por una providencia histórica, el nacimiento de Jesús se realiza en la ciudad de David, lo que inmediatamente lleva a pensar en el cumplimiento de la promesa mesiánica.

La mención de personas como el emperador Augusto, el gobernador Quirino y de eventos conocidos por todos, como el censo, el viaje a la ciudad de origen, indican que el Mesías vino al mundo en un momento concreto de la historia universal. Así confluyen la historia humana y la historia de la salvación. Sin embargo, la referencia al contexto histórico preciso no es circunstancial; el evangelista establece un contraste que el lector del evangelio debe desentrañar e interpretar.

El emperador Augusto, mencionado al inicio de la narración es el dominador del mundo, el que tiene sometida políticamente a Palestina; a él se le han dado los títulos de “príncipe de la paz”, “salvador del pueblo”, “garante del orden y bienestar”. En el evangelio de Lucas los títulos que el recién nacido recibe el día de su nacimiento son: Salvador, Mesías, Señor, portador de la paz. No es una coincidencia que sean los mismos del emperador. De entrada el evangelio hace una opción, señalando a quien reconoce como rey y señor.

Jesús nace en la humildad

El evangelista se preocupa por describir las circunstancias del nacimiento. Jesús comienza su camino en la tierra en debilidad y pobreza. El alumbramiento se da en las condiciones más precarias: María y José son pobres, se las arreglan como pueden e improvisan una cuna. Estaban en una casa en la que no encontraron lugar para hospedarse y se vieron obligados a pernoctar en donde se resguardan los animales; la cuna del niño será el pesebre donde estos comen.

Jesús nace sin tener un lugar digno para reclinar su cabeza, sólo tiene a su madre quien lo cuida y lo protege: «lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre». Lucas se detiene en esta escena y subraya los gestos del amor maternal de María, que se convertirán en señal para reconocer al Mesías.

El anuncio del nacimiento

El nacimiento de Jesús es anunciado con solemnidad. El esplendor de la luz de la gloria celestial envuelve la noche se escucha el pregón del Ángel; los destinatarios de su anuncio son los pastores, que representan al mundo pobre y marginado. El Ángel los invita a la alegría desbordante y anuncia que se trata del nacimiento de Jesús, quien es el “Salvador”, “Mesías” y “Señor”. Esa es la gran dignidad del recién nacido.

Jesús es el Salvador.  Es un título que sólo encontramos en este evangelio. Quiere decir que la obra que Jesús viene a realizar tiene como resultado la “salvación”. Ser salvador es en el antiguo testamento un atributo de Dios, aunque también se denominaba así a otros personajes tales como dioses, filósofos, estadistas y reyes. Jesús se distingue claramente de los mal llamados “salvadores” de su época y realiza plenamente el atributo de Dios. Con este título reconocemos a Jesús como liberador que rescata a los seres humanos del mal, sea físico, político, cósmico o moral.

Jesús es el Mesías (Cristo). Quiere decir que Jesús es el “ungido” de Dios que se dedica al servicio, la protección y la liberación del pueblo. Como tal, es el esperado. En tiempos de Jesús los distintos grupos religiosos se imaginaban al Mesías de manera distinta: unos lo esperaban como “rey” semejante a David, otros como un “sacerdote”, otros como sacerdote y rey al mismo tiempo. Por es el título era ambiguo. Sólo después de su muerte se va a clarificar el significado de este título: «Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras…» (1 Cor 15,3)

En el evangelio, san Lucas nos mostrará como el mismo Jesús va dejando conocer poco a poco que Él es el Mesías sufriente, que va a la gloria pasando por la muerte. Sus seguidores se van a identificar de tal manera que tomarán su mismo título: «cristianos» (Hech 11,26)

Jesús es el Señor. El nombre más común de Dios en el antiguo testamento, Yahvé fue traducido al griego como “Kyrios” que en español se dice “Señor”. Por eso llamar a Jesús Señor es equipararlo a Yahvé. Sin embargo, ni él mismo ni los primeros cristianos lo confundieron con el Abbá-Padre. En el mundo grecorromano en el que fue proclamado el evangelio, este titulo se le aplicaba al emperador y a otros grandes personajes divinizados. En los escritos de san Lucas el título de “Señor” es el que mejor expresa la dignidad de Jesús como resucitado. 

El pregón del nacimiento

Es himno cantado por los ángeles que proclama el significado de este nacimiento tanto para Dios como para la humanidad.

El nacimiento de Jesús da gloria a Dios. La venida de Jesús es una iniciativa del amor misericordioso del Señor por medio de ella Dios se glorifica a si mismo dándose a conocer como Dios salvador.

El nacimiento de Jesús trae “paz a los hombres”. La paz es el regalo de Dios para la humanidad: a través de Jesús, Dios concede su paz a todos los hombres. Se trata de una paz que se fundamenta en la “complacencia”, en el amor de Dios.

En contraposición con el engaño del emperador Augusto, que ofrecía una paz basada en el dominio militar, Jesús viene como verdadero príncipe de la paz y quien lo recibe en su humildad de niño en el pesebre, recibe por medio de Él el amor definitivo y total de Dios que transforma completamente la vida y la hace don para los demás, fermento de justicia en la comunidad y en el mundo entero.

Conclusión

El evangelio parece invitarnos a incluirnos en la escena que contemplamos, a alegrarnos con el nacimiento del Niño Jesús que con su presencia nos dice que somos amados tal cual somos, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras debilidades. Nos hace pregoneros como los pastores del gran anuncio:  «hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un salvador, que es el Mesías, el Señor».


[1] Oñoro, F. , Dios en la fragilidad y pequeñez de un recién nacido: Lucas 2, 1-14. CEBIPAL/CELAM.