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¿Por qué no se ha vendido ese perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?

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Unción de BetaniaLunes de Semana Santa

Textos

† Del evangelio según san Juan (12, 1-11)

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos.

Allí le ofrecieron una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa.

María tomó entonces una libra de perfume de nardo auténtico, muy costoso, le ungió a Jesús los pies con él y se los enjugó con su cabellera, y la casa se llenó con la fragancia del perfume.

Entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que iba a entregar a Jesús, exclamó: “¿Por qué no se ha vendido ese perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?” Esto lo dijo, no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa, robaba lo que echaban en ella.

Entonces dijo Jesús: “Déjala.

Esto lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán”.

Mientras tanto, la multitud de judíos, que se enteró de que Jesús estaba allí, acudió, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien el Señor había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes deliberaban para matar a Lázaro, porque a causa de él, muchos judíos se separaban y creían en Jesús. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio de Juan abre el relato de la Pasión con la narración de la cena en Betania, en casa de Marta, María y Lázaro, una familia muy querida por Jesús. En estos días de dura lucha con los fariseos y los sacerdotes, la casa de esos amigos se había convierte para él en un lugar de reposo y de distensión.

Al igual que para nosotros, faltan tan solo seis días para la Pascua, y Jesús se encuentra nuevamente cenando con ellos. Está también Lázaro, a quien Jesús ha devuelto la vida hace poco. En un cierto momento de la cena, María se levanta, se acerca a Jesús, se arrodilla a sus pies, los unge con un ungüento y luego los seca con sus cabellos. La casa se llena de perfume. Es un gesto de amor que perfuma de forma gratuita.

María no calcula en absoluto el eventual «derroche». Para ella cuenta el amor de ese profeta que le ha devuelto a su hermano, y que ama su casa con tanta ternura. El pensamiento de Judas es muy distinto: para él aquel gesto tan lleno de amor es un derroche inútil. La avidez le ciega.

Jesús responde inmediatamente a Judas y le dice: «Déjala». Quiere que María continúe su gesto de amor: aquel ungüento anticipa el óleo con el que su cuerpo será ungido antes de la sepultura. En efecto, dentro de poco empieza su «vía crucis», hasta la muerte. De entre todos ellos solo María ha comprendido que Jesús va a ser condenado a muerte, y por eso necesita un cariño y una cercanía especiales. Esta mujer, que se deja arrastrar por el amor de Jesús, nos enseña cómo estar junto a él en estos días, y cómo estar junto a los débiles y los enfermos a lo largo de todos sus días, especialmente junto a los ancianos, sobre todo cuando su cuerpo se debilita y necesita cuidados con ternura.

En ese gesto tan tierno y lleno de amor, un amor que se construye también a base de gestos simples y concretos, se simboliza el camino de la salvación: estando junto a los pobres, los débiles, los ancianos, estamos junto al mismo Jesús. Es en este sentido que Jesús dice: «a los pobres los tendrán siempre con ustedes».

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 152-153.

Le ungió a Jesús los pies… y se los enjugó

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Unción de Betania Lunes de Semana Santa

Textos

† Del evangelio según san Juan (12, 1-11)

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos.

Allí le ofrecieron una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa.

María tomó entonces una libra de perfume de nardo auténtico, muy costoso, le ungió a Jesús los pies con él y se los enjugó con su cabellera, y la casa se llenó con la fragancia del perfume.

Entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que iba a entregar a Jesús, exclamó: “¿Por qué no se ha vendido ese perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?” Esto lo dijo, no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa, robaba lo que echaban en ella.

Entonces dijo Jesús: “Déjala.

Esto lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán”.

Mientras tanto, la multitud de judíos, que se enteró de que Jesús estaba allí, acudió, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien el Señor había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes deliberaban para matar a Lázaro, porque a causa de él, muchos judíos se separaban y creían en Jesús. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El lunes de la Semana Santa, el Evangelio de Juan abre el relato de la Pasión con la cena en Betania, en casa de Marta, María y Lázaro, una familia muy querida por Jesús. En esos días de dura lucha con los fariseos y los sacerdotes la casa de esos amigos se había convertido para él en un lugar de reposo y distensión. Faltaban sólo seis días para la Pascua, y Jesús se encontraba nuevamente cenando con ellos. Estaba también Lázaro, a quien Jesús había devuelto hacia poco la vida.

En un cierto momento de la cena María se levanta, se acerca a Jesús, se arrodilla a sus pies, los unge con un ungüento y después los seca con sus cabellos. La casa se llena de perfume. El gesto puede ser un signo de afectuosa gratitud por el don de la vida hecho a su hermano. En cualquier caso es un gesto lleno de amor que perfuma con el olor de la gratuidad. María no calcula en absoluto el «derroche»; para ella cuenta el amor por ese profeta que le había devuelto a su hermano, y que amaba su casa tan tiernamente.

No piensa lo mismo Judas: para él aquel gesto tan lleno de amor es en realidad un derroche inútil. En realidad el evangelista señala que no le interesaban los pobres sino el dinero, o mejor dicho, su propio beneficio. La avidez por poseer para sí mismo le había cegado. Jesús responde inmediatamente a Judas y dice: «Déjala». Quiere que María continúe su gesto de amor; el ungüento anticipaba el óleo con el que su cuerpo sería ungido antes de su sepultura. Y añade Jesús:« Porque pobres siempre tendréis con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis». En efecto, dentro de poco empezaría su «vía crucis», hasta la muerte.

María es la única de entre todos ellos que había comprendido que Jesús iba a ser condenado a muerte, y por eso necesitaba un cariño y una cercanía especiales, como requiere todo moribundo. Esta mujer. que se había dejado arrastrar por el amor de Jesús, nos enseña cómo estar Junto a este extraordinario Maestro en estos días y como, estar cerca de los débiles y los enfermos a lo largo de todos sus días.

En especial Junto a los ancianos, sobre todo cuando su cuerpo se debilita y necesita cuidados, incluso con «ungüentos». En ese gesto tan tierno y lleno de amor, hecho a base de gestos simples y concretos, se simboliza el camino de la salvación: estando junto a los pobres, los débiles, los ancianos, estamos junto al mismo Jesús. Es en este sentido que Jesús dice: «a los pobres los tendrán siempre con ustedes». Ellos podrían decirnos cuánto necesitan el ungüento de la amistad y del cariño. Dichosos nosotros -y ellos- si tenemos la ternura y la audacia de María.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 149-150.