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Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo

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ascension-2La Ascensión del Señor

Ciclo A

Textos 

† Del evangelio según San Mateo (28, 16-20)

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado.

Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.

Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

Al iniciar su evangelio, Mateo nos presentó a Jesús, como el Emmanuel, el Dios con nosotros; al concluir lo presenta diciendo “Yo estaré con Ustedes”. En Jesús Dios, siempre fiel, se hace visible a nuestros ojos.

Al volver al Padre, Jesús no nos abandona, sino que congrega a todos los pueblos como familia de Dios, nos ayuda, nos promete estar con nosotros para que podamos cumplir la tarea de enseñar el evangelio a todas las naciones de la tierra en nombre de quien tiene todo el poder y está con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Así, el señorío de Cristo se extiende en el tiempo y en el espacio. De esta manera la Ascensión de Jesús no es ausencia del mundo, sino otra manera de estar presente en él. Jesús es para siempre Dios con nosotros.

El Texto

El texto que leemos este día tiene algunas particularidades. Se compone de dos partes, una narrativa: vv. 16-18 y otra discursiva: vv. 18-20.

La primera, cuenta en pocas palabras el único encuentro de Jesús resucitado con su comunidad; es un momento solemne en el que convergen los acontecimientos pascuales, de él se había hablado en la Última Cena y en la mañana del día de la Resurrección.

La segunda. En cinco versículos se repite cuatro veces la palabra «todo»: todo poder, todas las gentes, todo lo que Jesús enseñó y todos los días.  El acento del texto recae sobre esta parte discursiva, en la que Jesús: declara su victoria definitiva sobre el mal y la muerte, confiere a los discípulos un mandato y les hace la promesa de su asistencia continua; todo esto, tendrá valor hasta el fin del mundo.

Parte Narrativa: El encuentro del Resucitado con sus discípulos

Este encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos nos lleva al inicio del evangelio, cuando, a la orilla del lago, comienza el discipulado. Los discípulos han recorrido un largo camino con Jesús, su relación con Él se fue estrechando conforme el Maestro los insertaba en su ministerio y los hacía los primeros destinatarios de su obra.

Ahora, los discípulos van a Galilea y allí a una montaña. Es el escenario en el que todo inició, la Galilea de los gentiles, destinada por Dios como campo misión de Jesús. Allí fueron llamados, allí fueron testigos de la misericordia de Jesús con enfermos y pecadores. La Montaña recuerda a Moisés y el sermón de las bienaventuranzas: la ley esencial de la vida cristiana que configura la existencia según la justicia del Reino.

En ese contexto, Jesús resucitado se aparece a los discípulos, se relaciona con ellos como lo hacía antes y les dice ahora lo que determinará en el futuro la relación con ellos. Lo que Jesús les dice será determinante y así permanecer “hasta el fin del mundo“, hasta cuando venga por segunda vez con la plenitud de su poder y su definitiva revelación.

Los que se reunieron en Galilea tenían una herida producida por la traición de Judas. Todos fueron probados en su fidelidad y enfrentados a su propia fragilidad: además de la traición de Judas, Pedro lo negó tres veces y todos los abandonaron. Jesús sana la herida, a pesar de la fragilidad y las fallas, los llama, cumpliendo su promesa, pues en repetidas ocasiones les había dicho: “me les adelantaré a Galilea”, “En Galilea me verán”, “Vayan a Galilea”.

Los discípulos llegan a Galilea con la herida de la deslealtad, pero la confianza del Maestro es mayor que la fragilidad de sus discípulos. Después de la historia dolorosa de traición, negación y abandono, Jesús no reclama, por el contrario, los convoca.

El texto que leemos lo dice: «se postraron, aunque algunos titubeaban» La primera reacción es arrojarse por tierra en gesto de adoración, lo que nos recuerda a los magos de oriente y gestos similares que encontramos en el evangelio. En este momento cumbre, los discípulos reconocen a Jesús resucitado como el Señor. Pero, lo anota el evangelista, algunos dudan. Reconocimiento y duda van de la mano.

Parte discursiva: Las Palabras de Jesús.

En esta sección distinguimos tres partes: el anuncio del señorío del Resucitado, el envío misionero de sus discípulos y la promesa de su permanencia en medio de ellos.

El Señorío de Jesús

Al postrarse, los discípulos reconocen que Jesús es el Señor. Desde el inicio del evangelio el mensaje de Jesús se refirió a este “poder” cuando anunció la cercanía del “Reino de los Cielos”. A lo largo de su ministerio Jesús ofreció los dones de este Reino.

La obra de Jesús fue experimentada como una “obra con poder”. Con este poder venció a Satanás y levantó al hombre postrado en sus sufrimientos y marginaciones. Ahora, culminado su ministerio, el Resucitado se revela a sus discípulos como el que posee toda autoridad, es decir, un poder absoluto, sobre todo.

Una vez que ha vencido al mal para siempre mediante su Cruz, Jesús se presenta vivo y victorioso ante sus discípulos: el Señor del cielo y de la tierra y desde esta posición les confía la misión y les promete asistencia continua y poderosa.

El envío misionero de los discípulos

Con la autoridad suprema de Jesús sobre el cielo y la tierra, los discípulos son enviados a la misión.

La tarea es hacer discípulos: Por medio de ellos el Señor convoca a la humanidad a la comunión con Él. Hasta ahora ellos han sido los únicos discípulos; ahora deben entregar a otros lo que aprendieron e iniciarles en el “seguimiento”. Así como Jesús los llamó y los hizo pescadores de hombres, ellos deben atraer a otros para seguir a Jesús, es decir, para configurar el propio proyecto de vida conforme los valores del Reino entablando una relación cercana con la persona de Jesús, entrando en comunión de vida con Él. El discipulado supone la docilidad, es decir, aceptar que Jesús es quien orienta el camino de la vida, determina su forma y orientación.

El discipulado implica el abandono completamente en Jesús, porque sólo Él conoce el camino y la meta y nos conduce con firmeza y seguridad hacia ella. Este camino y esta meta se revelan en el evangelio. La esencia de la misión es conducir a la humanidad a la persona del Señor, a su seguimiento. De la misma manera como Jesús los llamó, sin forzarlos, sino seduciendo su corazón, apelando a la libre decisión de cada uno. Es así como ellos deben hacer discípulos a todos los pueblos de la tierra.

Los destinatarios son todos los pueblos de la tierra. Dado que Dios ha puesto en sus manos el mundo entero y que es superior al tiempo y al espacio, Jesús envía a sus discípulos a todos los pueblos de la tierra. Inicialmente la tarea apostólica se limitaba a “las ovejas perdidas de Israel”. Ahora la misión no tiene restricciones, se dirige a todos los hombres, en todas las dimensiones de su existencia.

La finalidad: insertar a los nuevos discípulos en la familia de Dios. Esto, por el bautismo: “bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo“. En el bautismo se realiza la plena acogida de los discípulos de Jesús en el ámbito de la salvación y en su nueva familia. El Bautismo presupone el anuncio de la verdad de Dios y la fe en Él.

El nombre de Dios está puesto en relación con el conocimiento de Él. En el evangelio es evidente que Dios manifiesta su amor para que nosotros podamos conocerlo y así entrar en relación con Él. Es a través de Jesús que Dios ha sido conocido como Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Jesús predicó sobre Dios de una manera que no se conocía en el Antiguo Testamento. Allí se conocía a Dios en cuanto creador del cielo y de la tierra, pero al mismo tiempo se afirmó la gran distancia entre el Creador y su creatura. Jesús anuncio que Dios no está solo, sino que vive en comunión. Frente al Padre está el Hijo, ambos están unidos entre sí, se conocen, se comprenden y se aman recíprocamente, en la plenitud y perfección divina por medio del Espíritu Santo. Los discípulos deben bautizar en el “nombre” de este Dios, que así fue anunciado y creído.

El Bautismo nos sumerge en el ámbito de lo divino, nos pone bajo la protección y poder de Dios, nos posibilita la comunión con Él, nos hace hijos del Padre, quien está unido con un gran amor a su Hijo, nos hace hermanos y hermanas del Hijo, que con todo lo que Él es, está ante el Padre, nos da el Espíritu Santo, quien nos une al Padre y al Hijo, nos abre a su benéfico influjo y nos hace vivir la comunión con ellos.

Si el bautismo no introduce en la vida de Jesús, esta vida es comunión con el Padre en el Espíritu Santo. El bautismo sella nuestra acogida en esta comunión.

El discipulado implica un nuevo estilo de vida. La comunión con este Dios, determinada por el seguimiento y sellada por el bautismo, les exige a los discípulos un estilo de vida que corresponda a este don. Jesús instruyó a sus discípulos, de tal manera que hay una gran continuidad entre su misión y la de los apóstoles. Lo que recibieron los discípulos en los cinco grandes discursos de Jesús, desde el sermón del Monte hasta el del Juicio Final, deben transmitirlo a los nuevos discípulos, no son enseñanzas opcionales. Jesús dio testimonio de como se vive conforme a la voluntad de Dios. Ahora los discípulos deben educar a los que son llamado a llevar una vida recta. En pocas palabras: todo lo que los discípulos recibieron del Maestro debe ser transmitido en la misión.

Jesús resucitado nos hace entender el significado de “Dios con nosotros”

El texto que leemos dice que Jesús estará con sus discípulos hasta el fin del mundo. Durante su ministerio terreno, la relación de Jesús con sus discípulos estuvo caracterizada por su presencia visible en medio de ellos. A partir de la Pascua, esta presencia no termina, será distinta.

Jesús utiliza la conocida expresión bíblica: “El Señor está contigo” que aseguraba a una persona que tenía una misión particular que Dios le asistiría con poder y eficacia en su tarea. Con esto se quería decir que Dios no abandona al hombre a sus propias fuerzas, sino que la tarea que Dios encomienda, va acompañada de su presencia y ayuda.

Jesús habla con la potestad divina, asegurando su presencia y su ayuda a la Iglesia misionera. El que fue presentado como el “Emmanuel”, es decir, el “Dios con nosotros”, muestra ahora la verdad de esta expresión: Dios es fiel, y su fidelidad se manifiesta viviente en Jesús.

La celebración de la Ascensión nos pone ante las palabras de Jesús, quien, con todo el poder, determina el futuro de sus discípulos: Él, ha no estará visible para ellos, pero si estará presente en medio de los suyos “hasta el fin del mundo”, hasta que se realice de manera definitiva la comunión de vida con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

 

[1] F. Oñoro, Exaltado al cielo, el Resucitado permanece con nosotros. Lectio Mateo 28, 16-20, CEBIPAL/CELAM.

Ustedes son testigos de esto

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La Ascensión del Señor

Textos

† Del evangelio según san Lucas (24, 46-53)

En aquel tiempo, Jesús se apareció a sus discípulos y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto. Ahora yo les voy a enviar al que mi Padre les prometió.

Permanezcan, pues, en la ciudad, hasta que reciban la fuerza de lo alto”.

Después salió con ellos fuera de la ciudad, hacia un lugar cercano a Betania; levantando las manos, los bendijo, y mientras los bendecía, se fue apartando de ellos y elevándose al cielo. Ellos, después de adorarlo, regresaron a Jerusalén, llenos de gozo, y permanecían constantemente en el templo, alabando a Dios. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo celebramos la Ascensión de Jesús. La obra de Jesús en el mundo llega a su culmen; la obra que comenzó en el corazón de Dios Padre, encuentra en Él su realización definitiva.

De modo popular y sencillo, en las primeras páginas de la Biblia, se afirma que la morada de Dios está en lo alto, en el cielo, y que la de los hombres es la tierra. Por eso Dios «baja» del cielo y «sube» a dicha morada.

Jesús, con su Ascensión al cielo, confirma que su vida, que no siempre comprendemos ni aceptamos, obedece al proyecto de Dios, quien da la razón a Jesús; ratifica su vida, su camino histórico y sus opciones.

Por su parte, los discípulos ante el regreso de Jesús al Padre, tienen una doble tentación: volver la pasado o quedarse contemplando el cielo, fugándose de la realidad. Tendrán que superar estas tentaciones para enfrentar la misión que les confía Jesús: ser testigos de su muerte y resurrección, anunciándola. en su nombre, a todas las naciones.

Sin embargo, el proceso de fe de los discípulos es muy lento; en la escena paralela a la que contemplamos hoy, que se encuentra en el libro de los Hechos de los Apóstoles, los discípulos preguntan a Jesús: «¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?» (1,6); siguen pensando en un Mesías triunfal y político. No ven ni conciben otra forma de salvación y liberación. Son duros de cabeza y Jesús lo sabe, la realización de la misión supera sus fuerzas, por ello, les asegura el don del Espíritu Santo pero antes les hace testigos de su regreso al Padre.

El contexto

Con el pasaje que contemplamos concluye el gran día pascual. Desde la mañana de la Resurrección, Jesús, al encontrarse con sus discípulos, fue dejando claros los elementos esenciales del mensaje pascual: El Crucificado no está entre los muertos, ha resucitado, se apareció a Simón y a los demás discípulos, que lo reconocieron en la fracción del pan.

En distintas experiencias, Jesús fue convenciendo a sus discípulos de la realidad de su resurrección y los preparó para su misión futura. Ahora, en el momento de la despedida, con palabras y con el gesto de la bendición, se retoma todo lo esencial. Los últimos instantes son inolvidables.

Jesús ya no estará presente en medio de sus discípulos en forma visible sino que continuará haciéndose presente en sus caminos; se hará presente en sus cenas, su voz se hará sentir en la interpretación de las Santas Escrituras que en Él han alcanzado la plenitud. Pero de todas maneras el Maestro sigue su camino hacia el cielo.

Para apropiarnos mejor el contenido de este pasaje, nos ayuda distinguir cuatro partes: la entrega a los discípulos del mensaje -kerigma- del que son portadores y testigos; la promesa del Padre, la exaltación de Jesús al cielo y el epílogo.

Entrega a los discípulos del mensaje del que son portadores y testigos

Se trata del kerigma, es el núcleo de la predicación cristiana en los tiempos apostólicos; es un mensaje que tiene la fuerza suficiente para transformar todo y a todos, es anunciado por personas que así lo han experimentado.

El mensaje es este: «Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto» Veamos cinco elementos de este mensaje.

Se anuncia la muerte y resurrección de Jesús. Los discípulos son constituidos mensajeros de un acontecimiento del que han sido testigos y que se propone como camino que todo hombre puede recorrer haciendo el itinerario de la conversión.

El mensaje no se proclamará en nombre propio, sino en nombre de Jesús, a partir de todo lo que se manifestó a través de su obra y de todo su camino hasta la Cruz y la Resurrección.

Se anuncia también la eficacia del perdón. En el camino que lleva a los hombres a Dios, se hace sentir, sobre el pecado del hombre, el poder de la muerte y resurrección de Jesús, que le alcanzan el perdón.

El anuncio del mensaje es universal; desde Jerusalén irradia para todas las naciones. Mediante el perdón de los pecados, Jesús atrae a todos los hombres a la comunión con Dios y a generar –desde la Alianza con Él- el proyecto de fraternidad y solidaridad que le da una nueva orientación al mundo. Comenzando por Jerusalén todos son atraídos para este proyecto comunitario. Nadie podrá ser excluido del anuncio.

Los discípulos no son sólo mensajeros, ante todo son testigos. La credibilidad del mensaje requiere de testigos; por eso Jesús Resucitado constituye a sus discípulos, en testigos cualificados. Precisamente en el encuentro con Él y su regreso a los cielos se completa la serie de acontecimientos que deben testificar.

El mensaje cristiano no se fundamenta en especulaciones, en ideas u opiniones personales, sino en acontecimientos históricamente documentados y en las instrucciones que dio el mismo Jesús, las cuales quedaron grabadas en la memoria de las primeras comunidades.

El testimonio solamente puede provenir de quien ha hecho el camino con Jesús y de quién habiendo comprendido su obra, también puso su mirada en su destino. Se trata de testigos que han abierto los ojos y han visto en medio de la oscuridad de la Cruz el camino que conduce a la gloria del Padre. Los evangelizadores serán, entonces, ante todo testigos: testigos dignos de confianza y auténticos servidores de la Palabra. Su testimonio tendrá que llegar hasta los confines del mundo.

La promesa del Padre

 Retoma Jesús algo que ya había dicho a sus discípulos al despedirse de ellos en la última Cena: la promesa del Padre: «Ahora yo les voy a enviar al que mi Padre les prometió. Permanezcan, pues, en la ciudad, hasta que reciban la fuerza de lo alto».

Aunque el texto no refiere explícitamente que se trate del Espíritu Santo, no hay razón para pensar lo contrario. Tampoco sabemos cuando se hizo esta promesa; en un pasaje de Lucas tenemos la promesa que hizo Jesús a sus discípulos de que el Espíritu los asistiría en los momentos de dificultad en la misión (cf. Lc 12,12).

El punto central en esta parte del texto es que los discípulos no estarán en capacidad de llevar adelante la misión, la inmensa tarea de la evangelización que hace presente el “perdón”, si no «reciben la fuerza de lo alto», así como sucedió con Jesús. Este “poder” es la fuerza del Espíritu Santo que ungió a Jesús y lo impulsó en el combate con Satán y en su misión de misericordia.

El Espíritu Santo fortalecerá y habilitará a los evangelizadores para que anuncien con valentía, convicción y fidelidad la obra de la muerte y resurrección de Jesús, en la cual se alcanza el perdón de los pecados. El Espíritu “dota” de fuerza y “sostiene” la valentía y la convicción con que se da el testimonio.

La exaltación de Jesús al cielo

Antes de volver al Padre, Jesús realiza dos acciones sobre sus discípulos. «Después salió con ellos fuera de la ciudad, hacia un lugar cercano a Betania; levantando las manos, los bendijo, y mientras los bendecía, se fue apartando de ellos y elevándose al cielo.»

La referencia «salió con ellos» se relaciona con la acción de Dios con su pueblo conduciéndolo en el éxodo; al mismo tiempo, con este gesto se sintetiza el camino del evangelio. La mención de Betania nos remite a la gran celebración de los discípulos en el contexto de la entrada triunfal en Jerusalén, donde fue el punto de partida de la procesión que aclamó a Jesús como Rey y Señor.

La última acción de Jesús sobre los suyos es la bendición; un gesto con sabor litúrgico. Jesús se despide con los brazos en alto en actitud de bendecir. Es la última imagen del Maestro, que queda impresa en el alma de los testigos oculares del Evangelio. Jesús sintetiza toda su obra, todo lo que quiso hacer por sus discípulos y por la humanidad, en una «bendición». Así sella el gran “amén” de su obra en el mundo. La bendición de Jesús permanecerá con los discípulos, los animará a lo largo de sus vidas y los sostendrá en todos sus trabajos.

Finalmente, Jesús se separa de sus discípulos. Lucas describe la manera como se da la partida de Jesús: es “llevado” o “conducido” hacia el cielo. Lucas no se entretiene en formular conceptualmente el acontecimiento como lo hará la tradición del nuevo testamento; comparte junto a los discípulos se coloca del lado de los discípulos y así describe un último rasgo de su relación con Jesús: ellos lo ven hasta el último instante y son testigos de su obra completa coronada por su “Señorío” en el cielo.

El epílogo

El relato de la Ascensión concluye con la primera alabanza que se dirige directamente a Jesús por parte de su comunidad: «Ellos, después de adorarlo, regresaron a Jerusalén, llenos de gozo, y permanecían constantemente en el templo, alabando a Dios.»

Es la conclusión de nuestro pasaje y al mismo tiempo de todo el evangelio.  Cuando Jesús desaparece de la vista de los discípulos, la última mirada del destinatario del evangelio se concentra en los discípulos. Sus reacciones tienen también sabor litúrgico: lo adoraron, regresaron a Jerusalén y permanecían en el templo en alabanza a Dios.

Nótese que los discípulos no se van para sus casas sino para el Templo, que no están tristes ni nostálgicos, a Jesús lo adoran, al Padre lo alaban y ellos están llenos de gozo; la alegría de los discípulos tiene como marco la adoración y la alabanza y la comunión fraterna.

Somos así invitados a reconocer en nuestra vida la grandeza de la misericordia de Dios, experimentada a través del Resucitado, y participar gozosamente en la alabanza apostólica. Esta actitud de alabanza y gratitud debe permanecer de aquí en adelante en nuestra vida.

 

[1] F. Oñoro, Jesús sube al cielo bendiciendo a sus discípulos. Lectio Lucas 24, 46-53, CEBIPAL/CELAM. F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 167-170.