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Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos

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Tiempo Ordinario

Viernes de la X Semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (5, 20-26)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.

Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo.

Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda.

Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel.

Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

«Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos». La justicia de Dios es salvación, no condena; es amor sin límites, no división en partes iguales, como la justicia humana. 

Este nuevo modo de concebir la justicia es indispensable para entrar en el Reino de los cielos. Jesús no propone una nueva casuística ni una nueva praxis jurídica, sino más bien una nueva manera de entender las relaciones entre los hombres: el amor las hace firmes, fuertes y eficaces. 

En este amor se cumplen la ley y la justicia. Hay que pasar de un precepto en negativo a la positividad del amor sin recibir nada a cambio. Para Jesús y sus discípulos no existen los enemigos. El amor gratuito, sin pedir nada a cambio, es el culmen de la Ley y del camino del Señor. 

El amor, el amor gratuito, tiene un valor tan grande que, si faltara, requeriría incluso interrumpir el acto supremo del culto: «si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda».

La «misericordia» vale más que el «sacrificio». El culto, como relación con Dios, no puede prescindir de una relación de amor con los hombres, especialmente con los pobres. Esta es una dimensión específica del Evangelio que jamás hay que desatender. 

A continuación, Jesús utiliza el ejemplo de la deuda que hay que cubrir o del crédito que hay que dar. Y propone llegar a un acuerdo sin tener que recurrir a la mediación de un juez. En la vida de la comunidad de los discípulos debe prevalecer la fraternidad y el amor por los demás. 

Jesús sabe que debemos rechazar el instinto egocéntrico que nos impulsa constantemente a satisfacer nuestro «yo» y a poner por delante nuestros intereses, un instinto que hace fracasar los lazos fraternos. Por eso nos pide que hagamos crecer el amor por los demás y que pongamos en primer lugar la reconciliación, y no la indiferencia y el conflicto.


[1] V. Paglia, Comunidad de Sant’Egidio., La palabra de Dios cada día. 2021, 253-254.