Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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Servir sin aferrarse

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12 de enero o sábado después de Epifanía

† Del evangelio según san Juan (3, 22-30)

En aquel tiempo, fue Jesús con sus discípulos a Judea y permaneció allí con ellos, bautizando. También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salim, porque ahí había agua abundante. La gente acudía y se bautizaba, pues Juan no había sido encarcelado todavía. Surgió entonces una disputa entre algunos de los discípulos de Juan y unos judíos, acerca de la purificación.

Los discípulos fueron a decirle a Juan: “Mira, maestro, aquel que estaba contigo en la otra orilla del Jordán y del que tú diste testimonio, está ahora bautizando y todos acuden a él”. Contestó Juan: “Nadie puede apropiarse nada, si no le ha sido dado del cielo. Ustedes mismos son testigos de que yo dije: ‘Yo no soy el Mesías, sino el que ha sido enviado delante de él’.

En una boda, el que tiene a la novia es el novio; en cambio, el amigo del novio, que lo acompaña y lo oye hablar, se alegra mucho de oír su voz. Así también yo me lleno ahora de alegría. Es necesario que él crezca y que yo venga a menos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El fragmento, lleno de referencias históricas y geográficas, muestra cómo el evangelista está al tanto de una tradición histórica y la utiliza para conectar el ministerio profético del Bautista con el de Jesús.

Mientras la actividad misionera, tanto la de Jesús como la del Bautista, era floreciente, un incidente viene a turbar el ánimo de los discípulos de Juan. La ocasión viene dada por una discusión de estos últimos con un hombre que quizás había recibido el bautismo de los discípulos de Jesús. Objeto de la disputa es el valor de purificación del bautismo dado por los dos «rabí» y la relación existente entre los dos ritos. La respuesta del Bautista precisa, ante todo, un principio general válido para todo hombre que desempeña una misión: en la historia de la salvación nadie puede apropiarse una determinada función si no le es conferida por Dios; Juan afirma, además, la superioridad de Jesús. Y para precisar mejor la relación que él tiene con Jesús, explica la superioridad del papel propio de Jesús con un ejemplo sacado del ambiente judaico que se refiere a la relación entre el amigo del esposo y el esposo mismo durante una fiesta nupcial.

En esta imagen el Bautista no tiene dificultad en reconocer a Jesús en el papel de Mesías-esposo, venido para celebrar las bodas mesiánicas con la humanidad, y, por tanto, se presenta a sí mismo como el discípulo amigo del esposo. Él ha podido conocer al Mesías que comienza su misión, que recoge los primeros frutos de su trabajo y por ello se alegra constatando el cumplimiento definitivo del proyecto salvífico de Dios. Para el Bautista ha llegado el momento de sentirse plenamente feliz viendo a Jesús «crecer» mientras él mismo «disminuye». La rectitud del Bautista es un paradigma; en manera alguna es un oportunista que se aproveche del movimiento religioso que se suscitó con su predicación, tiene clara su identidad y su misión, la asume y la realiza con serenidad; llegado el momento sabe disminuir para permitir que Jesús crezca; honda lección de vida que enseña a servir sin aferrarse.

 

 

[1] Cf. G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 2, 198-199.

Yo lo vi

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3 de enero

Textos

+ Lectura del santo Evangelio según san Juan (1, 29-34)

En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacía él, y exclamó: “Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’.

Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel”.

Entonces Juan dio este testimonio: “Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”. Palabra del Señor.

Fondo musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio sigue acompañando nuestros pasos detrás de Jesús. Juan abre este periodo de la vida pública de Jesús con la narración de su bautismo en el Jordán. Este, al ver a Jesús venir hacia él, lo reconoce: es el Mesías. Aunque no lo había conocido antes a pesar de estarle preparando el camino con su palabra y con el bautismo de penitencia-, intuye que está ante el Mesías de Dios. Esperaba encontrarle, y el momento por fin había llegado y en este pasaje del Evangelio aparece de forma mucho más claro que es Jesús quien va al encuentro del Bautista, como viene al encuentro de cada uno de nosotros.

Juan declara: «Yo no le conocía». La afirmación podría parecer poco creíble, ya que los Evangelios los presentan como parientes y coetáneos. En todo caso Juan no conocía el verdadero rostro de Jesús: el del Mesías, salvador. Ahora, tras haber realizado su camino interior con la práctica de la penitencia y de la escucha, lo reconoce y da testimonio de él afirmando ante las multitudes que se habían congregado junto al Jordán: «He ahí el cordero de Dios».

Hay un momento en la vida de todo creyente en que el Señor que no se conocía es finalmente conocido y amado. Este momento, en el que se abren los ojos y se reconoce a Jesús como salvador, es sin embargo el resultado de un camino interior hecho de lucha contra nuestro orgullo y autosuficiencia y de escucha de la Palabra, de oración comunitaria y personal, de amor hacia los pobres. Quien persevera en este camino alcanzará el momento en que los ojos del corazón se abren y podrá reconocer a Jesús como el Señor de su vida. Y como el Bautista, también él dará testimonio de él ante los hombres.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 47.

Enderezar lo torcido

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segundo-domingo-adviento-20161

II Domingo de Adviento- Ciclo C

Texto

+ Del evangelio según san Lucas (3, 1-6)

En el año décimo quinto del reinado de César Tiberio, siendo Poncio Pilato procurador de Judea; Herodes, tetrarca de Galilea; su hermano Filipo, tetrarca de las regiones de Iturea y Traconítide; y Lisanias, tetrarca de Abilene; bajo el pontificado de los sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino la palabra de Dios en el desierto sobre Juan, hijo de Zacarías.

Entonces comenzó a recorrer toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro de las predicciones del profeta Isaías: Ha resonado una voz en el desierto: Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos. Todo valle será rellenado, toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados y todos los hombres verán la salvación de Dios.  Palabra del Señor.

 

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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En el II Domingo de Adviento, damos un paso más en nuestro itinerario espiritual de preparación para la Navidad. Este Domingo y el próximo Juan el Bautista es nuestro pedagogo.

Hoy lo contemplamos ubicado en un escenario histórico complejo desde el que nos invita a la esperanza, la próxima semana lo contemplaremos como profeta que nos llama a la conversión.

El evangelio de hoy se ocupa de ubicar al precursor del Mesías en el escenario de la historia y en este mismo hecho, estableciendo claros contrastes, nos comunica un mensaje sobre el modo de intervención de Dios en la historia humana.

El texto que contemplamos procede en tres momentos: el marco histórico, la vocación del profeta y la presentación sintética de la misión profética de Juan.

Marco histórico

El evangelista contextualiza el ministerio de Juan y lo ubica en referencia a quienes detentan el poder político y religioso y que con sus intervenciones incidirían en el destino del profeta. Los personajes y fechas que se mencionan, no son una nota erudita o ilustrativa, con ellos Lucas nos da un mensaje: la acción de Dios acontece en la historia, no es un mito ni una fantasía, es un acontecimiento histórico.

El ministerio de Juan se ubica así en un contexto político y religioso. En lo político se trata del mundo dominado por el imperio romano. Tiberio es el emperador, continuador de la obra de César Augusto, famoso por su política de «pax romana» es decir, impuesta por la fuerza. El lugar es Palestina, dividida, después del reinado de Herodes el Grande, en cuatro territorios, cada uno con su gobernador. En lo religioso la referencia son la autoridades judías, en concreto los sumos sacerdotes Anás y Caifás, personajes que después pedirán la condena de muerte para Jesús.

Los personajes políticos y religiosos que se mencionan tienen que ver directa o indirectamente con el ministerio del Bautista y con el de Jesús de quien aquél es precursor. Hay un fuerte contraste entre la violencia que se ejerce desde quien tiene el poder y la humildad y mansedumbre de quien habla en el nombre de Dios.

Esta contextualización nos ofrece un doble mensaje. Dios interviene en la historia. No se manifiesta en los palacios, ni en quienes ,engolosinados con el poder, se legitiman con el uso de la violencia. Se manifiesta en el desierto y en la vida de quienes están atentos a escuchar su Palabra y dispuestos a acogerla.

La fuerza de Dios, manifestada en la sencillez y debilidad derriba la pretensión absoluta de los autosuficientes que confían en su capacidad de someter violentamente a los débiles.

La vocación del profeta

En la circunstancia descrita: «Fue dirigida la Palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto». La voz profética resonará de nuevo a través de un hombre, escogido para esta tarea, lleno del Espíritu de Dios desde el vientre de su madre. La palabra que predicará no es suya, hablará en nombre de Dios.

El desierto hace pensar en el Éxodo, en el camino de Israel buscando la tierra prometida; es lugar de aridez, soledad, anonimato, miedo, carencia, desesperación, de cercanía con la muerte. Allí es donde Dios habla, seduce, enamora, convence y se compromete en alianza de fidelidad eterna.

En esos pequeños detalles descubrimos también un profundo mensaje. Nadie puede hablar en nombre de Dios si Dios no le ha dirigido su Palabra, y ésta sólo se escucha cuando se tiene el corazón dispuesto, en capacidad de escucha, cuando hay silencio o cuando en las situaciones límites de la existencia no se espera ya nada de nadie sino sólo de Él.

La misión del profeta

Juan proclama el querer de Dios. Lo que él enseña vincula a quien escucha. Lo que él dice no puede ser despreciado por quien tiene sed de Dios y en Él espera. Por ello Juan llama a «un bautismo de conversión para perdón de los pecados». Quienes acogen este llamado «verán la salvación de Dios» porque sólo quien se prepara para la venida del Señor puede “ver” su salvación.

El llamado de Juan es universal, no se limita a unos cuantos, todos pueden prepararse para recibir al Señor que viene y en ese sentido «todos» verán su salvación.

El precursor prepara el camino de Jesús predicando la conversión. Es «Voz que clama en el desierto». Donde el silencio impera, donde nada se escucha, sea el corazón de una persona, sean nuestros ambientes o nuestras comunidades, lo primero que debe escucharse es la Voz dejando lugar a la Palabra. Esto es necesario para remover todos los obstáculos que impiden recorrer el camino del encuentro: los barrancos, los montes y colinas. Los caminos deben enderezarse, nuestros pasos deben dirigirse a Dios directamente y no por atajos engañosos y tortuosos.

Es necesario salir de encierro en la propia soledad, dejar el estancamiento, dejar espacio para Dios que viene a liberarnos de nuestros egoísmos, recuperar la capacidad de soñar en una humanidad que vive en justicia y fraternidad. Quien camina por el desierto lo hace con temor, mil amenazas lo acechan haciendo peligrar su vida. Lo mismo sucede con el pecado que aísla, saca a Dios de la vida y encierra en el propio ego.

El punto de partida es reconocer la necesidad, recuperar la confianza en que es posible transformar el desierto, hacerlo florecer. Eso es alentar la conversión, como lo hace el Bautista. Hacer surgir la esperanza. Convertirse no es flagelarse, torturarse sino dejar que en nosotros se realice la creación de Dios invitándonos a vivir en armonía con Él y con las demás creaturas.

Transformar nuestro desierto supone remover, aunque nos duela, lo que hacemos siempre, por inercia, casi por costumbre pero que nos hace infelices porque nos aleja de nuestra vocación original -nuestro yo más profundo-. Cuando somos capaces de hacerlo el resultado es la felicidad inmensa de descubrir nuevos y fecundos horizontes. No se puede renovar el amor primero si no se acepta el reto de remover lo que lo ha envejecido y hecho rutinario.