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El siervo no es más importante que su amo

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Jesús lava los pies

IV Jueves de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (13, 16-20)

En aquel tiempo, después de lavarles los pies a sus discípulos, Jesús les dijo: “Yo les aseguro: el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía. Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán  dichosos.

No lo digo por todos ustedes, porque yo sé a quiénes he escogido. Pero esto es para que se cumpla el pasaje de la Escritura, que dice: El que comparte mi pan me ha traicionado. Les digo esto ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, crean que Yo soy.

Yo les aseguro: el que recibe al que yo envío, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio que hemos escuchado nos lleva al interior del cenáculo. Jesús acaba de lavar los pies a los discípulos. Quería ofrecer a los discípulos una enseñanza que mostrara hasta dónde llegaba su amor por ellos. La intención del maestro era evidente, quería que este tipo de amor reinara entre sus discípulos de entonces y de siempre.

Inclinarse para lavarse los pies los unos a los otros debe ser el atributo más alto de quien quiera hacerse discípulo suyo. Jesús les dice con solemnidad: «el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía». Se llama a los discípulos de Jesús a comportarse siempre según la lógica de lavarse los pies los unos a los otros. Podríamos decir que era el modo más evidente para mostrar concretamente cómo amar a los demás.

Es en este empeño por donar la propia vida por los demás donde se esconde la alegría de los creyentes: «Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán  dichosos». La frase que el apóstol Pablo dirige a los ancianos de Éfeso confirma esta perspectiva: «Hay mayor felicidad en dar que en recibir».

Es la presentación de un cristianismo que encuentra su alegría en amar a los demás, en gastar la propia vida por el Evangelio. No es que esto no cueste esfuerzo ni comporte sacrificios, pero la comunicación del Evangelio del amor mutuo proporciona una alegría aún más grande, porque nos hace participar del gran diseño de amor de Dios para el mundo.

Jesús conociendo la debilidad de los discípulos, les advierte de las dificultades que llegarán. En ese momento tendrán que resistir las insidias del mal que quiere arrebatarles de las manos buenas del Maestro. Es decisivo permanecer unidos al Señor Jesús de cualquier forma; el problema no es no tener pecado, sino volver poner en Jesús nuestra esperanza, también la de dejarnos perdonar cuando nos alejamos de él.

El evangelista parece sugerir la solemnidad de la epifanía de Jesús: « Les digo esto ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, crean que Yo soy». La fórmula «Yo Soy» evoca la voz que Moisés escuchó desde la zarza ardiente; en efecto, al escuchar a Jesús, escuchamos al Padre mismo que está en los cielos. El que acoge a Jesús como Señor, acoge también al Padre que está en los cielos. (Paglia, p. 190-191)

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 190-191.