Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivo de la etiqueta: III Miércoles de Pascua

El que viene a mí no tendrá hambre…

0


Miércoles de la III semana de pascua

Textos 

† Del evangelio según san Juan (6, 35-40)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “Yo soy el pan de la vida.

El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed. Pero como ya les he dicho: me han visto y no creen.

Todo aquel que me da el Padre viene hacia mí; y al que viene a mí yo no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.

Y la voluntad del que me envió es que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día.

La voluntad de mi Padre consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

«Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed ». Finalmente, se cumplía la promesa de Dios, pero Jesús respondía también al hambre de salvación escondida en el corazón de los hombres: hambre de sentido, hambre de una vida que no termine con la muerte y que conduzca a la felicidad plena. Jesús era la respuesta bajada del cielo, y todos podían acogerla y hacerla suya.

Pero Jesús señala con amargura que muchos, a pesar de ver los signos que hacía, no abrían su corazón para acoger su palabra. Sin embargo, él «no echaba a nadie»: «Al que venga a mí no lo echaré fuera». Todo el que se acercaba a Jesús era acogido, era suficiente llamar para recibir respuesta. ¿No había dicho otras veces a las multitudes que le seguían: «Vengan a mí todos los que están fatigados y sobrecargados, y yo les daré descanso»?

Además, había bajado del cielo precisamente para cumplir la voluntad del Padre que le había enviado; y la voluntad del Padre era claramente no perder a ninguno de los que le había confiado. Salvar a todos y no perder a ninguno es el trabajo continuo del Señor Jesús y, en la parábola de la oveja perdida, se describe no solo su pasión incluso por una sola oveja sino también su disponibilidad para afrontar peligros y recorrer caminos accidentados para salvarla.

Esta es la preocupación constante de Jesús, quien desea que se repita durante los siglos a través de la Iglesia; sí, la Iglesia, toda comunidad cristiana, debe sentir ante todo la pasión por salvar a todos los hombres y el papa Francisco nos llama a esta pasión. No hay duda de que las inquietudes misioneras deben ser mucho más evidentes en nuestros días e involucrar a todos los cristianos.

Por desgracia, estamos tan replegados sobre nosotros mismos que no sentimos la urgencia misionera; pero esto nos aleja de Jesús y de su esfuerzo por liberar al mundo de la esclavitud del mal. Es urgente que nos dejemos involucrar cada vez más por la misma pasión que impulsaba a Jesús a ir por las calles y las plazas de su época. Las palabras de Jesús que hemos escuchado en esta página del Evangelio nos muestran con claridad cuál es la voluntad de Dios y cómo realizarla en la tierra: «que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día». Es una promesa que se realiza en nosotros mismos precisamente mientras gastamos nuestra vida por el Señor y por los demás, tal como hizo Jesús.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 180-181.

El que viene a mí no tendrá hambre

0

Pan de Vida 3

Miércoles de la III semana de pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (6, 35-40)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “Yo soy el pan de la vida.

El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed. Pero como ya les he dicho: me han visto y no creen.

Todo aquel que me da el Padre viene hacia mí; y al que viene a mí yo no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.

Y la voluntad del que me envió es que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día.

La voluntad de mi Padre consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje

El pasaje del evangelio que leimos ayer concluía con una de las expresiones consideradas entre las más bellas de toda la Biblia, “Yo soy el pan que da la vida:  quien viene a mí no pasará hambre,  quien cree en mí nunca tendrá sed”, con las que inicia el pasaje que leemos este día.

Nos encontramos con el primer «Yo  soy» que antecede a una preciosa secuencia de imágenes con las que se identifica Jesús en el evangelio de Juan: «Yo soy la luz  del mundo», «…el buen pastor», «…el camino, la verdad y  la vida», «…la vid y vosotros los sarmientos».

Con la expresión «Yo Soy», Jesús nos remite a la revelación de Dios a Moisés en el monte Horeb; en aquella ocasión, Dios le reveló su nombre: “Yo soy el que soy”; definiéndose a sí mismo esencialmente por el hecho de estar presente en medio de su pueblo.

Adjudicándose el «Yo soy», Jesús dice que en Él Dios se hace presente entre nosotros, por nosotros y para nosotros. Jesús en persona es la nueva y definitiva forma de la presencia de Dios, cuya misión es no sólo ser protección y guía, sino sobre todo ser comunión personal de vida. Jesús no quiere darnos solamente pan, sino también la comunión personal de vida con Dios para siempre.

¿Por qué Jesús se compara con el pan? Porque el pan -que es una manera de referirse al alimento en general- es imprescindible para vivir. La relación que una persona tiene con el alimento no es opcional, es vital. No podemos decir sin más que viviremos sin comer; dependemos del alimento en forma irrenunciable, pues es básico para nuestra existencia, para nuestra vida.

En un primer nivel de comprensión, Jesús nos está diciendo que así como el alimento es necesario para la vida, Él es necesario para nosotros. Hay que buscar a Jesús con la misma motivación con que buscamos el pan de cada día. ¡Jesús  debe ser para nosotros una necesidad vital!

Pero todavía hay más. Jesús es pan que “da la vida”; se trata de algo más que sobrevivir; la vida verdadera es la nueva relación con Dios, esa relación de amor y confianza que se realiza en la amistad con Jesús. Esta comunión de amor es la verdadera vida, la existencia plena; de ahí que sin Jesús podemos sobrevivir satisfaciendo las necesidades básicas y con Jesús podemos vivir en plenitud.