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María se encaminó presurosa a un pueblo

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12 de diciembre

Santa María de Guadalupe

Textos

Del evangelio según san Lucas (1, 39-48)

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludo a Isabel. En cuanto esta oyó el saludo de María, la criatura salto en su seno.

Entonces Isabel quedo llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamo: “¡Bendita tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quien soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llego tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.

Entonces dijo María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava”.  Palabra del Señor.

 

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

Mensaje[1]

María nos enseña que, en el arte de la misión y de la esperanza, no son necesarias tantas palabras ni programas, su método es muy simple: caminó y cantó.

María caminó

Así nos la presenta el evangelio después del anuncio del Ángel. Presurosa —pero no ansiosa— caminó hacia la casa de Isabel para acompañarla en la última etapa del embarazo; presurosa caminó hacia Jesús cuando faltó vino en la boda; y ya con los cabellos grises por el pasar de los años, caminó hasta el Gólgota para estar al pie de la cruz: en ese umbral de oscuridad y dolor, no se borró ni se fue, caminó para estar allí.

Caminó al Tepeyac para acompañar a Juan Diego y sigue caminando el Continente cuando, por medio de una imagen o estampita, de una vela o de una medalla, de un rosario o Ave María, entra en una casa, en la celda de una cárcel, en la sala de un hospital, en un asilo de ancianos, en una escuela, en una clínica de rehabilitación … para decir: «¿No estoy aquí yo, que soy tu madre?» (Nican Mopohua, 119). Ella más que nadie sabía de cercanías. Es mujer que camina con delicadeza y ternura de madre, se hace hospedar en la vida familiar, desata uno que otro nudo de los tantos entuertos que logramos generar, y nos enseña a permanecer de pie en medio de las tormentas.

En la escuela de María aprendemos a estar en camino para llegar allí donde tenemos que estar: al pie y de pie entre tantas vidas que han perdido o le han robado la esperanza.

En la escuela de María aprendemos a caminar el barrio y la ciudad no con zapatillas de soluciones mágicas, respuestas instantáneas y efectos inmediatos; no a fuerza de promesas fantásticas de un seudo-progreso que, poco a poco, lo único que logra es usurpar identidades culturales y familiares, y vaciar de ese tejido vital que ha sostenido a nuestros pueblos, y esto con la intención pretenciosa de establecer un pensamiento único y uniforme.

En la escuela de María aprendemos a caminar la ciudad y nos nutrimos el corazón con la riqueza multicultural que habita el Continente; cuando somos capaces de escuchar ese corazón recóndito que palpita en nuestros pueblos y que custodia —como un fueguito bajo aparentes cenizas— el sentido de Dios y su trascendencia, la sacralidad de la vida, el respeto por la creación, los lazos de solidaridad, la alegría del arte del buen vivir y la capacidad de ser feliz y hacer fiesta sin condiciones, ahí llegamos a entender lo que es la América profunda (cf. Encuentro con el Comité Directivo del CELAM, Colombia, 7 septiembre 2017).

María caminó y María cantó

María camina llevando la alegría de quien canta las maravillas que Dios ha hecho con la pequeñez de su servidora. A su paso, como buena Madre, suscita el canto dando voz a tantos que de una u otra forma sentían que no podían cantar. Le da la palabra a Juan —que salta en el seno de su madre—, le da la palabra a Isabel —que comienza a bendecir—, al anciano Simeón —y lo hace profetizar y soñar—, enseña al Verbo a balbucear sus primeras palabras.

En la escuela de María aprendemos que su vida está marcada no por el protagonismo sino por la capacidad de hacer que los otros sean protagonistas. Brinda coraje, enseña a hablar y sobre todo anima a vivir la audacia de la fe y la esperanza. De esta manera ella se vuelve trasparencia del rostro del Señor que muestra su poder invitando a participar y convoca en la construcción de su templo vivo. Así lo hizo con el indiecito Juan Diego y con tantos otros a quienes, sacando del anonimato, les dio voz, les hizo conocer su rostro e historia y los hizo protagonistas de esta nuestra historia de salvación. El Señor no busca el aplauso egoísta o la admiración mundana. Su gloria está en hacer a sus hijos protagonistas de la creación. Con corazón de madre, ella busca levantar y dignificar a todos aquellos que, por distintas razones y circunstancias, fueron inmersos en el abandono y el olvido.

En la escuela de María aprendemos el protagonismo que no necesita humillar, maltratar, desprestigiar o burlarse de los otros para sentirse valioso o importante; que no recurre a la violencia física o psicológica para sentirse seguro o protegido. Es el protagonismo que no le tiene miedo a la ternura y la caricia, y que sabe que su mejor rostro es el servicio. En su escuela aprendemos auténtico protagonismo, dignificar a todo el que está caído y hacerlo con la fuerza omnipotente del amor divino, que es la fuerza irresistible de su promesa de misericordia.

En María, el Señor desmiente la tentación de dar protagonismo a la fuerza de la intimidación y del poder, al grito del más fuerte o del hacerse valer en base a la mentira y a la manipulación. Con María, el Señor custodia a los creyentes para que no se les endurezca el corazón y puedan conocer constantemente la renovada y renovadora fuerza de la solidaridad, capaz de escuchar el latir de Dios en el corazón de los hombres y mujeres de nuestros pueblos.

María, «pedagoga del evangelio», caminó y cantó nuestro Continente y, así, la Guadalupana no es solamente recordada como indígena, española, hispana o afroamericana. Simplemente es latinoamericana: Madre de una tierra fecunda y generosa en la que todos, de una u otra manera, nos podemos encontrar desempeñando un papel protagónico en la construcción del Templo santo de la familia de Dios.

Hijo y hermano latinoamericano, sin miedo, canta y camina como lo hizo tu Madre.

[1] Homilía del Santo Padre Francisco, el 12 de diciembre de 2018.

Yo soy la voz que grita en el desierto: enderecen el camino del Señor

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Adviento

Domingo de la III semana

Ciclo B

Texto

† Del santo Evangelio según san Juan (1, 6-8.19-28)

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. El no era la luz, sino testigo de la luz.

Este es el testimonio que dio Juan el Bautista, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén a unos sacerdotes y levitas para preguntarle: “¿Quién eres tú?” El reconoció y no negó quién era. El afirmó: “Yo no soy el Mesías”.

De nuevo le preguntaron: “¿Quién eres, pues? ¿Eres Elías?” El les respondió: “No lo soy”. “¿Eres el profeta?” Respondió: “No”. Le dijeron: “Entonces dinos quién eres, para poder llevar una respuesta a los que nos enviaron.

¿Qué dices de ti mismo?” Juan les contestó: “Yo soy la voz que grita en el desierto: ‘Enderecen el camino del Señor’, como anunció el profeta Isaías”.

Los enviados, que pertenecían a la secta de los fariseos, le preguntaron: “Entonces ¿por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el profeta?” Juan les respondió: “Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias”.

Esto sucedió en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan bautizaba. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

Juan el Bautista se suma a Isaías y a María, como pedagogos del adviento, los tres son figura emblemática en este tiempo. Para Juan Bautista el mayor gozo de su vida fue «que Él crezca y que yo disminuya».

El Domingo pasado, el evangelio de Marcos nos describió lo que Juan Bautista hacía para preparar el camino del Señor. Este domingo, el evangelio de Juan nos lleva a su identidad personal ante el Mesías por venir. Nos enseña el Bautista que para poder hablar de Jesús a otros es necesario que sepamos también “quiénes somos” nosotros. El verdadero testimonio acerca de Jesús debe ir acompañado de un sano, realista y humilde conocimiento de sí mismo.

Hoy consideramos dos partes de la primera página del evangelio de Juan, la primera es un texto del Prólogo que presenta a Juan Bautista como “testigo de la luz”, la segunda, retoma la escena del evangelio en la que se muestra cómo lleva a cabo dicho testimonio, subrayándose el tema de la identidad.

Testigo

Consideramos primero un párrafo del prólogo del cuarto evangelio. Juan el Bautista es presentado como “testigo del Cordero”, como el que reconoce a Jesús como enviado del Padre y sobre quien se posa el Espíritu Santo. 

Esta figura de Testigo es importante. Un testigo es una persona que ha sido tocada por lo que ha visto, marcada por el encuentro que ha tenido. No es su persona la que cuenta, por eso no hay lugar para el protagonismo o la auto referencialidad. Lo que él lleva a ver es a otro y su tarea es conducir hacia ese otro, hacia Jesús, a quien todavía no conocen, y favorecer el comienzo de una relación más personal con Jesús.

Dar testimonio de Jesús, presentarlo a otras personas, requiere descubrirse a si mismo a fondo y en relación con Él. El testigo tiene como tarea suscitar el sentido de una presencia fuerte, la de la persona de aquel que testimonia: «en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen».

Identidad

Después del pasaje correspondiente al prólogo del evangelio, comienza la narración. En la primera escena no aparece Jesús sino Juan Bautista cuya presencia y mensaje no había pasado desapercibida por las autoridades que en ciertos momentos se veían perplejas e incómodas tanto por sus palabras como por su estilo de vida. Para salir de dudas «enviaron desde Jerusalén a unos sacerdotes y levitas para preguntarle: “¿Quién eres tú?”»

El texto deja entrever que la primera pregunta se refirió a si él se identificaba o no con el Mesías. Era una pregunta acerca de su identidad. Tres veces le preguntan lo mismo. A la pregunta Juan contestó categóricamente «reconoció y no negó quién era», y dijo con claridad: «Yo no soy el Mesías». 

La respuesta de Juan tiene una profunda enseñanza: para reconocer quien somos tenemos que reconocer también quiénes no somos. Juan el Bautista niega la identidad que otros le adjudican. Tener claridad sobre quién no es él, le ayuda a encontrar su propio lugar, le ayuda a situarse frente a Jesús y frente a sí mismo. En el evangelio de Juan sólo Jesús responderá diciendo «Yo Soy» con una clara evocación al nombre de Dios revelado en el libro del Éxodo 3,14.

La pregunta que sigue es: si no es el Mesías, ¿Quién es el Bautista? Quienes lo interrogan insisten preguntándole si es Elías, el gran profeta cuya memoria ocupaba un lugar distinguido en el pueblo de Israel. En efecto, no olvidaban que Elías había terminado sus días desapareciendo en un carro de fuego y, desde entonces, el pueblo esperaba su regreso. Las autoridades judías tampoco tuvieron respuesta positiva en esta ocasión. La siguiente pregunta se imponía: «“¿Eres el profeta?» y la respuesta a esta pregunta que hacía ver sus expectativas también fue negativa. Entonces cambiaron la pregunta y le dijeron directamente: «Entonces dinos quién eres…. ¿Qué dices de ti mismo?». Tenían el compromiso de llevar una respuesta a las autoridades que los habían enviado.

Ante las preguntas que Juan contestó abiertamente y ante la interpelación que la hacía en primera persona, Juan ofreció cuatro respuestas, aclarando su identidad, su misión, el lugar desde el que cumple su encomienda y el contenido de su mensaje: «Yo soy la voz que grita en el desierto: ‘Enderecen el camino del Señor’». Esta respuesta es muy parecida a la que había dado Isaías (40,3), con alguna ligera adaptación.

Juan se autodefine como «una voz», él no es la Palabra; es el mediador, el canal que da paso a la Palabra. 

Se caracteriza como «voz que grita», es decir, es alguien que interpela, que habla, que cuestiona, que no se calla. Es alguien que pretende hacerse sentir. No es una voz cualquiera, es una voz que se debe oír giste o no guste. Por esto, es voz que grita. Su mensaje no es para que se quede sepultado en el silencio o para ser escuchado por pocos. Cuando se grita es por que se quiere hacer oír. No es una voz al oído. 

Juan continúa diciendo que es voz que grita «en el desierto», que evoca la experiencia del Éxodo pero también la situación del corazón cuando hay resistencia para dejar entrar en el a Dios. Juan predica a los corazones y hay corazones sin Dios, que están áridos, que son como un desierto. 

El mensaje de Juan es: preparar el camino de Señor, sale a relucir la misión que ya consideramos el domingo pasado.

No quedo a todos clara la respuesta y le hacen una última pregunta: «Entonces ¿por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el profeta?”». Le pide una explicación porque para ellos no es claro el por qué bautiza si no es el Mesías, ni el profeta. Juan aclara que él bautiza sólo con agua y abre el horizonte diciendo «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias».

El evangelio no dice que entendieron los que interrogaban; lo más probable es que hayan entendido muy poco.

Testimonio e identidad

La identidad cristiana ¿quién soy? No es otra cosa que el testimonio que transparenta la relación personal con Jesús. La identidad es relacional. Esto puede implicar el testimonio extremo, último y radical, de morir por Jesús, como pasó con el Bautista. Pero es igualmente importante vivir, hasta el día de la muerte, en fidelidad a la amistad con Jesús ofreciendo voluntariamente la vida por el amigo.

No se necesita una muerta cruenta para ser mártir; san Cipriano decía que se puede ser mártir, siendo testigo en la vida diaria. Lo único que hace que los mártires sean mártires es la fidelidad al evangelio.

Juan Bautista fue el primer testigo de Jesús, del Mesías que viene. La figura de Juan, su ministerio y estilo para dar testimonio, es el tema de meditación este domingo. Como testigo Juan no tiene luz propia, sino luz reflejada sobre él por la Palabra que es la luz verdadera que ilumina a todo hombre. Esto implica una actitud de despojo, de resistencia a la tentación de mirarse a si mismo y vivir en permanente adoración de Aquél que es «más grande».

La iconografía recoge la imagen de Juan, indicando al espectador con su índice que dirija su mirada hacia Jesús, el “cordero de Dios que quita el pecado del mundo” Él es el hombre de la vida interior que escucha la Palabra para ser voz. Es imagen de una Iglesia que tiene en el centro al Señor pero que no lo sustituye. En el centro siempre está Jesús, a quien siempre hay que buscar; necesitamos que Juan nos lo indique, él lo señalará con la voz, nosotros lo veremos con el amor.


[1] Oñoro, F. La identidad del que prepara el camino del SeñorJuan 1, 6-8.19-28. CEBIPAL/CELAM.

¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

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III Adviento

ADVIENTO

Domingo de la III semana

Ciclo A

Textos

† Del evangelio según san Mateo (11, 2-11)

En aquel tiempo, Juan se encontraba en la cárcel, y habiendo oído hablar de las obras de Cristo, le mandó preguntar por medio de dos discípulos: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” Jesús les respondió: “Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio.

Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí”.

Cuando se fueron los discípulos, Jesús se puso a hablar a la gente acerca de Juan: “¿Qué fueron ustedes a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? No.

Pues entonces, ¿qué fueron a ver? ¿A un hombre lujosamente vestido? No, ya que los que visten con lujo habitan en los palacios.

¿A qué fueron, pues? ¿A ver a un profeta? Sí, yo se lo aseguro; y a uno que es todavía más que profeta. Porque de él está escrito: He aquí que yo envío a mi mensajero para que vaya delante de ti y te prepare el camino.

Yo les aseguro que no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el Bautista. Sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más grande que él”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El domingo pasado, el evangelio nos hizo ver, con imágenes como la del hacha a punto de derribar el árbol y la del labrador que separa el trigo de la paja, que las expectativas de Juan el Bautista sobre el Mesías eran las de un juez terrible, poderoso, que vendría como salvador.

Este Domingo nos encontramos nuevamente con Juan, ahora está encarcelado, había oído hablar de los milagros realizados por Jesús entre gente sufriente, abatida por el dolor. No era lo que él esperaba; a Jesús se le veía humilde, sobrellevaba la animadversión de los sabios y entendidos, de los poderosos que seguían en sus puestos haciendo sus fechorías; en otras palabras, con Jesús, el trigo no había sido separado de la paja, como Juan esperaba; las acciones de Jesús no coinciden con el Mesías que él había anunciado

El interrogatorio de Juan

La franqueza de Juan, su actitud firme y la fidelidad al mensaje de conversión que le había sido encomendado lo llevaron a la cárcel, colocándolo en la fila del martirio. En el evangelio de Mato, hasta este momento, Jesús ha realizado diez milagros, que causaron maravilla y que fueron divulgados y estando en prisión Juan oyó  hablar de ellos.

Los milagros de Jesús van delineando el rumbo que está tomando su misión; lejos de manifestar poder y fuerzas superiores, de manifestarse como Juez, Jesús se manifiesta compasivo, entrando en el mundo del dolor y caracterizándose por su humildad y mansedumbre.

La situación que vive y el conocimiento que tiene de las acciones de Jesús, lleva a Juan a formularse la pregunta decisiva acerca de la identidad de Jesús y no se queda con la duda y a través de emisarios interroga a Jesús. : «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?».

La respuesta de Jesús a los emisarios de Juan fue: «Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio»

Jesús no responde directamente a Juan, él debe responderse a partir de lo que está aconteciendo; debe leer las obras de Jesús a la luz de la Palabra de Dios; ésta se verifica en el actuar de Jesús. Isaías había anunciado el advenimiento del Mesías con signos como la curación de los ciegos, los sordos, los mudos y los cojos y eso es algo que los emisarios de Juan pueden constatar y sobre lo que pueden dar testimonio.

Las obras de Jesús son leídas desde la Palabra de Dios y viceversa, la Palabra de Dios se verifica en las obras de Jesús. Dios cumple su Palabra, su promesa se cumple en el obrar de Jesús, en sus obras se puede captar la intervención salvífica de Dios y su señorío que no se manifiesta en primer lugar como superación de los poderes humanos.

El Reino de Dios en el ministerio de Jesús no se realiza con el poder de Juez, sino todo lo contrario; será su pascua la que desvelará el Señorío de Dios en el anuncio de la venida del Hijo del hombre como Rey al final de los tiempos; antes de ello, el Reino de los Cielos se da a conocer como misericordia y salvación; ayuda efectiva a los necesitados, a los pobres y a los sufrientes.

La forma como Jesús realiza su vocación mesiánica va a la par con esta idea del Reino, por ello lo primero que se percibe en él, lo que llega a los oídos de Juan, no es el combate contra la violencia de los poderosos, sino el amor a todos, sin excepción, presentándose como redentor de los necesitados y mensajero de la alegría.

El elogio de Jesús a Juan

En cuanto se marchan los emisarios de Juan, Jesús comienza un discurso en el que deja claro quién es el Bautista. Exalta su personalidad y hace manifiesta la importancia que tiene en el plan de salvación, encuadrando su vida y ministerio en la novedad del Reino. El evangelista responde así a inquietudes de la primera generación de discípulos de Jesús entre los que había algunos que habáin sido discípulos de Juan y que ante el contraste que había en la obra de uno y otro, no lograban encontrar una línea de continuidad.

Juan es un profeta creíble. Jesús no desautoriza a Juan, cuando sus emisarios se retiraron, exalta su personalidad y hace manifiesta su importancia en la historia de la salvación. Se trata de un profeta creíble ante todo por su testimonio, por su comportamiento enérgico y por su vida sin pretensiones; su sencillez hablaba de su fidelidad a Dios de quien era portavoz.

Juan es más que un profeta. Los profetas que existieron antes que él pertenecen al tiempo de la promesa, en cambio, Juan pertenece al tiempo del cumplimiento, ningún otro profeta tuvo este privilegio. Un discípulo de Jesús, se entiende a si mismo y entiende mejor a su Maestro si es capaz de entender quién es Juan en la historia de la salvación. A la luz de la grandeza de Juan, de quien Jesús dijo: «Yo les aseguro que no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el Bautista», se puede captar con mayor profundidad la trascendencia y el significado del tiempo y de la obra de Jesús.

Juan es el mayor de los nacidos de mujer. Esta frase es ambivalente. Quiere decir que con relación a los que han venido antes que él, es ‘mayor’que todos; y con relación a a aquellos que pertenecen a Jesús y en comunión con él pueden experimentar la cercanía del Reino, él es ‘pequeño’. La referencia como ‘nacido de mujer’ lo destaca como el mas digno dentro de la estirpe humana.

A la luz de la grandeza de Juan se capta con profundidad la trascendencia y el significado del tiempo y de la obra de Jesús. Si de Juan recibimos el anuncio, en Jesús tenemos la realización; si Juan es el mensajero, con Jesús tenemos el establecimiento del señorío de Dios. Por eso Jesús también dice de Juan: «el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más grande que él». Esta grandeza y pequeñez del Bautista, expresada por Jesús, no se refiere al valor moral de su persona, sino al tiempo del cumplimiento de la promesa de la cual participa. No podemos quedarnos en la admiración de Juan, hay que actuar como él, de manera decidida, para pertenecer al Reino.

Conclusión

La promesa de Dios se cumple. Las obras de Jesús lo demuestran. El Reino de Dios se deja conocer como misericordia y como salvación. La forma como el Señor realizó su vocación mesiánica contrastó con la idea mesiánica de Juan. En el actuar de Jesús no encontramos ni el juicio terrible, ni el castigo de los malvados, sino el amor por todos, sin excepción, con particular predilección por los más necesitados. Muchos no comprendieron esta ternura de Jesús y le criticaron, a quienes lo hicieron no los amenazó, ni los castigo. El método de Jesús para evangelizar es la misericordia ante el dolor humano. No impone nada. Cada persona decidirá por si misma su destino según acepte o rechace ese amor.

El anuncio del evangelio nos pide atrevernos a cambiar paradigmas. Fue lo que hizo Jesús. Se presentó ante el mundo de manera distinta a como era esperado el Mesías. No llegó como Juan lo esperaba, sino como Dios quería. También nosotros debemos tener la valentía para cambiar ciertos paradigmas en nuestro imaginario religioso, en el modo como trasmitimos la fe y en nuestro compromiso con el Reino. Es importante purificar nuestra conciencia religiosa de las imágenes terribles de Jesús Juez para que nos sea posible experimentar la cercanía de su amor misericordioso en nuestros sufrimientos y en nuestras necesidades. A la hora de comunicar la fe, de transmitirla, no podemos recurrir a imágenes de Dios, ni de Jesús, que inspiren miedo o temor y mucho menos hacerlo para amenazar o asustar a los pequeños para que se ‘porten bien’.

El Papa Francisco nos convoca a asumir la responsabilidad que tenemos los cristianos de comunicar a todos la alegría del evangelio y es curioso que para ello nos pide que revisemos nuestras actitudes, que vigilemos que estas sean coherentes con el mensaje que queremos transmitir; también nos pide que no tengamos miedo de la bondad ni de la ternura, es decir, que seamos capaces de comunicar la fe haciendo y el bien y dando testimonio con gestos humanos, de cercanía, de comprensión, de empatía, que manifiesten el inmenso amor que Dios tiene por nosotros. En pocas palabras, el Papa nos pide que llevemos a los demás la alegría del Evangelio pero que lo hagamos al estilo de Jesús. Este podría ser nuestro propósito para esta Navidad y para el próximo año nuevo.

 

[1] Cfr. G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 1, 142-144.