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¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

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III Adviento

ADVIENTO

Domingo de la III semana

Ciclo A

Textos

† Del evangelio según san Mateo (11, 2-11)

En aquel tiempo, Juan se encontraba en la cárcel, y habiendo oído hablar de las obras de Cristo, le mandó preguntar por medio de dos discípulos: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” Jesús les respondió: “Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio.

Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí”.

Cuando se fueron los discípulos, Jesús se puso a hablar a la gente acerca de Juan: “¿Qué fueron ustedes a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? No.

Pues entonces, ¿qué fueron a ver? ¿A un hombre lujosamente vestido? No, ya que los que visten con lujo habitan en los palacios.

¿A qué fueron, pues? ¿A ver a un profeta? Sí, yo se lo aseguro; y a uno que es todavía más que profeta. Porque de él está escrito: He aquí que yo envío a mi mensajero para que vaya delante de ti y te prepare el camino.

Yo les aseguro que no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el Bautista. Sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más grande que él”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El domingo pasado, el evangelio nos hizo ver, con imágenes como la del hacha a punto de derribar el árbol y la del labrador que separa el trigo de la paja, que las expectativas de Juan el Bautista sobre el Mesías eran las de un juez terrible, poderoso, que vendría como salvador.

Este Domingo nos encontramos nuevamente con Juan, ahora está encarcelado, había oído hablar de los milagros realizados por Jesús entre gente sufriente, abatida por el dolor. No era lo que él esperaba; a Jesús se le veía humilde, sobrellevaba la animadversión de los sabios y entendidos, de los poderosos que seguían en sus puestos haciendo sus fechorías; en otras palabras, con Jesús, el trigo no había sido separado de la paja, como Juan esperaba; las acciones de Jesús no coinciden con el Mesías que él había anunciado

El interrogatorio de Juan

La franqueza de Juan, su actitud firme y la fidelidad al mensaje de conversión que le había sido encomendado lo llevaron a la cárcel, colocándolo en la fila del martirio. En el evangelio de Mato, hasta este momento, Jesús ha realizado diez milagros, que causaron maravilla y que fueron divulgados y estando en prisión Juan oyó  hablar de ellos.

Los milagros de Jesús van delineando el rumbo que está tomando su misión; lejos de manifestar poder y fuerzas superiores, de manifestarse como Juez, Jesús se manifiesta compasivo, entrando en el mundo del dolor y caracterizándose por su humildad y mansedumbre.

La situación que vive y el conocimiento que tiene de las acciones de Jesús, lleva a Juan a formularse la pregunta decisiva acerca de la identidad de Jesús y no se queda con la duda y a través de emisarios interroga a Jesús. : «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?».

La respuesta de Jesús a los emisarios de Juan fue: «Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio»

Jesús no responde directamente a Juan, él debe responderse a partir de lo que está aconteciendo; debe leer las obras de Jesús a la luz de la Palabra de Dios; ésta se verifica en el actuar de Jesús. Isaías había anunciado el advenimiento del Mesías con signos como la curación de los ciegos, los sordos, los mudos y los cojos y eso es algo que los emisarios de Juan pueden constatar y sobre lo que pueden dar testimonio.

Las obras de Jesús son leídas desde la Palabra de Dios y viceversa, la Palabra de Dios se verifica en las obras de Jesús. Dios cumple su Palabra, su promesa se cumple en el obrar de Jesús, en sus obras se puede captar la intervención salvífica de Dios y su señorío que no se manifiesta en primer lugar como superación de los poderes humanos.

El Reino de Dios en el ministerio de Jesús no se realiza con el poder de Juez, sino todo lo contrario; será su pascua la que desvelará el Señorío de Dios en el anuncio de la venida del Hijo del hombre como Rey al final de los tiempos; antes de ello, el Reino de los Cielos se da a conocer como misericordia y salvación; ayuda efectiva a los necesitados, a los pobres y a los sufrientes.

La forma como Jesús realiza su vocación mesiánica va a la par con esta idea del Reino, por ello lo primero que se percibe en él, lo que llega a los oídos de Juan, no es el combate contra la violencia de los poderosos, sino el amor a todos, sin excepción, presentándose como redentor de los necesitados y mensajero de la alegría.

El elogio de Jesús a Juan

En cuanto se marchan los emisarios de Juan, Jesús comienza un discurso en el que deja claro quién es el Bautista. Exalta su personalidad y hace manifiesta la importancia que tiene en el plan de salvación, encuadrando su vida y ministerio en la novedad del Reino. El evangelista responde así a inquietudes de la primera generación de discípulos de Jesús entre los que había algunos que habáin sido discípulos de Juan y que ante el contraste que había en la obra de uno y otro, no lograban encontrar una línea de continuidad.

Juan es un profeta creíble. Jesús no desautoriza a Juan, cuando sus emisarios se retiraron, exalta su personalidad y hace manifiesta su importancia en la historia de la salvación. Se trata de un profeta creíble ante todo por su testimonio, por su comportamiento enérgico y por su vida sin pretensiones; su sencillez hablaba de su fidelidad a Dios de quien era portavoz.

Juan es más que un profeta. Los profetas que existieron antes que él pertenecen al tiempo de la promesa, en cambio, Juan pertenece al tiempo del cumplimiento, ningún otro profeta tuvo este privilegio. Un discípulo de Jesús, se entiende a si mismo y entiende mejor a su Maestro si es capaz de entender quién es Juan en la historia de la salvación. A la luz de la grandeza de Juan, de quien Jesús dijo: «Yo les aseguro que no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el Bautista», se puede captar con mayor profundidad la trascendencia y el significado del tiempo y de la obra de Jesús.

Juan es el mayor de los nacidos de mujer. Esta frase es ambivalente. Quiere decir que con relación a los que han venido antes que él, es ‘mayor’que todos; y con relación a a aquellos que pertenecen a Jesús y en comunión con él pueden experimentar la cercanía del Reino, él es ‘pequeño’. La referencia como ‘nacido de mujer’ lo destaca como el mas digno dentro de la estirpe humana.

A la luz de la grandeza de Juan se capta con profundidad la trascendencia y el significado del tiempo y de la obra de Jesús. Si de Juan recibimos el anuncio, en Jesús tenemos la realización; si Juan es el mensajero, con Jesús tenemos el establecimiento del señorío de Dios. Por eso Jesús también dice de Juan: «el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más grande que él». Esta grandeza y pequeñez del Bautista, expresada por Jesús, no se refiere al valor moral de su persona, sino al tiempo del cumplimiento de la promesa de la cual participa. No podemos quedarnos en la admiración de Juan, hay que actuar como él, de manera decidida, para pertenecer al Reino.

Conclusión

La promesa de Dios se cumple. Las obras de Jesús lo demuestran. El Reino de Dios se deja conocer como misericordia y como salvación. La forma como el Señor realizó su vocación mesiánica contrastó con la idea mesiánica de Juan. En el actuar de Jesús no encontramos ni el juicio terrible, ni el castigo de los malvados, sino el amor por todos, sin excepción, con particular predilección por los más necesitados. Muchos no comprendieron esta ternura de Jesús y le criticaron, a quienes lo hicieron no los amenazó, ni los castigo. El método de Jesús para evangelizar es la misericordia ante el dolor humano. No impone nada. Cada persona decidirá por si misma su destino según acepte o rechace ese amor.

El anuncio del evangelio nos pide atrevernos a cambiar paradigmas. Fue lo que hizo Jesús. Se presentó ante el mundo de manera distinta a como era esperado el Mesías. No llegó como Juan lo esperaba, sino como Dios quería. También nosotros debemos tener la valentía para cambiar ciertos paradigmas en nuestro imaginario religioso, en el modo como trasmitimos la fe y en nuestro compromiso con el Reino. Es importante purificar nuestra conciencia religiosa de las imágenes terribles de Jesús Juez para que nos sea posible experimentar la cercanía de su amor misericordioso en nuestros sufrimientos y en nuestras necesidades. A la hora de comunicar la fe, de transmitirla, no podemos recurrir a imágenes de Dios, ni de Jesús, que inspiren miedo o temor y mucho menos hacerlo para amenazar o asustar a los pequeños para que se ‘porten bien’.

El Papa Francisco nos convoca a asumir la responsabilidad que tenemos los cristianos de comunicar a todos la alegría del evangelio y es curioso que para ello nos pide que revisemos nuestras actitudes, que vigilemos que estas sean coherentes con el mensaje que queremos transmitir; también nos pide que no tengamos miedo de la bondad ni de la ternura, es decir, que seamos capaces de comunicar la fe haciendo y el bien y dando testimonio con gestos humanos, de cercanía, de comprensión, de empatía, que manifiesten el inmenso amor que Dios tiene por nosotros. En pocas palabras, el Papa nos pide que llevemos a los demás la alegría del Evangelio pero que lo hagamos al estilo de Jesús. Este podría ser nuestro propósito para esta Navidad y para el próximo año nuevo.

 

[1] Cfr. G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 1, 142-144.

¿Qué debemos hacer?

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tercer domingo de adviento

III Domingo de Adviento – Ciclo C

Texto

 + Del evangelio según san Lucas (3, 10-18)

En aquel tiempo, la gente le preguntaba a Juan el Bautista: “¿Qué debemos hacer?” El contestó: “Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo”.

También acudían a él los publicanos para que los bautizara, y le preguntaban: “Maestro, ¿qué tenemos que hacer nosotros?” El les decía: “No cobren más de lo establecido”. Unos soldados le preguntaron: “Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer?” El les dijo: “No extorsionen a nadie, ni denuncien a nadie falsamente, sino conténtense con su salario”.

Como el pueblo estaba en expectación y todos pensaban que quizá Juan era el Mesías, Juan los sacó de dudas, diciéndoles: “Es cierto que yo bautizo con agua, pero ya viene otro más poderoso que yo, a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias. El los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. El tiene el bieldo en la mano para separar el trigo de la paja; guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”. Con éstas y otras muchas exhortaciones anunciaba al pueblo la buena nueva. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje 

En el tercer domingo de Adviento nos encontramos nuevamente con Juan el Bautista. Hace ocho días nos acercamos a su persona hoy lo hacemos a su mensaje. El texto que leemos corresponde a dos de las cinco pequeñas secciones que en Lucas presentan el ciclo completo del ministerio del precursor del Mesías.

Las preguntas que dinamizan el pasaje que nos ocupa son: «¿qué debemos hacer?» y «¿quién eres tú?»

«¿Qué debemos hacer?»

El Bautista predica la conversión, quienes lo escuchan  reaccionan positivamente y le piden formas concretas para vivir el camino de conversión de acuerdo a su propia condición. Tres grupos de personas se acercan a Juan y le plantean la pregunta: «¿Qué debemos hacer? La práctica de la caridad y de la justicia serán los indicadores de la conversión y ésta asumirá diversas formas en cada categoría de personas.

Compartir

A la multitud el Bautista los invita a despojarse para compartir con los más pobres. Compartir el vestido y el alimento, es decir, atender las necesidades básicas. No se puede vivir en la abundancia y tener junto a si pobres que padecen por carecer de lo necesario para vivir con dignidad.

Evitar la corrupción

A quienes tienen la tentación de enriquecerse despojando a otros, mediante mecanismos de supuesta legalidad, les pide que no sean corruptos y que tengan un comportamiento honesto. Los cobradores de impuestos de la época tenían una pésima reputación y a ellos es a quien Jesús invita a vivir un cambio radical en sus vidas.

No abusar del poder

A los judíos que colaboraban con el ejército les pide que no abusen del poder, es decir, que no ejerzan por ningún motivo la fuerza o desplieguen la violencia para conseguir información ni para buscar ganancias extra extorsionando a la gente.

El mismo mensaje con exigencias distintas

Llama la atención como Juan a cada categoría le presenta el mismo mensaje, con exigencias distintas, adecuadas a cada grupo, ofreciendo caminos concretos para superar las situaciones complicadas y deshumanizadoras.

En el fondo lo que parece interesarle a Juan es la justicia social. Está en sintonía con los profetas, que tienen conciencia clara de su devoción religiosa,

«¿Quién eres tú?»

La segunda parte de nuestro texto comienza con la pregunta sobre la identidad de Juan: «Andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo». La pregunta se la hacen no las autoridades sino el pueblo que de manera expectante esperaba el cumplimiento de la promesa de Dios. Juan articula su respuesta hablando de dos bautismos: el de agua y el de Espíritu Santo y fuego.

Juan bautiza con agua.

El agua es símbolo de purificación y de vida y quien se acercaba al bautismo administrado por Juan, que era bautismo con agua, con ese gesto expresaba una conversión sincera que lo incorporaba plenamente a la descendencia de Abraham.

Juan reconoce su fortaleza al anunciar que «viene el que es más fuerte que yo» y se coloca delante de él como esclavo, indigno del servicio más pequeño como «desatarle la correa de sus sandalias».

Jesús bautiza con Espíritu Santo y fuego

Finalmente el evangelista indica que «el pueblo estaba a la expectativa» (v. 15), y se preguntaban si no sería Juan el Cristo. De la pregunta del «hacer» se pasa a la del «Mesías», es decir, a la pregunta de «¿Quién nos puede salvar?». El Bautista remite -más allá de sí mismo- a «aquel que viene», el único que podrá cambiar la vida vieja, quemando la paja y regalando el Espíritu.

Juan no quiere atemorizar a nadie, Su pretensión es sacudir las conciencias, despertar de la indiferencia, que cada quien se juegue su futuro definiéndose ante el anuncio que Dios le ha hecho. La conversión que Juan anuncia no es una mala noticia, por el contrario, vivirla todos los días, de manera integral, continua y diaria llena el corazón de luz, de justicia, de amor y de alegría.

Vayan y digan lo que Dios realiza

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III Domingo de Adviento. Ciclo A.

Isaías 35, 1-6.10

Salmo 145

Santiago 5, 7-10

Mateo 11, 2-11

ImageEl domingo pasado, el evangelio nos hizo ver, con imágenes como la del hacha a punto de derribar el árbol y la del labrador que separa el trigo de la paja, que las expectativas de Juan el Bautista sobre el Mesías eran las de un juez terrible que vendría como salvador.

Este Domingo nos encontramos nuevamente con Juan, ahora está encarcelado, había oído hablar de los milagros realizados por Jesús entre gente sufriente, abatida por el dolor. No era lo que él esperaba; surge la duda en su interior y le manda preguntar: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». La respuesta de Jesús a los emisarios de Juan fue: «Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio»

Jesús no responde directamente a Juan, él debe responderse a partir de lo que está aconteciendo; debe leer las obras de Jesús a la luz de la Palabra de Dios; ésta se verifica en el actuar de Jesús. Isaías había anunciado el advenimiento del Mesías con signos como la curación de los ciegos, los sordos, los mudos y los cojos y eso es algo que los emisarios de Juan pueden constatar y sobre lo que pueden dar testimonio.

Jesús no desautoriza a Juan, cuando sus emisarios se retiraron, exalta su personalidad y hace manifiesta su importancia en la historia de la salvación. Se trata de un profeta creíble ante todo por su testimonio, por su comportamiento enérgico y por su vida sin pretensiones; su sencillez hablaba de su fidelidad a Dios de quien era portavoz.

Para Jesús Juan es más que un profeta. Los profetas que existieron antes que él pertenecen al tiempo de la promesa, en cambio, Juan pertenece al tiempo del cumplimiento, ningún otro profeta tuvo este privilegio. Un discípulo de Jesús, se entiende a si mismo y entiende mejor a su Maestro si es capaz de entender quién es Juan en la historia de la salvación. A la luz de la grandeza de Juan, de quien Jesús dijo: «Yo les aseguro que no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el Bautista.», se puede captar con mayor profundidad la trascendencia y el significado del tiempo y de la obra de Jesús.

ImageSi de Juan recibimos el anuncio, en Jesús tenemos la realización; si Juan es el mensajero, con Jesús tenemos el establecimiento del señorío de Dios. Por eso Jesús también dice de Juan: «el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más grande que él». Esta grandeza y pequeñez del Bautista, expresada por Jesús, no se refiere al valor moral de su persona, sino al tiempo del cumplimiento de la promesa de la cual participa. No podemos quedarnos en la admiración de Juan, hay que actuar como él, de manera decidida, para pertenecer al Reino.

Las obras de Jesús demuestran que la promesa de Dios se cumple. El Reino de Dios se deja conocer como misericordia y como salvación. La forma como el Señor realizó su vocación mesiánica contrastó con la idea mesiánica de Juan. En el actuar de Jesús no encontramos ni el juicio terrible, ni el castigo de los malvados, sino el amor por todos, sin excepción, con particular predilección por los más necesitados. Muchos no comprendieron esta ternura de Jesús y le criticaron, a quienes lo hicieron no los amenazó, ni los castigo. El método de Jesús para evangelizar es la misericordia ante el dolor humano. No impone nada. Cada persona decidirá por si misma su destino según acepte o rechace ese amor.

El anuncio del evangelio nos pide atrevernos a cambiar paradigmas. Fue lo que hizo Jesús. Se presentó ante el mundo de manera distinta a como era esperado el Mesías. No llegó como Juan lo esperaba, sino como Dios quería. También nosotros debemos tener la valentía para cambiar ciertos paradigmas en nuestro imaginario religioso, en el modo como trasmitimos la fe y en nuestro compromiso con el Reino. Es importante purificar nuestra conciencia religiosa de las imágenes terribles de Jesús Juez para que nos sea posible experimentar la cercanía de su amor misericordioso en nuestros sufrimientos y en nuestras necesidades. A la hora de comunicar la fe, de transmitirla, no podemos recurrir a imágenes de Dios, ni de Jesús, que inspiren miedo o temor y mucho menos hacerlo para amenazar o asustar a los pequeños para que se ‘porten bien’.

El Papa Francisco nos convoca a asumir la responsabilidad que tenemos los cristianos de comunicar a todos la alegría del evangelio y es curioso que para ello nos pide que revisemos nuestras actitudes, que vigilemos que estas sean coherentes con el mensaje que queremos transmitir; también nos pide que no tengamos miedo de la bondad ni de la ternura, es decir, que seamos capaces de comunicar la fe haciendo y el bien y dando testimonio con gestos humanos, de cercanía, de comprensión, de empatía, que manifiesten el inmenso amor que Dios tiene por nosotros. En pocas palabras, el Papa nos pide que llevemos a los demás la alegría del Evangelio pero que lo hagamos al estilo de Jesús. Este podría ser nuestro propósito para esta Navidad y para el próximo año nuevo.