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Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único

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Miércoles de la II semana de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (3,16-21)

Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el Hijo único de Dios.

La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran.

En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

«Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna». En esta frase de Jesús a Nicodemo está la síntesis del evangelio de Juan. Jesús es el don del Padre a la humanidad, un don que brota de un amor sin límites.

Tan grande es el deseo de Dios para que los hombres no se pierdan en la espiral del mal, que envía a su propio hijo para que sean liberados y salvados. El envío del Hijo a la tierra por parte del Padre y el amor del Hijo por nosotros que llega hasta la muerte en cruz, muestran que el amor es don, es servicio, es disponibilidad para entregarse por completo por los demás.

En este sentido Jesús explica a Nicodemo el motivo de su encarnación: «Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Jesús no quiere la condena del mundo, sino que ha venido precisamente para lo contrario, es decir, para salvar a los hombres del mal y de toda esclavitud, y el camino que se realiza para que esto suceda es el del amor: el amor de Dios por nosotros es, en consecuencia, la respuesta del hombre para acoger dicho amor.

Esta es la fe. El creyente es el que acoge a Jesús como el enviado del Padre para salvamos del mal y por tanto ya está salvado. La fe, y por tanto la salvación, consiste en acoger el amor, desmesurado y gratuito, de Jesús. Quien rechaza dicho amor es juzgado, no por Jesús sino por su propio rechazo porque se sustrae a la fuerza del amor que libera de la espiral del mal, rechaza la luz del amor de Dios para permanecer en la oscuridad del amor por sí mismo; y, por desgracia demasiado a menudo, los hombres prefieren la oscuridad de la vida violenta y cruel a la vida del amor, de la justicia, de la fraternidad.

Las obras del mal aumentan la oscuridad dentro de los corazones de los hombres y en la vida entre la gente; y hay como una espiral diabólica que nos hace prisioneros. El que acoge la luz verdadera, que es Jesús y su Evangelio, es iluminado o envuelto en la luz del Evangelio; y cumplir las obras en Dios, significa vivir con el amor sin límites de Dios. Es el amor que necesitamos nosotros y el mundo. A los cristianos, en el comienzo de este nuevo milenio, les corresponde la fascinante y ardua tarea de globalizar el amor recibido del Señor. Él nos hace «hijos de la resurrección» y testigos de la eficacia liberadora de este amor.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 171-172.

Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él

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Nicodemo 3 

Miércoles de la II semana de Pascua

Textos

†Del evangelio según san Juan (3,16-21)

Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el Hijo único de Dios.

La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran.

En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

El diálogo de Jesús con Nicodemo da un giro importante: lleva a la contemplación del  amor de Dios en la Cruz del Hijo. La Cruz de Jesús es, desde un punto de vista externo, un signo del  despojo, del abandono de Dios y del triunfo de la crueldad humana; la Pascua vierte luz sobre la Cruz  y la transforma en símbolo del amor de Dios sin medida; demuestra hasta dónde es capaz de llegar Dios y su hijo Jesucristo, en su amor por la humanidad.

«Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna». En esta frase se sintetiza el evangelio. Jesús es el don del amor del Padre a la humanidad.

En el Crucificado, Dios responde a nuestros interrogantes: ¿será que Dios me ama? ¿a Dios le interesa mi destino? ¿fuimos creados pero luego abandonados a nuestra suerte?  El Crucificado nos dice que Dios ama al mundo y quiere su salvación; que tenemos un valor inmenso a sus ojos y que lo que Él quiere es que nuestra vida no se arruine y que alcancemos la  plenitud de nuestra vida. Para ello nos da a su Hijo que nos abre el camino de la salvación y nos atrae hacia  la comunión con él y hacia la vida eterna.

Pero Dios no busca nuestra salvación sin contar con nosotros, ni tampoco en contra de nuestra voluntad. Se requiere que nos abramos a su amor increíble y  que creamos en su Hijo crucificado.  Sólo si reconocemos que el Crucificado es el único y predilecto Hijo de Dios, el amor de Dios puede desplegarse en nosotros y obrar eficazmente en nuestra vida.

¿Cómo acoger la luz resplandeciente de este amor para llenarnos de su fuerza vivificadora? A ello se opone el extraño fenómeno según el cual los hombres prefieren más las  tinieblas a la luz. Hay razones para huir de esta luz y para buscar la sombra de las tinieblas, razones que residen en el comportamiento humano. Quien hace el mal evita instintivamente la luz. Quien hace el bien afronta la luz y  no la evita, porque no tiene nada que esconder. Nuestro actuar concreto tiene una gran relación con nuestra fe:

Hacemos el bien cuando actuamos conforme a la voluntad de Dios, escuchándolo, buscando  sinceramente poner en práctica su voluntad. Actuamos equivocadamente cuando nos cerramos en nuestros criterios, excluyendo a  Dios, persiguiendo de manera egoista nuestra autoafirmación, planes y deseos, aún contra la voluntad de Dios. Quien se busca solamente a sí mismo, se cierra a Dios y corre el peligro de  permanecer cerrado ante la luminosa revelación de su amor.

 

Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo

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tanto-amo-dios-al-mundoMiércoles de la II semana de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (3,16-21)

Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el Hijo único de Dios.

La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran.

En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

«Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna». En esta frase de Jesús a Nicodemo está la síntesis del evangelio de Juan. Jesús es el don del Padre a la humanidad, un don que brota de un amor sin límites.

Tan grande es el deseo de Dios para que los hombres no se pierdan en la espiral del mal, que envía a su propio hijo para que sean liberados y salvados. El envío del Hijo a la tierra por parte del Padre y el amor del Hijo por nosotros que llega hasta la muerte en cruz, muestran que el amor es don, es servicio, es disponibilidad para entregarse por completo por los demás.

En este sentido Jesús explica a Nicodemo el motivo de su encarnación: «Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Jesús no quiere la condena del mundo, sino que ha venido precisamente para lo contrario, es decir, para salvar a los hombres del mal y de toda esclavitud, y el camino que se realiza para que esto suceda es el del amor: el amor de Dios por nosotros es, en consecuencia, la respuesta del hombre para acoger dicho amor.

Esta es la fe. El creyente es el que acoge a Jesús como el enviado del Padre para salvamos del mal y por tanto ya está salvado. La fe, y por tanto la salvación, consiste en acoger el amor, desmesurado y gratuito, de Jesús. Quien rechaza dicho amor es juzgado, no por Jesús sino por su propio rechazo porque se sustrae a la fuerza del amor que libera de la espiral del mal, rechaza la luz del amor de Dios para permanecer en la oscuridad del amor por sí mismo; y, por desgracia demasiado a menudo, los hombres prefieren la oscuridad de la vida violenta y cruel a la vida del amor, de la justicia, de la fraternidad.

Las obras del mal aumentan la oscuridad dentro de los corazones de los hombres y en la vida entre la gente; y hay como una espiral diabólica que nos hace prisioneros. El que acoge la luz verdadera, que es Jesús y su Evangelio, es iluminado o envuelto en la luz del Evangelio; y cumplir las obras en Dios, significa vivir con el amor sin límites de Dios. Es el amor que necesitamos nosotros y el mundo. A los cristianos, en el comienzo de este nuevo milenio, les corresponde la fascinante y ardua tarea de globalizar el amor recibido del Señor. Él nos hace «hijos de la resurrección» y testigos de la eficacia liberadora de este amor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 171-172.