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Hija, ten confianza; tu fe te ha curado

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mujer toca el manto.jpgTiempo Ordinario

Lunes de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 18-26)

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se le acercó un jefe de la sinagoga, se postró ante él y le dijo: “Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir”.

Jesús se levantó y lo siguió, acompañado de sus discípulos.

Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orilla del manto, pues pensaba: “Con sólo tocar su manto, me curaré”.

Jesús, volviéndose, la miró y le dijo: “Hija, ten confianza; tu fe te ha curado”. Y en aquel mismo instante quedó curada la mujer.

Cuando llegó a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús a los flautistas, y el tumulto de la gente y les dijo: “Retírense de aquí. La niña no está muerta; está dormida”. Y todos se burlaron de él. En cuanto hicieron salir a la gente, entró Jesús, tomó a la niña de la mano y ésta se levantó. La noticia se difundió por toda aquella región. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Estamos en Cafarnaúm, y uno de los jefes de la sinagoga se postra ante Jesús y le suplica: «Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir». Muy probablemente conoce bien a Jesús porque lo ha visto asistir a la sinagoga y tal vez incluso lo ha invitado alguna vez a tomar la palabra. Sin duda conoce la bondad y la misericordia de este joven profeta. Él es la única esperanza que le queda para recuperar a su hija.

En el jefe de la sinagoga reconocemos el tormento de muchos padres ante la muerte de sus hijos. Su oración contiene muchas oraciones desesperadas por la pérdida prematura de los seres queridos. En aquel hombre hay una fe fuerte: cree que Jesús lo puede hacer todo. Es la fe que nos enseña el Señor cuando afirma que no hay nada imposible para Dios. Devolverle la vida a aquella niña no es más que la anticipación de la Pascua y de la definitiva victoria del Señor sobre la muerte.

Jesús escucha la oración de aquel padre y al llegar a su casa toma a la niña por la mano, la despierta del sueño de la muerte y le devuelve la vida. Confiemos con fe al Señor a aquellos que pierden la vida siendo aún niños o jóvenes y aprendamos del Evangelio a acompañar a quien sufre el dolor de la muerte de sus seres queridos para que crezca la fe consoladora en la Resurrección.

Durante el trayecto una mujer que sufre hemorragias desde hace doce años, piensa que basta con tocar el manto de Jesús para quedar curada. Es una confianza simple que se manifiesta en un gesto aparentemente aún más simple, y además, hecho a escondidas. Jesús se da cuenta, la ve y le dice: «¡Hija, ten confianza; tu fe te ha curado». Mateo resalta que es la palabra de Jesús junto a la fe de aquella pobre mujer lo que lleva a cabo la curación: hace falta una relación personal entre aquella mujer y Jesús, entre nosotros y Jesús.

Debemos preguntarnos: ¿acaso el discípulo, la comunidad cristiana, no es el manto de Jesús para muchos que buscan consuelo y salvación? Jesús busca a la persona que lo ha tocado entre la muchedumbre. También nosotros hemos de saber buscar a quienes se acercan con su historia única y particular y que piden con la esperanza de encontrar alivio a su sufrimiento o necesidad.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 274-275.

“… No temas, basta que tengas fe” (Mc, 5-21-43)

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XIII Domingo Tiempo Ordinario

La Palabra este domingo nos propone una perspectiva general sobre la vida y la muerte, sobre el bien y el mal que se concretan en el evangelio que presenta a Jesús como fuente de vida y en la epístola que se refiere a la colecta promovida por Pablo a favor de los pobres de la Iglesia de Jerusalén.

La afirmación del libro de la Sabiduría es contundente. «Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes».  Bastaría con detenernos en este afirmación para hacer una provechosa meditación que nos ayude a purificar nuestra idea de Dios. Creemos en el Dios de la vida y del amor. No podemos, ni siquiera por equivocación pedirle la destrucción de otros, pues quiere la salvación de todos. No podemos adjudicarle la muerte de nadie, pues nos ha hecho para la vida.

Del evangelio fijémonos en la audacia y en la fe de la mujer enferma. Ella conocía los límites en los que la ley la ponía impidiéndole, por su enfermedad, tocar a las personas. Sin embargo, «Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con solo tocarle el vestido, curaría.»  Jesús no sólo se deja tocar, busca además hacer contacto personal con quien se le acerca con fe; en el caso de la hemorroísa la confirma en su fe y hace que se marche en paz, curada en lo físico y en lo espiritual.

Cuando parece que todo está perdido porque su hija ya había muerto, Jesús dice a Jairo «No temas, basta que tengas fe». Estas palabras son de suma importancia para nosotros. Cuando nos encontramos en dificultades, cuando parece que Dios calla o parece que se ha hecho ausente cuando no encontramos la solución de un problema, debemos escuchar a Jesús que nos dice «No temas, basta que tengas fe.» Los momentos difíciles son oportunidades para progresar en la fe y en la esperanza, no para renunciar a ellas.

Todos lo desaconsejan, sin embargo, Jesús sigue caminando hacia la casa de Jairo. Se encuentra con el alboroto que hacen quienes, según la costumbre del lugar, expresan su dolor y luto por la muerte de la niña. Jesús dice a la gente «¿A qué viene este alboroto y llanto?. La niña no está muerta, está dormida» Para Jesús la muerte es como un sueño y se revela como aquél que es capaz de despertar de este sueño. Jesús es Señor de la Vida y quiere que nosotros con Él participemos de la vida plena.

Tener fe y comprometernos con la vida. En la religiosidad de nuestro pueblo es común la práctica de desplazarse para ir a lugares en donde se veneran imágenes famosas para pedir un milagro. En la desesperación del dolor y de la enfermedad, muchos quieren tocar las imágenes sagradas o sus reliquias con la esperanza de que al hacerlo el milagro se realice. No cabe duda son signos y gestos que manifiestan una fe genuina que sin embargo, debe todavía comprenderse mejor y profundizarse más.

Jesús no sólo quiere que lo toquen, quiere hacer contacto con nosotros, mirarnos, tocarnos y devolvernos la salud física y espiritual. El auténtico peregrino es el que camina, busca y encuentra, pero también se deja buscar y encontrar por Jesús y su Palabra. Para Él los gestos de nuestra fe sencilla no son indiferentes, pero no hace milagros cuando lo que encuentra es nuestra indiferencia.

La segunda lectura nos recuerda la invitación de Pablo a los corintios a ser generosos participando en la colecta organizada a favor de los pobres de la Iglesia de Jerusalén. «Distínganse también ahora por su generosidad…  No se trata de que los demás viva tranquilos, mientras ustedes están sufriendo. Se trata, más bien, de aplicar durante nuestra vida una medida justa; porque entonces la abundancia de ustedes remediara las carencias de ellos, y ellos, por su parte, los socorrerán a ustedes en sus necesidades.»

En este texto encontramos cómo la solidaridad es y debe ser un gesto espontáneo entre las personas y las comunidades de fe. El más terrible flagelo de nuestra patria es la pobreza y la desigualdad ¡Los pobres no pueden esperar!. La solidaridad, es decir,  la conciencia de ser responsables de los demás,  el distintivo de la caridad y el compromiso con los deberes de justicia, son las virtudes con que las y los ciudadanos cristianos podemos y debemos participar en la vida pública.