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¡Insensato! Esta misma noche vas a morir

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Domingo de la XVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (12, 13-21)

En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús le contestó: “Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?” Y dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

Después les propuso esta parábola: “Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar: ‘¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?’ Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los últimos domingos, en el camino hacia Jerusalén, Jesús enseñó a quienes los seguían cuales son las tres características distintivas de sus verdaderos discípulos: la misericordia, la escucha y la oración. Integrar estas características exige un estilo de vida que acaba por definirse cuando se quiere saber cuál es el sentido de la vida o qué se tiene qué hacer para alcanzar la propia felicidad.

Uno de los aspectos de la vida que el seguimiento de Jesús exige definir de manera concorde a su enseñanza y testimonio es el de la relación con los bienes que pueden ser de ayuda o terminar siendo un serio obstáculo para amar al estilo de Jesús.

El ideal del  discípulo de Jesús es vivir liberado de toda ambición presente, esto le pide ser capaz de administrar los bienes de los que dispone sin dejarse aprisionar por los encantos del dinero, y vivir con la mira puesta en lo fundamental que es la felicidad, no momentánea sino para siempre. En este sentido, la libertad de corazón es un indicador de la madurez del discípulo.

Además, el discípulo debe saber centrar su vida y tomar sabias decisiones para alcanzar sus ideales y dar el mejor cauce a sus energías. Esta sabiduría, deriva de un estilo de vida responsable, coherente con su vocación a la vida en plenitud.

Esto nos lo explica san Lucas, al presentarnos la escena que contemplamos este domingo, en la que Jesús como maestro de vida, a partir de una disputa entre hermanos por una herencia, propone una enseñanza sobre el sentido de la vida que incluye una manera de relacionarse con los bienes concorde con la fe en un Dios creador y Padre.

Para leer, interpretar y apropiarnos el texto que leemos este domingo, necesitamos situarlo en su contexto, descubrir con claridad el problema que plantea y destacar las líneas principales de la enseñanza de Jesús.

El Contexto

El contexto lo conocemos si nos preguntamos a quién se dirige la enseñanza, en qué momento y cómo aparece un nuevo tema.

La enseñanza se dirige a una multitud y a los discípulos; esto lo sabemos porque el  capítulo 12 en el que se encuentra nuestro texto comienza diciendo: «entre tanto, la gente se aglomeraba por millares, hasta no poder caminar»; sin embargo, la enseñanza no pierde de vista a los discípulos: «entonces Jesús, dirigiéndose principalmente a sus discípulos, les dijo…»

Los versículos precedentes a nuestro texto nos dicen que la enseñanza de Jesús en ese momento se centraba en los peligros que acechan la vida del discípulo, que existen tanto dentro de la comunidad como fuera de ella y que si no se toman en cuenta y se tienen las debidas precauciones acaban paralizando el seguimiento. Un peligro interno a la comunidad es la levadura de los fariseos, la contagiosa hipocresía que esconde el verdadero yo, oculta las intenciones y corrompe los mejores propósitos; Jesús hace ver que la verdadera naturaleza del hombre no puede permanecer escondida sino que con el tiempo se manifiesta. Un peligro externo son las persecuciones, que pueden paralizar por el miedo y la desesperación; el temor a ellas se supera con la confesión de Jesús delante de todo el mundo y siempre, con confianza absoluta en el Padre y con la ayuda del Espíritu Santo.

El discípulo debe aprender a distinguir qué es a lo que verdaderamente debe temer y no es precisamente la pérdida de la vida terrena sino la pérdida definitiva de la vida, lo que mata el alma; precisamente Jesús estaba enseñando esto cuando es interrumpido por alguien «de entre la gente» que le presenta una cuestión ordinaria de la vida familiar: el reparto de la herencia.

Jesús retoma inmediatamente la palabra y abre una tercera línea de exposición sobre lo que realmente constituye un peligro para la vida del discípulo: el apego a las cosas terrenas, o mejor dicho, la avidez por poseer cosas materiales. El discípulo que vive apegado a sus bienes, en realidad no lo ha dejado todo para seguir al Señor, el Reino no es todavía su “tesoro” por el cuál es capaz de deshacerse de todo para apropiárselo.

Si bien la enseñanza se dirige principalmente a los discípulos, el hecho de que se haga en medio de una multitud y que quien la propicia permanezca en el anonimato, nos permite pensar que nos encontramos ante una enseñanza es de interés común para todo el mundo, pues lleva a hablar, independientemente de lo que se crea, de lo que es fundamental a toda persona que vive sobre la tierra: el sentido de la vida

El problema que se plantea

Leemos en nuestro texto: «…hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”.»

El caso que se presenta pertenece a la vida familiar cotidiana. Un personaje anónimo, se acerca, y, llamándolo Maestro, pide la intervención de Jesús; de esta manera le pide que intervenga como experto, como “rabí” que conoce los pormenores de la ley judía.

El ámbito de la disputa es la familia, se trata de la controversia con un hermano; este personaje anónimo da una orden a Jesús: «dile a mi hermano»; el tono recuerda el de Marta, que dijo a Jesús: «…dile a mi hermana que me ayude». Quien se presenta ante Jesús sabe lo que quiere, y así se lo indica a Jesús, «dile… que reparta conmigo la herencia». Una lectura superficial nos hace pensar que estamos ante la víctima del despojo hereditario a manos de un hermano abusivo. ¿se trata en realidad de esto? Profundicemos.

Se trata de un hombre cuyo hermano mayor se niega a darle la parte de la herencia paterna que le corresponde. La primera impresión es que se trata de una injusticia. En el evangelio de Lucas conocemos casos terribles de apropiación indebida de la herencia, recordemos que en parábolas, Jesús refirió el caso de un hijo que pidió a su padre anticipar la herencia y el asesinato del hijo del dueño de un viñedo para quedarse con su herencia.

Pero hay otra posibilidad, que cambia el planteamiento: podría ser que la intención del hermano mayor fuera positiva, en concordancia con las costumbres del lugar y de la época, y que  él –en cuanto responsable de la casa- se moviera por el ideal de la familia israelita: que era vivir juntos, para conservar intacta en la heredad. Recordemos el salmo 133, que alaba que los hermanos vivan juntos. En este caso, la queja del hermano menor que viene ante Jesús estaría motivada por la intención de separar su parte de la herencia para vivir independientemente, es decir, distanciarse del compartir familiar.

Para dirimir estos casos, que representaban verdaderos problemas jurídicos, se acostumbraba acudir a los rabinos, que, como abogados del pueblo, tenía que clarificar el asunto, emitiendo su dictamen de acuerdo a lo que la Ley mandaba. (se puede ver Números 27, 1-11 y Deuteronomio 21, 15-16).

La respuesta de Jesús la leemos en nuestro texto: «Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?”». En ella encontramos un eco de la respuesta que recibió Moisés cuando. quiso ser intermediario en el pleito entre un israelita y un egipcio agresor: «¿quien te puso como jefe y juez entre nosotros?»; la respuesta a la pregunta es implícita, por el contexto, sabemos que nadie puso a Jesús como árbitro de este tipo de asuntos.

Tal parece que Jesús no quiere clasificarse en la categoría de un “rabí” que lo haría dirimir los diferendos con una palabra autorizada; por lo que sigue, entendemos que Jesús se sitúa frente al problema de la justicia, en una perspectiva distinta, más profunda, que lo coloca más allá de ser dictaminador de casos particulares.

Jesús se coloca en otro nivel para abordar el problema y al mismo tiempo que descubre las intenciones escondidas del hermano menor que parece moverse por avaricia, permite vislumbrar cuál es el valor del Reino que debe tenerse como horizonte decisivo en este tipo de situaciones, como criterio definitivo para orientar no sólo la resolución de un caso sino la vida toda.

La enseñanza de Jesús.

El punto de partida de la enseñanza de Jesús es la codicia del hermano menor que reclama la herencia. La pedagogía de Jesús es admirable: primero establece un principio de vida, después ilustra con un ejemplo y concluye con una aplicación para la vida.

1. Un principio de vida

En el discurso a la multitud que lo rodeaba, Jesús había advertido a los discípulos del peligro que les representaba la hipocresía como actitud de vida para esconder el verdadero yo, para camuflar las intenciones y ocultar los verdaderos propósitos. En este mismo tenor, aprovechando la circunstancia, advierte a los discípulos sobre el peligro de la avaricia para su perseverancia en el camino del Reino. Leemos en nuestro texto: «Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea». Con intuición pedagógica, al señalar el principio Jesús indica qué hacer y por qué hacerlo.

¿Que hacer?: Evitar toda clase de avaricia. Es una exhortación que invita a la vigilancia, a examinar las propias actitudes, motivaciones y las intenciones del corazón. Recordemos que san Marcos nos dice que la avaricia sale del corazón del hombre (Mc 7,22). Jesús se refiere a «todo tipo de avaricia» refiriéndose a las múltiples expresiones del ˝deseo de tener siempre más”, que busca encontrar placer en el “llenarse de cosas” que desata la espiral de un deseo compulsivo consumista, que estimula el afán de competencia motivado por la envida y despierta el placer de exhibir lo que se tiene con el fin de conseguir la admiración y la envidia de los demás. A estos dinamismos que implican estímulos exteriores que afectan el interior de la persona, se agregan los que proceden del corazón: la tacañería, la falta de generosidad y la avaricia, que ciegan la mirada ante la necesidad del prójimo.

¿Por qué hacerlo? ¿Por qué hay que vigilar y tener cuidado de purificar el corazón en este punto concreto?  porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea». La vida no depende de lo que se tiene en “propiedad”; es terriblemente peligroso que el corazón quede prisionero de las cosas, porque cuando esto sucede las relaciones se basan en las cosas y se pierde de vista a las personas, que son valor fundamental e irremplazable y por el otro se entiende a Dios, que es el ‘Otro’ por excelencia y a los otros, los demás, los cercanos y lejanos, pero que pueden ser prójimo. Que centra su vida en lo que tiene, vive para adquirir, comprar, conseguir, nunca está satisfecho, siempre quiere más y acaba por apropiarse de lo que por derecho pertenece a otros, despojándolos. Por eso la avaricia es peligrosa, porque lleva a colocar ingenuamente los sueños de su vida, sus mejores ideales, sus grandes metas y toda la energía de la vida en cosas equivocadas e ignorar lo que realmente importa. Pensando lograr un gran éxito, quien es avaro o codicioso, cosecha en realidad un gran fracaso.

Jesús hace énfasis en «la abundancia» y con ello profundiza su respuesta; precisamente en la abundancia se revela la libertad del corazón. Para hacerlo entender, cuenta la parábola de un hombre que llega a nadar en abundancia pero que no sabe aprovechar la mejor oportunidad de su vida y se hunde irremediablemente en el sin sentido de la existencia.

2. Un ejemplo: la parábola del rico insensato

Dice nuestro texto: «les propuso esta parábola: «Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar…» Jesús no se limita a poner un ejemplo, con la parábola se mete en el pensamiento, en la lógica, de la gente que se cierra a la trascendencia -a Dios y al prójimo- precisamente por que vive en medio de gran abundancia; desde allí llama a la conversión.

El punto de partida es un hecho no previsto: la siembra tuvo un gran rendimiento, por lo que el dueño «obtuvo una gran cosecha», a ellos sigue la previsión del propietario: «¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo» Notemos la cadena de pronombres posesivos en primera persona que indican la conciencia que tiene este hombre de ser propietario, absoluto y autónomo, que  no tiene en cuenta a nadie, pues para él sólo existe su yo y lo suyo, y desconoce, el “tú”, el “nosotros”, y lo “nuestro”. Todo gira en torno a suyo, está preocupado por encontrar la solución, qué hacer, para además de conservar lo que ya tenía, mantener la prosperidad que se le presentaba por la abundante cosecha. En pocas palabras: el hacer del rico va en la dirección opuesta a la enseñanza de Jesús. Su avaricia para reunir y disfrutar la cosecha se deja ver en el aislamiento a que él mismo se somete.

«Ya se lo que voy a hacer» La avaricia despertó en él el propósito de una serie de dinamismos que lo tienen sólo a él como sujeto: almacenar, descansar y disfrutar.

Para almacenar, el rico habla de derribar, construir, y guardar, todo ello para asegurar la estabilidad de la riqueza: aquel hombre quería: «guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo». El dinamismo del descanso tiene como punto de partida la jactancia: «Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años…»; con ello los esfuerzos llegan a su fin, pues se siente asegurado por el resto de su vida que bien se merece un descanso. Para disfrutar, el rico habla de descansar, comer, beber y darse a la buena vida; es un dinamismo expansivo, el disfrute de los bienes, se busca el goce egoísta de la vida, como una auto-recompensa por todos sus esfuerzos.

De fondo se revela una manera de entender la vida: como no hay nada más allá de ella, lo mejor es dedicarse a disfrutar el tiempo presente y para ello es necesario acumular la mayor cantidad de recursos para invertirlos después en la felicidad. A quienes piensan así se dirige uno de los ‘ayes’ de Jesús, que escuchamos en san Lucas después de las bienaventuranzas: «¡Ay de ustedes los ricos! porque ya recibieron su consuelo»

Dios interviene. En el mundo ideal de este hombre rico, Dios había quedado fuera; no obstante Él entra y se oyen sus palabras: «¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?» La irrupción de Dios en la historia tira por tierra la fantasía de aquel hombre rico. Su monólogo se interrumpe con una palabra que viene de fuera y que invita a un verdadero diálogo. Delante de Dios no es posible vivir ensimismado, es necesario responderle.

Dios se dirige a este hombre afortunado llamándolo «necio»; él se creía inteligente, tenía casi totalizado un proyecto de vida; no obstante es presentado como insensato, falto de inteligencia, estúpido. Este rico necio no ha entendido que por mucho que posea no tiene la propiedad de su vida y ésta, cuando menos lo espere le será reclamada; la vida proviene de Dios y a Dios vuelve. Este rico necio, que actuaba como un gran empresario, no previó en sus cálculos la posibilidad de perderlo todo repentinamente y mucho menos previó el destino de sus bienes: «¿Para quién serán todos tus bienes?» Este hombre no sólo no obtuvo los recursos para un futuro sostenible, sino que tampoco previó a dónde iría a parar su fortuna: no había pensado en sus herederos.

La aplicación de la parábola

Al terminar la parábola, Jesús dice a su intelocutor, a la multitud y a los discípulos: «Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios».

Jesús aplica la parábola diciendo que no sólo no hay que ser avaro y «amontonar riquezas para sí mismo», sino que hay que crecer en las cosas de Dios, lo que es valioso a sus ojos.

Hay un matiz en los verbos de esta última frase que no debemos dejar pasar por alto. El primero se refiere a «amontonar» y se refiere a acumular; el segundo «hacerse rico» no se refiere siempre a las cosas, equivale más bien a «prosperar», crecer hacia Dios, al servicio de Dios, de la manera como quiere Dios, atendiendo a los valores del Reino. mirando a Dios como fin, como la plenitud de todo bien y de toda felicidad. El rico de la parábola no se preocupó por lo primero y descuidó lo segundo, lo que realmente importaba.

El hombre que no es rico en la presencia de Dios es por tanto pobre, no importa la cuantía de sus bienes materiales; amontonar riquezas, puede empobrecer a una persona ante las cosas que realmente son importantes y que le dan sentido a la existencia. La vida es un don, y sólo Aquél que nos la dio puede decirnos dónde está su sentido y de qué manera ella alcanza su plenitud.

Quien hace planes para la vida y piensa sólo en sus necesidades y exigencias materiales, sacando a Dios y al prójimo, ya dio el primer paso equivocado: será como un muerto en vida, aislado en su egoísmo.

Conclusión

El discípulo de Jesús está llamado a ser feliz. Su pensamiento y acción no se dejan llevar por la mentalidad de una sociedad consumista; su proyecto de vida no queda incrustado en el estrecho horizonte del disfrute de la vida terrena.

Un discípulo de Jesús sabe donde tiene puesto su corazón; promueve la calidad de vida para si y para su prójimo; sabe descansar sin acomodarse; su corazón es profundamente libre y no se aferra a las cosas, porque las motivaciones de su corazón son de largo alcance; sólo la vida que se orienta a Dios y al prójimo tiene sentido y trascendencia.

Un discípulo de Jesús vigila su corazón, para no perder la libertad; sabe caminar, sufrir alegrarse, con la mira puesta en Dios de quien todo procede y a quien todo se dirige y así vive sencillamente feliz.

 

[1] F. Oñoro, La lamentable ilusión del rico. Lectio Divina. Lucas 12, 13-21. CEBIPAL/CELAM