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Todos lo abandonaron y huyeron

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Domingo de Ramos  o de la Pasión del Señor

Textos

† Del santo Evangelio según san Marcos (11, 1-10)

Cuando Jesús y los suyos iban de camino a Jerusalén, al llegar a Betfagé y Betania, cerca del monte de los Olivos, les dijo a dos de sus discípulos: “Vayan al pueblo que ven allí enfrente; al entrar, encontrarán amarrado un burro que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganmelo.

Si alguien les pregunta por qué lo hacen, contéstenle: ‘El Señor lo necesita y lo devolverá pronto’”. Fueron y encontraron al burro en la calle, atado junto a una puerta, y lo desamarraron.

Algunos de los que allí estaban les preguntaron: “¿Por qué sueltan al burro?” ellos les contestaron lo que había dicho Jesús y ya nadie los molestó.

Llevaron el burro, le echaron encima los mantos y Jesús monto en él. Muchos extendían con su manto en el camino, y otros lo tapizaban con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante de Jesús y los que lo seguían iban gritando vivas: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el reino de nuestro padre David! ¡Hosanna en el cielo!” Palabra del Señor.

† Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos (14, 1–15, 47)

C. Faltaban dos días para la fiesta de Pascua y de los panes Azimos. Los sumos sacerdotes y los escribas andaban buscando una manera de apresar a Jesús a traición y darle muerte, pero decían:

P. “No durante las fiestas, porque el pueblo podría amotinarse”.

C. Estando Jesús sentado a la mesa, en casa de Simón el leproso, en Betania, llegó una mujer con un frasco de perfume muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y derramó el perfume en la cabeza de Jesús. Algunos comentaron indignados:

P. “¿ A qué viene este derroche de perfume? Podía haberse vendido por más de trescientos denarios para dárselos a los pobres”.

C. Y criticaban a la mujer; pero Jesús replicó:

+. “Déjenla. ¿Por qué la molestan? Lo que ha hecho conmigo está bien, porque a los pobres los tienen siempre con ustedes y pueden socorrerlos cuando quieran; pero a mí no me tendrán siempre. Ella ha hecho lo que podía. Se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Yo les aseguro que en cualquier parte del mundo donde se predique el Evangelio, se recordará también en su honor lo que ella ha hecho conmigo”.

C. Judas Iscariote, uno de los Doce, se presentó a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, se alegraron y le prometieron dinero; y él andaba buscando una buena ocasión para entregarlo. El primer día de la fiesta de los panes Azimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le preguntaron a Jesús sus discípulos:

P. “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?”

C. El les dijo a dos de ellos:

+. “Vayan a la ciudad. Encontrarán a un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo y díganle al dueño de la casa en donde entre: ‘El Maestro manda preguntar: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?’ El les enseñará una sala en el segundo piso, arreglada con divanes.

Prepárennos allí la cena”.

C. Los discípulos se fueron, llegaron a la ciudad, encontraron lo que Jesús les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Al atardecer, llegó Jesús con los Doce. Estando a la mesa, cenando les dijo:

+. “Yo les aseguro que uno de ustedes, uno que está comiendo conmigo, me va a entregar”.

C. Ellos, consternados, empezaron a preguntarle uno tras otro:

P. “¿Soy yo?”

C. El respondió:

+. “Uno de los Doce; alguien que moja su pan en el mismo plato que yo. El Hijo del hombre va a morir, como está escrito: pero, ¡ay de aquel que va entregar al Hijo del hombre! ¡Más le valiera no haber nacido!”

C. Mientras cenaban, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partio y se lo dio a sus discípulos, diciendo:

+. “Tomen: esto es mi cuerpo”.

C. Y tomando en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias, se la dio, todos bebieron y les dijo:

+. “Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. Yo les aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.

C. Después de cantar el himno, salieron hacia el monte de los Olivos y Jesús les dijo:

+. “Todos ustedes se van a escandalizar por mi causa, como está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas; pero cuando resucite iré por delante de ustedes a Galilea”.

C. Pedro replicó:

P. “Aunque todos se escandalicen, yo no”.

C. Jesús le contestó:

+. “¨Yo te aseguro que hoy, esta misma noche, antes de que el gallo cante dos veces, tú me negarás tres”.

C. Pero él insistía:

P. “Aunque tenga que morir contigo, no te negaré”.

C. Y los demás decían lo mismo. Fueron luego a un huerto, llamado Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos:

+. “Siéntense aquí mientras hago oración”.

C. Se llevo a Pedro, a Santiago y a Juan; empezó a sentir terror y angustia, y les dijo:

+. “Tengo el alma llena de una tristeza mortal. Quédense aquí, velando”.

C. Se adelantó un poco, se postró en tierra y pedía que, si era posible, se alejara de él aquella hora. Decía:

+. “Padre, tú lo puedes todo: aparta de mí este cáliz. Pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres”.

C. Volvió a donde estaban los discípulos, y al encontrarlos dormidos, dijo a Pedro:

+. “Simón, ¿estás dormido? ¿No has podido velar ni una hora ? Velen y oren, para que no caigan en la tentación. El espíritu está pronto, pero la carne es débil”.

C. De nuevo se retiró y se puso a orar, repitiendo las mismas palabras. Volvió y otra vez los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño; por eso no sabían qué contestarle. El les dijo:

+. “Ya pueden dormir y descansar. ¡Basta! Ha llegado la hora. Miren que el hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está cerca el traidor”.

C. Todavía estaba hablando, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, y con él, gente con espadas y palos, enviada por los sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado una contraseña, diciéndoles:

P. “Al que yo bese, ése es. Deténgalo y llévenselo bien sujeto”.

C. Llegó se acercó y le dijo:

P. “Maestro”.

C. Y lo besó. Ellos le echaron mano y lo apresaron. Pero uno de los presentes desenvainó la espada y de un golpe le cortó la oreja a un criado del sumo sacerdote. Jesús tomó la palabra y les dijo:

+. “¿Salieron ustedes a apresarme con espadas y palos, como si se tratara de un bandido? Todos los días he estado entre ustedes, enseñando en el templo y no me han apresado. Pero así tenía que ser para que se cumplieran las Escrituras”.

C. Todos lo abandonaron y huyeron. Lo iba siguiendo un muchacho, envuelto nada más con una sábana, y lo detuvieron; pero él soltó la sábana y se les escapó desnudo. Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote y se reunieron todos los pontífices, los escribas y los ancianos. Pedro lo fue siguiendo de lejos, hasta el interior del patio del sumo sacerdote y se sentó con los criados, cerca de la lumbre, para calentarse. Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban una acusación contra Jesús para condenarlo a muerte y no la encontraban. Pues, aunque muchos presentaban falsas acusaciones contra él, los testimonios no concordaban. Hubo unos que se pusieron de pie y dijeron:

P. “Nosotros lo hemos oído decir: ‘Yo destruiré este templo, edificado por hombres, y en tres días construiré otro, no edificado por hombres’ ”.

C. Pero ni aun en esto concordaba su testimonio. Entonces el sumo sacerdote se puso de pie y le preguntó a Jesús:

P. “¿No tienes nada que responder a todas esas acusaciones?”.

C. Pero él no le respondió nada. El sumo sacerdote le volvió a preguntar:

P. “¿Eres tú el Mesías y el Hijo de Dios bendito?”.

C. Jesús contestó:

+. “Si lo soy. Y un día verán cómo el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y cómo viene entre las nubes del cielo”.

C. El sumo sacerdote se rasgó las vestiduras exclamando:

P. “¿Qué falta hacen ya más testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?”.

C. Y todos lo declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirle, y tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían:

P. “Adivina quien fue”.

C. y los criados también le daban de bofetadas. Mientras tanto, Pedro estaba abajo, en el patio. Llego una criada del sumo sacerdote y al ver a Pedro calentándose, lo miro fijamente y le dijo:

P. “Tú también andabas con Jesús Nazareno”.

C. El lo negó, diciendo:

P. “Ni sé ni entiendo lo que quieres decir”.

C. Salió afuera, hacia el zaguán, y un gallo cantó. La criada, al verlo, se puso de nuevo a decir a los presentes:

P. “Ese es uno de ellos”.

C. Pero él lo volvió a negar. Al poco rato también los presentes dijeron a Pedro:

P. “Claro que eres uno de ellos, pues eres galileo”.

C. Pero él se puso a echar maldiciones y a jurar:

P. “No conozco a ese hombre del que hablan”.

C. En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro se acordó entonces de las palabras que le había dicho Jesús: ‘Antes de que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres’, y rompió a llorar. Luego que amaneció, se reunieron los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y el sanedrín en pleno, para deliberar. Ataron a Jesús, se lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Este le preguntó:

P. “¿Eres tú el rey de los judíos?”

C. El respondió:

+. “Sí lo soy”.

C. Los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le pregunto de nuevo:

P. “¿No contestas nada?. Mira de cuántas cosas te acusan”.

C. Jesús ya no le contestó nada, de modo que Pilato estaba muy extrañado. Durante la fiesta de Pascua, Pilato solía soltarles al preso que ellos pidieran. Estaba entonces en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en un motín. Vino la gente y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les dijo:

P. “¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?”

C. Porque sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato les volvió a preguntar:

P. “¿Y qué voy a hacer con el que llaman rey de los judíos?”

C. Ellos gritaron más fuerte:

P. “¡Crucifícalo!”

C. Pilato les dijo:

P. “Pues, ¿qué mal ha hecho?”

C. Ellos gritaron más fuerte:

P. “¡Crucifícalo!”

C. Pilato, queriendo dar gusto a la multitud, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de mandarlo azotar, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio, al pretorio, y reunieron a todo el batallón. Lo vistieron con un manto de color púrpura, le pusieron una corona de espinas que habían trenzado, y comenzaron a burlarse de él dirigiéndole este saludo:

P. “¡Viva el rey de los Judíos!”

C. Le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminadas las burlas, le quitaron aquel manto de color púrpura, le pusieron su ropa y lo sacaron para crucificarlo. Entonces forzaron a cargar la cruz a un individuo que pasaba por ahí de regreso del campo, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir “lugar de la Calavera”). Le ofrecieron vino con mirra, pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echando suertes para ver qué le tocaba a cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: “El rey de los judíos”. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la escritura que dice: Fue contado entre los malhechores. Los que pasaban por ahí lo injuriaban meneando la cabeza y gritándole:

P. “¡Anda! Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo y baja de la cruz”.

C. Los sumos sacerdotes se burlaban también de él y le decían:

P. “Ha salvado a otros, pero a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos”.

C. Hasta los que estaban crucificados con él también lo insultaban. Al llegar el mediodía, toda aquella tierra se quedó en tinieblas hasta las tres de la tarde. Y a las tres, Jesús gritó con voz potente:

+. “Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní?”

C. (que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?). Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

P. “Miren, está llamando a Elías”.

C. Uno corrió a empapar una esponja en vinagre, la sujetó a un carrizo y se la acercó para que bebiera, diciendo:

P. “Vamos a ver si viene Elías a bajarlo”.

C. Pero Jesús dando un fuerte grito, expiró.

Aquí todos se arrodillan y guardan silencio por unos instantes.

C. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba a abajo. El oficial romano que estaba frente a Jesús, al ver cómo había expirado, dijo:

P. “De veras este hombre era Hijo de Dios”.

C. Había también ahí unas mujeres que estaban mirando todo desde lejos; entre ellas, María Magdalena, María (la madre de Santiago el menor de José) y Salomé, que cuando Jesús estaba en Galilea, lo seguían para atenderlo; y además de ellas, otras muchas que habían venido con él a Jerusalén. Al anochecer, como era el día de la preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro distinguido del sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios. Se presentó con valor ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato se extraño de que ya hubiera muerto, y llamando al oficial, le preguntó si ya hacía mucho tiempo que había muerto. Informado por el oficial, concedió el cadáver a José. Este compró una sábana, bajó el cadáver, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro excavado en una roca y tapó con una piedra la entrada del sepulcro. María Magdalena y María, la madre de José, se fijaron en dónde lo ponían. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

Hoy comienza la Semana Santa o Semana de Pasión. Es santa porque en el centro está el Señor, y es de pasión porque contemplamos a Jesús, hombre lleno de pasión y rico en misericordia. El apóstol Pablo lo escribió a los Filipenses: «Se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz». ¿Cómo permanecer neutral ante lo que veremos y escucharemos? La pasión de Jesús, como la debilidad y el dolor de los hombres, no es un espectáculo a contemplar con indiferencia. La de Jesús es una pasión de amor: él no nos cambia con una ley sino con un amor grande. En realidad Jesús es el hombre que debe ser defendido, protegido, amado. No basta con no hacer el mal, tener las manos limpias, no decidir; es necesario amar a ese hombre. Quien no elige el amor acaba por ser cómplice del mal.

Jesús entra en Jerusalén como un rey. La gente parece intuirlo y extiende los mantos a lo largo del camino, como era costumbre en Oriente. También los ramos de olivo, tomados de los campos y esparcidos a lo largo del camino de Jesús, hacen de alfombra. El grito de «Hosanna» (en hebreo significa «¡Ayuda!») expresa la necesidad de salvación que sentía la gente. Jesús entra en Jerusalén como aquel que puede sacarnos de nuestras esclavitudes y hacernos partícipes de una vida más humana y solidaria. Sin embargo su rostro no es el rostro de un poderoso o de un fuerte, sino el de un hombre manso y humilde.

Pasan sólo seis días desde la entrada triunfal en Jerusalén y su rostro se convierte en el de un crucificado. Es la paradoja del domingo de Ramos, que nos hace vivir al mismo tiempo el triunfo y la pasión de Jesús. La entrada de Jesús en la ciudad santa es ciertamente la de un rey, pero la única corona que le pondrán sobre la cabeza será de espinas. Los ramos de olivo que hoy son el signo de la fiesta, en el huerto donde solía retirarse a orar le verán sudar sangre por la angustia de la muerte.

Jesús no huye, toma su cruz y sube con ella hasta el Gólgota, donde es crucificado. Aquella muerte, que a los ojos de la mayoría pareció una derrota, fue en realidad una victoria: era la lógica conclusión de una vida gastada por el señor. Verdaderamente sólo Dios podía vivir y morir de aquel modo, es decir, olvidándose de sí mismo para darse totalmente a los demás. Y de esto se da cuenta un militar pagano. El evangelista Marcos escribe: «Al ver el centurión, que estaba frente a él, que había expirado de esa manera, dijo: ‘Verdaderamente éste era Hijo de Dios’» (Mc 16, 39).

¿Quién entiende a Jesús? Los niños. son ellos quienes le acogen mientras entra en Jerusalén. «Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos», había dicho Jesús. Es lo que le sucede a Pedro: cuando se echa a llorar como un niño comienza a entenderse a sí mismo. Nosotros somos como él. Pedro confía en su orgullo: «Aunque todos se escandalicen de tí, yo nunca me escandalizaré», le replica Jesús. Se cree bueno, pero duerme cuando Jesús le pide velar tan sólo una hora: está como embrutecido, insatisfecho, triste. En realidad duerme y deja solo a Jesús. Y luego quizá fue él quien empuñó la espada. Pedro trata sólo de salvarse. Se avergüenza de Jesús, un débil, un vencido. Son nuestras traiciones. Pero al final, viendo las consecuencias del mal, Pedro llora. Entra de nuevo en sí mismo, recuerda, entiende, se libera de su orgullo, se arrepiente. En esta semana convirtámonos en hombres verdaderos como Pedro; lloremos como niños, pidiendo perdón por nuestro pecado, Conmovámonos ante el drama de tantos pobres cristos que con su cruz nos recuerdan el sufrimiento y el «vía crucis» de Jesús. Escojamos o escapar más, no seguirle más desde lejos, sino quedarnos cerca de él y quererle. Tomemos en nuestras manos el Evangelio y hagamos compañía a Jesús. El ramo que llevamos en las manos es signo de paz: quiere recordarnos que el Señor quiere la paz, otorga la paz. Ese olivo nos acompañará a nuestras casas para recordarnos lo mucho que Dios nos quiere. Él es nuestra paz, porque no tiene enemigos y no se salva a sí mismo. El amor vence al mal. ¿Querernos también nosotros aprender un amor así? ¿Queremos ser hombres y mujeres de paz como Jesús? La pasión es el camino de la alegría. Recorrámosla con Jesús para resucitar con él.


[1] V. Paglia, Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 147-149.

¿Quién es éste?”… este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea

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entrada triunfal a jerusalén

Domingo de Ramos

Textos

† Del evangelio según san Mateo(21, 1-11)

Cuando se aproximaban ya a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, envió Jesús a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan al pueblo que ven allí enfrente; al entrar, encontrarán amarrada una burra y un burrito con ella; desátenlos y tráiganmelos.

Si alguien les pregunta algo, díganle que el Señor los necesita y enseguida los devolverá”.

Esto sucedió para que se cumplieran las palabras del profeta: Díganle a la hija de Sión: He aquí que tu rey viene a ti, apacible y montado en un burro, en un burrito, hijo de animal de yugo.

Fueron, pues, los discípulos e hicieron lo que Jesús les había encargado y trajeron consigo la burra y el burrito.

Luego pusieron sobre ellos sus mantos y Jesús se sentó encima.

La gente, muy numerosa, extendía sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de los árboles y las tendían a su paso.

Los que iban delante de él y los que lo seguían gritaban: “¡Hosanna! ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!” Al entrar Jesús en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió.

Unos decían: “¿Quién es éste?” Y la gente respondía: “Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”. Palabra del Señor.

  

† Pasión de nuestro Señor Jesucristo Según san Mateo (26, 14—27, 66)

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo:

“¿Cuánto me dan si les entregó a Jesús?”

Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo.

El primer día de la fiesta de los panes Azimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron:

“¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?”

El respondió:

†. “Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: ‘El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa’ ”.

Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.

Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce, y mientras cenaban, les dijo:

†. “Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme”.

Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno:

“¿Acaso soy yo, Señor?”

El respondió:

†. “El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido”.

Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:

“¿Acaso soy yo, Maestro?”

Jesús le respondió:

†. “Tú lo has dicho”.

Durante la cena, Jesús tomó un pan, y pronunciada la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

†. “Tomen y coman. Este es mi Cuerpo”.

Luego tomó en sus manos una copa de vino, y pronunciada la acción de gracias, la pasó a sus discípulos, diciendo:

†.“Bebantodosdeella,porqueéstaesmiSangre,Sangredelanuevaalianza,queseráderramadapor todos, para el perdón de los pecados. Les digo que ya no beberé más del fruto de la vid, hasta el día en quebebaconustedeselvinonuevoenelReinodemiPadre”.

Después de haber cantado el himno, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo:

†. “Todos ustedes se van a escandalizar de mí esta noche, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después de que yo resucite, iré delante de ustedes a Galilea”.

Entonces Pedro le replicó:

“Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré”.

Jesús le dijo:

†. “Yo te aseguro que esta misma noche, antes de que el gallo cante, me habrás negado tres veces”.

Pedro le replicó:

“Aunque tenga que morir contigo, no te negaré”.

Y lo mismo dijeron todos los discípulos.

Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a los discípulos:

†. “Quédense aquí mientras yo voy a orar más allá”.

Se llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo:

†. “Mi alma está llena de una tristeza mortal. Quédense aquí y velen conmigo”.

Avanzó unos pasos más, se postró rostro en tierra y comenzó a orar, diciendo:

†. “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú”.

Volvió entonces a donde estaban los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:

†. “¿No han podido velar conmigo ni una hora? Velen y oren, para no caer en la tentación, porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil”.

Y alejándose de nuevo, se puso a orar, diciendo:

†. “Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”.

Después volvió y encontró a sus discípulos otra vez dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño. Los dejó y se fue a orar de nuevo, por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Después de esto, volvió a donde estaban los discípulos y les dijo:

†. “Duerman ya y descansen. He aquí que llega la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está aquí el que me va a entregar”. Echaron mano a Jesús y lo aprehendieron

Todavía estaba hablando Jesús, cuando llegó Judas, uno de los Doce, seguido de una chusma numerosa con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que lo iba a entregar les había dado esta señal:

“Aquel a quien yo le dé un beso, ése es. Aprehéndanlo”.

Al instante se acercó a Jesús y le dijo:

“¡Buenas noches, Maestro!”

Y lo besó. Jesús le dijo:

†. “Amigo, ¿es esto a lo que has venido?”

Entonces se acercaron a Jesús, le echaron mano y lo apresaron. Uno de los que estaban con Jesús, sacó la espada, hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó una oreja. Le dijo entonces Jesús:

†. “Vuelve la espada a su lugar, pues quien usa la espada, a espada morirá.“Vuelve la espada a su lugar, pues quien usa la espada, a espada morirá. ¿No crees que si yo se lo pidiera a mi Padre, él pondría ahora mismo a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Pero, ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras, que dicen que así debe suceder?”

Enseguida dijo Jesús a aquella chusma:

†. “¿Han salido ustedes a apresarme como a un bandido, con espadas y palos? Todos los días yo enseñaba, sentado en el templo, y no me aprehendieron. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las predicciones de los profetas”.

Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que aprehendieron a Jesús lo llevaron a la casa del sumo sacerdote Caifás, donde los escribas y los ancianos estaban reunidos. Pedro los fue siguiendo de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y todo el sanedrín andaban buscando un falso testimonio contra Jesús, con ánimo de darle muerte; pero no lo encontraron, aunque se presentaron muchos testigos falsos. Al fin llegaron dos, que dijeron:

“Este dijo: ‘Puedo derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días’ ”.

Entonces el sumo sacerdote se levantó y le dijo:

“¿No respondes nada a lo que éstos atestiguan en contra tuya?”

Como Jesús callaba, el sumo sacerdote le dijo:

“Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”.

Jesús le respondió:

†. “Tú lo has dicho. Además, puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”.

Después volvió y encontró a sus discípulos otra vez dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño. Los dejó y se fue a orar de nuevo, por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Después de esto, volvió a donde estaban los discípulos y les dijo:

†. “Duerman ya y descansen. He aquí que llega la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está aquí el que me va a entregar”.

Todavía estaba hablando Jesús, cuando llegó Judas, uno de los Doce, seguido de una chusma numerosa con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que lo iba a entregar les había dado esta señal:

“Aquel a quien yo le dé un beso, ése es.Aprehéndanlo”.

Al instante se acercó a Jesús y le dijo:

“¡Buenas noches, Maestro!”

Y lo besó. Jesús le dijo:

†. “Amigo, ¿es esto a lo que has venido?”

Entonces se acercaron a Jesús, le echaron mano y lo apresaron. Uno de los que estaban con Jesús, sacó la espada, hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó una oreja. Le dijo entonces Jesús:

†. Yo les declaro que pronto verán al Hijo del hombre, sentado a la derecha de Dios, venir sobre las nubes del cielo”.

Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó:

“¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia.

¿Qué les parece?”

Ellos respondieron:

“Es reo de muerte”.

Luego comenzaron a escupirle en la cara y a darle de bofetadas. Otros lo golpeaban, diciendo:

“Adivina quién es el que te ha pegado”.

Entretanto, Pedro estaba fuera, sentado en el patio. Una criada se le acercó y le dijo:

“Tú también estabas con Jesús, el galileo”.

Pero él lo negó ante todos, diciendo:

“No sé de qué me estás hablando”.

Ya se iba hacia el zaguán, cuando lo vio otra criada y dijo a los que estaban ahí:

“También ése andaba con Jesús, el nazareno”.

El de nuevo lo negó con juramento:

“No conozco a ese hombre”.

Poco después se acercaron a Pedro los que estaban ahí y le dijeron:

“No cabe duda de que tú también eres de ellos, pues hasta tu modo de hablar te delata”.

Entonces él comenzó a echar maldiciones y a jurar que no conocía a aquel hombre. Y en aquel momento cantó el gallo. Entonces se acordó Pedro de que Jesús había dicho: ‘Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces’. Y saliendo de ahí se soltó a llorar amargamente. Llegada la mañana, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte. Después de atarlo, lo llevaron ante el procurador, Poncio Pilato, y se lo entregaron. Entonces Judas, el que lo había entregado, viendo que Jesús había sido condenado a muerte, devolvió arrepentido las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo:

“Pequé, entregando la sangre de un inocente”.

Ellos dijeron:

“¿Y a nosotros qué nos importa? Allá tú”.

Entonces Judas arrojó las monedas de plata en el templo, se fue y se ahorcó.

Los sumos sacerdotes tomaron las monedas de plata y dijeron:

“No es lícito juntarlas con el dinero de las limosnas, porque son precio de sangre”.

Después de deliberar, compraron con ellas el Campo del alfarero, para sepultar ahí a los extranjeros. Por eso aquel campo se llama hasta el día de hoy “Campo de sangre”. Así se cumplió lo que dijo el profeta Jeremías: Tomaron las treinta monedas de plata en que fue tasado aquel a quien pusieron precio algunos hijos de Israel, y las dieron por el Campo del alfarero, según lo que me ordenó el Señor.

Jesús compareció ante el procurador, Poncio Pilato, quien le preguntó:

“¿Eres tú el rey de los judíos?”

Jesús respondió:

†. “Tú lo has dicho”.

Pero nada respondió a las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos. Entonces le dijo Pilato:

“¿No oyes todo lo que dicen contra ti?”

Pero él nada respondió, hasta el punto de que el procurador se quedó muy extrañado. Con ocasión de la fiesta de la Pascua, el procurador solía conceder a la multitud la libertad del preso que quisieran. Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Dijo, pues, Pilato a los ahí reunidos:

“¿A quién quieren que les deje en libertad: a Barrabás o a Jesús, que se dice el Mesías?”

Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia. Estando él sentado en el tribunal, su mujer mandó decirle:

“No te metas con ese hombre justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa”.

Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la muchedumbre de que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Así, cuando el procurador les preguntó:

“¿A cuál de los dos quieren que les suelte?”,

Ellos respondieron:

“A Barrabás”.

Pilato les dijo:

“¿Y qué voy a hacer con Jesús, que se dice el Mesías?”

Respondieron todos:

“Crucifícalo”.

Pilato preguntó:

“Pero, ¿qué mal ha hecho?”

Mas ellos seguían gritando cada vez con más fuerza:

“¡Crucifícalo!”

Entonces Pilato, viendo que nada conseguía y que crecía el tumulto, pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo:

“Yo no me hago responsable de la muerte de este hombre justo. Allá ustedes”.

Todo el pueblo respondió:

“¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”

Entonces Pilato puso en libertad a Barrabás. En cambio a Jesús lo hizo azotar y lo entregó para que lo crucificaran.

Los soldados del procurador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a todo el batallón.

Lo desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza; le pusieron una caña en su mano derecha, y arrodillándose ante él, se burlaban diciendo:

“¡Viva el rey de los judíos!”,

y le escupían. Luego, quitándole la caña, lo golpeaban con ella en la cabeza. Después de que se burlaron de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar.

Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Al llegar a un lugar llamado Gólgota, es decir, “Lugar de la Calavera”, le dieron a beber a Jesús vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no lo quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos, echando suertes, y se quedaron sentados ahí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: ‘Este es Jesús, el rey de los judíos’. Juntamente con él, crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Los que pasaban por ahí lo insultaban moviendo la cabeza y gritándole:

“Tú, que destruyes el templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz”.

También se burlaban de él los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, diciendo:

“Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo. Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios, que Dios lo salve ahora, si es que de verdad lo ama, pues él ha dicho: ‘Soy el Hijo de Dios’ ”.

Hasta los ladrones que estaban crucificados a su lado lo injuriaban.

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, se oscureció toda aquella tierra. Y alrededor de las tres, Jesús exclamó con fuerte voz:

†. “Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?”,

que quiere decir:

†. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

“Está llamando a Elías”.

Enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y sujetándola a una caña, le ofreció de beber. Pero los otros le dijeron:

“Déjalo.Vamos a ver si viene Elías a salvarlo”.

Entonces Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró.

Aquí se arrodillan todos y se hace una breve pausa.

Entonces el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba a abajo, la tierra tembló y las rocas se partieron. Se abrieron los sepulcros y resucitaron muchos justos que habían muerto, y después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. Por su parte, el oficial y los que estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que ocurrían, se llenaron de un gran temor y dijeron:

“Verdaderamente éste era hijo de Dios”.

Estaban también allí, mirando desde lejos, muchas de las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.

Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús, y Pilato dio orden de que se lo entregaran. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo, que había hecho excavar en la roca para sí mismo. Hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se retiró. Estaban ahí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro. Al otro día, el siguiente de la preparación de la Pascua, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato y le dijeron:

“Señor, nos hemos acordado de que ese impostor, estando aún en vida, dijo: ‘A los tres días resucitaré’. Manda, pues, asegurar el sepulcro hasta el tercer día; no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan luego al pueblo: ‘Resucitó de entre los muertos’, porque esta última impostura sería peor que la primera”.

Pilato les dijo:

“Tomen un pelotón de soldados, vayan y aseguren el sepulcro como ustedes quieran”.

Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, poniendo un sello sobre la puerta y dejaron ahí la guardia. Palabra del Señor.

 

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Mensaje[1]

La pasión de Jesús es paradójicamente -en la narración de Mateo- la pasión del Hijo del hombre, del Señor de la gloria, del Juez universal destinado a dar cumplimiento a la historia de la humanidad.

El evangelista refleja esta contradicción en una narración de intensa dramaticidad, manifestada en los detalles propios de su evangelio, por ejemplo, la desesperación y el suicidio de Judas y en la tensión continua entre poder y mansedumbre.

El que podría haber recurrido a más de doce legiones de ángeles para librarse de las manos de los hombres se deja capturar inerme; calla ante los “grandes” sin utilizar manifestaciones sobrenaturales. Su muerte rubrica el paso a una condición totalmente nueva desde el punto de vista religioso, humano y cósmico; sin embargo, Jesús no es un superhombre.

Mateo subraya particularmente su soledad en Getsemaní, la humildad de su oración al Padre y su confesión a los discípulos, a los que confía no sólo su tristeza mortal, sino también la debilidad de su carne.

De acuerdo con la perspectiva de su evangelio, Mateo, más que los otros evangelistas, insiste en el cumplimiento de las Escrituras -explícitamente o por medio de citas- para indicar que la pasión entra de lleno en el plan salvífico de Dios.

A pesar de todo, el pueblo elegido no lo ha comprendido y se hace culpable de la sangre del Inocente, esa sangre que sanciona “la nueva y eterna alianza”, la única que puede redimir de todo pecado. (Zevini (3), p. 387-388)

 

[1]G.Zevini– P.G.Cabra– J.L.Monge García, Lectio divina para cada día del año. 3., III, 387-388.

Bendito el rey que viene en nombre del Señor

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domingo-de-ramos-hermosaDomingo de Ramos

Textos

† Lectura del santo Evangelio según san Lucas (19, 28-40)

En aquel tiempo, Jesús, acompañado de sus discípulos, iba camino de Jerusalén, y al acercarse a Betfagé y a Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan al caserío que está frente a ustedes.

Al entrar, encontrarán atado un burrito que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí. Si alguien les pregunta por qué lo desatan, díganle: ‘El Señor lo necesita’”.

Fueron y encontraron todo como el Señor les había dicho. Mientras desataban el burro, los dueños les preguntaron: “¿Por qué lo desamarran?” Ellos contestaron: “El Señor lo necesita”. Se llevaron, pues, el burro, le echaron encima los mantos e hicieron que Jesús montara en él.

Conforme iba avanzando, la gente tapizaba el camino con sus mantos, y cuando ya estaba cerca la bajada del monte de los Olivos, la multitud de discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los prodigios que habían visto, diciendo: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!” Algunos fariseos que iban entre la gente, le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. El les replicó: “Les aseguro que si ellos se callan, gritarán las piedras”. Palabra del Señor.

† Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Lucas  

 

Audio del texto de la entrada en Jerusalén
Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En el Domingo de Ramos o de la Pasión del Señor, escuchamos dos textos del evangelio. El primero corresponde a la entrada de Jesús en el templo según la versión de Lucas y después, ya en la celebración eucarística, la Pasión según san Lucas.

La entrada de Jesús en Jerusalén.

Lo peculiar del relato lucano al narrar la entrada de Jesús en Jerusalén es la insistencia sobre la oración. “…cuando ya estaba cerca la bajada del monte de los Olivos, la multitud de discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los prodigios que habían visto, diciendo: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!” Algunos fariseos que iban entre la gente, le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. El les replicó: “Les aseguro que si ellos se callan, gritarán las piedras”.

La entrada de Jesús a Jerusalén se realiza en medio de la celebración festiva de “la multitud de discípulos” y se caracteriza por la alegría, por la expresión en voz alta de alabanzas a Dios.

La oración de los discípulos resume lo que ha visto en el camino compartido con Jesús; es un testimonio del Reino que han visto acontecer en el ministerio de Jesús: “se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los prodigios que habían visto”.

Es una oración que aclama al Mesías, mediante dos expresiones: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!”. La primera, es una cita del salmo 118,26, conocida en la liturgia del Templo de Jerusalén; es la aclamación con la que se recibían a los gozosos peregrinos en el momento de su ingreso al templo. Los discípulos añaden la expresión “al Rey”, que no está en el texto original con lo que identifican a Jesús con el Reino que ha sido el núcleo de su mensaje. La segunda, “Paz en el cielo…” retoma el canto de los ángeles en la noche de navidad, es una alabanza que se refiere dos veces a las alturas, es un grito de gratitud a Dios por la venida del Rey-Mesías; si en la noche de navidad la exclamación era de los ángeles en el cielo, ahora son los discípulos en la tierra, como indicando el final de un ciclo o el cumplimiento de una misión. También aquí los discípulos añaden algo novedoso; en el anuncio de los ángeles la exclamación era “paz en la tierra”; ahora los discípulos exclaman “paz en el cielo”, expresión que tiene el sabor a un reconocimiento que la paz de Jesucristo ha venido del cielo, pues de Dios proviene el don de la paz.

El entusiasmo de los judíos escandaliza a los fariseos que reaccionan negativamente y piden a Jesús que reprenda a sus discípulos. Es lógica la reacción, pues los discípulos están aclamando a Jesús como el Mesías enviado por Dios, algo que ellos no aceptaban; además, los fariseos se incomodan pues la aclamación de los discípulos les parece extravagante.

La Pasión según san Lucas

Para una lectura orante de la Pasión según san Lucas 22,1 a 23,56, ayuda considerar o contemplar los 16 cuadros que van ordenando la narración, sin perder de vista lo que es propio del relato lucano.

  1. El complot contra Jesús (estos versículos se omiten en el texto litúrgico)

El relato de la Pasión comienza con un preludio que nos inserta enseguida en el drama. Satán vuelve al ataque y se activan las fuerzas hostiles que tienen interés en la muerte de Jesús.

  1. La última pascua

Después de los preparativos por parte de los discípulos para el banquete, se prosigue con la celebración pascual misma. Lucas destaca el ritual de la cena pascual judía a lo largo de la cual el cabeza de familia hace circular varias copas. Hace un signo sobre el pan, el cual permanece como “memoria mía”.  En las palabras de Jesús sobre la copa se cumple la profecía de Jeremías que anuncia la nueva alianza. (cf. Jer 31, 31.33-34)

  1. El testamento de Jesús

A partir  del gesto de infidelidad de un miembro de la comunidad, Jesús da las consignas para el comportamiento de la comunidad cristiana que permanece fiel a Él. Desea que el poder no se ejerza a la manera de los paganos, no desde el pedestal de quien se siente “bienhechor”, sino según su estilo que es el servicio; desea que los discípulos compartan la plenitud del Reino, lo que exige perseverar con el Maestro en las pruebas; en contraste con la infidelidad del discípulo, Jesús da testimonio de su propia fidelidad: “yo he orado por ti, para que tu fe no desfallezca”. Puesto que Satán no permanece inactivo y conociendo la debilidad de su discípulo, Jesús anuncia las sacudidas que va a sufrir Pedro, antes de su caída. Los discípulos vivirán dentro de poco la misión y enfrentarán la hostilidad del mundo un evangelizarán en medio de un mundo de violencia; ante ello, el Señor les da consignas: tienen que prepararse ante los tiempos difíciles.

  1. La oración en el monte de los olivos

Oscurece  cuando Jesús y sus discípulos se dirigen hacia el monte de los Olivos; allí la angustia de Jesús orante hace contrapunto al momento de violencia que viene con el arresto. Lucas destaca que Jesús ora y hace orar conforme a la enseñanza que le había dado a los discípulos. Retoma dos peticiones del Padre Nuestro. Al comienzo y al final del episodio, Jesús le pide a sus discípulos que oren de manera que no caer en la tentación. Al Padre le dice: “que no se haga mi voluntad sino la tuya”. Dios acoge su oración y le envía un ángel para que lo reconforte. Lo mismo que Dios ya había hecho con el profeta Elías.

  1. El beso del traidor

No se describe quien forma la tropa que acude a arrestar a Jesús; la atención está puesta en el traidor, uno de los doce y la actitud de Jesús que en esa circunstancia da testimonio de lo que había enseñado a sus discípulos al exhortarlos a amar a los enemigos. El comportamiento de Jesús es modelo para los cristianos y contrasta con el de Judas y el de los discípulos que reaccionan con violencia.

  1. La caída de Pedro.

En el patio de la casa del sumo sacerdote, en presencia de Jesús, Pedro niega ser discípulo; pertenecer a la comunidad y haber hecho con él el camino desde Galilea, las tres formas de vinculación con Jesús. La mirada del Señor y el recuerdo de sus palabras tendrán como efecto la conversión de Pedro.

  1. El rostro cubierto.

Los captores, golpean a Jesús y se burlan de él. Al contrario de Pedro, ellos no afrontan la mirada de Jesús: cubren su rostro pidiéndole que juegue con ellos para burlarse de él.

  1. Jesús ante el Sanedrín

La mañana del viernes comienza con un primer interrogatorio ante la máxima autoridad judía. La revelación se hace en dos momentos. En primer lugar, Jesús deja entender que Él es mucho más que un Rey- Mesías temporal. A partir de la misteriosa figura del Hijo del hombre que viene entre las nubes del cielo, en segundo lugar, hace entender que Él es el Hijo de Dios. Ante el Sanedrín finalmente no se realiza un proceso judicial: no hay testigos ni acusaciones ni sentencia.

  1. Jesús ante Pilatos

Delante de Pilatos si hay proceso judicial. La acusación se basa en motivos políticos “Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación y oponiéndose a que se pague tributo al César y diciendo que él es el Mesías rey”. Pilatos afirma por primera vez que Jesús es inocente: “No encuentro ninguna culpa en este hombre”.

  1. De Pilatos a Herodes

En lugar de asumir su responsabilidad y tratar a Jesús como a alguien de su jurisdicción y de hacerle justicia, Herodes se comporta de forma indigna. Al final–de manera involuntaria- u le rinde un homenaje revistiéndolo con un manto real.

  1. De Herodes a Pilatos

Pilatos afirma por segunda vez que Jesús es inocente, esta vez coincidiendo con la opinión de Herodes. Con todo, hace flagelar a Jesús con intención de soltarlo después. Pero esto no satisface a los jefes ni al pueblo, que interviene aquí por primera vez. Una ironía trágica aparece en el texto: aquellos que habían acusado a Jesús de subversión son los mismos que solicitan la liberación de un verdadero subversivo, pidiendo la muerte del inocente. Después de afirmar por tercera vez que Jesús es inocente, Pilatos termina cediendo ante la presión popular. Para Lucas, los principales responsables de la muerte de Jesús son los sumos sacerdotes y los jefes del pueblo. Se destaca la ausencia de los fariseos. Según el testimonio de Lucas, ellos no son enemigos mortales de Jesús.

  1. Jesús carga la cruz

La narración alcanza su vértice dramático durante el camino de la Cruz. Llevando la cruz detrás de Jesús, Simón de Cirene se convierte en modelo del discípulo que toma la cruz. El pueblo también sigue a Jesús, contemplándolo a su paso. Se destacan la actitud de las mujeres y las palabras que Jesús les dirige a ellas. En términos proféticos Jesús anuncia la caída de Jerusalén.

  1. Una muerte ejemplar

Hasta el fin de su vida, Jesús pone en práctica lo que ha enseñado: el amor a los enemigos y el perdón de las ofensas. Mientras es crucificado dice: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.

  1. La muerte de un rey

Los jefes de los judíos, los soldados romanos y uno de los malhechores desafían a Jesús para que se salve a sí mismo. Jesús no lo hace. Él es “salvador”, pero no ejerce su poder para provecho propio. Por decisión personal, introduce en el paraíso a un pobre hombre que pone su confianza en Él. La salvación no será solamente al final de los tiempos, cuando vuelva. Jesús, desde la cruz, anuncia el “hoy” de la salvación.

  1. La muerte del Hijo

Las últimas palabras de Jesús en la cruz son una oración expresada en un grito de confianza. Si bien están inspiradas en el Salmo 31,6, ellas evocan sus primeras palabras en el Templo de Jerusalén, cuando cumplió sus doce años. Jesús llama a Dios “Padre” suyo y en sus manos deposita toda su vida, en Él concluye su camino y a Él le entrega su causa.

  1. Después de la muerte de Jesús

Comienza una serie de reacciones frente a la muerte heroica de Jesús. Notamos la alusión continua al “ver” al crucificado: El centurión romano, ve y da testimonio, la muerte de Jesús es una injusticia, es el inocente ajusticiado, tal como lo había profetizado Isaías en los cánticos del Siervo de Yahvé; el pueblo “ve” y comienza a convertirse, reconociendo su culpabilidad; los amigos que lo acompañaron desde Galilea, ven, pero desde lejos.

Sigue la sepultura. No todos los miembros del Sanedrín eran sus enemigos. José de Arimatea, llamado bueno y justo, le tribute homenaje y le da digna sepultura

Las mujeres “ven” todo hasta el ultimo instante. Su fidelidad rebase la de los varones discípulos. Ellas, las testigos de la sepultura de Jesús, serán igualmente las primeras testigos de la resurrección.

La “visión” del Resucitado no se puede desconectar de la “visión” del crucificado. Es así como la contemplación de las actitudes de Jesús en su Pasión y Crucifixión en esta narración que se desencadena sin pausa –que se escucha con la respiración contenida por la emoción- es el preludio de la “conversión” pascual que está a punto de suceder. Tal como lo hace sentir Lucas, el final es tranquilo y lleno de suspenso: una extraña calma que interroga el corazón. La serenidad orante del final abre las puertas a una gran expectativa… que tendrá respuesta.

 

[1] F. Oñoro. La entrada a Jerusalén y el itinerario de la Pasión en Lucas (Lucas 22-23), CEBIPAL/CELAM.