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Si alguno quiere seguirme

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 disicipulado

Tiempo Ordinario

Domingo de la XXIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (14, 25-33)

En aquel tiempo, caminaba con Jesús una gran muchedumbre y él, volviéndose a sus discípulos, les dijo: “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.

Porque, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que, después de haber echado los cimientos, no pueda acabarla y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: ‘Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar’.

¿O qué rey que va a combatir a otro rey, no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra él con veinte mil? Porque si no, cuando el otro esté aún lejos, le enviará una embajada para proponerle las condiciones de paz.

Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Después de estar en casa de uno de los jefes de los fariseos, donde participó en un banquete, en el que enseñó hacerca de la humildad y la gratuidad como dos actitudes básicas para vivir el evangelio del Reino,  Jesús retoma el camino, se da cuenta de que mucha gente lo sigue.

Su atención se dirije a quienes caminan con Él hacia Jerusalén; su mirada certera descubre que quienes van con él, tienen distintas motivaciones para hacer el camino y aprovecha la circunstancia para hablar con claridad de las exigencias del discipulado; advierte la respuesta radical que espera de quienes se decidan a vivir conforme los valores del Reino y la necesidad de discernir, razonar suficientemente antes de decidir, para no dar pasos en falso, ni alentar ilusiones vanas ni esperanzas vacías.

El contexto

«… Caminaba con Jesús una gran muchedumbre» El lugar de la enseñanza del texto que leemos es el camino y el auditorio está constituido por una gran cantidad de gente, entusiasmada, que su autocalifica para el discipulado.

No olvidemos que los lectores de este pasaje, estamos siguiendo, a distancia del tiempo y del espacio, el caminar de Jesús a Jerusalén y que el camino es escuela de grandes lecciones para la vida cristiana o discipulado cristiano.

Es mucha la gente que lo sigue, este es un dato constante del evangelio. Jesús ha llamado la atención por la fuerza de su palabra, por sus gestos proféticos, sus acciones simbólicas e intrvenciones milagrosas; la fascinación que ejerce sobre la multitud hace que muchos, sin pensarlo demasiado y sin estar dispuestos a cambios radicales en su vida, se hayan decidido a seguirlo; esperan favores, respuestas, remedio a sus necesidades pero no captan la realidad hacia la cual los conduce la decisión de seguir a Jesús.

Jesús no engaña a nadie, de alguna manera le preocupa que la multitud que lo sigue albergue falsas expectativas y no alcance a entender las exigencias del Reino, por ello «volviéndose a sus discípulos, les dijo...».

Pareciera que Jesús se dirige sólo al grupo de seguidores inmediatos, sin embargo, hemos de entender que se dirige a todo el que, caminando con él, quiere llegar a ser un verdadero discípulo, su enseñanza pues abarca a todos los creyentes en Él.

Las exigencias del discipulado

La exigencias del discípulado Jesús las condensa en dos frases que delinean las condiciones para quien quiera ser discípulo suyo: «si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.»

En estas dos frases queda claro que Jesús está en el centro de la experiencia cristiana y que el discípulo define su  identidad en relación a Él; para ser discípulo no basta querer, hay condiciones que cumplir; éstas, no se imponen, la persona que quiere unirse a Jesús queda en libertad de aceptarlas o no, pero quien las acepta debe desplazarse interior y exteriormente hacia Jesús; estas condiciones no son criterios de admisión, son indicadores de la capacidad para vivir el discipulado como debe ser.

Resignificar los afectos desde el Amor.

El discípulo de Jesús debe ser capaz de resignificar sus afectos desde el amor de Jesús. Es lo que aprendemos de la primera frase: « si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo»; conviene considerarla con atención, para evitar una lectura equivocada.

El equívoco más ordinario de una lectura literal de esta frase es pensar que a quien quiera ir tras Jesús se le pide la negación de los más grandes afectos de la vida que se concentran en el amor paterno, filial, fraterno y conyugal, así como el autodesprecio.

Algunas traducciones del texto que leemos, el «no me prefiere» de la frase que consideramos lo traducen como «no odia», esta manera de traducir acentúa la posibilidad de equívocos. El evangelio hace eco de un giro idiomático de la lengua hebrea que literalmente sería «odiar», pero que no tiene el significado de rechazo interior del afecto, sino más bien de prioridad en el amor.

Tomando en cuenta lo anterior, entendemos que lo que Jesús dice en el evangelio se refiere a colocar todos los valores de este mundo en un segundo plano, puesto que los intereses de Dios están en juego.

Se trata de renunciar a colocar en el centro de la propia vida a una persona que no sea Jesús; la palabra ˝preferir” de la traducción litúrgica que leemos, nos ayuda a entender que no se trata de descuidar o romper con los legítimos amores de la vida, sino de subordinarlos al amor de Jesús que es fuente vida.

El evangelio menciona los amores más grandes del corazón humano: padre, madre, esposa, hijos, hermanos y el propio yo. La lista termina con la persona misma del discípulo, indicando que la opción por Jesús afecta la raíz más profunda, de manera que todos los intereses afectivos quedan en segundo lugar cuando uno se compromete con Él.

Quien ha optado por Jesús, desde lo más profundo, desde «el propio yo» transformado y purificado por el amor, resignifica todos sus afectos y también los purifica. A nadie escapa que estos ámbitos de relación, que implican al propio discípulo y sus vínculos familiares, pueden verse afectados por dinamismos que opacan su encanto: el sometimiento, la dominación, el interés, la rivalidad, la complicidad y la soberbia.

Cuando el amor de Jesús es primero, quien lo sigue comprende que haber aceptado a Dios hace que su vida ya no sea la misma de antes y que, desde lo más profundo, el amor al estilo de Jesús reordena todos sus afectos, los purifica y los redimensiona.

Preferir a Jesús cambia el horizonte de la vida

La lista de renuncias pone al final la vida misma del discípulo. Esta renuncia no se entiende si no es a la luz del misterio de la Cruz. Esto lo entendemos con la segunda frase que delinea las condiciones para quien quiera ser discípulo de Jesús: «el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo».

Dar a Jesús el primer lugar implica dar también lugar preferente a la Cruz en el propio proyecto de vida, de manera que dar preferencia a Jesús respecto a los grandes afectos de la vida, no significa borrarlos de la propia historia, ni tratarlos sin compasión, por el contrario, significa amarlos, pero con un amor como el de Jesús que se simboliza en la Cruz, es un amor en el que no puede haber traiciones, ni dobleces, ni deficiencias.

El que no carga su cruz y me sigue

Detengámonos un poco. Con frecuencia diluimos, oscurecemos u olvidamos si no el significado de la Cruz, si el más fundamental.

Algunas personas, con facilidad identifican «cargar la cruz» con hacer pequeñas renuncias, buscar mortificaciones, privándose de satisfacciones o renunciando a gozos legítimos para llegar al sufrimiento y a través de este entrar en comunión con el sufrimiento de Jesús.

Para otras personas «cargar la cruz» significa aceptar las contrariedades de la vida, las desgracias o adversidades. Sin embargo, el evangelio no se refiere a esos sufrimientos.

Ciertamente la luz de la fe nos ayuda a saber aceptar las experiencias dolorosas y oscuras de la vida, pero el significado verdadero de «cargar la cruz» sólo lo entendemos contemplando a Jesús.

Cargar la propia cruz, implica colocarse en el lugar de Jesús y apropiarse en las diversas realidades de la vida, con esfuerzo y compromiso, sus palabras y actitudes para hacerlas vida.

De la misma manera que Jesús, el discípulo tiene que estar preparado para afrontar el conflicto, el rechazo y la agresión que son consecuencia por su opción por el Reino, el propósito de cumplir la voluntad de Dios y de amar al estilo de Jesús.

La muerte de Jesús a los ojos de los hombres de su tiempo fue la prueba de su fracaso; de igual manera, el discípulo debe estar dispuesto a pasar a los ojos de los demás como un fracasado, cuando por seguir la lógica del evangelio las cosas no han salido «triunfantes» según el juicio de los demás; la Cruz hizo de Cristo un rechazado, quien no esté dispuesto a aceptar el rechazo por querer vivir en el amor, la verdad, la justicia y la paz, no puede ser discípulo de Jesús. La fidelidad a la voluntad de Dios significó a Jesús no pocos conflictos, quien diluye las exigencias del evangelio para no tenerlos, mejor que no se apunte en la escuela de Jesús.

Cargar la Cruz y seguir a Jesús acentúa que la Cruz se carga con la mirada puesta en Jesús, si no, no tiene sentido. La expresión «seguir a Jesús» tiene profundas evocaciones bíblicas, referidas en el Antiguo Testamento a la renuncia a los falsos dioses, con el fin de seguir confiadamente en el camino de Yahvé; esta opción por Dios recae sobre la persona de Jesús y la expresión «me sigue» adquiere el significado de jugársela por Jesús.

A Jesús no se le puede seguir sin la Cruz, si la disposición a despojarse de todo que identifica al discípulo con el Maestro por los caminos de la vida. Así, estar en comunión con Jesús constituye la esencia misma de ser discípulo; el despojo y la comunión con los sufrimientos de Cristo exige la disponibilidad total de desprendimiento, la renuncia a todos los bienes.

Esta exigencia hace que la decisión de seguir a Jesús, de hacer con él el camino del discipulado no se pueda tomar sin discernimiento, a ello se dirige la enseñanza de la segunda parte del texto que consideramos.

No tomar las cosas a la ligera, discernir con realismo y sabiduría

Encontramos enseguida dos parábolas que sólo están en el evangelio de Lucas; ambas entrañan la misma idea: antes de emprender un camino o iniciar una empresa, es necesario hacer una correcta evaluación de la situación incial. Cuando no se tienen suficientes recursos, físicos, económicos, emocionales, afectivos, etc., una persona no debería embarcarse en un compromiso que sabe que no podrá sostener, que terminará en el fracaso, y por consiguiente, su nombre quedará en ridículo delante de sus conocidos.

Con tremenda claridad Jesús enseña que un compromiso a medias es peor que una negativa a seguirlo; con ello no quiere desanimar, por el contrario quiere infundir ánimo; en el camino del discipulado el candidato tiene la vida, que es lo que debe entregar, el problema es si está dispuesto a hacerlo.

Para no ser discípulo a medias y ser capaz de perseverar en las pruebas hay que reflexionar las implicaciones de decidirse por Jesús, como lo hace el constructor antes de comenzar a construir una casa o el rey antes de emprender la guerra.

La parábola del constructor.

En la comparación centrada en una persona que se dispone a iniciar una construcción, Jesús señala cuatro momentos: primero, el desafío: «Porque, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre...»; segundo, la actitud lógica que hay que tomar: «no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla»; tercero, la posible dificultad: «no sea que, después de haber echado los cimientos, no pueda acabarla» y cuarto, la consecuencia de una mala decisión: «y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: ‘Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar

El mensaje es que cualquiera que emprenda una tarea sin estar preparado para asumir hasta las últimas consecuencias será considerado loco. Relacionándolo con lo dicho en la primera parte del texto que consideramos comprendemos mejor por qué los discípulos deben estar preparados para amar al estilo de Jesús, asumiendo el costo de llevar cada uno su propia cruz.

La parábola del rey que va a la guerra.

El esquema de la segunda parábola es bastane parecido; sin embargo, hay en el último momento una leve diferencia. Primero, el desafío: «¿O qué rey que va a combatir a otro rey...»; segundo, la actitud lógica: «no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra él con veinte mil»; tercero, la posible dificultad: «Porque si no…»; cuarto, la necesidad de cambiar de estrategia: «cuando el otro esté aún lejos, le enviará una embajada para proponerle las condiciones de paz

El rey que va a enfrentar a otro en una batalla debe medir sus fuerzas; lo delicado de la situación implica reclutar soldados y elaborar una estrategia para no exponerse a la destrucción completa; de manera que si no es posible hacer frente a la batalla, mejor se llegue a un buen acuerdo con el enemigo antes de que sea demasiado tarde

Ambas parábolas ponen en guardia a quien quiere seguir a Jesús acerca de la conveniencia de tomar decisiones bien ponderadas; pues el seguimiento o discipulado, exige un compromiso total, perseverante y sin vuelta atrás.

Nuestro texto concluye con una última exigencia; las enumeradas hasta ahora se habían referidos a los afectos mas cercanos y al propio yo, no se habían mencionado los bienes y ahora se les considera: «así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo».

Con ello se completa la enseñanza, quien no se libera de todos sus lazos terrenos, no puede ser discípulo de Jesús. Sin el desprendimiento y la libertad de corazón, el discipulado es un fracaso.

Conclusión

El evangelio de hoy nos pide hacer un alto en nuestro camino y revisar con verdad nuestra condición de discípulos y nos impulsa a dar un paso en la radicalidad del seguimiento del Señor, comprometiendo nuestra capacidad de discernimiento.

Las exigencias de la vocación cristiana se plantean en tres ámbitos de la existencia:

El primer ámbito es el de los afectos más entrañables: paterno, filial, fraterno y conyugal, no para eliminarlos o desestimarlos, sino para purificarlos de todo egoísmo, interés o pulsión que pueda deformarlos o hacerlos tóxicos; amar a quienes nos son más entrañables al estilo de Jesús, hace que la propia familia se constituya en semilla y germen del Reino.

El segundo ámbito es el personal. El discipulado exige hacer la cuentas con el propio yo y purificarlo de toda egolatría, el remedio más eficaz es asumir la propia Cruz sobrellevando con integridad, el rechazo, la burla, la animadversión que se siguen por ser fieles a nuestra identidad de hijos de Dios, optando por el amor en lugar del odio, por el perdón en lugar de la venganza, por el servicio en lugar de la comodidad, por la verdad en lugar de la mentira, por la justicia en lugar de la corrupción, etc.

El tercer ámbito es el de los bienes: seguir a Jesús, requiere absoluta libertad frente a los bienes que, si nos descuidamos, pueden ser una trampa peligrosa que nos impida, como al joven rico, seguir con radicalidad a Jesucristo.

 

 

[1] F. Oñoro, El discipulado pide radicalidad: comprometerse en primera persona. Lucas 14 25-33, CEBIPAL/CELAM; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 304-305.

Jesús tomó la firme determinación de ir a Jerusalén

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Jesús en el camino.jpgXIII Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo C

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 51-62)

Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén. Envió mensajeros por delante y ellos fueron a una aldea de Samaria para conseguirle alojamiento; pero los samaritanos no quisieron recibirlo, porque supieron que iba a Jerusalén.

Ante esta negativa, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: “Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?” Pero Jesús se volvió hacia ellos y los reprendió.

Después se fueron a otra aldea. Mientras iban de camino, alguien le dijo a Jesús: “Te seguiré a donde quiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza”.

A otro, Jesús le dijo: “Sígueme”. Pero él le respondió: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”. Jesús le replicó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios”.

Otro le dijo: “Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia”. Jesús le contestó: “El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús inicia el camino definitivo con una gran resolución interior. Comienza a subir a Jerusalén, el último trecho de su camino, que es decisivo y que culminará, después de su Pascua, en su ascensión al cielo.

Nos encontramos frente a las coyunturas decisivas para Jesús y para los discípulos. Para el Maestro es el tiempo del “cumplimiento” según el proyecto mesiánico delineado por el Padre. Nada ni nadie lo podrá detener, ni la hostilidad de los samaritanos, ni la pobreza, ni el padre que hay que sepultar, ni los parientes de los que hay que despedirse, son suficientes para “mirar atrás“. Para el discípulo es tiempo de un profundo discernimiento, que tome en cuenta el “costo” del discipulado, analizando las implicaciones de la opción de seguir al maestro y decidiendo libre y conscientemente recorrer el mismo camino.

Lo que es válido para el maestro, vale para el discípulo: el seguimiento de Jesús, se puede entender a partir de la imagen de un camino, que para recorrerlo requiere de actitudes y decisiones firmes. Seguir a Jesús en el camino hacia Jerusalén requiere de la radicalidad y de la jerarquía de valores de Jesús.

El pasaje que leemos hoy tiene tres partes: la decisión de Jesús; el fracaso de Samaria y la exigencia del seguimiento incondicional que se relata en tres episodios vocacionales. Nos detendremos brevemente en cada una de ellas.

La decisión de Jesús.

Jesús cierra una etapa de su vida en la fértil región de Galilea y abre un nuevo ciclo, que inicia con estas palabras: «Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén». En esta frase encontramos tres elementos clave:

El primero, se trata de la realización del plan de Dios. No es una decisión tomada a la ligera; Jesus ya habia anunciado su pasión; para Jesús, se trata del tiempo establecido por el Padre, que llega a su fin.

El segundo, la meta es Jerusalén. Jesús sabe a donde va; también conoce lo que está en la mentalidad de todos: no convenía «que un profeta muera fuera de Jerusalén». En adelante, la ciudad santa estará en el horizonte de lo que Jesús hace y dice.

El tercero, la toma de una decisión. El texto dice que Jesús «tomó la firme determinación». Se trata de una decisión radical que implica una ruptura; Jesús deja atrás Galilea y se dirige hacia Jerusalén. Él toma la iniciativa, escoge así el camino del Padre. Jesús no se contenta con lo que hacen muchos, aceptar el destino como inevitable y esperar a que les alcance; por el contrario, él avanza decidido hacia ese destino. Con gran fortaleza, Jesús enfrenta su destino, se compromete y toma decisiones con firmeza. En adelante lo que Jesús haga será preludio de su muerte, y para sus seguidores, preludio de la vida.

El fracaso en Samaria

El camino más directo para llegar a Jerusalén bajando desde Galilea pasa por Samaria; sin embargo, la mayoría de los judíos evitaba este camino, por la enemistad existente entre judíos y samaritanos. Los samaritanos, por su nacionalismo y por su intolerancia religiosa, fastidiaban a los viajeros y peregrinos que cruzaban por su territorio.

A pesar de esta adversidad, Jesús se decide por esta ruta y envía mensajeros delante de sí que hagan saber de su llegada, todo indica que tenía intenciones misioneras y que con un gesto de misericordia ofrece su mano amiga al pueblo enemigo.

El desenlace es muy triste, pues a Jesús se le niega la hospitalidad, no le permiten misionar entre ellos y no aceptaron su amistad, no lo recibieron «porque supieron que iba a Jerusalén».

¿Qué fue lo que los discípulos que fueron a preparar el camino en Samaria dijeron a los samaritanos? No lo sabemos. Si les comunicaron la idea de Mesías que tenían y presentaron a Jesús como tal, se hace entendible el rechazo. Los discípulos, comunicando una idea equivocada del Maestro pueden predisponer a que otros lo reciban y le permitan quedarse entre ellos.

El caso es que el segundo ciclo de la misión de Jesús inicia como el primero, el de la sinagoga de Cafarnaúm, bajo el signo del rechazo. En esta ocasión, los impetuosos discípulos Santiago y Juan, haciendo honor a su apodo de «hijos del trueno», reaccionan violentamente y airados, abren una alternativa de destrucción: «¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?». Lo que proponen es un gesto de maldición, parece que no se les ocurre otra cosa para enfrentar el fracaso.

Jesús impide a sus discípulos llevar a cabo su propósito, los reprende por su intolerancia y por su reacción violenta. Si bien, Jesús pide la hospitalidad de los samaritanos, no se las impone, les deja en libertad para acogerlo y no coacciona a nadie. La decisión de los samaritanos de no recibir a Jesús no es castigada con medidas drásticas.

Esto está en sintonía con la decisión previa de Jesús de caminar hacia Cruz; el camino que lo lleva a ella le hará enfrentar el rechazo, sin embargo, él sigue adelante: «después se fueron a otra aldea». Lo mismo harán sus discípulos después, sabrán que el rechazo del evangelio es una posibilidad y que cuando se hace presente, no es motivo de desánimo sino ocasión para revisar el camino andado, cambiar la estrategia y seguir caminando.

Esto es una muestra de lo que significa para el discípulo «tomar la cruz de cada día», saber tomar los tragos amargos del desprecio, con la madurez de quien no se echa para atrás ante el rechazo, sino que lo afronta, asegurando el amor al adversario y respetando las decisiones libres de los demás.

El seguimiento sin condiciones

La experiencia que han vivido y la reacción de los discípulos, da pie a nuevas enseñanzas sobre el discipulado. El camino a Jerusalén se volverá escuela para sus acompañantes en la que Jesús les hará profundizar el significado de renunciar a si mismo y tomar consigo la cruz de cada día y seguirlo.

Yendo de camino, se presentan tres personas que quieren hacerse discípulos de Jesús; dos se presentan espontáneamente, uno es llamado directamente; todos se acercan porque quieren quedarse con el Maestro; sin embargo traen consigo algunas condicionantes que se transforman en impedimentos para el discipulado; aquí nos damos cuenta, que los impedimentos para seguir a Jesús y asumir su misión no son sólo externos; también provienen desde dentro.

El texto presenta tres situaciones difíciles que provienen de la mentalidad de los mismos discípulos y que permiten a Jesús delinear, a partir del objetivo de su misión -la entrega de la vida en la Cruz- las condiciones para seguirlo. Estas son: 1. compartir la pobreza de Jesús, 2. dar el primer lugar a la evangelización y 3. mirar siempre hacia adelante. Dicho de otra manera: olvido del pasado, pasión en el presente y esperanza en el futuro.

El evangelio ofrece así tres criterios de discernimiento para quienes están a punto de optar por Jesús, para que disciernan sus motivaciones y tengan claridad en las implicaciones de su decisión. El discipulado es una gracia que proviene del llamado, pero la respuesta supone una decisión humana que debe sopesarse con seriedad, responsabilidad y verdad.

Primer criterio:

Compartir la pobreza de Jesús

El primer candidato al discipulado se acerca y le expresa a Jesús una disponibilidad sin condiciones: «Te seguiré a donde quiera que vayas». Jesús y los discípulos recién habían vivido el rechazo de los samaritanos. Jesús quiere que quienes lo sigan no sean ingenuos y responde sin rodeos: «las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza». Lucas, desde el inicio del evangelio, desde el establo de Belén, ha presentado a Jesús sin morada; su vida es itinerante, precaria, no tiene hogar ni lugar. Seguir a Jesús supone dejar la comodidad de una vida instalada y la disposición para afrontar situaciones imprevistas y de pobreza.

El seguimiento de Jesús requiere de libertad, sólo así la mirada puede estar puesta en la meta y hacer que todo lo demás se vuelva secundario; lo que se recibe en el camino se acepta como don y no se reclama como derecho. En su respuesta, Jesús se refiere a si mismo como “el Hijo del hombre”, esta expresión nos remite al despojo de la Cruz, que es el camino que el Señor propone a sus discípulos.

Segundo criterio:

Privilegiar la evangelización colocándose en el horizonte de la vida.

El siguiente candidato, es llamado por Jesús; llama la atención el imperativo: ¡Sígueme! En este caso, la condición que pone quien es llamado es: «déjame ir primero a enterrar a mi padre»; este candidato a discípulo antepone algo al seguimiento; la meta de Jesús no es prioridad, pasa a segundo término ante lo que el que es llamado pone en primer lugar.

El evangelio no nos da mucha información sobre la situación, no sabemos si el que es llamado por Jesús a seguirlo quiere esperar hasta la muerte de su padre o sólo quiere cumplir con el deber de sepultarlo porque ya ha muerto. La respuesta de Jesús pone delante una prioridad: «Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios». El criterio es claro. Lo que se debe privilegiar es la evangelización, la misión no puede aplazarse; de quien asume la misión se espera una obediencia como la de Abraham, a quien se le pidió dejar patria y casa, para ponerse en camino a la tierra prometida.

Con este criterio Jesús no está aboliendo el cuarto mandamiento de la ley de Dios, que incluye la sepultura de los padres, como un deber estricto de piedad filial, pero si hace saber que los compromisos propios de la vocación constituyen un deber infinitamente superior. El amor de Dios, es sobre todas las cosas; está por encima del amor por la familia; esto, es una de las novedades del Reino.

El Reino que anuncia Jesús es de vivos, por eso dice «que los muertos entierren a sus muertos»; Jesús hace ver a quienes lo siguen, que en el discipulado está la plenitud de la vida, a la cual todos están llamados. Cuando se entra en el ámbito del Reino, se entra en el ámbito de la vida y ya no se debe dar marcha atrás.

Jesús no recomienda al discípulo que se desentienda de su familia, sino todo lo contrario. Lo fundamental es la evangelización, el anuncio del Reino y éste tiene una importancia superior a los deberes humanos más preciados, más aún, estos, deben interpretarse desde la perspectiva del Reino, y conducir al Reino las realidades más queridas, como es el caso de la propia familia.

Tercer criterio:

Mirar siempre hacia adelante.

El tercer candidato se acerca a Jesús, quiere seguirlo, pero el también tiene una condición: «Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia». Parece que hay decisión, que hay voluntad; sin embargo, hay un “pero”.

Hay que tomar en cuenta que en el contexto del evangelio, los miembros de una misma familia vivían dispersos; en este ambiente, la despedida, por sencilla que fuera, implicaba tiempo y el riesgo de “enfriar” o cambiar la decisión. La respuesta de Jesús procede de la sabiduría popular entre los campesinos y que antes de Jesús fue popularizada por Plinio “el Viejo” (23 a.C). Cuando se ara el campo, es imposible hacer un surco recto y profundo si se está mirando hacia atrás.

Jesús aplica la imagen a la consecuencia que implica la novedad del Reino: «el que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios». Son palabras duras, porque descalifican; Jesús no legitima con ellas la falta de amor a la familia; pero, si subraya que el seguimiento requiere un cambio, una ruptura entre el antes y el después de la decisión del seguimiento; las relaciones, incluidas las familiares, no pueden continuar de la misma manera. La opción por el Reino implica renuncias, como la de Jesús al tomar la determinación de dejar Galilea para dirigirse a Jerusalén.

Jesús pide a sus discípulos que al seguirlo, imiten también su entrega completa, firme y decidida a la misión; deben trabajar, como el que ara la tierra, labrando un humus distinto, el de la humanidad y consagrar a ese trabajo todos sus esfuerzos, sin distracciones; quien se distrae en esta tarea, no sirve para ella.

Jesús no acepta decisiones tibias; seguirlo supone en la vida una ruptura con el pasado; no se puede ver hacia adelante cuando la mirada está vuelta a los recuerdos, a las culpas, a las ataduras afectivas; la opción por el Reino, la decisión de seguir a Jesús exige un cambio de valores para vivir el presente y proyectar el futuro.

Conclusión: Decidir inspirados en Jesús

Llama la atención que sea Lucas, el evangelista de la misericordia, quien presente las exigencias del Reino a quien quiere pertenecer a él en el seguimiento de Jesús. El mensaje es claro: quien quiera seguir a Jesús debe decidirse totalmente por él.

Los momentos de la vida en los que tenemos que tomar decisiones son momentos de la verdad. Si se ha optado por el Reino, las decisiones deben inspirarse en los valores del Reino y tomarse con firmeza y determinación. El discipulado no admite la tibieza espiritual, ni las medias tintas en el apostolado; por el contrario, exige rupturas enérgicas con el pasado para abrirse a un futuro lleno de promesas.

Hoy aprendemos de Jesús, de su ejemplo y de su enseñanza, los pasos correctos para tomar la decisión fundamental de orientar la vida por el Reino. No sabemos si los candidatos al discipulado de los que habla el evangelio finalmente siguieron a Jesús o no; lo que si sabemos con certeza son las circunstancias y las condiciones que son necesarias para seguirlo. Corresponde a nosotros la respuesta.

 

[1] F. Oñoro, Para un seguimiento radical. Lectio Divina Lucas 9, 51-62. CEBIPAL/CELAM.

Proyecto de vida

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dejando redes

Tiempo Ordinario

Lunes de la I Semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (1, 14-20)

Después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio”. Caminaba Jesús por la orilla del lago de Galilea, cuando vio a Simón y a su hermano, Andrés, echando las redes en el lago, pues eran pescadores.

Jesús les dijo: “Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante, vio a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en una barca, remendando sus redes. Los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre con los trabajadores, se fueron con Jesús. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio de Marcos fue el primero en escribirse, y, a diferencia de los de Mateo y Lucas, comienza directamente con la narración de la vida pública de Jesús. Contemplamos el inicio de la predicación de Jesús. El evangelio señala que Jesús se dirige a Galilea después de que Juan había sido «arrestado».

La palabra profética que anunciaba un tiempo nuevo había sido encadenada. Jesús, desde ese momento, decide comenzar a recorrer los caminos de su tierra para anunciar a todos la «buena noticia». Es la primera vez que aparece el término «evangelio», es decir, «buena noticia». No es una palabra abstracta que se pronuncia para después desvanecerse en la niebla del olvido; el evangelio es Jesús mismo: Él es la «buena noticia» que hay que acoger, creer y comunicar a los hombres para que le confíen a Él su vida.

Con palabras y obras, Jesús muestra que el reino del amor ha llegado en medio de los hombres y que con él comienza una nueva historia de amor y de amistad de la humanidad con Dios. Esta es la mejor noticia que los hombres podían escuchar; quien la recibe  cambia su vida. La historia de la predicación cristiana da aquí sus primeros pasos.

Caminando a orillas del mar de Galilea, Jesús ve a Simón ya Andrés, dos hermanos pescadores, y les dice: «Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres». Los dos, aunque ocupados echando sus redes en el lago, acogen la invitación y le siguen. Es la historia de los discípulos de todos los tiempos.

En toda generación, también la nuestra, en medio de las circunstancias ordinarias de la vida el Señor pasa y llama a hombres y mujeres a seguirlo; el Señor pasa y no se detiene. Siguiendo su camino a orillas del lago de Tiberíades, Jesús encuentra a otros dos hermanos, Santiago y Juan; ellos, junto a su padre, remendaban sus redes; también les llama, y ellos, después de escucharle, dejan las redes y le siguen. Es el comienzo de la nueva fraternidad que Jesús inaugura y que pide a los discípulos continuar todavía hoy, siempre por el mismo camino de la escucha y la fidelidad.

Jesús llama  a seguirlo a gente ocupada no a gente sin quehacer; llama a gente ordinaria, en cualquier edad o etapa de la vida y lo hace en la vida diaria; llegará a ser su discípulo quien sea audaz para seguirlo;  quien sea capaz de hacerse cargo de su propia vida y de la de los demás; al Señor no se le sigue por terapia ocupacional, ni por pasatiempo; se le sigue porque su llamado ha calado en el corazón y se quiere compartir con Él un proyecto vital, que puede realizarse en distintas circunstancias o estados de vida y que implica toda la existencia no retazos.

 

 

[1] Cf. V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 55-56.