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Jesús tomó la firme determinación de ir a Jerusalén

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Jesús en el camino.jpgXIII Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo C

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 51-62)

Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén. Envió mensajeros por delante y ellos fueron a una aldea de Samaria para conseguirle alojamiento; pero los samaritanos no quisieron recibirlo, porque supieron que iba a Jerusalén.

Ante esta negativa, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: “Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?” Pero Jesús se volvió hacia ellos y los reprendió.

Después se fueron a otra aldea. Mientras iban de camino, alguien le dijo a Jesús: “Te seguiré a donde quiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza”.

A otro, Jesús le dijo: “Sígueme”. Pero él le respondió: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”. Jesús le replicó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios”.

Otro le dijo: “Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia”. Jesús le contestó: “El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús inicia el camino definitivo con una gran resolución interior. Comienza a subir a Jerusalén, el último trecho de su camino, que es decisivo y que culminará, después de su Pascua, en su ascensión al cielo.

Nos encontramos frente a las coyunturas decisivas para Jesús y para los discípulos. Para el Maestro es el tiempo del “cumplimiento” según el proyecto mesiánico delineado por el Padre. Nada ni nadie lo podrá detener, ni la hostilidad de los samaritanos, ni la pobreza, ni el padre que hay que sepultar, ni los parientes de los que hay que despedirse, son suficientes para “mirar atrás“. Para el discípulo es tiempo de un profundo discernimiento, que tome en cuenta el “costo” del discipulado, analizando las implicaciones de la opción de seguir al maestro y decidiendo libre y conscientemente recorrer el mismo camino.

Lo que es válido para el maestro, vale para el discípulo: el seguimiento de Jesús, se puede entender a partir de la imagen de un camino, que para recorrerlo requiere de actitudes y decisiones firmes. Seguir a Jesús en el camino hacia Jerusalén requiere de la radicalidad y de la jerarquía de valores de Jesús.

El pasaje que leemos hoy tiene tres partes: la decisión de Jesús; el fracaso de Samaria y la exigencia del seguimiento incondicional que se relata en tres episodios vocacionales. Nos detendremos brevemente en cada una de ellas.

La decisión de Jesús.

Jesús cierra una etapa de su vida en la fértil región de Galilea y abre un nuevo ciclo, que inicia con estas palabras: «Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén». En esta frase encontramos tres elementos clave:

El primero, se trata de la realización del plan de Dios. No es una decisión tomada a la ligera; Jesus ya habia anunciado su pasión; para Jesús, se trata del tiempo establecido por el Padre, que llega a su fin.

El segundo, la meta es Jerusalén. Jesús sabe a donde va; también conoce lo que está en la mentalidad de todos: no convenía «que un profeta muera fuera de Jerusalén». En adelante, la ciudad santa estará en el horizonte de lo que Jesús hace y dice.

El tercero, la toma de una decisión. El texto dice que Jesús «tomó la firme determinación». Se trata de una decisión radical que implica una ruptura; Jesús deja atrás Galilea y se dirige hacia Jerusalén. Él toma la iniciativa, escoge así el camino del Padre. Jesús no se contenta con lo que hacen muchos, aceptar el destino como inevitable y esperar a que les alcance; por el contrario, él avanza decidido hacia ese destino. Con gran fortaleza, Jesús enfrenta su destino, se compromete y toma decisiones con firmeza. En adelante lo que Jesús haga será preludio de su muerte, y para sus seguidores, preludio de la vida.

El fracaso en Samaria

El camino más directo para llegar a Jerusalén bajando desde Galilea pasa por Samaria; sin embargo, la mayoría de los judíos evitaba este camino, por la enemistad existente entre judíos y samaritanos. Los samaritanos, por su nacionalismo y por su intolerancia religiosa, fastidiaban a los viajeros y peregrinos que cruzaban por su territorio.

A pesar de esta adversidad, Jesús se decide por esta ruta y envía mensajeros delante de sí que hagan saber de su llegada, todo indica que tenía intenciones misioneras y que con un gesto de misericordia ofrece su mano amiga al pueblo enemigo.

El desenlace es muy triste, pues a Jesús se le niega la hospitalidad, no le permiten misionar entre ellos y no aceptaron su amistad, no lo recibieron «porque supieron que iba a Jerusalén».

¿Qué fue lo que los discípulos que fueron a preparar el camino en Samaria dijeron a los samaritanos? No lo sabemos. Si les comunicaron la idea de Mesías que tenían y presentaron a Jesús como tal, se hace entendible el rechazo. Los discípulos, comunicando una idea equivocada del Maestro pueden predisponer a que otros lo reciban y le permitan quedarse entre ellos.

El caso es que el segundo ciclo de la misión de Jesús inicia como el primero, el de la sinagoga de Cafarnaúm, bajo el signo del rechazo. En esta ocasión, los impetuosos discípulos Santiago y Juan, haciendo honor a su apodo de «hijos del trueno», reaccionan violentamente y airados, abren una alternativa de destrucción: «¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?». Lo que proponen es un gesto de maldición, parece que no se les ocurre otra cosa para enfrentar el fracaso.

Jesús impide a sus discípulos llevar a cabo su propósito, los reprende por su intolerancia y por su reacción violenta. Si bien, Jesús pide la hospitalidad de los samaritanos, no se las impone, les deja en libertad para acogerlo y no coacciona a nadie. La decisión de los samaritanos de no recibir a Jesús no es castigada con medidas drásticas.

Esto está en sintonía con la decisión previa de Jesús de caminar hacia Cruz; el camino que lo lleva a ella le hará enfrentar el rechazo, sin embargo, él sigue adelante: «después se fueron a otra aldea». Lo mismo harán sus discípulos después, sabrán que el rechazo del evangelio es una posibilidad y que cuando se hace presente, no es motivo de desánimo sino ocasión para revisar el camino andado, cambiar la estrategia y seguir caminando.

Esto es una muestra de lo que significa para el discípulo «tomar la cruz de cada día», saber tomar los tragos amargos del desprecio, con la madurez de quien no se echa para atrás ante el rechazo, sino que lo afronta, asegurando el amor al adversario y respetando las decisiones libres de los demás.

El seguimiento sin condiciones

La experiencia que han vivido y la reacción de los discípulos, da pie a nuevas enseñanzas sobre el discipulado. El camino a Jerusalén se volverá escuela para sus acompañantes en la que Jesús les hará profundizar el significado de renunciar a si mismo y tomar consigo la cruz de cada día y seguirlo.

Yendo de camino, se presentan tres personas que quieren hacerse discípulos de Jesús; dos se presentan espontáneamente, uno es llamado directamente; todos se acercan porque quieren quedarse con el Maestro; sin embargo traen consigo algunas condicionantes que se transforman en impedimentos para el discipulado; aquí nos damos cuenta, que los impedimentos para seguir a Jesús y asumir su misión no son sólo externos; también provienen desde dentro.

El texto presenta tres situaciones difíciles que provienen de la mentalidad de los mismos discípulos y que permiten a Jesús delinear, a partir del objetivo de su misión -la entrega de la vida en la Cruz- las condiciones para seguirlo. Estas son: 1. compartir la pobreza de Jesús, 2. dar el primer lugar a la evangelización y 3. mirar siempre hacia adelante. Dicho de otra manera: olvido del pasado, pasión en el presente y esperanza en el futuro.

El evangelio ofrece así tres criterios de discernimiento para quienes están a punto de optar por Jesús, para que disciernan sus motivaciones y tengan claridad en las implicaciones de su decisión. El discipulado es una gracia que proviene del llamado, pero la respuesta supone una decisión humana que debe sopesarse con seriedad, responsabilidad y verdad.

Primer criterio:

Compartir la pobreza de Jesús

El primer candidato al discipulado se acerca y le expresa a Jesús una disponibilidad sin condiciones: «Te seguiré a donde quiera que vayas». Jesús y los discípulos recién habían vivido el rechazo de los samaritanos. Jesús quiere que quienes lo sigan no sean ingenuos y responde sin rodeos: «las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza». Lucas, desde el inicio del evangelio, desde el establo de Belén, ha presentado a Jesús sin morada; su vida es itinerante, precaria, no tiene hogar ni lugar. Seguir a Jesús supone dejar la comodidad de una vida instalada y la disposición para afrontar situaciones imprevistas y de pobreza.

El seguimiento de Jesús requiere de libertad, sólo así la mirada puede estar puesta en la meta y hacer que todo lo demás se vuelva secundario; lo que se recibe en el camino se acepta como don y no se reclama como derecho. En su respuesta, Jesús se refiere a si mismo como “el Hijo del hombre”, esta expresión nos remite al despojo de la Cruz, que es el camino que el Señor propone a sus discípulos.

Segundo criterio:

Privilegiar la evangelización colocándose en el horizonte de la vida.

El siguiente candidato, es llamado por Jesús; llama la atención el imperativo: ¡Sígueme! En este caso, la condición que pone quien es llamado es: «déjame ir primero a enterrar a mi padre»; este candidato a discípulo antepone algo al seguimiento; la meta de Jesús no es prioridad, pasa a segundo término ante lo que el que es llamado pone en primer lugar.

El evangelio no nos da mucha información sobre la situación, no sabemos si el que es llamado por Jesús a seguirlo quiere esperar hasta la muerte de su padre o sólo quiere cumplir con el deber de sepultarlo porque ya ha muerto. La respuesta de Jesús pone delante una prioridad: «Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios». El criterio es claro. Lo que se debe privilegiar es la evangelización, la misión no puede aplazarse; de quien asume la misión se espera una obediencia como la de Abraham, a quien se le pidió dejar patria y casa, para ponerse en camino a la tierra prometida.

Con este criterio Jesús no está aboliendo el cuarto mandamiento de la ley de Dios, que incluye la sepultura de los padres, como un deber estricto de piedad filial, pero si hace saber que los compromisos propios de la vocación constituyen un deber infinitamente superior. El amor de Dios, es sobre todas las cosas; está por encima del amor por la familia; esto, es una de las novedades del Reino.

El Reino que anuncia Jesús es de vivos, por eso dice «que los muertos entierren a sus muertos»; Jesús hace ver a quienes lo siguen, que en el discipulado está la plenitud de la vida, a la cual todos están llamados. Cuando se entra en el ámbito del Reino, se entra en el ámbito de la vida y ya no se debe dar marcha atrás.

Jesús no recomienda al discípulo que se desentienda de su familia, sino todo lo contrario. Lo fundamental es la evangelización, el anuncio del Reino y éste tiene una importancia superior a los deberes humanos más preciados, más aún, estos, deben interpretarse desde la perspectiva del Reino, y conducir al Reino las realidades más queridas, como es el caso de la propia familia.

Tercer criterio:

Mirar siempre hacia adelante.

El tercer candidato se acerca a Jesús, quiere seguirlo, pero el también tiene una condición: «Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia». Parece que hay decisión, que hay voluntad; sin embargo, hay un “pero”.

Hay que tomar en cuenta que en el contexto del evangelio, los miembros de una misma familia vivían dispersos; en este ambiente, la despedida, por sencilla que fuera, implicaba tiempo y el riesgo de “enfriar” o cambiar la decisión. La respuesta de Jesús procede de la sabiduría popular entre los campesinos y que antes de Jesús fue popularizada por Plinio “el Viejo” (23 a.C). Cuando se ara el campo, es imposible hacer un surco recto y profundo si se está mirando hacia atrás.

Jesús aplica la imagen a la consecuencia que implica la novedad del Reino: «el que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios». Son palabras duras, porque descalifican; Jesús no legitima con ellas la falta de amor a la familia; pero, si subraya que el seguimiento requiere un cambio, una ruptura entre el antes y el después de la decisión del seguimiento; las relaciones, incluidas las familiares, no pueden continuar de la misma manera. La opción por el Reino implica renuncias, como la de Jesús al tomar la determinación de dejar Galilea para dirigirse a Jerusalén.

Jesús pide a sus discípulos que al seguirlo, imiten también su entrega completa, firme y decidida a la misión; deben trabajar, como el que ara la tierra, labrando un humus distinto, el de la humanidad y consagrar a ese trabajo todos sus esfuerzos, sin distracciones; quien se distrae en esta tarea, no sirve para ella.

Jesús no acepta decisiones tibias; seguirlo supone en la vida una ruptura con el pasado; no se puede ver hacia adelante cuando la mirada está vuelta a los recuerdos, a las culpas, a las ataduras afectivas; la opción por el Reino, la decisión de seguir a Jesús exige un cambio de valores para vivir el presente y proyectar el futuro.

Conclusión: Decidir inspirados en Jesús

Llama la atención que sea Lucas, el evangelista de la misericordia, quien presente las exigencias del Reino a quien quiere pertenecer a él en el seguimiento de Jesús. El mensaje es claro: quien quiera seguir a Jesús debe decidirse totalmente por él.

Los momentos de la vida en los que tenemos que tomar decisiones son momentos de la verdad. Si se ha optado por el Reino, las decisiones deben inspirarse en los valores del Reino y tomarse con firmeza y determinación. El discipulado no admite la tibieza espiritual, ni las medias tintas en el apostolado; por el contrario, exige rupturas enérgicas con el pasado para abrirse a un futuro lleno de promesas.

Hoy aprendemos de Jesús, de su ejemplo y de su enseñanza, los pasos correctos para tomar la decisión fundamental de orientar la vida por el Reino. No sabemos si los candidatos al discipulado de los que habla el evangelio finalmente siguieron a Jesús o no; lo que si sabemos con certeza son las circunstancias y las condiciones que son necesarias para seguirlo. Corresponde a nosotros la respuesta.

 

[1] F. Oñoro, Para un seguimiento radical. Lectio Divina Lucas 9, 51-62. CEBIPAL/CELAM.

Proyecto de vida

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dejando redes

Tiempo Ordinario

Lunes de la I Semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (1, 14-20)

Después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio”. Caminaba Jesús por la orilla del lago de Galilea, cuando vio a Simón y a su hermano, Andrés, echando las redes en el lago, pues eran pescadores.

Jesús les dijo: “Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante, vio a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en una barca, remendando sus redes. Los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre con los trabajadores, se fueron con Jesús. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio de Marcos fue el primero en escribirse, y, a diferencia de los de Mateo y Lucas, comienza directamente con la narración de la vida pública de Jesús. Contemplamos el inicio de la predicación de Jesús. El evangelio señala que Jesús se dirige a Galilea después de que Juan había sido «arrestado».

La palabra profética que anunciaba un tiempo nuevo había sido encadenada. Jesús, desde ese momento, decide comenzar a recorrer los caminos de su tierra para anunciar a todos la «buena noticia». Es la primera vez que aparece el término «evangelio», es decir, «buena noticia». No es una palabra abstracta que se pronuncia para después desvanecerse en la niebla del olvido; el evangelio es Jesús mismo: Él es la «buena noticia» que hay que acoger, creer y comunicar a los hombres para que le confíen a Él su vida.

Con palabras y obras, Jesús muestra que el reino del amor ha llegado en medio de los hombres y que con él comienza una nueva historia de amor y de amistad de la humanidad con Dios. Esta es la mejor noticia que los hombres podían escuchar; quien la recibe  cambia su vida. La historia de la predicación cristiana da aquí sus primeros pasos.

Caminando a orillas del mar de Galilea, Jesús ve a Simón ya Andrés, dos hermanos pescadores, y les dice: «Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres». Los dos, aunque ocupados echando sus redes en el lago, acogen la invitación y le siguen. Es la historia de los discípulos de todos los tiempos.

En toda generación, también la nuestra, en medio de las circunstancias ordinarias de la vida el Señor pasa y llama a hombres y mujeres a seguirlo; el Señor pasa y no se detiene. Siguiendo su camino a orillas del lago de Tiberíades, Jesús encuentra a otros dos hermanos, Santiago y Juan; ellos, junto a su padre, remendaban sus redes; también les llama, y ellos, después de escucharle, dejan las redes y le siguen. Es el comienzo de la nueva fraternidad que Jesús inaugura y que pide a los discípulos continuar todavía hoy, siempre por el mismo camino de la escucha y la fidelidad.

Jesús llama  a seguirlo a gente ocupada no a gente sin quehacer; llama a gente ordinaria, en cualquier edad o etapa de la vida y lo hace en la vida diaria; llegará a ser su discípulo quien sea audaz para seguirlo;  quien sea capaz de hacerse cargo de su propia vida y de la de los demás; al Señor no se le sigue por terapia ocupacional, ni por pasatiempo; se le sigue porque su llamado ha calado en el corazón y se quiere compartir con Él un proyecto vital, que puede realizarse en distintas circunstancias o estados de vida y que implica toda la existencia no retazos.

 

 

[1] Cf. V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 55-56.

¿De dónde me conoces?

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felipe y natanael 

5 de enero

Texto

+ Lectura del santo Evangelio según san Juan (1, 43-51)

En aquel tiempo, determinó Jesús ir a Galilea, y encontrándose a Felipe, le dijo: “Sígueme”. Felipe era de Betsaida, la tierra de Andrés y de Pedro.

Felipe se encontró con Natanael y le dijo: “Hemos encontrado a aquel de quién escribió Moisés en la ley y también los profetas.

Es Jesús de Nazaret, el hijo de José”. Natanael replicó: “¿Acaso puede salir de Nazaret algo bueno?” Felipe le contestó: “Ven y lo verás”.

Cuando Jesús vio que Natanael se acercaba, dijo: “Este es un verdadero israelita en el que no hay doblez”. Natanael le preguntó: “¿De dónde me conoces?” Jesús le respondió: “Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera”. Respondió Natanael: “Maestro, tú eres del Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”.

Jesús le contestó: “Tú crees, porque te he dicho que te vi debajo de la higuera. Mayores cosas has de ver”. Después añadió: “Yo les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El encuentro con Jesús no limita ni restringe, ni mucho menos empobrece la vida de quien se acerca a él. Más bien nos abre los ojos y el corazón. Jesús nos hace salir de una vida cerrada para introducirnos en un horizonte más grande. Es una visión opuesta a la de quien sigue pensando que Jesús pide privaciones, limita la libertad o frena la alegría.

A veces la vida evangélica se ha presentado de una forma gris y triste, llena de renuncias. Pero el Señor dona una vida llena de sentido, y, con frecuencia, detrás de las objeciones que se hacen a las exigencias del Evangelio, se esconde el deseo de permanecer prisioneros de una vida pequeña. Pero el Señor  tiene un proyecto ambicioso: confiarnos su diseño de salvación. Y ya estas primeras páginas del Evangelio de Juan nos lo muestran

A partir de aquellos pobres pescadores comienza la historia de esa singular fraternidad que se ha creado en tomo a Jesús, y que todavía hoy continúa en el mundo. Después del encuentro con Andrés, Juan y Pedro, el tumo es de Felipe. También a él le dice Jesús: «sígueme». Y así sucedió. A su vez, Felipe cuenta a Natanael el encuentro que ha tenido con el Rabí de Nazaret: «Hemos encontrado al Mesías».

Natanael replica con su habitual honestidad y perspicacia, actitud que Jesús alaba, pero que no es suficiente para salvarlo. Sólo el encuentro con Jesús de Nazaret -aunque se piense que de Nazaret no puede venir nada bueno- ilumina el corazón de ese justo que se siente conocido en profundidad. Jesús le promete que verá cosas mucho mayores que las que acaba de ver. Es el proyecto de este peculiar Maestro hacia aquel pequeño grupo de seguidores. Tal vez ellos ni siquiera se den cuenta, pero el Señor les confía su misma misión. Más adelante dirá a Pedro y a todos los discípulos que le siguen que recibirán cien veces más de cuanto han dejado.

En el discipulado cristiano  no es el discípulo quien busca al mejor maestro para nutrirse de su sabiduría y prestigio; por el contrario, es el maestro quien elige al discípulo, lo conoce, sabe cuáles son sus límites y posibilidades y así, lo llama y  lo incorpora a compartir su vida.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 49-50.