Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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No juzguen… no condenen… perdonen…

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Cuaresma

Lunes de la II semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (6, 36-38)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.

Den y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica.

Porque con la misma medida con que midan, serán medidos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Al proclamar la necesidad de amar a los enemigos, Jesús sacude los cimientos de la cultura egocéntrica de nuestro mundo. El sábado pasado lo meditamos a partir del pasaje paralelo de Mateo. El evangelista Lucas prosigue el discurso de Jesús: «Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso». Jesús pone a la misericordia una medida que no puede ser más alta, la misma del Padre. Sí, los discípulos de Jesús están llamados a ser misricordiosos como el Padre. Es un ideal alto como el cielo, y sin embargo es lo que el Señor nos pide a nosotros, discípulos suyos.

Ser misericordioso como Dios significa amar como Él. Y hay una gran necesidad de misericordia en este tiempo nuestro. El papa Francisco dedicó todo un año a que aprendiéramos el sentido profundo de la misericordia, justo para responder a la demasiada dureza, frialdad, individualismo, indiferencia hacia los demás, sobre todo hacia los pobres que existe en el mundo. 

La misericordia no es un sentimiento vago y abstracto, es una fuerza que cambia los corazones y la historia, como la cambió Jesús que, lleno de misericordia, pasaba por los pueblos y las ciudades de su tiempo llevando la alegría, la curación y la libración del poder del maligno. Y nos exhorta a nosotros a hacer lo mismo. 

Desde la misericordia brota también el mandato de perdonar y no juzgar. Si nos comportamos así también nosotros seremos perdonados y no condenados. Es una exhortación cuando menos oportuna, ya que solemos comportarnos de forma muy distinta: somos buenos con nosotros mismos y duros y exigentes con los demás. En otra parte el Evangelio aclara esto con un ejemplo: tenemos una gran habilidad para ver la paja en el ojo ajeno, y no ver la viga en el nuestro. 

Jesús advierte: «perdonen y serán perdonados. Den y se les dará». Y añade que esto se hará en abundancia. El ejemplo del grano que se echa en el saco con largueza hasta rebosar, hasta que se salga, casi derramándolo, muestra la increíble generosidad de Dios. Él, continúa Jesús, vuelca su misericordia sobre nosotros hasta rebosar. Con esta misma generosidad debemos comportarnos también nosotros con los demás. Son palabras de una gran sabiduría evangélica y también humana. El Evangelio nos muestra el camino para recibir el amor de Dios de manera sobreabundante: «con la misma medida con que midan, serán medidos». No escatimemos el amor; el Señor hará mucho más, se conmoverá hasta tal punto que nos envolverá con su amor sobreabundante. 


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 114-115.

El, dejándolo todo, se levantó y lo siguió

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Cuaresma

Sábado después de Ceniza

Textos

† Del evangelio según san Lucas (5, 27-32)

En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano, llamado Leví (Mateo), sentado en su despacho de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”.

El, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.

Leví ofreció en su casa un gran banquete en honor de Jesús, y estaban a la mesa, con ellos, un gran número de publicanos y otras personas. Los fariseos y los escribas criticaban por eso a los discípulos, diciéndoles: “¿Por qué comen y beben con publicanos y pecadores?” Jesús les respondió: “No son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús va caminando por la calle cuando se encuentra con un publicano de nombre Leví. Como a los demás publicanos, a él también se le considera un pecador público, y por tanto podríamos decir que no apto para el Evangelio: Pero para Jesús no hay nadie que no sea apto para el Evangelio, ni siquiera el más grande de los pecadores. De hecho, en cuanto lo ve lo llama, y aquel publicano se levanta inmediatamente -como hicieron los discípulos que le precedieron-, deja el despacho de impuestos y comienza a seguir a Jesús.

Lo que cuenta para los discípulos no es el punto en el que uno se encuentra, sino la disponibilidad para escuchar la llamada y seguirla. Leví, en el momento en que se levanta y se convierte en discípulo, ya no es la misma persona de antes. Su corazón es distinto, y lo hace ver: quiere que también sus amigos -publicanos y pecadores a los que todos deberían evitar según las disposiciones farisaicas- encuentren a Jesús como él lo ha encontrado.

En realidad todos los que sienten más que los demás la necesidad de ser amados son los que intuyen la preciosidad del amor del Señor, van a su encuentro y se reúnen en tomo a él. El banquete de fiesta expresa bien la alegría de estar en compañía de Jesús. Verdaderamente ha venido a buscar a los pobres y los pecadores, y ellos se dan cuenta. Hoy el publicano Leví y todos los demás se presentan ante nosotros para que podamos imitar su disponibilidad para reunirse en tomo a Jesús y saborear la alegría de ser salvados.

Esos pecadores en fiesta nos recuerdan, mientras caminamos hacia la Pascua, la urgencia de volver con el corazón a Jesús y de seguirlo escuchando cada día su Palabra. También nosotros, enfermos y pecadores, tenemos necesidad de este tiempo de gracia para volver al Señor con presteza y, sin posponer el tiempo de la conversión, compartir la mesa de la alegría con Jesús y con tantos amigos pobres y pecadores como nosotros que el Señor nos hace encontrar.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 103.

¿Por qué tus discípulos no ayunan?

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Cuaresma

Viernes después de ceniza

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 14-15)

En aquel tiempo, los discípulos de Juan fueron a ver a Jesús y le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?” Jesús les espondió: “¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos? Pero ya vendrán días en que les quitarán al esposo, y entonces sí ayunarán”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Mientras damos los primeros pasos del camino cuaresmal, la Palabra de Dios nos recuerda que el verdadero camino es interior, el camino del corazón: es el progreso en el amor, en la amistad, en la generosidad. El Evangelio no nos pide simplemente hacer algunas cosas más, aunque sean buenas. Lo que en realidad se nos pide es un cambio más profundo. El ayuno que el Señor quiere es el del propio egoísmo, salir de la concentración sobre uno mismo y los propios problemas para dirigir el corazón hacia Él, y para hacer crecer el amor y la atención hacia los más pobres y débiles. 

El Evangelio de Mateo nos habla del ayuno y nos explica su sentido profundo. Los discípulos de Juan, que llevaban una vida más austera que la de los seguidores de Jesús, preguntan el porqué de aquella alegría suya. En efecto, la mera presencia de Jesús entre la gente creaba un clima de fiesta, de esperanza, en definitiva, de extraordinaria alegría, y los discípulos estaban verdaderamente contentos de estar con él y de compartir su vida, gastada en estar con la gente y ayudarla.

El seguimiento de Jesús no es un camino triste basado en las privaciones y la penitencia. Podríamos decir que es exactamente lo contrario. Los discípulos de Juan lo veían y se escandalizaban. Jesús aclara que estar con él es como estar en la fiesta que se hace en las bodas al llegar el novio. Sí, los pobres lo habían comprendido: había llegado a ellos aquel que liberaba del abandono y la desesperación. Jesús advierte sin embargo que la llegada del Reino de Dios el reino del amor y la paz- conlleva inevitablemente la lucha contra el mal, y que, como sucede en toda batalla, no faltarán momentos difíciles. Surgirán opositores que tratarán por todos los medios de abatir a los discípulos que anuncian el Evangelio. 

En cualquier caso es necesario vestirse de fiesta y beber el vino de la misericordia: esto hará fuertes y seguros a los discípulos, incluso cuando deban afrontar momentos difíciles y de sufrimiento. Dietrich Bonhoeffer decía que el Evangelio hace a los discípulos no sólo buenos sino también fuertes. 


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 102.