Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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Cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron

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Tiempo Ordinario

Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Ciclo A

Textos

† Del evangelio según san Mateo (25, 31-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante él todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda.

Entonces dirá el rey a los de su derecha: ‘Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme’.

Los justos le contestarán entonces: ‘ Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?’ Y el rey les dirá: ‘Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron’.

Entonces dirá también a los de su izquierda: ‘Apártense de mí, malditos; vayan al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles; porque estuve hambriento y no me dieron de comer, sediento y no me dieron de beber, era forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y encarcelado y no me visitaron’.

Entonces ellos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de forastero o desnudo, enfermo o encarcelado y no te asistimos?’ Y él les replicará: ‘Yo les aseguro que, cuando no lo hicieron con uno de aquellos más insignificantes, tampoco lo hicieron conmigo’. Entonces irán estos al castigo eterno y los justos a la vida eterna”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En este último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Cristo Rey del Universo. La suya es una majestad de guía, de servicio y también una majestad que al final de los tiempos se afirmará como juicio. Hoy tenemos delante de nosotros al Cristo como rey, pastor y juez, que muestra los criterios de pertenencia al Reino de Dios. Aquí están los criterios.

La página evangélica se abre con una visión grandiosa. Jesús, dirigiéndose a sus discípulos, dice: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria» (Mateo 25, 31). Se trata de la introducción solemne del relato del juicio universal. Después de haber vivido la existencia terrenal en humildad y pobreza, Jesús se presenta ahora en la gloria divina que le pertenece, rodeado por hileras angelicales. Toda la humanidad está convocada frente a Él y Él ejercita su autoridad separando a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. 

A aquellos que pone a su derecha les dice: «Venid, benditos de mi padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y vinisteis a verme» (vv. 34-36). Los justos permanecen sorprendidos, porque no recuerdan haber encontrado nunca a Jesús y menos haberlo ayudado de aquel modo; pero Él declara: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (v. 40). Esta palabra no termina nunca de conmocionarnos, porque nos revela hasta qué punto llega el amor de Dios: hasta el punto de identificarse con nosotros, pero no cuando estamos bien, cuando estamos sanos y felices, no, sino cuando estamos necesitados. Y de este modo escondido Él se deja encontrar, nos tiende la mano como mendigo. Así Jesús revela el criterio decisivo de su juicio, es decir, el amor concreto por el prójimo en dificultad. Y así se revela el poder del amor, la majestad de Dios: solidario con quien sufre para suscitar por todas partes comportamientos y obras de misericordia. 

La parábola del juicio continúa presentando al rey que aleja de sí a aquellos que durante su vida no están preocupados por las necesidades de los hermanos. También en este caso esos quedan sorprendidos y preguntan: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel y no te asistimos? (v. 44). Implícito: «¡Si te hubiéramos visto, seguramente te habríamos ayudado!». Pero el rey responderá: «En verdad os digo es que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo» (v. 45). Al final de nuestra vida seremos juzgados sobre el amor, es decir, sobre nuestro empeño concreto de amar y servir a Jesús en nuestros hermanos más pequeños y necesitados. Aquel mendigo, aquel necesitado que tiende la mano es Jesús; aquel enfermo al que debo visitar es Jesús; aquel preso es Jesús; aquel hambriento es Jesús. Pensemos en esto.

Jesús vendrá al final de los tiempos para juzgar a todas las naciones, pero viene a nosotros cada día, de tantos modos y nos pide acogerlo. Que la Virgen María nos ayude a encontrarlo y recibirlo en su Palabra y en la Eucaristía, y al mismo tiempo en los hermanos y en las hermanas que sufren el hambre, la enfermedad, la opresión, la injusticia. Puedan nuestros corazones acogerlo en el hoy de nuestra vida, para que seamos por Él acogidos en la eternidad de su Reino de luz y de paz.


[1] Papa Francisco. Angelus. Domingo 26 de noviembre de 2017.

Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí

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Tiempo Ordinario

Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Textos

† Del evangelio según san Lucas (23, 35-43)

Cuando Jesús estaba ya crucificado, las autoridades le hacían muecas, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido”.

También los soldados se burlaban de Jesús, y acercándose a él, le ofrecían vinagre y le decían: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Había, en efecto, sobre la cruz, un letrero en griego, latín y hebreo, que decía: “Este es el rey de los judíos”.

Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús, diciéndole: “Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros”.

Pero el otro le reclamaba, indignado: “¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho”. Y le decía a Jesús: “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí”. Jesús le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La solemnidad de Jesucristo Rey del Universo corona el año litúrgico. El año que concluye fuimos conducidos por san Lucas que nos presentó en su evangelio a Jesús de Nazaret, desde el pesebre hasta el Calvario como manifestación perfecta de la bondad y de la misericordia de Dios.

En la hora de la Cruz, Jesús no se desmiente; en esa hora, el «amigo de publicanos y pecadores» sigue fiel a su proyecto de manifestar la misericordia de Dios acogiendo incluso al criminal que comparte su cruel destino, dando así a sus discípulos de ayer y de hoy la última lección.

El Contexto

En la escena de la pasión que contemplamos, Jesús aparece expuesto para ser visto por una gran multitud. Esta flanqueado por dos criminales que hacen recordar de inmediato la profecía de Isaías: «ha sido contado entre los malhechores» (Is 53, 13). Estos delincuentes eran probablemente fanáticos sediciosos del partido de los zelotas, que eran adversarios políticos del imperio romano. Nos hemos acostumbrado a verlos como ‘ladrones’, quizá, más que eso, eran delincuentes de alta peligrosidad.

Aunque el texto litúrgico no lo incluye, no pasemos por algo que Lucas presenta al pueblo, con una actitud respetuosa y curiosa, como testigo de los últimos momentos del crucificado. No sucede lo mismo con tres grupos representativos que provocan a Jesús: las autoridades, los soldados romanos y uno de los malhechores ajusticiados junto a él.

Lucas, desde el inicio del evangelio, presentó a Jesús como salvador, heredero del trono de David su padre. Ahora, en las últimas páginas, el evangelista evoca esta cualidad del Señor y los títulos de Mesías y Rey se alternan en las palabras que le dirigen sus últimos interlocutores que lo interpelan con gritos diciéndole: «¡sálvate a ti mismo!» apelando a su identidad de Mesías y Rey.

Con estas interpelaciones los interlocutores del Crucificado intentan poner a prueba su predicación sobre la salvación pronta del hombre sufriente. Mientras esto sucede, el pueblo contempla la escena que quienes leemos hoy el evangelio somos invitados a contemplar siguiendo paso a paso las afrentas de las autoridades, de los soldados y del criminal; la réplica del otro criminal a su compañero y el diálogo de uno de los criminales con Jesús.

Tres afrentas

La primera. Leemos: «las autoridades le hacían muecas, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido”.» Los primeros en ridiculizar a Jesús son las autoridades judías que piden a Jesís que muestre su poder. A lo largo del evaangelio se fue narrando cómo efectivamente Jesús era el salvador que se ponía misericordiosamente del lado de los débiles, que se hacía presente en situaciones de peligro mortal, que salía al encuento de toda necesidad humana para «buscar y salvar lo que estaba perdido». Ahora que se encuentra en el patíbilo, cuando es él quien pasa extrema necesidad surge la pregunta ¿Este es el Mesías enviado por Dios para garantizar la salvación plena de todo hombre? ¿De qué sirve un Mesías que no puede salvarse a sí mismo de la muerte?

Más allá de las burlas, de las muecas e improperios de las autoridades, en la Cruz se está anunciando una verdad: Jesús es verdaderamente el «Elegido» de Dios; su misión se realiza por el camino del sufrimiento, tal y como lo había profetizado Isaías en los cánticos del siervo sufriente. La expectativa de que Dios venga a rescatar a su Mesías del sufrimiento y de la muerte, se cumplirá de una manera distinta a la que los judíos esperaban.

La segunda. Leemos: «También los soldados se burlaban de Jesús, y acercándose a él, le ofrecían vinagre y le decían: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”.» La soldadesca también se burla de Jesús, lo hace con gestos y palabras. El motivo de la burla es la inscrpción que, sobre su cabeza, lo declara ‘rey’. Le «ofrecían vinagre»; se trata de una bebida energizante que utilizaban los soldados cuando hacían grandes esfuerzos físicos o que se administraba a personas con debilidad física para darles vigor. Lo que es un aparente gesto de caridad es en realidad una cruel manera de prolongar la agonía y el sufrimiento. Irónicamente se presenta el rey, idealmente sano y fuerte, como un pobre hombre débil, incapaz de ponerse al frente de un ejército, por ello los soldados se mofan de él; su poder ante el mundo está desacreditado. Sin embargo, el evangelio presenta el reinado de Jesús de un orden distinto al político; más aún, la debilidad humana se presenta como lugar de salvación.

La tercera. Leemos en nuestro texto: «Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús, diciéndole: “Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros”.» Ahora es uno de los criminales quien insulta a Jesús. Se trata de un delincuente que comparte su destino y que en su desesperación descarga su agresividad contra Jesús. Aparece nuevamente el tema de la salvación, además de increparlo diciendo «que se salve a si mismo», se amplía el radio exigiendo «sávanos a nosotros». Parecería que este criminal está dispuesto a reconocer a Jesús como Mesías si hiciera algo por si mismo y por su compañeros de tormento; su interpelación es amarga, pues no logar comprender por qué Jesús no hace nada en este momento y su grito más que súplica aparece como insulto.

La interpelación de las autoridades, de los soldados y del criminal ponen en tela de juicio toda la obra anterior de Jesús; la Cruz parece desmentir su pretensión mesiánica. Una persona crucificada, agonizante, ¿cómo puede ayudar a los otros?

La réplica del otro criminal

Las palabras del otro criminal dan un giro a la escena y ayudan a comprender el ‘reinado’ de Jesús. En primer lugar se dirige a su compañero corrigiéndolo en su equivocada apreciación y en segundo lugar se dirige a Jesús en una implícita confesión de fe que da paso al pronunciamiento final del Maestro.

Leemos: «Pero el otro le reclamaba, indignado: “¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio?» Con estas palabras el segundo criminal, al que tradicionalmente se le refiere como ‘el buen ladrón’, reprende a su compañero con una pregunta, haciendo una afirmación sobre ellos y sobre Jesús, mostrando el gran contraste que hay en la situación que viven ellos y la que vive el Señor.

Este segundo criminal interpreta los insultos de su compañero como falta de temor de Dios: «ni siquiera temes tú…»;burlarse del crucificado en su situación humillante es ‘no temer a Dios’, es decir, ignorar su juicio; lo que el criminal debería estar haciendo al encontrarse en la antesala de la muerte es precisamente confrontarse con el juicio de Dios, pues ante la muerte se debería estar pidiendo a Dios perdón por los pecados y no insultándolo.

Además de reprender al compañero haciéndole notar su falta de tomor de Dios, el segundo criminal reflexiona sobre si mismo y sobre Jesús. Leemos: «Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho”.» Con estas palabras, el segundo criminal reconoce que él y su compañero están sufriendo su castigo justamente y con ello abre las puertas a la reconciliación pues aceptar el castigo es una expresión de penitencia.

Se hace notar la antítesis respecto a Jesús: «Pero éste ningún mal ha hecho» Estas palabras recuerdan el juicio que había hecho la autoridad romana: «nada ha hecho que merezca la muerte» y en el mismo sentido se expresará el centurión romano a la hora de la muerte de Jesús: «ciertamente este hombre era justo». El compañero de sufrimiento ofrece así un testimonio público de la inocencia de Jesús.

El diálogo con Jesús

Leemos: «Y le decía a Jesús: “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí”. Jesús le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.» Se distinguen dos partes: la súplica a Jesús y la respuesta de Jesús.

La súplica a Jesús. El criminal vuelve su mirada hacia Jesús y se dirige a él en tono orante, manifestando su esperanza de ser aceptado por Dios. No le pide a Jesús que lo libere de la muerte sino que lo admita en su Reino que se manifestará en su ‘venida’ gloriosa. Con pocas palabras, este hombre señala el sentido del reinado de Jesús; también él ha visto el letrero encima de la Cruz que lo presenta como Rey pero lo ha interpetado de otra manera.

Este segundo criminal invoca a Jesús de manera distinta a como lo habán hecho los anteriores interlocutores, le haba directamente, le dice «Señor» y le pide que no lo olvide, que lo tenga en su corazón, que se acuerde de él; su mirada está puesta en el triunfo final de Jesús: «cuando llegues a tu Reino», que equivale a decir: cuando vengas como Rey, esto es, en la plenitud de los tiempos, cuando se manifieste plenamente el poder de Dios. Este criminal confiesa su fe: Jesús es el Mesías.

De esta manera, el llamado ‘buen ladrón’ se presenta como modelo de discípulo: reconoce sus pecados, testimonia la inocencia del crucificado y está dispuesto a entrar en ese camino que pasando por la muerte culmina en el paraíso; este hombre capta, mejor que ningún otro en el relato, quién es Jesús.

La respuesta de Jesús. La respuesta de Jesús pone punto final a toda la obra de misericordia que se ha descrito a lo largo del evangelio. El Maestro comienza su última lección dando certeza a su discípulo: «yo te aseguro» y esta certeza es sobre el ‘hoy’ de la salvación.

El ‘hoy de la salvación’ es precisamente uno de los temas de Lucas, que en distintas escenas se refirió a la actualidad de la obra de Dios: «hoy ha nacido un salvador» (Lc 2,1); «hoy se ha cumplido esta Escritura» (Lc 4, 21); «Hoy hemos visto cosas maravillosas» (Lc 5,26»; «Hoy la salvación ha llegado a esta casa» (Lc 19,9).

El ‘buen ladrón’ espera la salvación para el futuro, sin embargo, Jesús hace notar que, si bien su reinado se consumará con su exaltación y en la parusía, con su muerte en la Cruz entra en posesión de su señorío real en el cielo por lo que, así como acogió a los pecadores, ahora acoge a ese criminal que ha admitido su culpa y ha suplicado la aceptación de Dios. El don de la vida del Crucificado es también para este pecador el hoy de la salvación. La muerte de Jesús abre una posibilidad de conversión incluso en el último instante.

El término «paraíso» indica el cielo, la comunión definitiva con Dios. Es una palabra que proviene de la lengua persa, su significado original es ‘jardín’. Jesús indica que el lugar de encuentro con su nuevo discípulo no será el lugar de la muerte, sino el de la vida plena que Él mismo nos alcanza con la victoria pascual, es una promesa de perdón para el malhechor agonizante. Así, se presenta una nueva comprensión de la muerte: ésta conduce hasta la presencia de Jesús, hasta la comunión con el Dios de la vida en el cielo.

Conclusión.

En medio de los dolorosos acontecimientos de la pasión, sólo un criminal proclama su fe en el Mesías Salvador. El poder del reinado de Jesús se manifiesta como salvación de todas las personas, particularmente de los pecadores que se vuelven a Él con fe. El segundo criminal captó de qué manera Jesús reina en la Cruz y se deja salvar por Él.

No perdamos de vista la fe del malhechor convertido en la circunstancia más adversa. El criminal sentenciado se transforma en catequista pues se esfuerza por que su compañero caiga en la cuenta ante quién se encuentran. De discípulo pasa a ser apóstol que testimonia desde lo alto de la Cruz que Jesús es el modelo hacia el cual todo el mundo debe mirar; invita a la humanidad entera a comprender el misterio del Crucificado que revela que Él es el rey misericordioso que se ocupa de nuestras vidas. Lo más grave que puede pasar a una persona no es ser condenada al sufrimiento y a la muerte, sino excluirse del Reino. Nuestra cita con Dios no es la morada de los muertos sino el Reino de la vida y de los vivos que comenzó a brillar en la Cruz.

 

 

[1] F. Oñoro, El Diálogo con el Rey de Misericordia. Una cita en el reino de la vida y de los vivos. Lucas 23, 35-43. CEBIPAL/CELAM.

¿Luego, tú eres Rey?»

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Domingo XXXIV Tiempo Ordinario

Jesucristo Rey del Universo

Ciclo B

Rex

Diseño: ZKL – Francisco José


El Texto

+ Del evangelio según san Juan (18, 33-37)

En aquel tiempo, preguntó Pilato a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús le contestó: “¿Eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros?” Pilato le respondió: “¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?” Jesús le contestó: “Mi Reino no es de este mundo.

Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera yo en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí”.

Pilato le dijo: “¿Conque tú eres rey?” Jesús le contestó: “Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”.  Palabra del Señor.

Para la reflexión

Con la celebración de la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo concluye el año litúrgico. Este año, llevados de la mano de san Marcos, caminamos con Jesús, junto con sus disciípulos y aprendimos de Él, de sus palabras, gestos y acciones, a vivir como hijos de Dios.

Para concluir este camino, la Iglesia pone delante de nosotros la imagen de Cristo Rey, que ha sido contemplada por los cristianos a lo largo de la historia. Hoy consideramos la escena de Jesús delante de Pilatos en el pretorio de Jerusalén.

Aparecen contrapuestos dos reyes; uno, el emperador romano, representado por Pilato, detenta en Judea el poder más grande, era el único capaz de aplicar la pena de muerte; el otro es Jesús, atado como si fuera un malhechor, pero presentándose, en medio de la ignominia de un juicio injusto, dueño de la situación, con la dignidad de una víctima inocente.

El dialogo de Pilato y Jesús en el relato es extenso. Hoy consideramos sólo en uno de los interrogatorios, en el que se entrelazan tres preguntas:  «¿Eres tú el Rey de los judíos?»(18,33), «¿Qué has hecho?» (18,35), «¿Luego, tú eres Rey?» (18,37). La pregunta inicial pone en primer plano el tema principal: el reinado de Jesús, que fue el objeto principal de las acusaciones contra Él. De esta pregunta se siguen las otras que lo llevan a asumir la responsabilidad de su misión y a explicar el tipo de su realeza.

Primera pregunta: «¿Eres tú el Rey de los judíos?»

Esta pregunta Jesús la responde con otra pregunta: «¿eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros»; al responder así confronta la actitud Pilato, quien antes de indagar los hechos asume como cierta la acusación. Un juez que se precie de ser justo no puede juzgar de oídas sino a partir de la certeza moral de que algo es cierto. Pilato debe responderse a sí mismo si  lo que dice procede de su propio conocimiento o simplemente está repitiendo lo que otros dicen. De fondo aparece ya el tema de la verdad; con su respuesta, Jesús lo primero que hace es cuestionar la autoridad del juzgador.

Segunda pregunta: «¿Qué has hecho?»

Pilato se defiende con una pregunta: «¿Acaso soy yo judío?»,  como queriendo deslindar su responsabilidad  sobre las valoraciones de los demás. Está claro que él no es judío y que pretende eludir la responsabilidad de asumir como verdadero lo que otros han dicho como acusación.

Dando un paso adelante en su interrogatorio Pilato pregunta lo que debía haber hecho desde el principio, concediendo al acusado la posibilidad de hacer su propia declaración.

«¿Qué has hecho?» Jesús no enumera las actividades de su ministerio, sino que hace una presentación global de su obra, repitiendo en tres ocasiones «Mi Reino no es de este mundo» Con ello Jesús deja claro que no es enemigo del César, que su reino no tiene que ver con territorio, ni con leyes, ni con impuestos, ni con nada que signifique sometimiento, poder o uso de la fuerza. Prueba de ello es que no ha opuesto resistencia para ser capturado y nadie ha combatido para evitarlo.

Tercera pregunta: «¿Luego, tú eres Rey?»

Jesús ha descrito que tipo de Rey no es y lógicamente se sigue la cuestión sobre cuál es el tipo de su realeza. A ello Jesús responde afirmando con contundencia: «Soy Rey» y enseguida explica la naturaleza de su Reino: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» e invita a acoger su reinado: «Todo el que es de la verdad, escucha mi voz»

Jesús ha nacido para ser testigo de la verdad y en esto consiste su obra como Rey. Sólo puede dar testimonio quien tiene conocimiento, experiencia directa de lo que declara. La verdad que Jesús declara no es cualquier verdad, es la verdad sobre Dios y lo puede hacer porque lo conoce, está en relación con Él, le pertenece, vive en íntima comunión con Él.

El Rey de un Pueblo, al igual que un Pastor, tiene como tarea hacer posible la vida de su pueblo, preocupándose para que sus condiciones de vida sean lo mejor posible. La obra de Jesús, Rey y Pastor, que da testimonio de la verdad, es abrir a todas las personas el camino de la plenitud de vida, más allá de toda posibilidad humana. Jesús ejerce su reinado desde la Cruz y desde allí nos atrae a la verdad de Dios de la que es testigo desde toda la eternidad y nos sumerge en comunión con el Padre y con el Espíritu Santo.

Con el testimonio de la verdad, Jesús, Rey crucificado, hace verdaderas las palabras «Yo he venido para tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan 10,10)»

Nota histórica

En 1925 el papa Pio XI instituyó la fiesta de Jesucristo Rey del Universo, como un gesto simbólico en medio de las difíciles situaciones que atravesaba la humanidad después de la I Guerra Mundial y el ascenso de ideologías como el comunismo, el nazismo y el fascismo y la compleja situación de la economía mundial que preludiaba a la caída de la bolsa de Wall Street en 1929. En nuestra Patria, en 1921 el episcopado mexicano decidió colocar en el cerro del Cubilete, centro geográfico del país, en el el estado de Guanajuato, una imagen monumental de Cristo Rey; la colocación de la primera piedra valió la expulsión del país del delegado apostólico Ernesto E. Filippi, los trabajos fueron suspendidos y el lugar fue dinamitado. Los catolicos de entonces hicieron el monumento de Cristo Rey en sus corazones y con sus vida defendieron su fe y la libertad religiosa en la conocida epopeya de la guerra cristera, muriendo muchos de ellos, como el adolescente martir San José Sanches del Río, al grito de ¡Viva Cristo Rey! Recobrada la calma después de la tempestad, en 1944 se reanudó el proyecto del monumeto que hoy conocemos y que fue bendecido el 11 de diciembre de 1950.

El Papa invitaba entonces a los creyentes de todo el mundo a “restaurar todo en Cristo”, y lo mismo hicieron los obispos mexicano indicando con ello que los graves problemas de la humanidad y de nuestra nación encontrarían solución construyendo la convivencia social, la política y la economía, sobre las bases de la verdad, en la justicia, en el amor y en la paz.

Pio XI quiso que la fiesta de Cristo Rey se celebrara el último domingo de octubre, pero después de la reforma litúrgica impulsada por el Concilio Vaticano II, se ubicó el último domingo del año liturgico para coronar, de alguna manera, el camino anual de los fieles que durante el año litúrgico celebran, domingo a domingo, los grandes misterios de la Encarnación y de la Redención.