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Señor, déjala todavía este año…

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Higuera esteril

 Cuaresma

Domingo de la III semana 

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 1-9)

En aquel tiempo, algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mandado matar a unos galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios. Jesús les hizo este comentario: “¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante.

Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante”.

Entonces les dijo esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo; fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?’ El viñador le contestó: ‘Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré’”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Ha transcurrido ya la etapa inicial de la cuaresma; caracterizada por la contemplación de dos relatos evangélicos: el de las tentaciones de Jesús en el desierto y el de la Transfiguración del Señor;  el primero nos ha permitido tomar conciencia de cuán frágiles somos para mantenernos fieles en nuestra vocación de hijos de Dios; el segundo, nos ha dado el consuelo del Señor que nos invita a “subir al monte” de la oración, para ver la vida con la mirada de Dios y confirmarnos en el cumplimiento de su voluntad.

Despejado el camino de la cuaresma, a partir de hoy comenzamos una serie de tres domingos que nos ubican en la escuela en la que se aprende a ser discípulo: la escuela del perdón; recorreremos tres itinerarios en los que paulatinamente aparecerá, cada vez con mayor claridad, el rostro misericordioso de Jesús.

Este tercer domingo de cuaresma recorremos el itinerario de conversión, que tiene la finalidad de despertar las conciencias adormecidas y acomodadas en su estilo de vida. La conversión cristiana es una conversión en la historia: se realiza en la vida cotidiana y se concreta en hechos; es una cuestión de responsabilidad y cada uno está llamado a asumir la parte que le corresponde. Hoy descubrimos que Dios no sólo nos pide la conversión, nos ayuda a que ella sea posible.

El contexto

La comprensión de la primer escena del pasaje que leemos, se requiere la consideración del clima que imperaba en torno a Jesús; sus hechos y sus palabras habían provocado  entusiasmo en unos y conflicto en otros; Jesús es consciente de ello  y por eso en el pasaje que precede a nuestro texto dice: «¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división

Descubrir a Dios en los acontecimientos

La primera escena de nuestro relato comienza con una noticia que le llevan a Jesús: «algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mandado matar a unos galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios.» El informe tiene el sabor de una advertencia de parte de quienes se sentían incómodos con su predicación y testimonio de vida, el mensaje oculto sería: ustedes también son galileos y perecerán de la misma manera; parecería que los informantes comparten el punto de vista de quienes consideran a Jesús y a los suyos como pecadores, por actuar en el margen o fuera de la ley; la respuesta de Jesús es elocuente: «“¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante.»

Enseguida, Jesús pone en evidencia a sus informantes, que han querido advertirle que tenga cuidado, y los interpela directamente: «Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante”.»

De esta manera a quienes le habían advertido del castigo que Pilato había infligido a unos galileos, Jesús les recuerda, como ciudadanos de Jerusalén que son, la muerte accidental de unos paisanos, misma que ellos consideraban, con la manera de juzgar de la época, un castigo de Dios. Sus informadores no son menos culpables que aquella pobre gente que ellos inculpaban sin motivo. Entre los judíos era común creer que las desgracias personales eran castigos de Dios por los castigos cometidos; esta mentalidad favorecía a quienes se encontraban en bonanza, porque en contrapunto calificaban su bienestar como bendición de Dios.

Jesús no se queda en los acontecimientos en sí, descubre dentro de ellos la voz de Dios que advierte a cada uno la inseguridad de su propio destino. Las personas que murieron por la represión de Pilatos y los que murieron en la tragedia de Siloé no eran más pecadores que las demás personas de su generación; entonces, no hay nadie exento de la conversión, todos la necesitamos. Jesús aprovecha los dos acontecimientos trágicos para que sus discípulos comprendan que tales desgracias son ajenas a la voluntad de Dios y que en manera alguna indican que las víctimas hayan sido pecadores. Al mismo les invita a leer la historia desde otra perspectiva, desde la óptica de Dios; los acontecimientos históricos no son un castigo de Dios, pero si pueden ser interpretados como una interpelación personal, como una invitación a la conversión; mientras tengamos vida todos necesitamos cambiar para recibir el Reino de Dios que ya está presente.

Jesús deja claro que las calamidades individuales no indican responsabilidades personales, sino que son “signos”, es decir, señales del juicio divino que espera a una humanidad pecadora; también deja claro que las desgracias, en principio, no están asociadas a un castigo por parte de Dios por un pecado; se trata más bien de lo contrario: es el pecado general el responsable del mal que hay en el mundo. Hay que sacar las lecciones que la vida nos da continuamente, sea de los hechos trágicos que acontecen día con día, sea de las calamidades naturales. En medio de ellas siempre podremos encontrar al Dios de la vida que continuamente nos está invitando a vivir.

Aprovechar el tiempo de la misericordia

El mensaje de la parábola de la higuera, es muy sencillo: quien no se arrepienta, será derribado y perecerá, como la higuera estéril; es lo que acontece en un sembradío, todo árbol que no sirve, que simplemente ocupa espacio, es abatido.

El viñador tiene esperanza en la higuera, a pesar de que ha constatado su esterilidad: «durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado», él cree poder cambiar la situación, ayudándole a que se vuelva fecunda, para que no de un fruto casual, sino permanente.

La oportunidad de un año más, que el viñador pide para la higuera, evoca su misericordia, que se hace concreta en el servicio que se le presta a la higuera para que genere vida: «voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono.» De la higuera se espera una respuesta y de ésta, depende su vida en adelante. Se trata de una oportunidad que se debe aprovechar; llegará el día en que ya no sea posible hacer nada.

Jesús interpela así a toda persona y comunidad que está siempre dejando “para mañana” la conversión, que posterga el esfuerzo por superar los hábitos dañinos o cambiar las conductas equivocadas. El retraso de la conversión nos coloca en una situación peligrosa. El Señor nos da tiempo, nos tiene paciencia, hace todo lo que puede, para que nosotros, como la higuera, dejemos de ser estériles y comencemos a dar fruto.

En la parábola hay un constante llamado a la vida que está siempre amenazada por razones que provienen de la maldad humana, por accidentes o catástrofes naturales; también hay una amenaza para la vida en quien se obstina renunciando a ella, limitándose a sobrevivir, haciéndose daño, haciendo daño a los demás y apartándose del amor de Dios.

La conversión no es simplemente para “no perecer”, sino para que, por la obra de Jesús, la fuerza escondida del Reino mueva nuestra vida hacia su plenitud, desarrollando todas las potencialidades, para con ellas hacer el bien, como Dios lo hace con nosotros.

A pesar de la invitación urgente a convertirnos y a dar fruto, vivimos todavía el tiempo de la paciencia y misericordia de Dios. La parábola de la higuera estéril pone de manifiesto que cambiar o no cambiar no es un juego de palabras. Es un problema de vida o muerte. Ante el Reino de Dios hay que decidirse. Y se nos habla de urgencia, porque el tiempo pasa y estamos en la encrucijada.

Consideremos dos últimos detalles de la parábola de la higuera: El poder de la intercesión y la paciencia de Dios. Ante la sentencia definitiva del dueño del viñedo que ordenó cortar la higuera que no daba fruto, el viñador que se desgastaba por dar vida a los árboles del huerto, intercedió pidiendo una oportunidad para la higuera seguro que con sus cuidados daría fruto; entremos en la dinámica de la paciencia de Dios, a ellos nos exhorta Jesús; en las situaciones desesperantes y que parecen insolubles, aprendamos a interceder pidiendo a Dios una oportunidad y tengamos paciencia con las personas que viven junto a nosotros, no las condenemos, démosles siempre una oportunidad y comprometámonos con ellas.

[1] F. Oñoro, Reaccionemos y cambiemos de vida. Lucas 13, 1-9. CEBIPAL, F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 91-94.; V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 395-396.

“… Y los haré pescadores de hombres” (Mc 1,17)

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III Domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo B

Este domingo iniciamos la lectura continúa del evangelio según san Marcos, el evangelista que nos acompañará a lo largo de este año litúrgico. La sección en la que se inserta el texto que leemos hoy no tiene como finalidad narrar los primeros episodios de la vida de Jesús. Quiere ofrecernos las perspectivas generales para leer este evangelio que responde a la pregunta ¿Quién es Jesús?

No olvidemos que el evangelista al informarnos sobre Jesús, quiere formar en nosotros a Jesús. Esta es la finalidad, que cada lector del evangelio se vuelva discípulo, confiese a Jesús como Hijo de Dios y también se descubra como tal.

Detengámonos en 4 elementos significativos de este pasaje evangélico que nos ayuden a apropiarnos con provecho este sencillo pregón y gesto con el que Jesús inicia su ministerio.

1. Desde un lugar: Galilea: La historia comienza en Galilea, no en Jerusalén, lejos de las estructuras y de los compromisos, en un ambiente universal, habitado por judíos y no judíos. Desde allí se hace, para todos, el anuncio de la Buena Nueva que anuncia la intervención decisiva de Dios en la historia del hombre y que viene a cambiar y transformar todas las expectativas en una realidad. Galilea es entrañable para los discípulos. Es el ambiente del amor primero, donde Jesús comparte con ellos profundas experiencias de la cercanía de Dios. Ahí los llama, los forma y los envía; una vez resucitado los precede en Galilea y los reúne (cf. 14,28; 16,7), para comenzar una nueva historia.

2. Un anuncio: El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. No se trata del «cronos», tiempo cronológico. Es «kairós», tiempo oportuno. Ha llegado el momento, la hora de la verdad, el momento de la cercanía de Dios para todos. Si los hombres y las mujeres están dispuestos a colaborar, todo lo bueno de Dios se hará presente.  En eso consiste la Buena noticia, en notificar que ha llegado el momento en que todo lo bueno que podemos imaginar y necesitamos para vivir como hijos de Dios y como hermanos, está cerca, a nuestro alcance.

3. Con una exigencia: convertirse, hacerse discípulos: La buena noticia exige conversión, cambio de rumbo, disponibilidad para pensar y actuar de mejor manera. No depende todo de Dios, es necesaria la colaboración de los discípulos. La conversión en el evangelio es la respuesta ante un acontecimiento. Si el acontecimiento es Dios el que se acerca, la respuesta que se espera es aceptación, confianza, disposición, cambio de perspectiva, nueva mentalidad, una manera distinta de ver las cosas.

La llamada – respuesta de los primeros discípulos ejemplifica qué es la conversión. Jesús tiene la iniciativa, los mira, los llama, los invita, los incluye, a ellos les toca la ruptura, dejar barcas y redes; la separación, dejar padre y compañeros de trabajo; la decisión de seguirlo y de ponerse con Él en camino. Convertirse pues, no significa hacer propósitos para mejorar algún aspecto de la vida o superar un defecto; por el contrario, significa la firme decisión de cambiar, de ir hacia delante, de orientar la totalidad de la vida de acuerdo a la voluntad de Dios; de situarse en otra perspectiva para ver las cosas desde otra manera, verlas desde Dios que se manifiesta en la historia, en el hombre, en el hermano, en el forastero, en el pobre, en el enfermo y en el pecador.

4. Y una misión: ser pescadores de hombres. El tema central de los dos relatos de vocación que nos presenta el evangelio este domingo es el discipulado. Este se forma a partir de gente que conoce a la perfección su propio oficio, en este caso, el de pescador. El llamado y la pedagogía de Jesús transforman el oficio propio del elegido en un signo de cómo servir al Reino que el Mesías anuncia e inaugura (1,15). Si para sus familias y sociedad estas dos parejas de hermanos son “pescadores de peces”, Jesús los hace ahora sus discípulos para que “pesquen hombres” para el Reino (1,17).

El simbolismo es profundo. Por un lado, Jesús exige a quien quiera ser su discípulo una respuesta radical, sin condiciones ni componendas que terminen desvirtuando la entrega generosa a la misión (Lc 9,57-62; Mc 8,34-38). Por otro lado, Jesús recurre a gente que ya tiene un proyecto de vida afianzado. A Jesús no se le sigue porque se haya fracasado en otros proyectos y tareas.

El auténtico discípulo es quien continuamente está abandonando sus proyectos para poner su vida en la voluntad de Jesús hasta apropiarse la misión del Padre a su Hijo primogénito; este “paso” o “pascua” no se vive sin rupturas y abandonos radicales, entre otras razones, porque el discípulo, que no es un fracasado, ni un persona sin quehacer, sabe que tiene recursos para ocuparse de sus propios asuntos.

La metáfora de la pesca no es de fácil comprensión. Pescar es una acción violenta de conquista, pues consiste en sacar al pez del agua, su medio natural, para hacerlo morir, aprovechándolo como alimento.

Este es el sentido de la metáfora de la pesca como la encontramos en algunos oráculos de condenación del Antiguo Testamento (cf. Jr 16,16-17; Am 4,2; Jr 16,16; Ez 12,13; 29,4-5; Hab 1,14-17): los pescadores o enemigos que Dios envíe contra Israel a causa de sus pecados, los pescarán o sacarán a los israelitas de sus casas y de sus escondites y los conducirán a lugares que no conocen, donde servirán a sus opresores, para luego morir lejos de la tierra de la promesa.

Sin embargo, en el AT hay un texto donde la pesca no tiene esta connotación negativa de violenta conquista militar. Según la visión de Ezequiel (Ez 47,1-12), después que la gloria de Yahveh llene el templo, un torrente purísimo y abundante de agua saldrá de él y «por donde el torrente pase todo ser viviente que en él se mueva vivirá» (47,9). El agua del templo renovará, pues, la vida vegetal y saneará incluso las aguas del Mar Muerto. Gracias a la pureza y vitalidad de las aguas que manan del templo, se transformarán las orillas del mar Muerto en lugar privilegiado de peces y de árboles que darán toda clase de frutos.

Según algunos estudiosos desde esta visión paradisíaca del profeta Ezequiel puede interpretarse la metáfora de la pesca utilizada por Jesús. Para él, su intención de «pescar hombres» (Mc 1,17) indica la misión del discípulo de sacarlos del “mar” o de las aguas caudalosas de la muerte (Sal 18,17; 144,7), lugar de monstruos, espíritus impuros y demonios en la mentalidad semita, para hacerlos partícipes de la vida del Reino y de la libertad de los hijos de Dios.

«Pescar hombres» caracteriza la misión de Jesús que él extiende y encomienda a quienes lo siguen. «Pescar hombres» se refiere a lo que en su vida ordinaria hace cualquier discípulo que con su vida y palabras anuncia y hace presente el Reino de Dios como acontecimiento liberador que tiene su fuente en Jesús, Hijo de Dios y Mesías.

En los evangelios sinópticos, y para Marcos en particular, «pescar hombres» es rescatarlos de las ataduras de la falsa interpretación de la Ley, del templo y sus sacrificios; es sustraerlos del Israel de la antigua alianza que los declara pecadores pero que no los perdona, que exige pureza ritual pero que no los santifica. «Pescar hombres» es hacerlos vivir en comunión con Jesús que sí perdona y santifica, porque él mismo es manifestación del Dios cercano que lo envía. «Pescar hombres» en pocas palabras es hacer discípulos del Señor.

Dejemos que este texto del evangelio ilumine nuestra vida. Todos los bautizados estamos llamados a ser discípulos y a ser pescadores de hombres. Esto supone responder al llamado que Jesús nos hace, no un día de nuestra vida, sino toda nuestra vida. Hay que responder cada día y descubrir qué es lo que nos estorba para seguir a Jesús. Recordemos, el Señor no busca gente frustrada, ni tampoco gente a la que le sobra tiempo o gente sin quehacer, Jesús busca a quienes están dispuestos a acoger su llamado y a  ver su vida de otra manera, con la perspectiva de Dios, y se deciden a dejarse formar por Jesús como discípulos y aceptan ser enviados como pescadores de hombres.

No olvidemos, como me dijo un joven sacerdote y buen amigo, que el pescador que conoce el oficio, sabe cuál es la mejor hora; echa las redes sin saber si conseguirá algo y sabe que las redes pueden desgastarse o romperse y hay que remendarlas. Lo mismo vale para las y los discípulos de Jesús.