Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras

0
expulsa demoniosTiempo Ordinario

Martes de la I Semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (1, 21-28)

En aquel tiempo, se hallaba Jesús en Cafarnaúm y el sábado fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate y sal de él!” El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Tras abandonar el desierto de Judá y regresar a Galilea, Jesús elige Cafarnaún como su morada habitual. No se queda en Nazaret, donde había vivido treinta años. La elección de estar en una ciudad no es casual. Jesús quiere sumergirse en el corazón de la vida de los hombres, sumergirse con sus discípulos en la vida de la sociedad de su tiempo. Podríamos decir que recoge el desafío de llevar la fuerza del Evangelio a la historia de los hombres.

Esta indicación dice mucho a la Iglesia de nuestros días, llamada a vivir y a dar testimonio del Evangelio en una sociedad que desde hace tiempo vive ya mayoritariamente dentro de las grandes ciudades contemporáneas. No por casualidad el mismo papa Francisco se ha empeñado en volver a proponer la centralidad de la predicación evangélica en la ciudad. Como Jesús comenzó su misión en Cafarnaún, así la Iglesia debe renovar su predicación en las ciudades.

Es singular que Jesús parta directamente desde la sinagoga. Y aquí predica y cura, mostrando la fuerza de cambio que es propia de la predicación evangélica. Más adelante Jesús dirá que el Reino de Dios es como la levadura que fermenta toda la masa. Así también el Evangelio: debe fermentar toda la ciudad. El evangelista Marcos subraya la autoridad con la que Jesús hablaba y las consecuencias que se derivaban de ello. Señala que los presentes en la sinagoga «quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas».

No se podía permanecer indiferente ante esa nueva enseñanza. Los que la escuchaban se veían como forzados a tomar una decisión: seguir a Jesús y su sueño, o bien encerrarse en el propio pequeño mundo. La predicación de los escribas, cuyas palabras estaban llenas de reglas y dictámenes, no alcanzaba el corazón y dejaba a la gente a merced de sí misma o de las modas emergentes.

Viéndolo bien, también hoy vivimos en una situación parecida. Nuestras ciudades están como sumergidas en una profunda crisis de valores y de comportamientos. Lo que parece prevalecer en todas partes es un exasperado individualismo que lleva a encerrarse y a preocuparse sólo de uno mismo. Cada uno parece tener su propio dios, su templo, su escriba y su predicador, hasta hablar de ciudades politeístas. Pero al final permanece firme un único «dios», el propio «yo». Y hay quien habla de un nuevo culto, la «egolatría», el culto del propio «yo», sobre cuyo altar se sacrifica cualquier cosa, incluso las más queridas.

Cuando estamos concentrados sólo en nosotros mismos, somos presa de los innumerables «espíritus inmundos» que en las ciudades contemporáneas se multiplican sin parar. Estos espíritus, que siguen amargando la vida de nuestras ciudades, no soportan que se les moleste en sus dominios. Y gritan contra la predicación del Evangelio: «¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret?».

En efecto, hay una oposición a la predicación evangélica para que no perturbe la concentración en nosotros mismos, que divide y envenena la vida de nuestras ciudades. Pero el Evangelio es decisivo para salvar a los hombres y a las mujeres de la esclavitud de una vida llena de miedos y de violencias. «¡Cállate!, sal de él».

Es necesario que las comunidades cristianas y los discípulos salgan de ellos mismos y de sus costumbres, también pastorales, para emprender la nueva misión de expulsar los múltiples espíritus que subyugan a tantos en nuestras ciudades. Para que se afirme, por el contrario, una nueva cultura, la de la misericordia, de la acogida, del encuentro, de la ayuda recíproca. El papa Francisco no deja de recordárselo a todos los discípulos.

Es urgente que toda la Iglesia, todo creyente y la comunidad eclesial en su totalidad, encuentren de nuevo la valentía de volver a proponer el Evangelio «sine glossa», sin añadidos, como decía Francisco de Asís. Sólo esta autoridad es la que «manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen».

 

[1]V.Paglia– Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 78-79.

Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres

0
SíguemeTiempo Ordinario

Lunes de la I Semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (1, 14-20)

Después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”. Caminaba Jesús por la orilla del lago de Galilea, cuando vio a Simón y a su hermano, Andrés, echando las redes en el lago, pues eran pescadores.

Jesús les dijo: “Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante, vio a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en una barca, remendando sus redes. Los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre con los trabajadores, se fueron con Jesús. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

El Evangelio nos muestra los primeros encuentros de Jesús. Es el inicio de una fraternidad que nunca se ha interrumpido. Y en la medida en que esta vive la misma intensidad, manifiesta su fuerza de cambio. No es algo del pasado. Es una forma de vivir el cristianismo todavía hoy.

El cristianismo es una cuestión de encuentro, encuentro con Jesús y encuentro con los demás. Pero es una forma de encontrar propia de Jesús. Él, podríamos decir, sigue recorriendo las calles de hoy pero siempre con el mismo estilo. El estilo de Jesús no es mandar: no da órdenes como un general, sino que habla como alguien que tiene autoridad.

El Evangelio no es un código moral, aunque nos enseña lo que cuenta de verdad y nos ayuda a confrontarnos con el amor. No es un libro que una vez leído se deja, es más, cuanto más lo abrimos más lo comprenden Es Evangelio, es decir, una noticia bella.

¡Cuántas noticias malas escuchamos, que a veces producen angustia y miedo! El Evangelio es la noticia más hermosa que nos puede llegar: es el anuncio de que Dios -es decir, el amor, el misterio de la vida, el sentido de la existencia- te habla, se dirige a ti personalmente, quiere que tú le sigas, le gusta que estés con él. El Evangelio te necesita.

Nuestra situación es análoga a la descrita en el Evangelio para Simón y Andrés, su hermano, ocupados con su trabajo de siempre, Jesús les encontró mientras estaban echando las redes y les llamó: «síganme y haré de ustedes pescadores de hombres». Lo mismo sucede un poco más adelante con otros dos hermanos, Santiago y Juan, también ellos enfrascados en su pesca. Los cuatro dejaron las redes.

De aquella decisión nacieron los primeros discípulos, y nadie puede encontrar un camino distinto a este indicado por Marcos. ¿Por qué seguir a aquel joven maestro? ¿Por qué dejar las ocupaciones de siempre? El Evangelio no muestra a Jesús explicando su programa y pidiendo adhesión. En definitiva, Jesús no se detiene a convencer. Sólo dice: «Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres».

Les pide que dejen de pescar sólo para ellos, que lo hagan para los demás; que no pierdan su corazón y su única vida buscando cosas para ellos, y que le ayuden a encontrar con amor a otros hombres; que le ayuden a sacar del mar confuso del mundo, de la soledad que muchas veces da miedo, a muchos otros hombres y mujeres alcanzándoles con las redes de la amistad.

Todos los hombres necesitan ser amados. El Evangelio no nos hace sacrificar nada de nuestra vida. Al contrario, nos ayuda a perder lo que no sirve, es decir, el orgullo, el egocentrismo y el amor miope por nosotros mismos. Y nos da cien veces más en hermanos, hermanas, padres y madres. Aquellos cuatro primeros llamados intuyeron la fuerza y la belleza de la llamada. Y, de inmediato, dejaron las redes. Había prisa. El tiempo se había hecho breve.

Así es también para nosotros. ¡No somos eternos! El amor quiere llegar pronto, no quiere desperdiciar las ocasiones. Ciertamente, aquellos hombres no habían comprendido todo. ¡Tampoco nosotros hemos comprendido todo! Pero escogieron tomar en serio esa palabra de amistad.

Decían los Padres de la Iglesia: «Comprende que eres un universo en pequeño. ¿Quieres escuchar otra voz para no considerarte pequeño y vil?». Esa voz es el Evangelio de Jesús que entra en el universo pequeño de nuestro corazón para abrirlo con dulce insistencia y hasta el final, incluso cuando sólo vemos oscuridad ante nosotros, sigue diciéndonos: «Sígueme».

 

[1]V.Paglia– Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 69-71.

Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan que lo bautizara

0

Bautismo del Señor - FcoJosé

El Bautismo del Señor 

Ciclo A

 Textos

† Del evangelio según san Mateo(3, 13-17)

En aquel tiempo, Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan que lo bautizara.

Pero Juan se resistía, diciendo: “Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?” Jesús le respondió: “Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere”.

Entonces Juan accedió a bautizarlo.

Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre él en forma de paloma y oyó una voz que decía, desde el cielo: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje

Celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, concluimos el ciclo litúrgico de Navidad e iniciamos la primera etapa del ciclo correspondiente al tiempo ordinario. Este Domingo nos ayuda, después de la Navidad, a colocar a Jesús adulto en nuestra contemplación del evangelio para alimentarnos de su Palabra y de su testimonio en nuestra formación discipular.

Antes de concentrarnos en la escena recordemos que la intención del evangelista no es la de hacer una biografía de Jesús. A partir de la experiencia de la Resurrección, los primeros discípulos fueron compartiendo la memoria que tenían de los dichos y hechos del Señor y con la luz pascual los fueron interpretando. Los evangelistas lo que hacen es recoger esta tradición popular oral,  organizan la información que tienen y que proviene de distintas fuentes y la ordenan pedagógicamente –tomando en cuenta a sus destinatarios- para el anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo el Señor.

El evangelio de Mateo fue escrito en los años 80-90 d.C., en la región de Antioquía de Siria, una gran ciudad con un número considerable de habitantes judíos. En el año 30 d.C. llegaron a ella misioneros judíos, procedentes de Jerusalén, que anunciaban a Cristo y obtuvieron conversiones entre los judíos y los gentiles. Esta doble composición de la comunidad cristiana suscitó tensiones en su interior. Este es un dato que toma en cuenta el evangelista y que nosotros debemos tener en cuenta al leer el evangelio.

Uno de los primeras tareas de la comunidad primitiva fue aclararse la posición de Juan el Bautista respecto a Jesús. No hay que olvidar que en torno a Juan se había suscitado un importante movimiento religioso y que algunos de sus seguidores veían en él al Mesías. Recordemos también como Pablo, en su travesía por Éfeso encontró a algunos discípulos que sólo habían recibido el bautismo de Juan (cf. Hech 19,1-7). Por ello el interés de Mateo es dejar claro que el mensaje de Juan es importante pero no definitivo y que Jesús es el Ungido por el Espíritu Santo, es decir, el Mesías de Dios.

Como trasfondo de la escena del bautismo tenemos el primer cántico del Siervo de Yahvé en Isaías que se lee en la primera lectura de este domingo. La identidad de este personaje es misteriosa, muchos estudiosos coinciden en decir que se trata de una persona individual que tiene una misión con dimensión “corporativa”, es decir, asumir en su persona la responsabilidad del pueblo y de la humanidad; también coinciden en que se trata de un profeta con rasgos regios que sintetiza todas las cualidades de los profetas; que es elegido por Dios con singular atención y cuidado; que su destino es restaurar la alianza de Dios con su pueblo y, a través de él, con toda la humanidad, a través de la predicación y del sufrimiento vicario. Fue humillado hasta una muerte ignominiosa, pero Dios lo rehabilitó, lo resucitó y lo exaltó.

Luz para nuestra vida

La novedad en el relato del Bautismo de Jesús de san Mateo, respecto a los relatos de Marcos y Lucas, es la incorporación de un dato que deja clara la dignidad de Jesús respecto a Juan. El Bautista reconoce que él debería ser bautizado por Jesús, quien es más grande, pero Jesús se deja bautizar por Juan para obedecer el plan de Dios para instaurar su reino. De esta manera Mateo deja claro que Jesús al someterse al bautismo no compromete su dignidad de Hijo de Dios y y al mismo tiempo enseña a los discípulos que deben aprender a cumplir siempre todo lo que Dios quiere.

La escena se presenta como una bisagra entre la vida oculta de Jesús, de la que algo se dijo en los relatos de la infancia y su vida pública. Jesús se presenta entre la gente del pueblo. La atención se centra en la misión que Jesús va a recibir, Él es el Siervo de Yahvé y va a asumir, en forma sustitutiva, la redención de la humanidad, pero no lo hará ‘desde fuera’, sino encarnado en la historia de su pueblo, compartiendo sus frustraciones y sus anhelos. De igual manera, los discípulos, en el cumplimiento de su misión, habrán de recorrer los mismos caminos de la humanidad y en medio de ella ser luz, sal y levadura; acercándose con corazón compasivo y misericordioso a las personas de toda clase y condición, sin escandalizarse de su situación moral, sino más bien, situándose junto a ellas para ayudarles a colocarse en el horizonte de la redención de Cristo.

Jesús es el Mesías. El evangelista lo deja claro al decirnos que «al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre él en forma de paloma…». Esta apertura de los cielos y el don del Espíritu son dos realidades que convergen en un mismo significado: se declara con solemnidad que Jesús de Nazaret, es el Profeta esperado, el Siervo de Yahvé que llevará a cabo el proyecto de Dios. Para ello recibe el don singular del Espíritu Santo, que permanece establemente en Él y que Él comunicará a sus discípulos para que continúen su obra redentora.

Dice además el evangelista que se «…oyó una voz que decía, desde el cielo: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”.» Esta voz corrobora la vocación de Jesús. Es Siervo de Yahvé e Hijo de Dios. Es el elegido para llevar adelante el plan de salvación. La misión de Jesús abarca todos los elementos que fueron anunciados para el Siervo: anunciar la Palabra, renovar la Alianza y asumir la responsabilidad del pueblo y de la humanidad. El discípulo de Jesús está llamado a descubrirse amado de Dios, a asumirse como Hijo suyo y unido a Jesús, colaborar en el plan de redención haciéndose instrumento de reconciliación y de paz, imitando a Jesús y haciéndolo presente en medio de la humanidad en la circunstancia histórica en la que le sea dado vivir.

Hoy podemos pensar en nuestra vocación bautismal. ¡Cuánta falta nos hace hacerlo de cuando en cuando! Descubrirnos amados de Dios, y asumirnos como Hijos suyos con la misión de hacerlo presente correspondiendo a su amor y amando a nuestro prójimo como Jesús nos enseñó. Para ello se requiere la madurez humana y uno de los indicadores de que la hemos alcanzado es la capacidad de hacernos responsables de otros, de asumir sobre nosotros ‘la carga’ de las personas a las que amamos, de sobrellevar la renuncia y el sufrimiento que esto implica y que tiene una valencia redentora.

La madurez cristiana es tarea de cada día, como dice la carta a los Efesios (cf. cap 4), se trata de alcanzar la estatura de Cristo y esto es posible porque hemos recibido su Espíritu, porque Él nos nutre con el testimonio de su entrega y nos revela que en Él también nosotros somos hijos amados de Dios.