Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto

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Miércoles V de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (15, 1-8)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto.

Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho. Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde.

Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La Palabra de Dios subraya la necesidad de «permanecer» en Jesús, un tema especialmente querido para Juan. En su primera carta escribe: «Quien guarda sus mandamientos mora en Dios y Dios en él»; Y en la parábola de la vid y de los sarmientos, los términos «permanecer» y «morar» son el corazón.

Isaías, en el admirable «canto de la viña», describe la desilusión de Dios con Israel, su viña que había cuidado, plantado, cavado, defendido, pero de la que solo ha obtenido frutos amargos. Sin embargo, en las palabras de Jesús hay un cambio bastante singular. La vid ya no es Israel sino él mismo: «Yo soy la vid verdadera». Nadie lo había dicho nunca antes.

Para entender completamente estas palabras, es necesario situarlas en el contexto de la última cena, cuando Jesús las pronunció. Jesús se identifica con la vid, especificando que es la «verdadera» vid, obviamente para diferenciarse de la «falsa»; y añade: «Yo soy la vid; ustedes los sarmientos». Los discípulos están unidos al Maestro y forman parte integrante de la vid: no hay vid sin sarmientos y viceversa. Es un vínculo que va mucho más allá de nuestros altibajos psicológicos y nuestra condición buena o mala.

El Evangelio continúa: «Todo sarmiento que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto». Sí, precisamente quienes «dan fruto» conocen también el momento de la poda. Son aquellos cortes que, de vez en cuando, precisamente como sucede en la vida natural, es necesario realizar para que podamos estar «sin mancha». El texto del evangelio no significa que Dios mande dolores y sufrimientos a sus hijos mejores para ponerles a prueba o purificarles. El Señor no tiene necesidad de intervenir con los sufrimientos para mejorar a sus hijos.

La vida espiritual es siempre un itinerario o, si se quiere, un crecimiento. No hay ninguna edad en la vida que no exija cambios y correcciones, exactamente, podas. Estos cortes, a veces también muy dolorosos, purifican nuestra vida y hacen correr con mayor frescura la savia del amor del Señor. Jesús repite seis veces: «Permanezcan en mi». Es la condición para dar fruto, para no secarse y por tanto ser cortados y quemados.

Quizá aquella tarde los discípulos no entendieron. Jesús indicaba un camino para quedarse con él: se permanece en él si «sus palabras permanecen en nosotros», como Jesús mismo subraya. Es el camino que emprendió María, su madre, la cual «guardaba todas estas cosas Y las meditaba en su corazón». Es el camino que escogió María, la hermana de Lázaro, que se quedaba a los pies de Jesús para escucharle. Es el camino· seguido por cada discípulo.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 194-195

Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí

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4 de mayo

Santos Felipe y Santiago, Apóstoles

(En México)

Textos

† Del evangelio según san Juan (14, 6-14)

En aquel tiempo, Jesús dijo a Tomás: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”.

Le dijo Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le replicó: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Entonces por qué dices: Muéstranos al Padre? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras.

Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre; y cualquier cosa que pidan en mi nombre, yo la haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Yo haré cualquier cosa que me pidan en mi nombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy la Iglesia celebra la fiesta de los apóstoles Felipe y Santiago.

Santiago es recordado por la tradición como el hijo de Alfeo, el que al inicio de la misión de los apóstoles no quiso que se impusiera a los convertidos del paganismo la reglas de la observancia de la ley y de la tradición judía.

Felipe es recordado en el Evangelio de Juan como el que pone preguntas al Señor: su propio límite ante las multitudes que hay que saciar, a continuación la pregunta de aquellos griegos que quieren ver a Jesús, y al final la petición, durante la última cena, de poder ver al Padre. Es una pregunta profunda que revela el deseo del hombre de encontrar a Dios. Pero Felipe no se da cuenta de que el Señor está sentado a su lado. «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe?». Se puede estar junto al Señor sin reconocerlo.

La pregunta de Felipe se encuentra también con nuestra vida. La pregunta de conocer al Padre se convierte en la de conocer a Jesús, creer en su palabra y en sus obras. Y no se trata de «conocer» de forma intelectual, sino de acoger en el corazón, amar, vivir con Jesús.

Quien ve a Jesús ve al Padre, es decir, sabe reconocer los rasgos de un amor más grande. Dios, a quien nadie puede ver, se hace visible y lo hace con los gestos fraternos del Señor sentado a la mesa con los suyos, que se había inclinado para lavar sus pies. Dice Jesús que quien cree en él hará sus obras «y hará mayores aún». Esto puede asombrar, pero en realidad es el signo de que el amor de Dios no se pone límites, y crece con la fe y la oración de los discípulos.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 173-174.

Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo

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3 de Mayo

La Santa Cruz

(Fiesta en México)

Textos

† Del evangelio según san Juan (3, 13-17)

En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: “Nadie ha subido al cielo sino el Hijo del hombre, que bajó del cielo y está en el cielo. Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La liturgia de la Iglesia Universal celebra la exhaltación de la Santa Cruz el 14 de septiembre, recordando el día en que en que se dedicó la basílica del Santo Sepulcro que había sido restaurada por Constantino. En México se conservó para la celebración de la Santa Cruz la fecha en que se celebraba antes de la reforma litúrgica, el 3 de mayo, día en que se recuerda el hallazgo de la Santa Cruz por Santa Elena. El fondo de ambas celebraciones es el mismo, la contemplación del gran amor de Dios, que, simbolizado en la Cruz, nos recuerda la entrega de la vida de su Hijo Jesucristo por nuestra salvación.

Con todo, más de alguno podría preguntarse, ¿cómo se puede exaltar un instrumento de suplicio hasta el punto de reservarle un día de fiesta? Hoy la Iglesia, al poner en el centro de nuestra contemplación la Cruz de Cristo, nos hace dirigir nuestra mirada  al inimaginable amor de Jesús por cada uno de nosotros. Por eso es realmente necesario dar gracias a Dios por la cruz.

Sobre la madera de la Cruz fue derrotado para siempre el amor por uno mismo y triunfó definitivamente el amor por los demás. La cruz es como la síntesis, o aún más, la culminación del amor de Jesús por nosotros. Él, como escribe el apóstol Pablo en el himno de la Epístola a los Filipenses, empezó su camino hacia la cruz cuando «no reivindicó su derecho a ser tratado igual a Dios». Por amor «se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo»; por amor «se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz».

El Padre se conmovió por ese amor totalmente desinteresado del Hijo hasta el punto de que «lo exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre».

En la Cruz, la muerte y la vida se enfrentan en la última y definitiva batalla. Y la lucha se produce en el cuerpo de Jesús. Él muere. Pero junto con él, muere también el amor por uno mismo. Todos, bajo la cruz y al lado de la cruz, le gritaban: «sálvate a ti mismo». Pero Jesús lleva hasta las últimas consecuencias el peso del pecado. Él que vino para salvar a los demás, no podía salvarse a sí mismo.

Su Evangelio era exactamente lo contrario: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir». Jesús podía evitar la muerte; bastaba haber hecho caso de Pedro y los demás discípulos que querían disuadirle de ir a Jerusalén, o simplemente cerrar un pequeño acuerdo con Pilato, que incluso se lo había ofrecido. Pero de ese modo Jesús habría renunciado a su Evangelio, que es opuesto al del mundo, que siempre dice: «sálvate a ti mismo». Muriendo así, Jesús salva el amor.

Y nosotros podemos decir finalmente que entre nosotros hay alguien que ama a los demás más que a sí mismo; alguien que está dispuesto a dar toda su vida, hasta perderla, por cada uno de nosotros. Y el apóstol Pablo nos hace pensar aún más profundamente cuando escribe: «Difícilmente habrá alguien que muera por un justo -tal vez por un hombre de bien se atrevería uno a morir- . Así que la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros».

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 346-347.