Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja

0

camello aguja.jpg 

Tiempo Ordinario

Martes de la XX semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (19, 23-30)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los cielos.

Se lo repito: es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los cielos”.

Al oír esto, los discípulos se quedaron asombrados y exclamaron: “Entonces ¿quién podrá salvarse?” Pero Jesús, mirándolos fijamente, les respondió: “Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible”.

Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo a Jesús: “Señor, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar?” Jesús les dijo: “Yo les aseguro que en la vida nueva, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, los que me han seguido, se sentarán también en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.

Y todo aquel que por mí haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o esposa, o hijos, o propiedades, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.

Y muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

El joven rico acaba de marcharse triste. Ha preferido quedarse con sus riquezas antes que dejarlas y seguir a Jesús. Le interesan más sus bienes que seguir a aquel maestro. Entonces Jesús se dirige a los discípulos para decirles que es difícil que un rico entre en el Reino de los Cielos. No dice que sea imposible.

No afirma de manera maniquea que la riqueza sea un mal. Pero sí es algo que facilita la codicia, que propicia la avaricia, que hace que olvidemos más fácilmente a los demás, que favorece el aferrarse a los bienes materiales. Para que se comprenda mejor esa dificultad, plantea un ejemplo realmente increíble: «Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios». Es una exageración que da que pensar.

Y, efectivamente, los discípulos reaccionan inmediatamente: «Entonces ¿quién podrá salvarse?». Se trata de una pregunta que debería resonar con más fuerza en un mundo en el que poseer bienes es una de las metas perseguidas con mayor empeño, con determinación y a toda costa. Jesús había advertido en varias ocasiones a los discípulos que no se puede servir a Dios y al dinero.

Pero desgraciadamente, en la sociedad actual el dinero, la riqueza, los bienes se han convertido en ídolos que requieren dedicación completa. Y en sus altares fácilmente sacrifican incluso la vida. Parece imposible que un rico pueda salvarse. Pero Jesús inmediatamente rebate: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible».

La fe, la confianza en Dios hace que el corazón del hombre deje de pensar en poseer las cosas y pase a pensar en abandonarse a Dios. Pedro empieza a entender y le pide a Jesús qué reciben aquellos que lo dejan todo y confían en Dios. Y Jesús le da una extraordinaria respuesta que demuestra la generosidad de Dios con quien confía en Él Recibirá ahora el ciento por uno de cuanto ha dejado. Indica así que estará rodeado por hermanos y hermanas y su fraternidad lo cubrirá con amor. Y tras la muerte, la vida eterna.

Es lo contrario respecto a lo que normalmente se cree: el Evangelio no quita nada; al contrario, enriquece la vida tanto en esta tierra como después.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 320-321.

¿Qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?

0
joven rico 2.jpg Tiempo Ordinario

Lunes de la XX semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (19, 16-22)

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un joven y le preguntó: “Maestro, ¿qué cosas buenas tengo que hacer para conseguir la vida eterna?” Le respondió Jesús: “¿Por qué me preguntas a mí acerca de lo bueno? Uno solo es el bueno: Dios.

Pero, si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos”.

El replicó: “¿Cuáles?” Jesús le dijo: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, ama a tu prójimo como a ti mismo.

Le dijo entonces el joven: “Todo eso lo he cumplido desde mi niñez, ¿qué más me falta?” Jesús le dijo: “Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes, dales el dinero a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme”.

Al oír estas palabras, el joven se fue entristecido, porque era muy rico. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

La pregunta sobre cómo alcanzar la vida eterna nos la hacemos todos en algún momento de la vida. Jesús, como si quisiera evitar todo equívoco, dice que solo Dios es bueno, no nosotros. Tal vez quiere ayudarle a entender a quien le pregunta que ha encontrado realmente al único bueno y que todo lo bueno viene de Dios.

Aquel joven contesta diciendo que nunca ha dejado de observar los mandamientos. Quizás siente una cierta inquietud, pero no sabe salir de las reglas. Comprende que las reglas no son suficientes, tal vez busca otras o quiere solo tranquilizar su conciencia. En realidad la vida eterna no la podemos obtener con nuestros méritos.

La vida eterna es elegir a Jesús por encima de cualquier otra cosa, por encima incluso de mí mismo y de mis riquezas. Jesús no replica añadiendo un undécimo mandamiento; solo dice: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos. Luego sígueme». Es la propuesta de un ideal elevado: «Si quieres ser perfecto».

La perfección es para todos y está al alcance de cada uno de nosotros porque se alcanza por el corazón. El corazón es perfecto cuando ama y se deja amar. Solo el amor puede permitir una decisión tan radical, la misma del mercader que encuentra una perla o de aquel que encuentra un tesoro escondido en un campo y rebosante de alegría vende todo lo que tiene para comprar aquel campo.

El creyente perfecto es el que ama como un niño, el que confía y deja que le amen, como uno de los pequeños a los que abrazaba Jesús. Si alguien ama a Dios por encima de todas las cosas, es lógico que reparta sus riquezas entre los pobres.

San Francisco es el ejemplo de un hombre perfecto, joven rico que no se avergüenza de devolvérselo todo a su padre para amar al Padre del cielo y para poseerlo todo porque es pobre de todo. El reino empieza en su alegría, en aquella alegría franciscana que es fruto de un amor pleno por el Señor y, por tanto, por los hermanos y los pobres.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 319-320.

He venido a traer fuego a la tierra

0

fuego

Tiempo Ordinario

Domingo de la XX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (12, 49-53)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “He venido a traer fuego a la tierra iY cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo ¡y cómo me angustio mientras llega! ¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división. De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres.

Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Este domingo llegamos al final de una serie de instrucciones de Jesús para los discípulos y que el evangelista Lucas insertó catequéticamente en la sección de la subida destino a Jerusalén.

El contexto

Si queremos comprender el texto que consideramos no podemos perder de vista dos cosas:

La primera: El Reino de Dios es la idea central transversal. El reino de Dios no es una cosa cualquiera; es lo más importante de todo, y ante él hay que decidirse; no se puede perder el tiempo en consideraciones y excusas, pues ya está presente. O se toma o se deja.

La segunda: Fijar la vista en Jesús y verlo entregado, de lleno y con pasión, al anuncio de la buena noticia; desde esta perspectiva se entienden mucho mejor sus palabras: «He venido a traer fuego a la tierra y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!»

Todo el capítulo doce del evangelio de Lucas está lleno de consejos y advertencias a los discípulos. Jesús prosigue su camino a Jerusalén y las resistencias a su misión se hacen más agresivas. Prevé el desenlace y previene a sus seguidores.

Hasta ahora, -recordemos el mensaje de los domingos anteriores- los discípulos han sido instruidos sobre cómo superar “la codicia” que suscita comportamientos hipócritas, a los que Jesús llamó «la levadura de los fariseos».

Se abre ahora una instrucción que tiene la intención de que los discípulos pongan los pies en la tierra y aprendan a ubicarse con los criterios del Reino en las situaciones de conflicto, el telón de fondo de esta enseñanza no puede ser otro que el de la Pasión de Jesús y sus consecuencias.

El texto

El texto que leemos está escrito en términos paradójicos, el evangelista utiliza la paradoja como medio para acercarnos a una realidad compleja controvertida; recordemos que esta figura retórica consiste en la utilización de expresiones que envuelven una contradicción y que lo que afirma parece contrario a la lógica; ejemplo de paradojas son: preparar la paz con la guerra o caminar despacio cuando se va deprisa.

Entre destinatarios del evangelio los hay de origen pagano y de origen judío; viven su fe en medio de la violencia de las persecuciones y de las tensiones internas de la comunidad, comenzando por las que se viven en el seno de la propia familia.

El evangelista presenta a Jesús hablando a sus discípulos de su propia vocación, proyectando inmediatamente su experiencia personal sobre sus seguidores: el destino del discípulo está profundamente unido al del Maestro. El sentido de la vida de Jesús determina el sentido de la vida de sus discípulos.

Dos imágenes

Leemos en nuestro texto: «He venido a traer fuego a la tierra y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo ¡y cómo me angustio mientras llega

Jesús percibe su misión y su destino a partir de dos imágenes contrapuestas: fuego y agua.

Fuego

Jesús compara su venida a la tierra como un fuego que se expande a toda velocidad por un campo semiárido. Probablemente se está refiriendo a un fuego purificador de la humanidad y que es símbolo del juicio de Dios, como aquel fuego que el profeta Elías hizo caer sobre el monte Carmelo que debía llevar al auditorio a elegir entre Baal o Yahvé (ver 1 Reyes 18,21).

Jesús simboliza su mensaje con la imagen del fuego; con ello indica que la proclamación del Reino, con palabras y obras, coloca a sus discípulos y a todas las personas ante su propia verdad profunda, invitándoles a  un cambio radical; el fuego es símbolo del Espíritu que separa el bien del mal, la verdad de la mentira, que acrisola lo bueno y pone al descubierto la escoria de las personas y de la sociedad.

Agua

Jesús será sumergido en las aguas profundas -un bautismo- de la muerte. De esta forma se refiere a su pasión. Cuando Él dice «¡y cómo me angustio mientras llega!», no está diciendo que se quiera morir rápido, sino que su mayor deseo en la vida es llevar a cabo el destino que el Padre le asignó.

Jesús se vio alcanzado por el movimiento espiritual que provocó, y él mismo fue la primera víctima de la fidelidad a su mensaje. Conmueve verle expresar los sentimientos que le embargan ante la misión recibida y ante las consecuencias que ésta tiene sobre su persona. Vemos a un Jesús ardoroso y combativo y, a la vez, angustiado e impaciente ante lo que prevé se le avecina.

¿Dónde quedó el mensaje de la paz?

Leemos en nuestro texto: «¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división.» De manera directa, Jesús proyecta sobre los discípulos las consecuencias de la misión que Él mismo vivirá.

Jesús es mensajero de la paz, pero no de una paz superficial y formal que esconde turbulencias subterráneas, sino de una paz profunda y definitiva. La paz que proclama no es la simple ausencia de conflictos sino la armonía relacional con Dios, con la creación y con las personas y que implica justicia y respeto a los derechos de los más indefensos.

El discípulo también está llamado a ser mensajero de paz, quedó claro en las instrucciones para la misión que ya leímos, sin embargo, no puede perder de perspectiva que su identificación con el Señor hará que su situación personal sea más bien la del conflicto. El conflicto de incomprensión entre aquellos que ya viven la vida nueva y los que todavía no han dado el paso de conversión. Como su Maestro, ellos serán “signo de contradicción”.

Proclamar la paz del Reino encuentra la oposición de quienes se benefician de un orden social injusto. El egoísmo rechaza la fraternidad y niega la condición de hijas e hijos de Dios de todas las personas. Jesús recuerda a sus discípulos que su mensaje es de paz, y que precisamente por ello, sufrirá el «bautismo de fuego», será sumergido en el dolor y en la muerte. Esto no es buscado sino aceptado, es el precio que debe pagar y ello le angustia desde ahora.

La paz es fruto del amor, resultado de una comunión auténtica que elimina las causas de la división y el maltrato entre las personas. Señalar las razones de la falta de fraternidad y de justicia les parecerá a algunos querer provocar divisiones. Hay quienes, en efecto prefieren no ver de dónde vienen los males, porque eso cuestionaría sus privilegios. Jesús es consciente de que su anuncio del reino desvela una realidad en la que, desgraciadamente, las divisiones están ya presentes. Busca eliminarlas yendo a su causa: la falta de amor concreto y comprometido.

Una nueva visión de las situaciones de conflicto

Existe una concepción de la fe cristiana en la que se habla mucho de las dulces y pacificadoras palabras de Jesús; en la que se piensa que su mensaje es contrario al conflicto; en la que el mismo Jesús es presentado siempre envuelto en un halo de bondad. Y así hay cristianos que sueñan ingenuamente con un mundo idílico en el que puedan ir de la mano opresores conscientes y oprimidos sin esperanza, vividores empedernidos y víctimas inocentes.

Sin embargo, el mensaje de Jesús no da pie para ello. Los versículos que consideramos este domingo nos hablan de un Jesús que crea división con sus hechos y sus palabras. Su mensaje es como una espada tajante que se introduce hasta en lo que la sociedad considera más sagrado: en la familia. Pone a todos en tensión, provoca a los bien pensantes y rompe falsas unidades y paces porque anuncia y trae un cambio de situación. Por eso, Jesús suscita, al mismo tiempo, simpatías profundas y movimientos de viva oposición, y esto tanto entre los ricos como entre los pobres

El reino de Dios no viene sin oposición. No sería así, si fuera sólo para el otro mundo, si fuera sólo cuestión de ideas y sentimientos, si fuera sólo algo personal y privado. Pero el reino de Dios tiene que ver con esta sociedad, con sus estructuras de opresión e injusticia, con la riqueza y la pobreza, con la paz y la guerra, con el hambre y el confort, con la vida y la muerte. Por eso, anunciarlo y construirlo provoca conflicto y división. Unos a favor y otros en contra.

Esto ya lo experimentaron los primeros cristianos. El texto que leemos no es sólo un anuncio. Cuando se escribió, ellos ya habían sufrido la división, incluso entre los seres más queridos. La división se hizo pronto persecución en muchas comunidades. Hoy, nosotros, rara vez padecemos divisiones, menos aún persecuciones. Hemos hecho del evangelio un libro de ética personal y nos esforzamos por llegar a todo mal que bien. Justificamos nuestra actitud, nuestra situación, nuestras decisiones. Nos hemos hecho más cautos, más «sabios» … no queremos sorpresas inoportunas. Lo del reino de Dios y sus divisiones y conflictos lo olvidamos hace tiempo. Somos más prudentes …

 

[1] F. Oñoro, El Bautismo de Fuego de Jesús, Lectio Divina Lucas 12,49-53, CELAM/CEBIPAL F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 291-293.