Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivo de la categoría: Semana Santa

Ya no los llamo siervos… los llamo amigos

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 V Viernes de Pascua

Textos 

† Del evangelio según san Juan (15, 12-17)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre. No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre. Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Las relaciones entre Jesús y los discípulos asumen una intensidad particular en esta breve perícopa, donde se afronta el tema del mandamiento del amor fraterno: «Ámense los unos a los otros como yo los he amado».

Los mandamientos que debe observar la comunidad mesiánica están compendiados en el amor fraterno. Este precepto del Señor glorifica al Padre. Supone vivir como verdaderos discípulos y dar como fruto el testimonio. Ahora bien, la calidad y la norma del amor al hermano son una sola: el amor que Jesús tiene por los suyos, un amor que ha llegado a su cima en la cruz.

La cruz es el ejemplo de la entrega de Jesús hasta el extremo por sus discípulos: ha entregado su propia vida por aquellos a los que ama. Lo que desea, a cambio, de los suyos es la fidelidad al mismo mandamiento siguiendo su ejemplo. La riqueza del amor que une a Jesús con los suyos, y a los discípulos entre ellos es, en consecuencia, total y de una gran calidad.

El modelo del amor de Jesús por sus discípulos no tiene que ver solamente con el sacrificio de su vida, sino que contiene también otras prerrogativas: es relación de intimidad entre amigos y don gratuito. El signo mayor de la amistad entre dos amigos consiste en revelarse los secretos de sus corazones. El amor de amistad, del que nos habla Jesús, no se impone; es respuesta de adhesión en el seno de la fidelidad. El Maestro, al hacer partícipes a sus discípulos de los secretos de su vida, ha hecho madurar en ellos el seguimiento, les ha hecho comprender que la amistad es un don gratuito que procede de lo alto.

La verdadera amistad se sitúa en el orden de la salvación. Jesús ya no es para ellos el señor, sino el Padre y el confidente, y ellos ya no son siervos, sino amigos. Convertirse en discípulo de Jesús es don, gracia, elección y certeza de que nuestras peticiones dirigidas al Padre en nombre de Jesús serán escuchadas.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 309-310.

Inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

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Crucificado Viernes Santo de la Pasión del Señor

Textos

† Pasión de nuestro Señor Jesucristo, según San Juan (18, 1-19,42)

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Mensaje[1]

La Santa Liturgia del Viernes Santo comienza con el celebrante postrado en el suelo. Es un signo: imitar a Jesús postrado en tierra por la angustia en el Huerto de los Olivos. ¿Cómo permanecer insensibles ante un amor tan grande que llega hasta la muerte con tal de no abandonarnos?

Jesús no quiere morir: «Padre mío, si es posible que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieres tú». Jesús sabe bien cuál es la voluntad de Dios: «Y ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite el último día». La voluntad de Dios es evitar que el mal nos engulla, que la muerte nos arrastre. Jesús no la evita, la carga sobre sí para que no nos aplaste; no quiere perdemos. Ninguno de sus discípulos, de ayer o de hoy, debe sucumbir a la muerte.

Por eso la pasión continúa. Continúa en los numerosos huertos de los olivos de este mundo donde sigue la guerra y donde se hacinan millones de refugiados. Continúa allí donde hay gente postrada por la angustia; continúa en los enfermos abandonados en su agonía; continúa allí donde se suda sangre por el dolor y la desesperación.

La pasión según san Juan comienza precisamente en el Huerto de los Olivos, y las palabras que Jesús dirige a los guardias expresan bien su decisión de no perder a ninguno. Cuando llegan los guardias es Jesús quien va a su encuentro: «¿A quién buscan?». A su respuesta: «A Jesús el Nazareno», contesta: «Si me buscan a mí, dejen marchar a éstos». No quiere que los suyos sean golpeados; al contrario, quiere salvarlos, preservarlos de todo mal.

¿De dónde nace la oposición contra él? Del hecho de que era demasiado misericordioso, de su amor por todos, incluso por sus enemigos. Frecuenta demasiado a los pecadores y publicanos, y además perdona a todos, incluso con facilidad. Para él habría bastado con quedarse en Nazaret, bastaba con que hubiera pensado un poco más en sí mismo y un poco menos en los demás y ciertamente no habría acabado en la cruz. Pedro hace esto: sigue un poco al Señor, luego vuelve sobre sus pasos, pero ante una portera niega incluso conocerle. Por el contrario, Jesús no reniega ni del Evangelio, ni de Pedro, ni de los demás. Sin embargo, en un cierto momento habría bastado muy poco para salvarse. Pilatos está convencido de su inocencia, y le pide sólo alguna aclaración. Pero Jesús calla. «¿A mí no me hablas? -le pregunta- ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Pedro habla y se salva; Jesús calla porque no quiere perder a ninguno de los que le han sido confiados y es crucificado.

También nosotros estamos entre los que el Padre ha confiado a sus manos. Él ha tomado sobre sí nuestro pecado, nuestras cruces, para que todos fuéramos liberados. En el corazón de la Liturgia del Viernes Santo la cruz entra solemnemente, todos se arrodillan y la besan. La cruz ya no es una maldición, sino Evangelio, fuente de una vida nueva: «Se entregó por nosotros a fin de rescatamos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo que fuese suyo», escribe el apóstol Pablo.

Sobre esa cruz ha sido derrotada la ley del amor por uno mismo. Esta ley ha sido destruida por aquel que ha vivido por los demás hasta morir en la cruz. Jesús ha arrancado de los hombres el miedo a servir, el miedo a no vivir sólo para uno mismo. Con la cruz hemos sido liberados de la esclavitud de nuestro yo, para extender las manos y el corazón hasta los confines de la tierra.

No es casualidad que la Liturgia del Viernes Santo esté marcada de modo muy particular por una larga oración universal; es como alargar los brazos de la cruz hasta los confines de la tierra para hacer sentir a todos el calor y la ternura del amor de Dios que todo lo supera, todo lo cubre, todo lo perdona, todo lo salva.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 154.

Los amó hasta el extremo

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jesus_lava_piesJueves Santo de la Cena del Señor

Textos

† Del evangelio según san Juan (13, 1-15)

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

En el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregarlo, Jesús, consciente de que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido.

Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: “Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?” Jesús le replicó: “Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”.

Pedro le dijo: “Tú no me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”. Entonces le dijo Simón Pedro: “En ese caso, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos”.

Como sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: ‘No todos están limpios’.

Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy.

Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros.

Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

«Con ansia he deseado comer esta Pascua con ustedes antes de padecer» dice Jesús a sus discípulos al inicio de su última cena, antes de morir. En realidad para Jesús éste es un deseo de siempre, y también aquella noche quiere estar con sus amigos, los de entonces y los de hoy, incluidos nosotros.

Se puso a la mesa con los Doce, tomó el pan y lo repartió diciendo: «Este es mi cuerpo, partido por ustedes». Hizo lo mismo con la copa de vino: «Esta es mi sangre, derramada por ustedes». Son las mismas palabras que repetiremos dentro de poco en el altar, y entonces será el mismo Señor el que nos invitará a cada uno de nosotros a alimentamos del pan y del vino consagrados. Se convierte en alimento para nosotros, para hacerse carne de nuestra carne.

Aquel pan y aquel vino son el alimento bajado del cielo para nosotros, peregrinos por los caminos de este mundo. Hacen que seamos más similares a Jesús, nos ayudan a vivir como él vivía, hacen surgir en nosotros sentimientos de bondad, de servicio, de cariño, de ternura, de amor y de perdón. Los mismos sentimientos que lo llevan a lavar los pies de los discípulos, como un siervo.

Estando ya avanzada la cena, Jesús se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos y se ciñó una toalla; luego toma agua, se arrodilla delante de los discípulos y les lavó los pies. Incluso a Judas, que va a traicionarle. Jesús lo sabe, pero se arrodilla igualmente ante él y le lava los pies. Pedro, apenas ve llegar a Jesús reacciona de inmediato: «Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?». Para Jesús la dignidad no consiste en quedarse de pie sino en amar a los discípulos hasta el final, en arrodillarse a sus pies.

Es su última lección en vida: «Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan”».

El mundo enseña a ponerse en pie, y exhorta a todos a mantenerse así, haciendo incluso que los demás se dobleguen ante nosotros. El Evangelio del Jueves Santo exhorta a los discípulos a inclinarse y lavarse los pies los unos a los otros. Es un mandamiento nuevo y es un gran don que recibimos esta noche.

En la Santa Liturgia de esta tarde el lavatorio de los pies es un signo, una indicación del camino que hay que seguir: lavarnos los pies los unos a los otros, empezando por los más débiles, por los enfermos, por los más indefensos.

El Jueves Santo nos enseña cómo vivir y por dónde empezar a vivir: la vida verdadera no es la de estar de pie, firmes en nuestro orgullo; la vida según el Evangelio es inclinarse hacia los hermanos y las hermanas, empezando por los más débiles. Es un camino que viene del cielo, y aun así, es el camino más humano, pues todos necesitamos amistad, cariño, comprensión, acogida y ayuda. Todos necesitamos a alguien que se incline ante nosotros como también nosotros necesitamos inclinarnos ante los hermanos y las hermanas.

El Jueves Santo es realmente un día humano, el día del amor de Jesús que desciende hasta abajo, hasta los pide sus amigos. Y todos son sus amigos, incluso aquel que está a punto de traicionarlo. Por parte de Jesús nadie es enemigo, para él todo amor. Lavar los pies no es sólo un gesto, es un modo de vivir. Al finalizar la cena, Jesús va hacia el Huerto de los Olivos. Allí se arrodilla de nuevo, e incluso se tiende en el suelo y suda sangre a causa del dolor y la angustia.

Dejémonos atrapar al menos un poco por este hombre que nos ama con un amor jamás visto en la tierra. Y mientras estamos ante el sepulcro, transmitámosle nuestra amistad. Hoy, más que nosotros, quien necesita compañía es el Señor. Escuchemos su súplica: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quédense aquí y velen conmigo». Inclinémonos ante él y no le escatimemos el consuelo de nuestra cercanía. Señor, en esta hora, no te daremos el beso de Judas, sino que como pobres pecadores nos inclinamos a tus pies e, imitando a la Magdalena continuamos besándolos con cariño.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 152-154.