Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: agosto 2022

Si mi hermano me ofende…

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Tiempo Ordinario

Jueves de la XIX semana

Textos

+ Del evangelio según san Mateo (18, 21—19, 1)1

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.

Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.

Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contarle al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.

Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes si cada cual no perdona de corazón a su hermano”. Cuando Jesús terminó de hablar, salió de Galilea y fue a la región de Judea que queda al otro lado del Jordán. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Esta página evangélica nos recuerda que la corrección y el perdón fraterno -que son aspectos fundamentales en la vida de la comunidad cristiana- requieren una gran atención y sensibilidad.

Todo creyente tiene el deber de corregir a su hermano cuando se equivoca, del mismo modo que todos tienen el derecho de ser perdonados cuando se equivocan.

Por desgracia, vivimos en una sociedad que está olvidando qué es el perdón. Y eso sucede porque ha olvidado primero la deuda del amor mutuo que nos pide el Señor. En un mundo interdependiente y al mismo tiempo competitivo, como el mundo en el que vivimos, hay que aprender que para ser realmente libre y para construir una sociedad digna, tenemos que hacernos esclavos del amor los unos por los otros.

El respeto de los derechos de todo hombre y toda mujer pasa porque todos asumamos un único e imprescindible deber: respetar el derecho del otro a ser amado. La imagen más clara de esta convivencia la encontramos en la unidad de los discípulos que rezan juntos.

Jesús les dice: «Les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos». El acuerdo de los discípulos para pedir alguna cosa, sea cual sea, vincula a Dios mismo a concederla. Indica que la concordia en la oración, el acuerdo en una única voluntad constituye un poder inmenso.

Si nuestras oraciones no son escuchadas tenemos que preguntamos cómo oramos: quizás de modo perezoso, sin amor ni preocupación por los problemas y las angustias de toda la comunidad, del mundo que nos rodea. ¡Hay tanta gente que espera la caridad de una oración que nadie concede!

Con gran sabiduría espiritual Juan Pablo II hablaba de su oración asociada a la «geografía», es decir, a los distintos lugares o a las distintas situaciones de sufrimiento de los que tenía conocimiento. También nosotros podemos hacer lo mismo.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 315-316.

¿Está permitido al hombre divorciarse de su esposa por cualquier motivo?

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Tiempo Ordinario

Viernes de la XIX semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (Mateo 19, 3-12)

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y para ponerle una trampa, le preguntaron: “¿Le está permitido al hombre divorciarse de su esposa por cualquier motivo?” Jesús les respondió: “¿No han leído que el Creador, desde un principio los hizo hombre y mujer, y dijo: ‘Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, para unirse a su mujer, y serán los dos una sola cosa?’ De modo que ya no son dos, sino una sola cosa. Así pues, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”.

Pero ellos replicaron: “Entonces ¿por qué ordenó Moisés que el esposo le diera a la mujer un acta de separación, cuando se divorcia de ella?” Jesús les contestó: “Por la dureza de su corazón, Moisés les permitió divorciarse de sus esposas; pero al principio no fue así. Y yo les declaro que quienquiera que se divorcie de su esposa, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, y se case con otra, comete adulterio; y el que se case con la divorciada, también comete adulterio”.

Entonces le dijeron sus discípulos: “Si ésa es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse”, Pero Jesús les dijo: “No todos comprenden esta enseñanza, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido.

Pues hay hombres que, desde su nacimiento, son incapaces para el matrimonio; otros han sido mutilados por los hombres, y hay otros que han renunciado al matrimonio por el Reino de los cielos. Que lo comprenda aquel que pueda comprenderlo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

En el texto del evangelio que leemos hoy, se desarrolla una controversia suscitada por los fariseos que tiene como punto de partida la pregunta:  «¿Le esta permitido al hombre divorciarse de su esposa por cualquier motivo

En los textos precedentes Jesús sentó las bases de la vida comunitaria, ahora, aprovecha la pregunta que le plantean para abordar el mundo complejo de las relaciones, dándole un énfasis especial a la vida familiar vista desde los diversos estados y etapas de la vida.

La primera esfera de relaciones que aparece releída desde la óptica del Reino es la vida de la pareja y el celibato.

La respuesta de Jesús es tajante: es un no. Esta negativa se nota claramente en la exposición que hace inmediatamente.

Jesús pasa por encima de las excepciones de la casuística inspirada en la Ley de Moisés y remite al proyecto original del Padre: “Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, para unirse a su mujer, y serán los dos una sola cosa” (cita Génesis 2,24).

Es la sintonía con el acto creador de Dios lo que permite fundar una sólida relación de pareja y para vivir esto es preciso un acto de conversión que deja de lado la “dureza de corazón”. Aunque Jesús deja abierta una posibilidad queda claro que el problema está en el corazón humano y que en él hay que trabajar, o mejor, acoger la acción del Reino.

Las citas de Génesis 1,27 y 2,24 sobre las cuales Jesús quiere que se centre la atención, apuntan a una relación basada en el amor. Sobre este amor maduro que sabe dar un paso adelante en la relación familiar anterior, “dejar padre y madre”, se fundamenta la unidad auténtica que tiene fuerza de indisolubilidad. En esta unidad la diversidad de la pareja se hace también equidad, respeto que dignifica al otro, compromiso de uno con el otro, siempre bajo el señorío de Dios. Cuando esto sucede se fortalece la mutua fidelidad.

Al final de texto escuchamos un suspiro de desaliento por parte de los discípulos: «Si ésa es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse». Con su enseñanza Jesús rompió los moldes culturales que ponían en desventaja a la mujer frente a su marido, por eso ahora los discípulos parecen protestarle por su radicalidad. Pero así es: el evangelio también pide conversión de los esquemas culturales.

El Señor plantea también el celibato como una opción. Con la imagen de los eunucos «que han renunciado al matrimonio por el Reino de los cielos», se invita a vivir una consagración que conlleva un estilo de vida que es anticipo del Reino definitivo, no como aislamiento sino –todo lo contrario- como radicalidad en el amor.

Que lo comprenda aquel que pueda comprenderlo”. La última frase de Jesús recuerda que es necesario escuchar. Jesús está ofreciendo un don gratuito al que se responde libremente por amor. Un amor que se vuelve compromiso y fidelidad, como espejo de las relaciones de Jesús con los suyos.

El que se ama a sí mismo, se pierde

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10 de agosto

San Lorenzo, Diácono y Mártir

Textos

 † Del evangelio según san Juan (12, 24-26)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro que si el grano de trigo sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna.

El que quiera servirme que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor. El que me sirve será honrado por mi Padre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy, 10 de agosto, celebramos a San Lorenzo mártir, que murió como testigo de Cristo en Roma en el año 258 d.C. en tiempos del emperador Valeriano; en su testimonio encontramos un ejemplo concreto de la vivencia del evangelio: un hombre libre frente a su sociedad.

Los testigos de su persecución cuentan que cuando las autoridades imperiales lo presionaron para que entregara los supuestos tesoros de la Iglesia que estarían bajo su responsabilidad, san Lorenzo extendió la mano hacia un grupo de pobres y mendigos que estaban cerca y dijo: “He aquí los tesoros de la Iglesia”.

El testimonio de Lorenzo nos motiva y la Palabra de Dios, hoy en el evangelio de Juan, nos ofrece razones para que demos el paso valiente de Jesús al tomar la cruz, esto es, de dar la vida con generosidad y amor.

Las palabras de Jesús nos dan la clave interpretativa del misterio de la pasión en tres frases contundentes. Comienza con una comparación, de allí se extrae la aplicación para la vida y finalmente se indica que todo ello se vive junto con Jesús.

  1. Como el grano de trigo.

Si nosotros somos de los que pensamos que es absurdo perder algo en la vida, nos viene bien la comparación del grano de trigo: “si muere, producirá mucho fruto”. Según esta lógica para ganar hay que perder.

Por cierto, nadie dice que la muerte de la semilla, al plantarla en lo frío y oscuro de la tierra, para que luego brote el árbol, sea un absurdo.

Jesús enseña que la muerte es un paso “necesario” y que de ninguna manera es un absurdo si la miramos no desde el ángulo de la pérdida sino de la ganancia.  Lo que hay que mirar es la vida que brota y que se hace visible en su máximo esplendor.

  1. Entregar la vida para ganar la vida

La paradoja del grano de trigo que para dar vida en el árbol muere a sí misma en cuanto semilla, se constata en la vida de un discípulo de Jesús.

El seguimiento de Jesús exige renuncias para optar por el camino de la vida. Esto se comprende mejor dentro del horizonte indiscutible de todo el evangelio que es la Cruz. El reconocimiento, el aplauso del mundo, las imágenes de felicidad que hoy se ponen a nuestro alcance, tienen su gratificación, “sus ganancias”, pero en realidad dan en nada porque no dan la vida en plenitud. La verdadera realización está en el salir de sí mismo, en no vivir para sí, siguiendo el camino de servicio de Jesús.

  1. Estar con Jesús dónde él está por mí

Todo lo anterior se hace posible en el marco de una relación profunda con Jesús y una relación de “servicio” a él en los hermanos.

Como dice Jesús, esta relación tiene un presupuesto, el “seguimiento”, y tiene una consecuencia, “el Padre lo honrará”, es decir, lo reconocerá como su hijo en la gloria.

En el centro de este versículo aparece la idea central de toda esta experiencia de Jesús: estoy llamado a estar con Jesús allí donde él está por mí, o sea, en la cruz, envueltos en esa única vivencia de amor en la entrega a lo demás para que todos tengan vida. Ahí está el sentido, el valor y la verdadera realización de nuestra vida.

[1] F. Oñoro, Dar vida con la fuerza de la Cruz, Lectio Divina: Juan 12, 24-26:, CEBIPAL/CELAM