Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: agosto 2022

Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar

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barca
Tiempo Ordinario

Jueves de la XXII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (5, 1-11)

En aquel tiempo, Jesús estaba a orillas del lago de Genesaret y la gente se agolpaba en torno suyo para oír la palabra de Dios. Jesús vio dos barcas que estaban junto a la orilla. Los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió Jesús a una de las barcas, la de Simón, le pidió que la alejara un poco de tierra, y sentado en la barca, enseñaba a la multitud.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar”. Simón replicó: “Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, confiado en tu palabra echaré las redes”.

Así lo hizo y cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían.

Entonces hicieron señas a sus compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a ayudarlos.

Vinieron ellos y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.

Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: “¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!” Porque tanto él como sus compañeros estaban llenos de asombro, al ver la pesca que habían

conseguido. Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús le dijo a Simón: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”. Luego llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, lo siguieron. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús se encuentra ahora a orillas del lago de Genesaret rodeado por una muchedumbre que acude de todas partes para escuchar sus enseñanzas y alimentar la esperanza en un futuro mejor. Jesús ya no habla solo en la sinagoga, sino que considera oportuno comunicar su Evangelio al aire libre, por las calles y las plazas, a orillas del lago. Es la imagen del buen pastor al que le gusta estar entre su rebaño.

En el corazón de este misterio entre las muchedumbres Jesús llama a sus primeros discípulos, como si quisiera subrayar el lugar y el modo de la misión de los apóstoles de ayer y de hoy. Hay tanto alboroto que Jesús, para que no le aplasten, le pide a Simón que suban a la barca y que se alejen un poco de la orilla. Desde la barca de Pedro Jesús enseña a la gente.

Cuando termina de hablar a la gente, Jesús le pide a Simón que vaya mar adentro y tire las redes. Simón y los demás que están con él escuchan perplejos. Simón comunica: «Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada». Está realmente cansado. Pero era inevitable que la pesca sin la presencia del Señor no hubiera dado fruto. En el discurso de la última cena lo dirá claramente: «El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada».

Sin embargo, Simón, que había empezado a confiar en Jesús, añade inmediatamente: «confiado en tu palabra echaré las redes». Estaba cansado, no lo había comprendido todo, pero las enseñanzas de Jesús lo habían impresionado fuertemente. Y obedeció. Obedecer no comporta siempre comprender completamente; obedecer requiere confianza. Y se produjo una pesca milagrosa.

Simón Pedro -el evangelista añade aquí el nuevo nombre «Pedro»-, al ver el milagro, se arrodilla ante Jesús. Es un gesto fruto del estupor pero sobre todo de la confianza absoluta. Jesús, dirigiéndose a Simón, le dice que se convertirá en pescador de hombres. Los cuatro pescadores dejan las redes y empiezan a seguirlo. Aquel día empezó la historia de esta singular fraternidad que es la Iglesia. Aquella barca ya está mar adentro en la historia. Y Jesús continúa llamando a nuevos brazos para que la red de la misericordia crezca y no deje a nadie fuera.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 337-338.

También tengo que anunciarles el Reino de Dios a las otras ciudades

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Tiempo Ordinario

Miércoles de la XXII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (4, 38-44)

En aquel tiempo, Jesús salió de la sinagoga y entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron a Jesús que hiciera algo por ella. Jesús, de pie junto a ella, mandó con energía a la fiebre, y la fiebre desapareció.

Ella se levantó enseguida y se puso a servirles.

Al meterse el sol, todos los que tenían enfermos se los llevaron a Jesús y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los fue curando de sus enfermedades.

De muchos de ellos salían también demonios que gritaban: “¡Tú eres el Hijo de Dios!” Pero él les ordenaba enérgicamente que se callaran, porque sabían que él era el Mesías.

Al día siguiente se fue a un lugar solitario y la gente lo andaba buscando. Cuando lo encontraron, quisieron retenerlo, para que no se alejara de ellos; pero él les dijo: “También tengo que anunciarles el Reino de Dios a las otras ciudades, pues para eso he sido enviado”. Y se fue a predicar en las sinagogas de Judea. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Este día contemplamos lo que sucedió después de la expulsión del demonio en la sinagoga de Cafarnaúm; el evangelista continúa describiendo la jornada de Jesús, en la que la fuerza de Dios sigue manifestándose como liberación del poder del demonio, del pecado, de la enfermedad y de la muerte, los grandes males que subyugan a la humanidad.

La suegra de Pedro «estaba con fiebre muy alta». Jesús se acerca a ella y la cura, recuperando a la persona entera, le restituye la salud y el gusto por la vida, habilitándola no sólo a valerse por ella misma sino a ponerse al servicio de los demás: «ella se levantó enseguida y se puso a servirles

Cuando la gente se enteró le llevaron más enfermos, a todos los atendió e «imponiendo las manos sobre cada uno, los fue curando de sus enfermedades». Los enfermos y endemoniados representan al hombre que sufre. Las actitudes de Jesús con ellos permiten captar una particularidad que será tema importante en el evangelio: la misericordia.

Hay pequeños detalles, que ordinariamente pasamos por alto, pero que son propios del evangelio de Lucas y que conviene advertir: la delicadeza en el trato, se inclina hasta la personas, entra en contacto con ellas, y su trato es personal, uno por uno. Cada una de estas actitudes se repite frecuentemente en el evangelio y nos dan una pauta del trato que Jesús tiene para con nosotros y del que espera que nosotros tengamos con los demás.

El pasaje termina revelándonos el secreto de Jesús, de su vitalidad, de su ánimo, de su condescendencia y de su misericordia: busca un lugar apartado para hacer oración. Jesús combina perfectamente los afanes de la misión y la oración.

La fama de Jesús se extendía, la gente lo buscaba y trataban de retenerlo, sin embargo Jesús no permite que nadie se posesione de él, su misión es más amplia y la continuará liberarando a las personas de toda opresión en otras ciudades, en las sinagogas de Judea, pues para eso fue enviado.

El Reino de los cielos se parece a un comerciante en perlas finas…

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Santa Rosa de Lima, Virgen

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (13, 44-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.

El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Las dos parábolas gemelas -la del tesoro – la de la perla- ponen de manifiesto el valor absoluto del Remo de Dios anunciado por Jesús, por el que vale la pena vender cualquier otra cosa. En la primera se habla de un campesino que, al encontrar un tesoro y querer hacerlo suyo, compra con alegría el campo, aun a costa de vender todo lo que tiene. Sabe muy bien, en efecto, que, según la ley judía, quien compra un terreno se vuelve dueño del suelo y del subsuelo. La segunda parábola tiene como protagonista a un mercader de perlas, que, al encontrar una de gran belleza y rara, vende todo lo que tiene y la compra, porque sabe muy bien que no hay nada de más valor que esa perla.

La enseñanza de Jesús es iluminadora y fundamental: el Reino de Dios y todo lo que éste comporta exige una entrega completa e incondicionada a su causa. Este Reino, en efecto, no es algo, sino alguien; es haber encontrado a la persona de Jesús. Por eso hay que optar por él con la prontitud y la alegría del que ha comprendido el valor del Reino de Dios. Y la alegría es tan profunda y tan sentida que hace posible vender cualquier otro bien, con tal de alcanzar el fin deseado, esto es, la posesión de tal tesoro y de tal perla, frente a los cuales cualquier otra cosa pierde valor y no resulta excesivo ningún esfuerzo.

Más allá de esta finalidad, las parábolas nos presentan la exigencia de radicalismo en la opinión por el Reino de Dios. Es preciso eliminar cualquier otro compromiso, si queremos alcanzar el amor como don de un Dios que nos ama en la comunión con él. Al hombre le compete la correspondencia y la disponibilidad frente a la iniciativa de Dios Padre.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., X, 421.