Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: junio 2022

Señor, ¡sálvanos, que perecemos!

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Tiempo Ordinario

Martes de la XIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (8, 23-27)

En aquel tiempo, Jesús subió a una barca junto con sus discípulos.

De pronto se levantó en el mar una tempestad tan fuerte, que las olas cubrían la barca; pero él estaba dormido.

Los discípulos lo despertaron, diciéndole: “Señor, ¡sálvanos, que perecemos!” El les respondió: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” Entonces se levantó, dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma.

Y aquellos hombres, maravillados, decían: “¿Quién es éste, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Después de leer el largo discurso de Jesús conocido como Sermón de la Montaña, en la sección que ahora consideraremos se muestra cómo la fuerza del Reino se revela a través de los signos o señales que Él hace. En los siguientes dos capítulos -8 y 9 de san Mateo- encontramos nueve milagros: la curación de un leproso, la curación del sirviente del centurión; la curación de la suegra de Pedro, la tempestad calmada, que consideramos hoy y otros cinco.

Los discípulos representan a los cristianos del tiempo de Mateo que, después de haberse hecho discípulos de Jesús, experimentan la adversidad y están a punto de perecer.

Seguir a Jesús supone afrontar una existencia insegura y llena de adversidades, en la que muchas veces los discípulos, hombres de poca fe, pierden la confianza. Jesús se lo reprocha y enseguida, con la actitud propia del resucitado -se levantó se dice en griego con la misma palabra que resucitó-, les muestra su poder sobre los elementos de la naturaleza para hacerles comprender que Él sigue en medio de ellos para salvarlos y alentarlos en su misión.

Jesús se despierta, no por las olas, sino por el grito desesperado de los discípulos. Se dirige a ellos y dice: _»¿Por qué tienen miedo? ¡Hombres de poca fe!»_ Luego, él se levanta, amenaza los vientos y el mar, y todo queda en calma.

Queda la impresión de que no era necesario aplacar el mar, pues no había ningún peligro. Es como cuando llegas a casa de un amigo, y el perro, que está junto al del dueño de la casa, empieza a ladrarte; sabes que no hay nada que temer porque tu amigo está presente y controla la situación.

¿Quién es Jesús para nosotros, para mí? Esta debe ser la pregunta que nos lleva a continuar la lectura del Evangelio, todos los días, con el deseo de conocer más y más el significado y el alcance de la persona de Jesús para nuestra vida.

¡Sígueme!

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Tiempo Ordinario

Lunes de la XIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (8, 18-22)

En aquel tiempo, al ver Jesús que la multitud lo rodeaba, les ordenó a sus discípulos que cruzaran el lago hacia la orilla de enfrente.

En ese momento se le acercó un escriba y le dijo: “Maestro, te seguiré a donde quiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en donde reclinar la cabeza”.

Otro discípulo le dijo: “Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre”. Pero Jesús le respondió: “Tú, sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Muchas veces leemos en los evangelios que la gente se acerca a Jesús llevando pobres, enfermos y endemoniados para que los cure. Jesús acoge, mira conmovido a la muchedumbre y sabe distinguir en ella las historias de cada uno. Jesús deja que nuestra humanidad se acerque a él, pero para cambiarla. Es un verdadero maestro, un amigo que, precisamente porque nos ama, nos ayuda a ser distintos.

A menudo queremos reducir a Jesús a una de las muchas experiencias que deben asegurarnos el bienestar. Se le acerca un escriba que lo llama respetuosamente con el título de «maestro» y le manifiesta su disponibilidad a seguirlo. Tal vez piensa que es suficiente seguirlo a una cierta distancia, aprender algunas nociones y formar parte de un grupo respetable.

Aquel escriba se parece a una semilla que cae allí donde no hay tierra, es decir, donde no hay corazón. Sin raíces la semilla se quema pronto por el sol de las adversidades y se pierde, se convierte en una de tantas ilusiones. Jesús quiere que la semilla dé fruto, contesta diciendo que seguirlo significa vivir como él, es decir, no tener ni casa ni lugar donde reposar, porque la vida es para gastarla para los demás.

Jesús no vino a la tierra para ofrecer garantías y seguridad para los suyos. El cristiano es siempre un misionero, un hombre que sale de sí mismo para encontrar su salvación. El discípulo está llamado a alimentar y cultivar pasión e interés por el mundo y por las necesidades de la Iglesia extendida por toda la tierra.

Con esa misma radicalidad, Jesús le contesta al discípulo que le pide ir a enterrar a su padre antes de seguirlo. La respuesta de Jesús es paradójica. No es alguien despiadado y sin corazón. No se trata, de hecho, de una cuestión de dureza en el comportamiento, sino más bien de la absoluta prioridad de optar por el Señor. Si no lo dejamos todo no comprendemos el amor del Señor. Y solo por amor uno lo deja todo.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 266-267.

Los samaritanos no quisieron recibirlo, porque supieron que iba a Jerusalén.

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XIII Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo C

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 51-62)

Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén. Envió mensajeros por delante y ellos fueron a una aldea de Samaria para conseguirle alojamiento; pero los samaritanos no quisieron recibirlo, porque supieron que iba a Jerusalén.

Ante esta negativa, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: “Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?” Pero Jesús se volvió hacia ellos y los reprendió.

Después se fueron a otra aldea. Mientras iban de camino, alguien le dijo a Jesús: “Te seguiré a donde quiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza”.

A otro, Jesús le dijo: “Sígueme”. Pero él le respondió: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”. Jesús le replicó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios”.

Otro le dijo: “Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia”. Jesús le contestó: “El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús inicia el camino definitivo con una gran resolución interior. Comienza a subir a Jerusalén, el último trecho de su camino, que es decisivo y que culminará, después de su Pascua, en su ascensión al cielo.

Nos encontramos frente a las coyunturas decisivas para Jesús y para los discípulos. Para el Maestro es el tiempo del «cumplimiento» según el proyecto mesiánico delineado por el Padre. Nada ni nadie lo podrá detener, ni la hostilidad de los samaritanos, ni la pobreza, ni el padre que hay que sepultar, ni los parientes de los que hay que despedirse, son suficientes para «mirar atrás«. Para el discípulo es tiempo de un profundo discernimiento, que tome en cuenta el «costo» del discipulado, analizando las implicaciones de la opción de seguir al maestro y decidiendo libre y conscientemente recorrer el mismo camino.

Lo que es válido para el maestro, vale para el discípulo: el seguimiento de Jesús, se puede entender a partir de la imagen de un camino, que para recorrerlo requiere de actitudes y decisiones firmes. Seguir a Jesús en el camino hacia Jerusalén requiere de la radicalidad y de la jerarquía de valores de Jesús.

El pasaje que leemos hoy tiene tres partes: la decisión de Jesús; el fracaso de Samaria y la exigencia del seguimiento incondicional que se relata en tres episodios vocacionales. Nos detendremos brevemente en cada una de ellas.

La decisión de Jesús.

Jesús cierra una etapa de su vida en la fértil región de Galilea y abre un nuevo ciclo, que inicia con estas palabras: «Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén». En esta frase encontramos tres elementos clave:

El primero, se trata de la realización del plan de Dios. No es una decisión tomada a la ligera; Jesus ya habia anunciado su pasión; para Jesús, se trata del tiempo establecido por el Padre, que llega a su fin.

El segundo, la meta es Jerusalén. Jesús sabe a donde va; también conoce lo que está en la mentalidad de todos: no convenía «que un profeta muera fuera de Jerusalén». En adelante, la ciudad santa estará en el horizonte de lo que Jesús hace y dice.

El tercero, la toma de una decisión. El texto dice que Jesús «tomó la firme determinación». Se trata de una decisión radical que implica una ruptura; Jesús deja atrás Galilea y se dirige hacia Jerusalén. Él toma la iniciativa, escoge así el camino del Padre. Jesús no se contenta con lo que hacen muchos, aceptar el destino como inevitable y esperar a que les alcance; por el contrario, él avanza decidido hacia ese destino. Con gran fortaleza, Jesús enfrenta su destino, se compromete y toma decisiones con firmeza. En adelante lo que Jesús haga será preludio de su muerte, y para sus seguidores, preludio de la vida.

El fracaso en Samaria

El camino más directo para llegar a Jerusalén bajando desde Galilea pasa por Samaria; sin embargo, la mayoría de los judíos evitaba este camino, por la enemistad existente entre judíos y samaritanos. Los samaritanos, por su nacionalismo y por su intolerancia religiosa, fastidiaban a los viajeros y peregrinos que cruzaban por su territorio.

A pesar de esta adversidad, Jesús se decide por esta ruta y envía mensajeros delante de sí que hagan saber de su llegada, todo indica que tenía intenciones misioneras y que con un gesto de misericordia ofrece su mano amiga al pueblo enemigo.

El desenlace es muy triste, pues a Jesús se le niega la hospitalidad, no le permiten misionar entre ellos y no aceptaron su amistad, no lo recibieron «porque supieron que iba a Jerusalén».

¿Qué fue lo que los discípulos que fueron a preparar el camino en Samaria dijeron a los samaritanos? No lo sabemos. Si les comunicaron la idea de Mesías que tenían y presentaron a Jesús como tal, se hace entendible el rechazo. Los discípulos, comunicando una idea equivocada del Maestro pueden predisponer a que otros lo reciban y le permitan quedarse entre ellos.

El caso es que el segundo ciclo de la misión de Jesús inicia como el primero, el de la sinagoga de Cafarnaúm, bajo el signo del rechazo. En esta ocasión, los impetuosos discípulos Santiago y Juan, haciendo honor a su apodo de «hijos del trueno», reaccionan violentamente y airados, abren una alternativa de destrucción: «¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?». Lo que proponen es un gesto de maldición, parece que no se les ocurre otra cosa para enfrentar el fracaso.

Jesús impide a sus discípulos llevar a cabo su propósito, los reprende por su intolerancia y por su reacción violenta. Si bien, Jesús pide la hospitalidad de los samaritanos, no se las impone, les deja en libertad para acogerlo y no coacciona a nadie. La decisión de los samaritanos de no recibir a Jesús no es castigada con medidas drásticas.

Esto está en sintonía con la decisión previa de Jesús de caminar hacia Cruz; el camino que lo lleva a ella le hará enfrentar el rechazo, sin embargo, él sigue adelante: «después se fueron a otra aldea». Lo mismo harán sus discípulos después, sabrán que el rechazo del evangelio es una posibilidad y que cuando se hace presente, no es motivo de desánimo sino ocasión para revisar el camino andado, cambiar la estrategia y seguir caminando.

Esto es una muestra de lo que significa para el discípulo «tomar la cruz de cada día», saber tomar los tragos amargos del desprecio, con la madurez de quien no se echa para atrás ante el rechazo, sino que lo afronta, asegurando el amor al adversario y respetando las decisiones libres de los demás.

El seguimiento sin condiciones

La experiencia que han vivido y la reacción de los discípulos, da pie a nuevas enseñanzas sobre el discipulado. El camino a Jerusalén se volverá escuela para sus acompañantes en la que Jesús les hará profundizar el significado de renunciar a si mismo y tomar consigo la cruz de cada día y seguirlo.

Yendo de camino, se presentan tres personas que quieren hacerse discípulos de Jesús; dos se presentan espontáneamente, uno es llamado directamente; todos se acercan porque quieren quedarse con el Maestro; sin embargo traen consigo algunas condicionantes que se transforman en impedimentos para el discipulado; aquí nos damos cuenta, que los impedimentos para seguir a Jesús y asumir su misión no son sólo externos; también provienen desde dentro.

El texto presenta tres situaciones difíciles que provienen de la mentalidad de los mismos discípulos y que permiten a Jesús delinear, a partir del objetivo de su misión -la entrega de la vida en la Cruz- las condiciones para seguirlo. Estas son: 1. compartir la pobreza de Jesús, 2. dar el primer lugar a la evangelización y 3. mirar siempre hacia adelante. Dicho de otra manera: olvido del pasado, pasión en el presente y esperanza en el futuro.

El evangelio ofrece así tres criterios de discernimiento para quienes están a punto de optar por Jesús, para que disciernan sus motivaciones y tengan claridad en las implicaciones de su decisión. El discipulado es una gracia que proviene del llamado, pero la respuesta supone una decisión humana que debe sopesarse con seriedad, responsabilidad y verdad.

Primer criterio:

Compartir la pobreza de Jesús

El primer candidato al discipulado se acerca y le expresa a Jesús una disponibilidad sin condiciones: «Te seguiré a donde quiera que vayas». Jesús y los discípulos recién habían vivido el rechazo de los samaritanos. Jesús quiere que quienes lo sigan no sean ingenuos y responde sin rodeos: «las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza». Lucas, desde el inicio del evangelio, desde el establo de Belén, ha presentado a Jesús sin morada; su vida es itinerante, precaria, no tiene hogar ni lugar. Seguir a Jesús supone dejar la comodidad de una vida instalada y la disposición para afrontar situaciones imprevistas y de pobreza.

El seguimiento de Jesús requiere de libertad, sólo así la mirada puede estar puesta en la meta y hacer que todo lo demás se vuelva secundario; lo que se recibe en el camino se acepta como don y no se reclama como derecho. En su respuesta, Jesús se refiere a si mismo como «el Hijo del hombre», esta expresión nos remite al despojo de la Cruz, que es el camino que el Señor propone a sus discípulos.

Segundo criterio:

Privilegiar la evangelización colocándose en el horizonte de la vida.

El siguiente candidato, es llamado por Jesús; llama la atención el imperativo: ¡Sígueme! En este caso, la condición que pone quien es llamado es: «déjame ir primero a enterrar a mi padre»; este candidato a discípulo antepone algo al seguimiento; la meta de Jesús no es prioridad, pasa a segundo término ante lo que el que es llamado pone en primer lugar.

El evangelio no nos da mucha información sobre la situación, no sabemos si el que es llamado por Jesús a seguirlo quiere esperar hasta la muerte de su padre o sólo quiere cumplir con el deber de sepultarlo porque ya ha muerto. La respuesta de Jesús pone delante una prioridad: «Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios». El criterio es claro. Lo que se debe privilegiar es la evangelización, la misión no puede aplazarse; de quien asume la misión se espera una obediencia como la de Abraham, a quien se le pidió dejar patria y casa, para ponerse en camino a la tierra prometida.

Con este criterio Jesús no está aboliendo el cuarto mandamiento de la ley de Dios, que incluye la sepultura de los padres, como un deber estricto de piedad filial, pero si hace saber que los compromisos propios de la vocación constituyen un deber infinitamente superior. El amor de Dios, es sobre todas las cosas; está por encima del amor por la familia; esto, es una de las novedades del Reino.

El Reino que anuncia Jesús es de vivos, por eso dice «que los muertos entierren a sus muertos»; Jesús hace ver a quienes lo siguen, que en el discipulado está la plenitud de la vida, a la cual todos están llamados. Cuando se entra en el ámbito del Reino, se entra en el ámbito de la vida y ya no se debe dar marcha atrás.

Jesús no recomienda al discípulo que se desentienda de su familia, sino todo lo contrario. Lo fundamental es la evangelización, el anuncio del Reino y éste tiene una importancia superior a los deberes humanos más preciados, más aún, estos, deben interpretarse desde la perspectiva del Reino, y conducir al Reino las realidades más queridas, como es el caso de la propia familia.

Tercer criterio:

Mirar siempre hacia adelante.

El tercer candidato se acerca a Jesús, quiere seguirlo, pero el también tiene una condición: «Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia». Parece que hay decisión, que hay voluntad; sin embargo, hay un «pero».

Hay que tomar en cuenta que en el contexto del evangelio, los miembros de una misma familia vivían dispersos; en este ambiente, la despedida, por sencilla que fuera, implicaba tiempo y el riesgo de «enfriar» o cambiar la decisión. La respuesta de Jesús procede de la sabiduría popular entre los campesinos y que antes de Jesús fue popularizada por Plinio «el Viejo» (23 a.C). Cuando se ara el campo, es imposible hacer un surco recto y profundo si se está mirando hacia atrás.

Jesús aplica la imagen a la consecuencia que implica la novedad del Reino: «el que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios». Son palabras duras, porque descalifican; Jesús no legitima con ellas la falta de amor a la familia; pero, si subraya que el seguimiento requiere un cambio, una ruptura entre el antes y el después de la decisión del seguimiento; las relaciones, incluidas las familiares, no pueden continuar de la misma manera. La opción por el Reino implica renuncias, como la de Jesús al tomar la determinación de dejar Galilea para dirigirse a Jerusalén.

Jesús pide a sus discípulos que al seguirlo, imiten también su entrega completa, firme y decidida a la misión; deben trabajar, como el que ara la tierra, labrando un humus distinto, el de la humanidad y consagrar a ese trabajo todos sus esfuerzos, sin distracciones; quien se distrae en esta tarea, no sirve para ella.

Jesús no acepta decisiones tibias; seguirlo supone en la vida una ruptura con el pasado; no se puede ver hacia adelante cuando la mirada está vuelta a los recuerdos, a las culpas, a las ataduras afectivas; la opción por el Reino, la decisión de seguir a Jesús exige un cambio de valores para vivir el presente y proyectar el futuro.

Conclusión: Decidir inspirados en Jesús

Llama la atención que sea Lucas, el evangelista de la misericordia, quien presente las exigencias del Reino a quien quiere pertenecer a él en el seguimiento de Jesús. El mensaje es claro: quien quiera seguir a Jesús debe decidirse totalmente por él.

Los momentos de la vida en los que tenemos que tomar decisiones son momentos de la verdad. Si se ha optado por el Reino, las decisiones deben inspirarse en los valores del Reino y tomarse con firmeza y determinación. El discipulado no admite la tibieza espiritual, ni las medias tintas en el apostolado; por el contrario, exige rupturas enérgicas con el pasado para abrirse a un futuro lleno de promesas.

Hoy aprendemos de Jesús, de su ejemplo y de su enseñanza, los pasos correctos para tomar la decisión fundamental de orientar la vida por el Reino. No sabemos si los candidatos al discipulado de los que habla el evangelio finalmente siguieron a Jesús o no; lo que si sabemos con certeza son las circunstancias y las condiciones que son necesarias para seguirlo. Corresponde a nosotros la respuesta.

[1] F. Oñoro, Para un seguimiento radical. Lectio Divina Lucas 9, 51-62. CEBIPAL/CELAM.