Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: mayo 2022

Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador

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vid

Miércoles V de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (15, 1-8)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto.

Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho. Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde.

Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La Palabra de Dios subraya la necesidad de «permanecer» en Jesús, un tema especialmente querido para Juan. En su primera carta escribe: «Quien guarda sus mandamientos mora en Dios y Dios en él»; Y en la parábola de la vid y de los sarmientos, los términos «permanecer» y «morar» son el corazón.

Isaías, en el admirable «canto de la viña», describe la desilusión de Dios con Israel, su viña que había cuidado, plantado, cavado, defendido, pero de la que solo ha obtenido frutos amargos. Sin embargo, en las palabras de Jesús hay un cambio bastante singular. La vid ya no es Israel sino él mismo: «Yo soy la vid verdadera». Nadie lo había dicho nunca antes.

Para entender completamente estas palabras, es necesario situarlas en el contexto de la última cena, cuando Jesús las pronunció. Jesús se identifica con la vid, especificando que es la «verdadera» vid, obviamente para diferenciarse de la «falsa»; y añade: «Yo soy la vid; ustedes los sarmientos». Los discípulos están unidos al Maestro y forman parte integrante de la vid: no hay vid sin sarmientos y viceversa. Es un vínculo que va mucho más allá de nuestros altibajos psicológicos y nuestra condición buena o mala.

El Evangelio continúa: «Todo sarmiento que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto». Sí, precisamente quienes «dan fruto» conocen también el momento de la poda. Son aquellos cortes que, de vez en cuando, precisamente como sucede en la vida natural, es necesario realizar para que podamos estar «sin mancha». El texto del evangelio no significa que Dios mande dolores y sufrimientos a sus hijos mejores para ponerles a prueba o purificarles. El Señor no tiene necesidad de intervenir con los sufrimientos para mejorar a sus hijos.

La vida espiritual es siempre un itinerario o, si se quiere, un crecimiento. No hay ninguna edad en la vida que no exija cambios y correcciones, exactamente, podas. Estos cortes, a veces también muy dolorosos, purifican nuestra vida y hacen correr con mayor frescura la savia del amor del Señor. Jesús repite seis veces: «Permanezcan en mi». Es la condición para dar fruto, para no secarse y por tanto ser cortados y quemados.

Quizá aquella tarde los discípulos no entendieron. Jesús indicaba un camino para quedarse con él: se permanece en él si «sus palabras permanecen en nosotros», como Jesús mismo subraya. Es el camino que emprendió María, su madre, la cual «guardaba todas estas cosas Y las meditaba en su corazón». Es el camino que escogió María, la hermana de Lázaro, que se quedaba a los pies de Jesús para escucharle. Es el camino· seguido por cada discípulo.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 194-195

La paz les dejo, mi paz les doy

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Martes de la V semana de Pascua

Textos 

† Del evangelio según san Juan (14, 27-31)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden.

Me han oído decir: ‘Me voy, pero volveré a su lado’. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean.

Ya no hablaré muchas cosas con ustedes, porque se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo sepa que amo al Padre y que cumplo exactamente lo que el Padre me ha mandado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este pasaje, con el que concluye el primer coloquio de Jesús con los suyos, es un fragmento compuesto, y contiene palabras de despedida y de consuelo por parte del Maestro, que deja su comunidad y vuelve al Padre.

Jesús, al despedirse de los suyos, les desea la «paz», el shalom, que es el conjunto de los bienes mesiánicos, un don que viene de Dios y que Jesús posee. El motivo del consuelo debe prevalecer sobre el temor y la inquietud: él, Jesús, es la paz.

Por eso añade Jesús una exhortación a la alegría. Aunque estén tristes por el alejamiento y el temor de quedarse solos, la separación de los discípulos respecto a Jesús es el paso hacia un bien mejor. Jesús va al Padre porque «el Padre es más» que él, es la plenitud de su gloria.

Ahora bien, la vuelta del Hijo al Padre está unida de manera inseparable al escándalo de la cruz. Jesús, con las predicciones que les ha hecho sobre su próxima muerte, no sólo pretende sostener la fe de los discípulos en el momento de la pasión, sino que quiere mostrar que los hechos que van a tener lugar forman parte del proyecto de Dios. En consecuencia, los suyos no deberán desanimarse: la fe será su fuerza y su único consuelo.

El tiempo terreno del Maestro está ahora a punto de concluir, le quedan pocos momentos para conversar aún con sus discípulos, «porque se acerca el príncipe de este mundo». Aunque se acerca Satanás, no tiene ningún poder sobre Jesús. Éste no tiene pecado y Satanás no tiene posibilidad de atacarle. La vida de Jesús está bajo el signo de la voluntad del Padre y se entrega libremente a la muerte en la cruz para que el hombre conozca la verdad.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 291-292.

El Espíritu Santo les enseñará todas las cosas

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Jesús y discípulos

Lunes V de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (14, 21-26)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él”.

Entonces le dijo Judas (no el Iscariote): “Señor, ¿por qué razón a nosotros sí te nos vas a manifestar y al mundo no?” Le respondió Jesús: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada.

El que no me ama no cumplirá mis palabras. Y la palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre, que me envió.

Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio que hemos escuchado prosigue el discurso de despedida de Jesús a los discípulos. Él está a punto de dejarles, pero el amor que tiene por ellos no termina. Les dice: «El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama». El Evangelio contiene el amor mismo de Jesús.

De hecho, este amor no es solo el motivo de la observancia de los mandamientos, sino la sustancia misma de los mandamientos. Ser cristianos no significa pertenecer a una civilización o a una cultura, a un club o a cualquier organización humana por mérito que tenga. El Evangelio pide unir la propia vida a Jesús.

Ya el Antiguo Testamento lo mencionaba en lo referente al tema de la sabiduría: «La sabiduría es radiante e inmarcesible. Se deja ver fácilmente por los que la aman y encontrar por los que la buscan. (…) El amor es la observancia de sus leyes». Jesús sigue diciendo que el amor atrae también el corazón del Padre que está en los cielos y que él mismo se manifestará a quien le ama. Es la experiencia espiritual que cada creyente está llamado a vivir.

El apóstol Judas, uno de los doce, apodado Tadeo, le pide que se manifieste a todos y de modo llamativo. ¡Jesús no responde directamente a la pregunta de Judas, sino que aprovecha la oportunidad para aclarar qué significa verle después de la resurrección: el amor empuja a poner en práctica el Evangelio y el discípulo se convierte en la morada de Jesús y el Padre: «El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada».

Si el amor falta, el Evangelio será una palabra muda y los hombres se encontrarán solos consigo mismos, alejados de Dios y a merced de las fuerzas malvadas y violentas del mal. Jesús advierte a los discípulos de este peligro y les promete el Espíritu Consolador. Será el Padre mismo quien lo derrame en sus corazones.

El Espíritu les acompañará a lo largo de la historia, enseñándoles todo y recordándoles las palabras de Jesús, que son la herencia preciosa para transmitir de generación en generación. A través de la acción del Espíritu, que nos ayuda a comprender el Evangelio cada vez con más profundidad, el Señor sigue estando presente en medio de nosotros y trabajando por el bien de la humanidad.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 195-196