Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: mayo 2022

Cuida en tu nombre a los que me has dado

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oracion de jesus

Miércoles de la VII semana de pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (17, 11-19)

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros.

Cuando estaba con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me diste; yo velaba por ellos y ninguno de ellos se perdió, excepto el que tenía que perderse, para que se cumpliera la Escritura.

Pero ahora voy a ti, y mientras estoy aún en el mundo, digo estas cosas para que mi gozo llegue a su plenitud en ellos.

Yo les he entregado tu palabra y el mundo los odia, porque no son del mundo, como yo tampoco soy del mundo.

No te pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad. Tu palabra es la verdad.

Así como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo.

Yo me santifico a mí mismo por ellos, para que también ellos sean santificados en la verdad”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El fragmento incluye la segunda parte de la «oración sacerdotal» de intercesión que Jesús, como Hijo, dirige al Padre. Tiene como objeto la custodia de la comunidad de los discípulos, que permanecen en el mundo.

El texto se divide en dos partes: al comienzo se desarrolla el tema del contraste entre los discípulos y el mundo; a continuación se habla de la santificación de éstos en la verdad. Si, por una parte, emerge la oposición entre los creyentes y el mundo, por otra se manifiesta con vigor el amor del Padre en Jesús, que ora para que los suyos sean custodiados en la fe.

En el primer fragmento pasa revista Jesús a varios temas de manera sucesiva: la unidad de los suyos, su custodia a excepción «del que tenía que perderse», la preservación del maligno y del odio del mundo.

En el segundo fragmento, Jesús, después de haber pedido al Padre que defienda a los suyos del maligno y después de haber subrayado en negativo su no pertenencia al mundo pide en positivo la santificación de los discípulos: «santifícalos en la verdad. Tu palabra es la verdad.».

Le ruega así al Padre, al que ha llamado «santo», que haga también santos en la verdad a los que le pertenecen. Los discípulos tienen la tarea de prolongar en el mundo la misma misión de Jesús. Ahora bien, éstos, expuestos al poder del maligno, necesitan, para cumplir su misión, no sólo la protección del Padre, sino también la obra santificadora de Jesús.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 426-427.

¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme?

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La Visitación de la Virgen María

Textos

† Del evangelio según san Lucas (1, 39-56)

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno. Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.

Entonces dijo María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava.

Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen. Ha hecho sentir el poder de su brazo: dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada.

Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia, para siempre”.

María permaneció con Isabel unos tres meses, y se volvió a su casa. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelio de hoy nos coloca ante dos cánticos inspirados que provienen respectivamente de dos mujeres, Isabel y María.

El cántico de Isabel

En sus palabras de felicitación, Isabel deja entender que hay una gloria de María que podemos ver con nuestros ojos sobre la tierra: Ella es la “Bendita entre todas las mujeres”, es la “Madre del Señor”, es la mujer “feliz”.  Y esta gloria brotó de la obra de Dios acogida en la buena tierra de su fe: “¡Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor!” (1,45).

María alcanza esta “bienaventuranza” por el camino doloroso de la fe sostenida por la Palabra, así llega a la meta cierta que Isabel llama la “felicidad”, la plenitud de vida en el Señor.

Pero si es grande la gloria de María sobre la tierra, mayor es su gloria en el cielo. Como se ve en el texto, María no se quedó con la felicitación sino que enseguida la orientó hacia la alabanza de Dios. Por eso elevemos la mirada junto con María para cantar su Magníficat.

El Cántico de María

María acoge la bendición y la bienaventuranza que provienen de Isabel, no en su ego sino en el terreno fecundo de su corazón orante e improvisa un canto festivo, de alabanza, de exultación a Aquel que en ella ha hecho cosas verdaderamente maravillosas, cosas grandes.

En la medida en que se desarrolla su oración vemos cómo se va expresando la conciencia que tiene de la “gloria” que la habita y, al interior de su experiencia personal, de la gloria de Dios que quiere habitar a toda la humanidad. María hace de su cántico una escuela de alabanza y de compromiso en la cual también nosotros redescubrimos nuestra  sublime vocación.

Alabar y agradecer junto con María

Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador

María ama a Dios con un amor grande y lo “glorifica”, es decir, quisiera que fuera reconocida y proclamada con la mayor intensidad posible su grandeza, porque Dios la ha llenado de su gracia y se ha inclinado hacia su humildad.

Lo hace “exultando de alegría”, esto es, cantando, danzando, alabando a Dios con todas sus fuerzas como su Señor y Salvador; canta en nombre de la humanidad con la voz de sus humildes que comprendieron que el “temor” agencia siempre la “misericordia” divina por por los caminos del pueblo en el cual Dios hace justicia.

El Magníficat es un cántico personal y al mismo tiempo es universal, cósmico. Es el cántico de todos los salvados que han creído en el cumplimiento de las promesas de Dios, o mejor, es el himno de todos los que se reconocen hijos del Padre.

 Profetizar el mundo nuevo junto con María

Qué fuertes se sienten hoy las palabras: “Exaltó a los humildes”.

La felicidad de María no es algo que se reserva para sí misma, es el preludio del gozo de la humanidad entera que se descubre transformada por la misericordia de Dios.

María ora a la manera de los grandes profetas, sólo que no lo hace con verbos en futuro sino en pasado: es tan grande su certeza en la misericordia de Dios que se expresa como si ya todo hubiera sucedido. Como los grandes profetas ella infunde esperanza portando en su corazón orante el mundo nuevo que se inaugura en la persona de Jesús.

Sorprende ver que no ignora los sufrimientos de la historia. De hecho, a ella le tocó vivir algunos de los días más oscuros y más negros de la historia humana. Con todo, con su finura espiritual tomó conciencia que aún en aquellos días Dios estaba muy cerca del sufrimiento de su pueblo, que le importaban nuestros dolores, que entraba bien dentro de nuestras llagas para confortarnos y para hacer de cada momento doloroso una posibilidad para ejercitar la solidaridad y el amor, para sacar del mal bien, para hacer de la cruz una resurrección.

Por eso, hay que leer la historia no solo desde su lado oscuro sino también desde su reverso, allí donde está oculto Dios, para que descubramos todos los gestos de amor que no tienen publicidad, a los que no se les hace prensa ni televisión, todos los gestos de amor de Dios y también de personas maravillosas que viven en este mundo que ante los desafíos de la vida irradian lo mejor que llevan dentro, su amor, su bondad, su deseo de construir la paz en todas las cosas.

[1] F. Oñoro. Lectio Divina Lucas 1. 39-56, CEBIPAL/CELAM.

Tengan valor, porque yo he vencido al mundo

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Lunes de la VII semana de pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (16, 29-33)

En aquel tiempo, los discípulos le dijeron a Jesús: “Ahora sí nos estás hablando claro y no en parábolas. Ahora sí estamos convencidos de que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por eso creemos que has venido de Dios”.

Les contestó Jesús: “¿De veras creen? Pues miren que viene la hora, más aún, ya llegó, en que se van a dispersar cada uno por su lado y me dejarán solo. Sin embargo, no estaré solo, porque el Padre está conmigo.

Les he dicho estas cosas, para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulaciones; pero tengan valor, porque yo he vencido al mundo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Con el epílogo del discurso de despedida de Jesús a sus discípulos, llegamos a la quinta y última lección de Jesús sobre la formación de la comunidad pascual.

Jesús se va porque su patria es el Padre. Su estadía en el mundo es pasajera y su amistad con los discípulos es apenas el comienzo de una relación que se prolongará más allá de la muerte. El sentido de su venida al mundo es el Padre: dar a conocer su rostro amoroso, abriéndole a todo el mundo el camino de acceso a este amor transformador que sacia el corazón.

Jesús regresa al Padre, pero no regresa solo. Todos los que lo aman y creen en Él serán acogidos por el Padre en su casa.

Pero justo en el momento en que los discípulos hacen su confesión de fe, «creemos que has venido de Dios», se dispara la alarma.  Los discípulos aparecen muy seguros de sí mismos en este momento, pero dentro de poco abandonarán al Maestro. Jesús lo advierte: «miren que viene la hora, más aún, ya llegó, en que se van a dispersar cada uno por su lado y me dejarán solo».

De hecho Jesús recorre el camino de la Cruz sin sus discípulos, pero esto no quiere decir que vaya solo, con Él irá el Padre: «no estaré solo, porque el Padre está conmigo». Aun en la Pasión el Padre mostrará su inagotable fidelidad. Jesús tiene confianza en esto. El apoyo vendrá del Padre y no de los discípulos en la hora crucial.

Los discípulos dicen que aman a Jesús pero lo abandonan. En cambio la actitud de Jesús hacia los discípulos es completamente distinta.  A ellos también los esperan tiempos difíciles, el camino hacia el Padre tendrá muchos escollos: «en el mundo tendrán tribulaciones». Pero Jesús no los abandonará. Jesús no se limitará a estar al lado sino que estará ahí salvando, haciendo presente su victoria pascual.

Jesús hace sentir desde entonces su voz poderosa de Señor resucitado que dice: «tengan valor, porque yo he vencido al mundo». No se dice que los discípulos serán preservados de las tribulaciones, pero si ponen la mirada en el Cristo Pascual, la victoria está asegurada. En la opresión los discípulos tendrán paz y en la dificultad confianza: «Les he dicho estas cosas, para que tengan paz en mí». El discurso acaba aquí, pero no el camino.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 412-413.