Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: abril 2022

Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado.

0
Tercera aparición

  III Domingo de Pascua – Ciclo C

Textos

† Del evangelio según san Juan (21, 1-19)

En aquel tiempo, Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se les apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo) , Natanael (el de Caná de Galilea) , los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos le respondieron: “También nosotros vamos contigo”. Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.

Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: ‘”Muchachos, ¿han pescado algo?” Ellos contestaron: “No”. Entonces él les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces”. Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.

Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: “Es el Señor”. Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados, pues no distaban de tierra más de cien metros.

Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan.

Jesús les dijo: “Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar”. Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres, y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red. Luego les dijo Jesús: “Vengan a almorzar”. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Quién eres?”, porque ya sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Después de almorzar le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” El le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.

Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” El le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”.

Jesús le dijo: “Pastorea mis ovejas”. Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas. Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”.

Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: “Sígueme”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Este capítulo enlaza con el relato evangélico precedente, de modo parecido a como los Hechos de los Apóstoles continúan el evangelio de Lucas, aunque su extensión sea notablemente menor.

El cuarto evangelista, después de haber hablado de Jesús que confiere la misión a sus discípulos, presenta, en clave simbólica, un episodio paradigmático de la misión, con objeto de señalar cuáles son las condiciones para el fruto de ésta, y lo que significa Jesús en ella.

Si, en el capítulo 20, Jesús resucitado aparece como centro de la vida interna de la comunidad y punto de origen de la misión, aquí, en el capítulo 21, aparece como presente en el trabajo, en la misión misma.

Podemos distinguir claramente en el capítulo dos secciones y un colofón. La primera nos presenta la misión evangelizadora de la comunidad y la presencia de Jesús en ella. La segunda resuelve el problema de Pedro y aborda los temas de la misión, el seguimiento y la libertad profética. El colofón cierra la obra entera de Juan.

En la primera sección Jesús se manifiesta por tercera vez a los discípulos. Pedro, Tomás, Natanael, los hijos de Zebedeo y los otros dos discípulos aquella noche, en la que habían vuelto al oficio de pescadores de peces y ya no de hombres, «no pescaron nada». Ya Jesús les había dicho: «Separados de mí no pueden hacer nada»; mientras todo parecía terminar de manera frustrante, Jesús sale a su encuentro; y con él la noche terminaba y comenzaba un nuevo día.

Les ve y les pregunta si tienen peces para comer. Aquellos siete confiesan su pobreza y su impotencia. No tienen siquiera los cinco panes y los dos peces que presentaron a Jesús en la primera multiplicación de los panes. Jesús, a quien no han reconocido aún, les invitó a buscar en otra parte: «Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces». Es la invitación que Jesús les había hecho al comienzo de su amistad en aquel lago y aquel día la pesca fue milagrosa.

Precisamente ha sido esta experiencia extraordinaria la que ha abierto los ojos al discípulo que Jesús amaba, que exclama: «Es el Señor». Simón Pedro, en este momento, comprende toda su indignidad, se pone enseguida el vestido y va nadando hacia Jesús. En cambio, los otros vienen detrás con la barca arrastrando la red llena de peces. Nadie se atrevía a preguntarle nada. Se quedaron sin palabras, como cuando uno se ve superado por el amor y la ternura

En la segunda sección la pregunta de Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que estos?». Jesús interpela a Pedro sobre el amor. No le recuerda la traición. El amor cubre un gran número de pecados; y Pedro enseguida respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Es una respuesta más verdadera que la que había dado aquel jueves por la noche en el cenáculo cuando dijo a Jesús: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte»; y Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas»; sé responsable de los hombres y de las mujeres que te confío. ¿Precisamente Pedro, que había mostrado no estar en condición de permanecer fiel, tenía que ser el responsable? ¿Precisamente él? Sí, porque ahora Pedro acoge el amor que Jesús mismo le entrega; y en el amor uno se vuelve capaz de hablar, de dar testimonio, de cuidar de los demás.

Detengámonos en algunas claves para una mejor comprensión del texto que contemplamos, sin perder de vista que  el texto que leemos, nos ofrece un proceso de renovación pascual, que bien podemos apropiarnos.

  1. El escenario y la situación de los discípulos.

El punto de partida es importante, se describe la situación. Notemos estos detalles:

  • Se trata de la “tercera manifestación del Resucitado”. ¿Por qué es necesaria repetición?
  • La aparición ocurre ‘al amanecer’; y a diferencia de las mujeres y de Pedro y el discípulo amado, no encontrarán una tumba vacía, sino a Jesús en persona.

Su peculiaridad consiste en que retrata una ‘crisis’. Sólo quedan siete discípulos que después de la experiencia del calvario se encuentran en la situación inicial del discipulado: están pescando, lo han intentado toda la noche, pero su esfuerzo parece ser inútil, pues no tienen resultados.

  1. Detalles de la primera parte: el encuentro con el Resucitado

La tercera manifestación de Jesús se distingue por cuatro detalles que se articular en la relación palabras-gestos.

  • La iniciativa proviene de Jesús: Él habla primero y los interpela sacando a la luz su situación; les da una instrucción; los invita a comer con él.
  • Ellos lo identifican. El discípulo amado es quien lo identifica a partir de su palabra y su efecto en la pesca abundante: ‘¡Es el Señor!’. La certeza de que es Jesús les acompaña en silencio durante el desayuno en la playa.
  • La red llena de peces ha sido interpretada simbólicamente en la patrística sea por el número de peces sea por el hecho de que no se rompe.
  • En el desayuno son significativas las palabras de Jesús: ‘Traigan…’ y ‘vengan a comer’. Jesús ya tiene preparado el pan y el pez, y sin embargo les pide poner de lo que tienen.
  1. Detalles de la segunda parte: la triple confesión de amor.

Ahora, a la orilla del lago, Jesús y Simón Pedro continúan junto a la fogata; la escena se enfoca sólo en ellos. La fogata nos recuerda la escena de las negaciones. Cinco aspectos emergen en el diálogo:

  • Jesús lo interroga llamándolo ‘Simón, hijo de Juan’, su nombre antes de la vocación.
  • Lo que se indaga es ‘su amor’. El lenguaje de las raíces profundas de la vida coincide con el lenguaje religioso. En la triple pregunta hay un juego de palabras

a) ¿Me amas?         – Te quiero

b) ¿Me amas?         – Te quiero

c) ¿Me quieres?      – Te quiero

       Notemos la variante:

*  El ‘amar’ (griego: ‘agapaō’) connota un acto de elección, un entregarse totalmente a otro por su bien. Es el amor-donación. Aquí implica: ‘¿Todavía estás dispuesto a dar tu vida por mí?’.

* El “querer” (griego: ‘fileō’) connota el amor como sentimiento de afecto, describiendo el vínculo profundo que se genera entre las dos personas, esto es, la amistad. Aquí se podría entender: ‘¿Quieres ser mi amigo?’.

  • La triple pregunta establece un comparativo: ‘Mas que éstos’ -al líder se le pide un amor mayor que los otros-. En la respuesta Pedro no confiesa su amor a partir de la comparación con los otros, sino que se remite al conocimiento de Jesús: ‘tú sabes… tú sabes… tú lo sabes todo… tu sabes’.
  • En el encargo pastoral, Jesús se remite a la imagen del Buen Pastor. En el huerto de Getsemaní, Pedro demostró su amor por Jesús tomando la iniciativa -más que los otros- y con la espada del odio a los enemigos. En cambio, Jesús demostró su amor salvándole la vida a los suyos: ‘Así se cumplió lo que él mismo había dicho: No he perdido a ninguno de los que me diste’. El amor del pastor da la vida por las ovejas.
  • En el triple encargo hay otro juego de palabras con los verbos del pastoreo: “Apacentar” (en griego, boskō) a mis corderos. Connota lo que el Pastor le ofrece como nutrición a su rebaño. En Juan este alimento es la Palabra que es Jesús, el “Verbo”. En la segunda ocasión cambia el verbo “apacentar” por “cuidar” (en griego, poimainō) de mis ovejas, que connota una responsabilidad directiva: orientar, vigilar y defender preventivamente de los peligros que vendrán.

Estas dos acciones -alimentar y cuidar- son las hacen crecer a la comunidad congregándola en la unidad.

  1. Detalles de la conclusión: La madurez de Pedro y su destino

Todo apunta al imperativo final: ‘¡Sígueme!’. La forma propia del seguimiento de Jesús, teniendo como paradigma la Pascua, esto es, el amor ‘hasta el extremo’, el don de la vida en el servicio y exponiéndose por los que les son confiados, amando a los demás con el amor que Jesús nos ha tenido.

  • La contraposición entre las dos etapas -juventud y madurez- está determinada por el antes y el después de la Pascua. Pedro ya no actuará por heroísmo personal, su verdadero liderazgo proviene del ser conducido por Jesús en un camino contrario a sus intereses y pretensiones personales.
  • Estamos ante palabras de Jesús que se cumplieron históricamente. Pedro pasó por el martirio, el dolor y la muerte misma, y así realizó su camino completo con Jesús compartiendo su destino de ‘gloria’.

Tenemos una imagen de la adultez en el discipulado -el “anciano” que está en condiciones de dirigir la comunidad- como fruto de la Pascua. Es como si Jesús le dijera: ‘Tú darás tu vida por mí, no combatiendo a mis enemigos, sino mediante el servicio a mi comunidad. Por eso tu vida y tu muerte no está en tus manos, sino en las mías. Este martirio es una glorificación, lo mismo que mi pascua era para la gloria’.

[1] F.Oñoro, Lectio Juan 21,1-19. Palabra vivificante.  V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 175-176.; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 145-151.

Los discípulos se embarcaron…

0

Sábado

II Semana de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (6, 16-21)

Al atardecer del día de la multiplicación de los panes, los discípulos de Jesús bajaron al lago, se embarcaron y empezaron a atravesar hacia Cafarnaúm.

Ya había caído la noche y Jesús todavía no los había alcanzado. Soplaba un viento fuerte y las aguas del lago se iban encrespando.

Cuando habían avanzado unos cinco o seis kilómetros, vieron a Jesús caminando sobre las aguas, acercándose a la barca, y se asustaron.

Pero él les dijo: “Soy yo, no tengan miedo”.

Ellos quisieron recogerlo a bordo y rápidamente la barca tocó tierra en el lugar a donde se dirigían. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

En las tempestades de la vida es fácil estar asustados y tener dudas. El sufrimiento nos desconcierta, los desastres naturales nos dejan sin palabras, igual que a veces el abismo del mal, que parece adueñarse de los hombres y las mujeres, nos asusta y nos hace tener dudas y poca esperanza en nuestro futuro y en el del mundo. 

En realidad, Jesús no está lejos de nosotros, incluso en los momentos de oscuridad; tampoco está lejos del mundo incluso en los momentos más dramáticos. Jesús sigue caminando aún hoy entre las aguas tempestuosas de la vida de los hombres y se abre camino entre las oleadas y las dudas que nos asaltan, y que hacen nuestra vida triste y difícil. Más bien somos nosotros los que nos olvidamos de él, o peor, los que le rehuimos, como les sucede a los apóstoles aquella tarde. 

El evangelista escribe que ellos «vieron a Jesús caminando sobre las aguas, acercándose a la barca, y se asustaron». ¡También nosotros a menudo, en vez de dejarnos consolar y confortar por el Evangelio y los hermanos preferimos permanecer con nuestro miedo! Por lo demás, el miedo es un sentimiento tan natural y espontáneo que nos parece «nuestro» más que la cercanía del Señor. Pero otra cosa es verdadera: el amor de Jesús por nosotros es más firme que nuestro miedo. 

Aunque prefiramos permanecer aferrados a la barca de nuestras seguridades ilusorias, creyendo orgullosamente que solos podemos lograr dominar todos los huracanes de la vida. Jesús se acerca a los discípulos y les dice: «Soy yo, no tengan miedo». Son las palabras buenas que Jesús sigue repitiendo aún hoy a sus discípulos cada vez que se anuncia el Evangelio; y si lo acogemos, como hicieron los discípulos aquella vez, Jesús trae siempre la calma. 

La seguridad del discípulo no se basa en su fuerza ni en su experiencia, sino en fiarse del Señor. Es el Señor quien viene en nuestra ayuda, quien sube a nuestra barca y nos conduce hasta el puerto seguro.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 175-176.

Tomó Jesús los panes, y después de dar gracias a Dios, se los fue repartiendo

0
multiplicación panes

 Viernes

II semana de pascua

Textos

+ Del evangelio según san Juan (6, 1-15)

En aquel tiempo, Jesús se fue a la otra orilla del mar de Galilea o lago de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto las señales milagrosas que hacía curando a los enfermos.

Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos.

Estaba cerca la Pascua, festividad de los judíos. Viendo Jesús que mucha gente lo seguía, le dijo a Felipe: “¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?” Le hizo esta pregunta para ponerlo a prueba, pues él bien sabía lo que iba a hacer. Felipe le respondió: “Ni doscientos denarios de pan bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo de pan”. Otro de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: “Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados. Pero, ¿qué es eso para tanta gente?”.

Jesús le respondió: “Díganle a la gente que se siente”. En aquel lugar había mucha hierba. Todos, pues, se sentaron ahí; y tan sólo los hombres eran unos cinco mil.

Enseguida tomó Jesús los panes, y después de dar gracias a Dios, se los fue repartiendo a los que se habían sentado a comer. Igualmente les fue dando de los pescados todo lo que quisieron. Después de que todos se saciaron, dijo a sus discípulos: “Recojan los pedazos sobrantes, para que no se desperdicien”.

Los recogieron y con los pedazos que sobraron de los cinco panes llenaron doce canastos.

Entonces la gente, al ver la señal milagrosa que Jesús había hecho, decía: “Este es, en verdad, el profeta que habría de venir al mundo”. Pero Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró de nuevo a la montaña, él solo. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Después de profundizar el  significado del bautismo que nos hace nacer de lo alto y nos incorpora a la pascua del Señor, pasamos a contemplar el misterio eucarístico. Así como para una mayor comprensión del significado  del bautismo recibimos la luz del diálogo de Jesús con Nicodemo, ahora para profundizar el misterio de la Eucaristía, recibimos la luz del pasaje de la multiplicación de los panes y del largo discurso del pan de vida, que consideraremos los días venideros.

El pasaje evangélico relata el milagro de la multiplicación de los panes según el Evangelio de Juan. El evangelista señala la gran multitud que sigue a Jesús a causa de los «signos» que hacía con los enfermos. Aquellas muchedumbres intuían que Jesús era un hombre bueno y fuerte, que ayudaba y curaba a quien había perdido la salud y la esperanza. Jesús, por su parte, se daba cuenta de esta sed de amor que subía desde la gente.

El evangelista escribe que Jesús «levantó los ojos» y vio a aquella multitud que venía a su encuentro. No es como nosotros, que por lo general tenemos los ojos vueltos solo hacia nosotros mismos. No son los discípulos quienes se dan cuenta de la necesidad de aquellas muchedumbres, sino Jesús, que pregunta a Felipe dónde comprar el pan para dar de comer a todas aquellas personas.

El apóstol Felipe no sabe decir otra cosa que señalar la imposibilidad de encontrar el pan para poder atender a tanta gente. Andrés, como confirmando la observación de Felipe añade que hay solo cinco panes de cebada y dos peces. Prácticamente nada. Pero ellos no habían comprendido aún que «lo que es imposible a los hombres es posible para Dios». También nosotros deberíamos recordar a menudo estas palabras, en lugar de resignamos tranquilamente ante las dificultades; pero Jesús, que se deja guiar por el amor apasionado a la gente, no se resigna. Ordena a los discípulos que vayan en medio de la multitud y que hagan sentar a aquella multitud, y aquel lugar desierto se transforma en un gran banquete donde todos se sacian gratuitamente.

El evangelista evoca en el gesto y las palabras de Jesús la celebración de la Eucaristía. Aquellos panes puestos en las manos de Jesús bastan para todos. A diferencia de la narración de los Evangelios Sinópticos, aquí el evangelista hace recaer toda la acción en Jesús; es él quien toma los panes, los multiplica y los distribuye. Subraya así que existe una relación directa entre el pastor y las ovejas.

Son hermosas las palabras del papa Francisco a los sacerdotes y todos podemos acogerlas: «Hay que salir… en las «periferias» donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones … El que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. Esto os pido: sed pastores con «olor a oveja».

Debemos ir hacia las periferias, hacia quienes esperan amor, justicia y paz. Pongamos en las manos de Jesús nuestros pocos panes y el milagro sucede. Las manos de Jesús, es él quien multiplica y distribuye, no se quedan nada para sí, están acostumbradas a abrirse, a ser generosas. Él multiplica nuestra debilidad.

El milagro continúa si nosotros, como aquel muchacho, abandonamos la mezquindad de los discípulos y ponemos en las manos del Señor los pobres panes de cebada que poseemos. La muchedumbre quería proclamarle rey, pero él huyó solo al monte. Jesús no quiere menospreciar la urgencia del pan, sino más bien subrayar la necesidad de nutrirse con un pan eterno: la amistad con él. (p. 174-175)

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 174-175.