Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: marzo 2022

Trataron entonces de capturarlo…

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Cuaresma

Viernes de la IV semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (7, 1-2. 10. 25-30)

En aquel tiempo, Jesús recorría Galilea, pues no quería andar por Judea, porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba ya la fiesta de los judíos, llamada de los Campamentos.

Cuando los parientes de Jesús habían llegado ya a Jerusalén para la fiesta, llegó también él, pero sin que la gente se diera cuenta, como de incógnito. Algunos, que eran de Jerusalén, se decían: “¿No es éste al que quieren matar? Miren cómo habla libremente y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que es el Mesías? Pero nosotros sabemos de dónde viene éste; en cambio, cuando llegue el Mesías, nadie sabrá de dónde viene”.

Jesús, por su parte, mientras enseñaba en el templo, exclamó: “Conque me conocen a mí y saben de dónde vengo. Pues bien, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; y a él ustedes no lo conocen. Pero yo sí lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado”. Trataron entonces de capturarlo, pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús se encuentra en Galilea, y no quiere ir a Jerusalén para no caer en manos de los fariseos, convertidos en enemigos peligrosos. Siente que todavía no ha llegado su hora. Sin embargo, al acercarse la fiesta de las Tiendas decide ir al templo con sus hermanos para evitar publicidad. Pero mientras está en Jerusalén probablemente es reconocido, y en seguida se abre un debate sobre él entre la gente.

Ya era algo sabido que las autoridades del pueblo querían matarle para impedir que siguiera predicando. Y, dado que seguía todavía en libertad, con cierta ironía la gente se preguntaba si los fariseos no habrían reconocido que él fuese el Cristo. Sin embargo añaden, mostrando así su incredulidad, que los orígenes de Jesús se conocen mientras que del Cristo -según las tradiciones de la época- no se sabe de dónde viene.

En este punto Jesús vuelve a enseñar públicamente en el templo y desenmascara la incredulidad de la mayoría, respondiendo a todos que él sabe bien de dónde viene y que conoce quién le ha enviado entre los hombres. Quien le escucha y lo sigue se pone en el camino de la salvación, que es precisamente conocer al Padre que lo ha enviado y acoger su plan de salvación para el mundo.

El «conocimiento» del que habla Jesús está estrechamente ligado al suyo: es un conocimiento que significa adhesión, obediencia, disponibilidad para cumplir enteramente la voluntad del Padre, es decir, sentir como propia la tarea de llevar la salvación a todos los hombres. Este Evangelio, esta tarea extraordinaria y cautivadora, es rechazado también por los que lo escuchan, quienes al igual que sus jefes tratan de detenerle.

Es una historia que se repite todavía hoy en el mundo, y en la que a veces nosotros mismos estamos implicados. Incluso nosotros somos a veces cómplices de quien quiere «ponerle las manos encima» al Evangelio, es decir, bloquear su fuerza de cambio, o de herirlo con nuestras reiteradas traiciones, o de encarcelarlo en la red de las costumbres, los ritos, las mezquindades. Pero nadie consiguió detener a Jesús.

El evangelista Juan subraya muy claramente que los perseguidores no eliminan a Jesús, no tienen la fuerza para ello. En realidad será Jesús mismo quien se entregará a los perseguidores para que lo lleven hasta la cruz. Él es quien da la vida por nosotros, se muestra como el sacramento del amor sin límites del Padre por todos los hombres.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 135-136.

Yo no busco la gloria que viene de los hombres

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jesús con los judios

Cuaresma

Jueves de la IV semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (5, 31-47)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Si yo diera testimonio de mí, mi testimonio no tendría valor; otro es el que da testimonio de mí y yo bien sé que ese testimonio que da de mí es válido.

Ustedes enviaron mensajeros a Juan el Bautista y él dio testimonio de la verdad. No es que yo quiera apoyarme en el testimonio de un hombre.

Si digo esto es para que ustedes se salven. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y ustedes quisieron alegrarse un instante con su luz. Pero yo tengo un testimonio mejor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido realizar y que son las que yo hago, dan testimonio de mí y me acreditan como enviado del Padre.

El Padre, que me envió, ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su rostro, y su palabra no habita en ustedes, porque no le creen al que él ha enviado.

Ustedes estudian las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues bien, ellas son las que dan testimonio de mí.

¡Y ustedes no quieren venir a mí para tener vida! Yo no busco la gloria que viene de los hombres; es que los conozco y sé que el amor de Dios no está en ellos.

Yo he venido en nombre de mi Padre y ustedes no me han recibido. Si otro viniera en nombre propio, a ése sí lo recibirían. ¿Cómo va a ser posible que crean ustedes, que aspiran a recibir gloria los unos de los otros y no buscan la gloria que sólo viene de Dios? No piensen que yo los voy a acusar ante el Padre; ya hay alguien que los acusa: Moisés, en quien ustedes tienen su esperanza. Si creyeran en Moisés, me creerían a mí, porque él escribió acerca de mí.

Pero, si no dan fe a sus escritos, ¿cómo darán fe a mis palabras?” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En el pasaje evangélico que acabamos de escuchar, Jesús se defiende apelando directamente al testimonio del Padre que está en los cielos y que obra en él. Estaba la indicación del Bautista que obviamente tenía su fuerza: él, dice Jesús, «era la lámpara que ardía y brillaba», aunque pocos se habían dejado iluminar por su luz. Y añade, para reforzar su defensa de forma categórica: el testimonio de las obras, que demuestran que el reino de Dios ha venido en medio de nosotros. En efecto, Jesús no ha venido al mundo simplemente para proclamar una doctrina sino para cambiar el mundo, para liberarlo de la esclavitud del pecado y del mal.

El Evangelio, con los milagros de cambio que obra en la vida de las personas, muestra la fuerza transformadora, de liberación del mal, y la presencia de la acción de Dios. Las «obras» de las que habla Jesús son: la conversión de los corazones y las transformaciones que ocurren en la vida concreta, las obras de la misericordia que liberan a muchos de la esclavitud. Sin embargo los fariseos, a pesar de ver estas obras y de escuchar la predicación, no quieren creer que Jesús sea el enviado de Dios. Su corazón está endurecido por el orgullo y su mente ofuscada por prácticas rituales que han ahogado la misericordia y el amor. Dice Jesús: «Ustedes nunca han escuchado su voz».

La fe es precisamente acoger en el corazón palabra de Dios y hacerla propia. Pero esto requiere la humildad de quien sabe escuchar al Señor, y la disponibilidad para dejarse guiar por esa palabra que viene de lo alto y que transforma el corazón de quien la acoge. La escucha y la disponibilidad para dejarse guiar son el primer paso -si se puede decir así- de la fe, porque contienen ya un destello del mismo Dios.

Jesús vino al mundo para revelar el rostro de Dios de forma clara. Jesús es el exégeta de Dios, el único capaz de explicárnosle, y todo el que lee las Sagradas Escrituras con disponibilidad y las escucha con fidelidad, y sinceridad, llega a conocer el extraordinario misterio de liberación que el amor de Dios obra en todos. Por eso Jesús. exhorta a quienes le escuchan a no endurecer su corazón como hicieron los judíos los tiempos de Moisés, a no enorgullecerse de sí mismos ni de sus prácticas.

Al contrario, es necesario dejarse tocar el corazón por la Palabra de Dios y por las obras de amor que brotan de ella. Jesús, a pesar de la incredulidad que domina a quienes le escuchan, no les acusa ante el Padre; él ha venido para abrir los ojos y los corazones de todos. Es lo que sucede a quien abre y lee las Santas Escrituras con disponibilidad y humildad: en ellas es Jesús mismo el que viene a nuestro encuentro para que podamos comprender el amor sin límites del Padre y nos conmovamos.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 134-135.

Yo les aseguro que, quien escucha mi palabra y cree en el que me envió, tiene vida eterna

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jesíus habla a los judios

Cuaresma

Miércoles de la IV semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (5, 17-30)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos (que lo perseguían por hacer curaciones en sábado): “Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo”. Por eso los judíos buscaban con mayor empeño darle muerte, ya que no sólo violaba el sábado, sino que llamaba Padre suyo a Dios, igualándose así con Dios.

Entonces Jesús les habló en estos términos: “Yo les aseguro: El Hijo no puede hacer nada por su cuenta y sólo hace lo que le ve hacer al Padre; lo que hace el Padre también lo hace el Hijo.

El Padre ama al Hijo y le manifiesta todo lo que hace; le manifestará obras todavía mayores que éstas, para asombro de ustedes. Así como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a quien él quiere dársela. El Padre no juzga a nadie, porque todo juicio se lo ha dado al Hijo, para que todos honren al Hijo, como honran al Padre. El que no honra al Hijo tampoco honra al Padre.

Yo les aseguro que, quien escucha mi palabra y cree en el que me envió, tiene vida eterna y no será condenado en el juicio, porque ya pasó de la muerte a la vida.

Les aseguro que viene la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la hayan oído vivirán. Pues así como el Padre tiene la vida en sí mismo, también le ha dado al Hijo tener la vida en sí mismo; y le ha dado el poder de juzgar, porque es el Hijo del hombre.

No se asombren de esto, porque viene la hora en que todos los que yacen en la tumba oirán mi voz y resucitarán: los que hicieron el bien para la vida; los que hicieron el mal, para la condenación.

Yo nada puedo hacer por mí mismo. Según lo que oigo, juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El pasaje del Evangelio de hoy se une directamente a la curación del paralitico de la piscina de Betesda que meditamos ayer. Los fariseos acusan a Jesús de violar el sábado, y de inducir a aquel paralitico a violarlo también, ya que debe tomar su camilla y llevársela a casa. Jesús se defiende afirmando con claridad la identidad de su acción con la del Padre que está en los cielos: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo».

Era una afirmación que no podía dejar de causar escándalo, y efectivamente se abre definitivamente la hostilidad de los jefes del pueblo contra Jesús. No estaba en juego sólo la cuestión del sábado, sino la identidad misma de Jesús, la filiación divina. Era una afirmación blasfema: «Por eso los judíos buscaban con mayor empeño darle muerte, ya que no sólo violaba el sábado, sino que llamaba Padre suyo a Dios, igualándose así con Dios». Por lo demás la filiación divina es precisamente el corazón de su Evangelio, de la buena noticia que Jesús había venido a comunicar a los hombres. y ante la oposición de los fariseos, Jesús reafirma ser el Hijo de Dios que ha venido entre los hombres para continuar la obra del Padre. Ha venido para luchar contra la muerte y el mal y devolver la vida a quien la haya perdido.

Jesús continúa en la tierra lo que el Padre habia hecho desde el cielo. Por tanto, su obra es una obra de salvación que va más allá de la norma del «sábado». Es más, Jesús debe apresurar el sábado eterno cuando como escribe Pablo, Dios será todo en todos. Toda la acción de Jesús entre los hombres es dar la vida, la vida verdadera que ni siquiera la muerte llega a aniquilar. Por eso añade solemnemente: «Les aseguro que viene la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la hayan oído vivirán. Pues así como el Padre tiene la vida en sí mismo, también le ha dado al Hijo tener la vida en sí mismo».

Y pensando en todos los que le están escuchando, y los que en el futuro escucharán la palabra del Evangelio, dice: «El que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado tiene vida eterna». Jesús no dice: «Tendrá vida eterna»», sino «tiene vida eterna». Quien acoge el Evangelio en el corazón recibe desde ahora la semilla de la inmortalidad.

Ante nuestra debilidad y nuestra inseguridad, estas palabras fermentan la totalidad de nuestra existencia y la arrancan del abismo de la nada, porque nos unen al Señor resucitado. La eternidad ha comenzado ya en Jesús y en quien se une a Él. Quien ha oído la voz de Jesús en esta vida seguirá oyéndola y la reconocerá cuando los sepulcros se abran al final de los tiempos, y el reino de los cielos que ya vivía en él, alcance su plenitud.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 133-134.