Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: febrero 2022

Muchos que ahora son los últimos, serán los primeros…

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doce apóstoles 

Tiempo Ordinario

Martes de la VIII semana

 Textos

† Del evangelio según san Marcos (10, 28-31)

En aquel tiempo, Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte”. Jesús le respondió: “Yo les aseguro: Nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres e hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna. Y muchos que ahora son los primeros serán los últimos, y muchos que ahora son los últimos, serán los primeros”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Se ha desarrollado una situación ante los ojos de Jesús y de sus discípulos: un joven con deseo de seguir a Jesús, se ha alejado entristecido ante la exigencia que le plantea vivir según el evangelio; atrapado por su riqueza no tenía la libertad de dejarlo todo.

En cambio, Pedro y los demás del grupo si lo han dejado todo y para seguir a Jesús; en síntesis, su respuesta al llamado fue diametralmente opuesta a la del joven rico. Inevitablemente surge para ellos una pregunta ¿qué será de nosotros? que se plantea implícita en una afirmación: « Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte». Jesús capta el mensaje y habla de una recompensa que se distribuye entre el  «el tiempo presente» y el «el mundo futuro». A quienes lo han dejado todo, explicitado con siete realidades que abarcan el mundo del bienestar, de los afectos y de la profesión: casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos, campos, se les dará cien veces más.

No se trata de matemáticas. Se trata de quedarse sin nada para tenerlo todo. Aquí podemos ver una alusión a la vida eclesial de la primera comunidad, donde era fuerte el sentido de pertenencia y los miembros se llamaban «hermanos» entre sí. El añadido «junto con persecuciones»  recuerda que en el tiempo presente no se puede alejar la sombra de la cruz. Se goza, se obtiene, pero de un modo condicionado. El premio definitivo es «en el mundo futuro» y consiste en la «vida eterna». Esa expresión no tiene necesidad de explicaciones o de complementos. Es la vida con Dios, una vida exuberante, que no conoce ocaso.

El último versículo es una sentencia de carácter sapiencial que prevé el vuelco de la situación. Es un aviso para que nadie se considere nunca de los que ya han llegado, y un llamado a la vigilancia, porque el seguimiento es siempre un compromiso de vida.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., p. 375-376.

Sólo una cosa te falta

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joven rico 

Tiempo Ordinario

Lunes de la VIII semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (10, 17-27)

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó corriendo un hombre, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no cometerás fraudes, honrarás a tu padre y a tu madre”.

Entonces él le contestó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde muy joven”.

Jesús lo miró con amor y le dijo: “Sólo una cosa te falta: Ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme”.

Pero al oír estas palabras, el hombre se entristeció y se fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando a su alrededor, dijo entonces a sus discípulos: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!” Los discípulos quedaron sorprendidos ante estas palabras; pero Jesús insistió: “Hijitos, ¡qué difícil es para los que confían en las riquezas, entrar en el Reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios”.

Ellos se asombraron todavía más y comentaban entre sí: “Entonces, ¿quién puede salvarse?” Jesús, mirándolos fijamente, les dijo: “Es imposible para los hombres, mas no para Dios. Para Dios todo es posible”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El texto del evangelio que consideramos se compone de dos partes: una vocación frustrada por el apego a la riqueza y algunas consideraciones sobre el significado de la riqueza para los discípulos.

El punto de partida entusiasma: un hombre busca el camino para la vida eterna. El hecho de que se dirija a Jesús habla en favor de la confianza que inspiraba el Maestro de Nazaret. Eran muchos los maestros que podían responder con sabiduría a esa pregunta. Aquel hombre speraba algo diferente, algo nuevo. Jesús le orienta hacia Dios y hacia algunos de los preceptos del decálogo -los diez mandamientos-, sobre todo a los relacionados con los deberes hacia el prójimo. El decálogo, expresión de la alianza del pueblo con Dios, sigue siendo, en efecto, el código de referencia esencial, que establece los mínimos que se esperan de una persona que es fiel a Dios; su cumplimiento es capaz de encaminar hacia la vida eterna.

Sin embargo, aquel hombre busca algo más. El decálogo, que ya observa puntualmente desde su juventud, no le basta. Necesita un impulso novedoso: «Ven y sígueme» es la novedad del mensaje. Es la persona de Jesús, el hecho de seguirle, lo que marca la diferencia. Jesús se pone en la línea del decálogo como expresión de la voluntad de Dios y, al mismo tiempo, como punto de partida. Jesús es ese «algo más» buscado. La observancia de una ley queda sustituida por la comunión con una persona, con Jesús, que manifiesta el rostro de Dios y es camino para llegar a Él.

Sin embargo, para seguir a Jesús es preciso abandonar el lastre y los diferentes impedimentos. Jesús había conocido a fondo a aquel hombre, gracias a la mirada amorosa que proyectó sobre él. El seguimiento exige una libertad interior que no tenemos mientras el los bienes materiales ocupen en nuestro corazón el lugar de Dios. El dinero es tirano y, en efecto, aferra al hombre que no consigue liberarse de él. El hombre del evangelio, es rico, su corazón está apegado a su riqueza y esta le impide da un paso que requiere libertad, por eso se aleja entristecido.

Llegados aquí, Jesús lanza una dura consideración sobre la riqueza, cuando se convierte, en impedimento para tener una vida plena. Jesús conoce y denuncia la fuerza seductora del dinero. Los ricos tienen dificultades para acceder a Dios cuando la riqueza lo sustituye y la idolatran. El dinero confiere poder, y éste, es como una droga adictiva, difícil de dejar. La dificultad de su posición la expresa Jesús con una hipérbole, la conocida imagen del camello que pasa por el ojo de una aguja. «¿Quién podrá salvarse?» es la reacción de pasmo de los discípulos, acostumbrados a pensar que la riqueza era una bendición divina. Jesús responde que la salvación es don de Dios. Y éste es capaz de llevar a cabo lo imposible. Ese don no exonera del esfuerzo por liberarse y mantener el corazón libre del apego a la riqueza.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 365-367.

Saca primero la viga que llevas en tu ojo y entonces podrás ver

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Tiempo Ordinario

Domingo de la VIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (6, 39-45)

En aquel tiempo, Jesús propuso a sus discípulos este ejemplo: “¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un hoyo? El discípulo no es superior a su maestro; pero cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo te atreves a decirle a tu hermano: ‘Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo’, si no adviertes la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga que llevas en tu ojo y entonces podrás ver, para sacar la paja del ojo de tu hermano”.

No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni un árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos. El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla delo que está lleno el corazón”: Palabra del Señor.»

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo leemos en el evangelio la tercera parte del sermón del llano. Recordemos, en la primera parte leímos las Bienaventuranzas, en la segunda parta, la invitación a ser misericordiosos como el Padre, con un acento particular en el amor a los enemigos, a los que el evangelio invitaba a no juzgar, a no condenar, a perdonar y a hacerles el bien.

El discurso continúa ahora, con una enseñanza que instruye al discípulo acerca de las relaciones fraternas en el seno de la comunidad, de manera que desde la actitud básica de la misericordia del Padre, sepa manejar sus impulsos negativos para que con ellos no dañe las relaciones interpersonales ni la vida de la comunidad y por el contrario se sitúe como testigo del Reino

El discipulado, al estilo de Jesús, es comunitario; no hay discípulo sin comunidad. Nótese en el texto que comentamos como se repite la palabra “hermano”; la fraternidad es signo del nuevo pueblo de Dios, germen de la humanidad nueva que Jesús ha venido a crear con su buena nueva de la salvación.

En el seno de la comunidad, el discípulo debe tener una presencia saludable, sus relaciones con los demás no pueden ser tóxicas ni pretenciosas; se ha de esforzar pues a ser un buen hermano, buen amigo, buen compañero de camino, comenzando con los hermanos de su propia comunidad de fe.

Lo primero que tiene que aprender el discípulo es que su único modelo es Jesús. “El discípulo no es superior a su maestro; pero cuando termine su aprendizaje, «será como su maestro»; es decir, adoptará sus mismas actitudes y comportamientos y será formador de otros discípulos. El aprendizaje de estas dos tareas es gradual y en muchos casos muy lento. Por eso hay que dejarse ayudar por Jesús para luego poder ayudar a otros.

  1. Un ciego no es un buen guía

Cuando Jesús utiliza la imagen del “ciego” indica que el discípulo se encuentra en una etapa de aprendizaje en la que está aprendiendo a vivir según el evangelio, con los criterios de vida que inculca el Maestro y mientras no haya alcanzado la madurez para ser testigo del evangelio con su vida, el discípulo será como un ciego que necesita del apoyo y guía de otros.

Por esta razón, quien comienza a caminar en el seguimiento de Jesús debe ser prudente y no precipitarse a la hora de calificar la conducta de los demás. No es raro que quien comienza a recorrer el camino del evangelio capte con facilidad las deficiencias de los demás y quiera opinar sobre todo y sobre todos, asumiendo sin darse cuenta la posición de juez y faltando a la caridad.

La prudencia pide al discípulo, a pesar de su camino con Jesús, considerarse todavía a sí mismo como un ciego, absteniéndose de emitir juicios sobre los demás, pues a él mismo todavía le queda trecho por recorrer en el camino de la conversión. El discípulo pues, debe ser prudente y no asumir el papel de guía si no está preparado para ello y no será él mismo a quien corresponda calificarse, sino la comunidad que reconociendo su madurez se orientará por su testimonio; la imprudencia a este respecto tiene consecuencias que Jesús ejemplifica siguiendo el ejemplo del guía: «caerán los dos en un hoyo».

  1. La viga en el propio ojo es mayor que la brizna del ojo ajeno

La primera tarea del discípulo es seguir trabajándose a sí mismo: discernir y sacar la “viga del propio ojo”; liberarse del propio egoísmo y del afán de aprovecharse de los demás y oprimirles; si el discípulo no practica la autocrítica y elimina de su corazón cuanto en él haya de orgullo, mentira e hipocresía la corrección que pretenda del otro será una farsa. Lo peor que le puede pasar a un discípulo es sentirse bueno y mejor que los demás, esta autopercepción erronea le hará propenso a ser severo en el juicio de la vida de los demás y a coregir a otros lo que en si mismo no corrige; esto es,  volviendo a la imagen del guía ciego, querer conducirles a ciegas.

Jesús enseña a apareciar las cosas, las situaciones y a las personas con objetividad; el consejo del evangelio no está reñido con el jucio crítico que abre a la verdad; denuncia el delito donde lo encunetra y desenmascara la maldad; Jesús no prohibe, por el contrario aconseja, la corrección fraterna; en ambos casos enseña el modo de hacerlo: con humildad y sin juzgar el interior que sólo Dios conoce. El juicio sobre la bondad o maldad de las personas está reservado sólo a Dios. Estos son los criterios del maestro, el discípulo que quiera actuar alejándose de ellos, hace el ridículo.

  1. El árbol se conoce por sus frutos

«El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón» Jesús enseña que la bondad en el decir y en el obrar surge siempre del corazón, de una interioridad sana y honesta; quien tiene torcidas sus intenciones desvirtúa la bondad de sus actos. El texto tiene un hondo sentido psicológico: sólo con actitudes buenas podemos hacer cosas buenas, sólo con actitudes justas podemos dar frutos de justicia.

Quien lleva en su corazón odio y mentira, afán de poder o de lucro, jamás podrá hacer el bien a nadie; no puede buscar ni querer el bien de los demás, porque sólo busca el propio beneficio. «Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos.». He aquí una llamada de atención; en el compromiso cristiano, nada se improvisa, cada uno da lo que es y vive, «el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón»

Una vez más en este texto de Lucas, encontramos la dimensión social del evangelio. El ejemplo de los frutos es elocuente. Un árbol no es bueno si es estéril y no produce fruto; ningún árbol da frutos para si mismo; los frutos contienen la semilla que se esparcirá y producirá nuevas plantas y frutos; pero, al mismo tiempo los frutos, apetecibles y sabrosos también sirven como alimento.

La bondad del corazón no es un fin en si misma, es don de Dios y tarea del hombre, libera del encierro del egoísmo, haciéndo salir de si misma a la persona encaminándola para hacer el bien a los demás. El discipulado implica un compromiso por el bien de las personas y de las comunidades; este compromiso es de caridad y de justicia, no por separado, sino en estrecha relación; al mismo tiempo que la caridad lleva a prodigarse amorosamente en la atención de las necesidades de una persona, la justicia entraña el compromiso personal y colectivo para que se transformen las situaciones y estructuras que generaron esas necesidades, de manera que todas las personas puedan vivir con dignidad y como sujetos de su propio desarrollo.

[1] Cf. F. Oñoro, Pistas para la Lectio Divina, Lucas 6. 39-42, CEBIPAL/CELAM; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 220-223.