Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: enero 2022

La niña no está muerta, está dormida

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Tiempo Ordinario

Martes de la IV semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (5, 21-43)

En aquel tiempo, cuando Jesús regresó en la barca al otro lado del lago, se quedó en la orilla y ahí se le reunió mucha gente.

Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo.

Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia: “Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva”.

Jesús se fue con él, y mucha gente lo seguía y lo apretujaba.

Entre la gente había una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años.

Había sufrido mucho a manos de los médicos y había gastado en eso toda su fortuna, pero en vez de mejorar, había empeorado.

Oyó hablar de Jesús, vino y se le acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto, pensando que, con sólo tocarle el vestido, se curaría.

Inmediatamente se le secó la fuente de su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba curada.

Jesús notó al instante que una fuerza curativa había salido de él, se volvió hacia la gente y les preguntó: “¿Quién ha tocado mi manto?” Sus discípulos le contestaron: “Estás viendo cómo te empuja la gente y todavía preguntas: ‘¿Quién me ha tocado?’ ” Pero él seguía mirando alrededor, para descubrir quién había sido.

Entonces se acercó la mujer, asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad.

Jesús la tranquilizó, diciendo: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

Todavía estaba hablando Jesús, cuando unos criados llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle a éste: “Ya se murió tu hija.

¿Para qué sigues molestando al Maestro?” Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas, basta que tengas fe”.

No permitió que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.

Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús el alboroto de la gente y oyó los llantos y los alaridos que daban.

Entró y les dijo: “¿Qué significa tanto llanto y alboroto? La niña no está muerta, está dormida”. Y se reían de él.

Entonces Jesús echó fuera a la gente, y con los padres de la niña y sus acompañantes, entró a donde estaba la niña.

La tomó de la mano y le dijo: “¡Talitá, kum!”, que significa: “¡Oyeme, niña, levántate!” La niña que tenía doce años, se levantó inmediatamente y se puso a caminar.

Todos se quedaron asombrados.

Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie y les mandó que le dieran de comer a la niña. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

Jairo, uno de los jefes religiosos de Cafanaúm, se acerca a Jesús para pedirle que cure a su hija. Tal vez conoce y estima a Jesús por haberle visto y escuchado en la sinagoga. Piensa que es el único que puede salvar a su hija. Por eso le dirige una oración simple y sincera, como simples y sinceros son los gritos de tantos desesperados que sin embargo encuentran a pocos dispuestos a escucharles.

El Señor escucha la oración de Jairo, e inmediatamente lo acompaña a su casa, poniendo en práctica sus palabras: «Pidan y se les dará; buquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre». Se aparta con los padres de la niña, la toma de la mano, como en el icono de la resurrección cuando toma de la mano a Adán y Eva sacándoles del sepulcro, y la devuelve a la vida.

Marcos, durante el camino de Jesús hacia la casa de Jairo, sitúa el bello episodio de la curación de la hemorroisa. También aquí hay una oración simple, es más, silenciosa, de una pobre y humilde mujer. Esta parece tener una confianza en Jesús aún más desarmante que la de Jairo, hombre importante y conocido en Cafarnaún.

Ella, humilde y desconocida, ni siquiera se atreve a dirigir la palabra a Jesús. Pero, como Jairo, también ella cree que Jesús puede curarla; piensa que bastará con tocar el borde del manto de aquel hombre bueno. Y así sucede. Nadie se da cuenta. Sólo Jesús y la mujer saben lo que ha ocurrido.

Jesús se da cuenta de toda petición, porque conoce la necesidad de aquella mujer y de cada uno. Cuánto le cuesta a los discípulos comprender esta atención de Jesús, hasta el punto de que le dicen: «Estás viendo cómo te empuja la gente y todavía preguntas: ‘¿Quién me ha tocado?».

Incluso en medio de la multitud y en la confusión, toda curación tiene lugar siempre a través de una relación directa con Jesús, aunque esta consista sólo en tocar el borde de su manto. Sin embargo, es necesario que esa mujer cruce la mirada con Jesús y le escuche decir: «Vete en paz y queda sana de tu enfermedad ».

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 81.

Se pasaba días gritando y golpeándose con piedras

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Tiempo Ordinario

Lunes de la IV semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (5, 1-20)

En aquel tiempo, después de atravesar el lago de Genesaret, Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla, a la región de los gerasenos. Apenas desembarcó Jesús, vino corriendo desde el cementerio un hombre poseído por un espíritu inmundo, que vivía en los sepulcros. Ya ni con cadenas podían sujetarlo; a veces habían intentado sujetarlo con argollas y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba las argollas; nadie tenía fuerzas para dominarlo.

Se pasaba días y noches en los sepulcros o en el monte, gritando y golpeándose con piedras.

Cuando aquel hombre vio de lejos a Jesús, se echó a correr, vino a postrarse ante él y gritó a voz en cuello: “¿Qué quieres tú conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Te ruego por Dios que no me atormentes”.

Dijo esto porque Jesús le había mandado al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre. Entonces le preguntó Jesús: “¿Cómo te llamas?” Le respondió: “Me llamo Legión, porque somos muchos”. Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca.

Había allí una gran piara de cerdos, que andaban comiendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaban a Jesús: “Déjanos salir de aquí para meternos en esos cerdos”. Y él se lo permitió: Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y todos los cerdos, unos dos mil, se precipitaron por el acantilado hacia el lago y se ahogaron.

Los que cuidaban los cerdos salieron huyendo y contaron lo sucedido, en el pueblo y en el campo. La gente fue a ver lo que había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al antes endemoniado, ahora en su sano juicio, sentado y vestido. Entonces tuvieron miedo. Y los que habían visto todo, les contaron lo que le había ocurrido al endemoniado y lo de los cerdos. Ellos comenzaron a rogarle a Jesús que se marchara de su comarca.

Mientras Jesús se embarcaba, el endemoniado le suplicaba que lo admitiera en su compañía, pero él no se lo permitió y le dijo: “Vete a tu casa a vivir con tu familia y cuéntales lo misericordioso que ha sido el Señor contigo”. Y aquel hombre se alejó de ahí y se puso a proclamar por la región de Decápolis lo que Jesús había hecho por él. Y todos los que lo oían se admiraban. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El pasaje es una típica historia de exorcismo, enriquecida por numerosos detalles de no siempre fácil explicación, que hacen pensar en el relato de un testigo ocular. El episodio está ambientado en el este del lago de Tiberíades, en territorio pagano: eso explica la presencia de la piara de cerdos, animales impuros para Israel.

La descripción del endemoniado acentúa el carácter dramático de la situación: el caso se presenta de inmediato como grave, y las condiciones en que se encuentra el hombre, como desesperadas. El grito de los demonios irrumpe con fuerza, anticipado además con respecto a la orden de Jesús que lo provoca; como en Me 1,24, los demonios reconocen a Jesús; más aún, proclaman su divinidad y le piden que los deje estar, porque temen su poder.

La descompuesta reacción del desventurado y la furia de los demonios hacen resaltar, por contraste, la imperturbabilidad de Jesús, que les pregunta el nombre como para obligarles a entregarse a él, y les permite refugiarse en los cerdos porque sabe que no tendrán escapatoria.

La imagen de la piara que se precipita en el lago es tal vez simbólica: indica el retorno de los demonios a Satanás, rey de los abismos. La reacción de los presentes, sin embargo, está dominada por el terror: los porquerizos huyen, los paisanos del que había recibido el milagro le ruegan a Jesús que se vaya.

Quizás era demasiado pronto para que la Palabra de Jesús fuera acogida en un territorio extranjero, no preparado para su venida. Es necesaria la mediación del testigo y del apóstol: en sentido contrario al silencio impuesto normalmente en el evangelio de Marcos, aquí el endemoniado curado recibe la orden de anunciar la noticia a los suyos y proclama en la Decápolis la obra de Jesús.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año. 5., 154-155.

¿No es éste el hijo de José?

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Tiempo Ordinario

Domingo de la IV semana

Textos

+ Del evangelio según san Lucas (4, 21-30)

En aquel tiempo, después de que Jesús leyó en la sinagoga un pasaje del libro de Isaías, dijo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que ustedes acaban de oír”. Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios, y se preguntaban: “¿No es éste el hijo de José?” Jesús les dijo: “Seguramente me dirán aquel refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’ y haz aquí, en tu propia tierra, todos esos prodigios que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm”. Y añadió: “Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra.

Había ciertamente en Israel muchas viudas en los tiempos de Elías, cuando faltó la lluvia durante tres años y medio, y hubo un hambre terrible en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda que vivía en Sarepta, ciudad de Sidón. Había muchos leprosos en Israel, en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, que era de Siria”.

Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta un barranco del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de ahí. Palabra del Señor.

Audio

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo continuamos la contemplación de la escena que consideramos la semana pasada. Jesús está en la sinagoga de Nazaret, ha leído la lectura y para sorpresa de todos, al comentarla, se la ha apropió. Hoy contemplamos las reacciones.

La luz de la Palabra

Quienes escuchan a Jesús se maravillan, «le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios», pero inmediatamente se activó en ellos el deseo de tener en exclusiva los beneficios de que el Ungido del Señor fuera un paisano, el hijo de José.

Jesús no es ingenuo. Sabía que sus paisanos al reconocerlo como hijo de José escondían una intención manipuladora «Seguramente me dirán aquel refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’ y haz aquí, en tu propia tierra, todos esos prodigios que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm».  Por ello  pone al descubierto este dinamismo posesivo de sus paisanos que es contrario al plan de Dios.

Dios no envió a los profetas a hacer favores o servicios a sus familiares y amigos y para que les quedara claro les recuerda el testimonio de dos profetas muy queridos para el pueblo de Israel: Elías y Eliseo.

Elías, que vivió en un tiempo en el que el cielo estuvo cerrado tres años y seis meses, y en el que se produjo una tremenda carestía, cuando tuvo necesidad de sustento no fue enviado a una mujer israelita, sino a una viuda de un país pagano, Sarepta de Sidón. Y obtuvo de Dios un gran milagro para esta viuda.

En el caso de Eliseo, el testimonio se refiere a lo que aconteció con Naamán el Sirio. Este jefe del ejército del rey de Aram, había contraído la lepra y fue enviado por el rey de Siria al rey de Israel. Cuando Eliseo tuvo conocimiento le hizo bañar siete veces en el río Jordán y Naamán quedó curado de la lepra.

Jesús pretende que sus paisanos renuncien a una actitud posesiva y abran sus corazones a la dimensión universal del plan de Dios. No pueden vivir pretendiendo que la bondad de Dios sea sólo para ellos, esperando sólo recibir sus beneficios y negándose no sólo a compartir sino también a hacer algo por los demás. Sin embargo, no aceptan sus enseñanzas; al verse desenmascarados se indignan contra Jesús y quieren destruirlo: «Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta un barranco del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo»

Cuando la tendencia posesiva en una persona se ve contrariada, ésta se transforma en odio y en agresividad. Una amor posesivo contrariado fácilmente se vuelve agresivo, destructivo e incluso criminal.

Jesús no cayó en su juego. No se dejó intimidar, ni coaccionar. Mantuvo su libertad y su decisión de permanecer en la misión para la que había recibido la unción del Espíritu: llevar a todos la buena nueva del amor misericordioso de Dios en las circunstancias concretas de la vida. Por ello «pasando por en medio de ellos, se alejó de ahí».

Ilumina nuestra vida

A la luz de este evangelio podemos revisar las tendencias posesivas de nuestro amor. Nuestras inseguridades nos hacen aferrarnos a las personas que nos significan seguridad, que nos dan estabilidad, que nos brindan protección o alguna satisfacción. Cuando estas inseguridades se activan y se experimenta la amenaza de que aquello que creemos que es sólo nuestro será también para los demás la agresividad es la primera reacción.

Todo tipo de amor puede convertirse en posesivo. Comenzando por el amor materno. Cuando esto sucede es el mayor obstáculo para la educación de los hijos y en la vida de estos cuando son adultos.

Es necesario abrir el corazón, aprender a no ser envidiosos ni celosos, a tener una actitud que corresponda al plan de Dios. Dios es amor, un amor generoso hasta el extremo, que se entrega sin cálculos, sin cansancio. Y nuestro amor ha de ser como el de Dios, por ello nos ha hechos hijos suyos y nos ha dado su Espíritu.

Este domingo tenemos la posibilidad de enriquecer esta reflexión con el texto paulino de la segunda lectura, el conocido himno del amor que dice precisamente que el amor autentico no tiene envida, sino que es generoso y se alegra con el bien hecho a otros.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 74-75.