Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: octubre 2021

… Estaba encorvada y no podía enderezarse

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Tiempo Ordinario

Lunes de la XXX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 10-17)

Un sábado, estaba Jesús enseñando en una sinagoga.

Había ahí una mujer que llevaba dieciocho años enferma por causa de un espíritu malo.

Estaba encorvada y no podía enderezarse. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad”. Le impuso las manos y, al instante, la mujer se enderezó y empezó a alabar a Dios.

Pero el jefe de la sinagoga, indignado de que Jesús hubiera hecho una curación en sábado, le dijo a la gente: “Hay seis días de la semana en que se puede trabajar; vengan, pues, durante esos días a que los curen y no el sábado”.

Entonces el Señor dijo: “¡Hipócritas! ¿Acaso no desata cada uno de ustedes su buey o su burro del pesebre para llevarlo a abrevar, aunque sea sábado? Y a esta hija de Abraham, a la que Satanás tuvo atada durante dieciocho años, ¿no era bueno desatarla de esa atadura, aun en día de sábado?” Cuando Jesús dijo esto, sus enemigos quedaron en vergüenza; en cambio, la gente se alegraba de todas las maravillas que él hacía. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio nos presenta a Jesús que está enseñando como hacía habitualmente, en una sinagoga. Había entre los presentes una mujer a la que una artrosis deformadora había encorvado sobre sí misma. Ya hacía dieciocho años que vivía de aquel modo doloroso. No podía ni siquiera mirar a la gente a la cara, de tan doblegada como estaba. Y a su vez, nadie bajaba hasta su altura para mirarla a la cara . ¡Y cuántas mujeres hay como aquella, esclavizadas por la violencia y por la opresión! 

Aquella mujer está allí, frente a Jesús. No es capaz de levantar la mirada y tampoco osa pedirle ayuda, como hacen otras mujeres. Pero Jesús, al verla, se conmueve y la llama para que se acerque. Sin pronunciar muchas palabras le dice inmediatamente: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad». 

En esta pequeña escena de Jesús inclinado sobre aquella mujer podemos comprender cuál debe ser la actitud de los creyentes ante los débiles y los enfermos, cuál debe ser nuestra manera de mirarlos. Pero hay algo más que debemos aprender: la fuerza de la palabra que cura. Los creyentes han recibido como un don la fuerza misma de Jesús: las palabras dichas con el corazón, con la misma conmoción de Jesús, son eficaces, hacen erguirse a quien está doblegado, como aquella mujer. Sin embargo, los que presenciaron aquella escena no dejaron que llegara a su corazón lo que habían visto. El jefe de la sinagoga incluso se indignó por aquel milagro. 

Si tenemos el corazón lleno de nosotros mismos y de nuestras convicciones ni siquiera los milagros podrán reblandecer su dureza. Jesús replica las acusaciones del Jefe de la sinagoga con la grandeza de la misericordia que vino a traer sobre la tierra. Si los fariseos, con el corazón endurecido, se escandalizaban, la gente, en cambio, hacía fiesta: «la gente se alegraba con las maravillas que hacía». Dichosos los discípulos que se dejan envolver por el misterio de la misericordia del Señor, porque harán fiesta como la gente de entonces.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 398-399.

Al momento recobró la vista y comenzó a seguirlo por el camino

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Tiempo Ordinario

Domingo de la XXX semana

Ciclo B

Textos

† Del evangelio según san Marcos (10, 46-52)

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó en compañía de sus discípulos y de mucha gente, un ciego, llamado Bartimeo, se hallaba sentado al borde del camino pidiendo limosna.

Al oír que el que pasaba era Jesús nazareno, comenzó a gritar: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!” Muchos lo reprendían para que se callara, pero él seguía gritando todavía más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” Jesús se detuvo entonces y dijo: “Llámenlo”.

Y llamaron al ciego, diciéndole: “¡Ánimo! Levántate, porque él te llama”. El ciego tiró su manto; de un salto se puso en pie y se acercó a Jesús.

Entonces le dijo Jesús: “¿Qué quieres que haga por ti?” El ciego le contestó: “Maestro, que pueda ver”. Jesús le dijo: “Vete; tu fe te ha salvado”.

Al momento recobró la vista y comenzó a seguirlo por el camino. Palabra del Señor.

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Mensaje

Introducción

Este Domingo concluimos la instrucción de Jesús a sus discípulos por el camino que lo lleva de Galilea a Jerusalén. San Marcos, después de mostrarnos la ceguera de los discípulos que no aciertan a ubicarse como verdaderos discípulos del Señor, enfatiza que es posible responder al llamado del Señor, ser sus discípulos y seguirlo con radicalidad.

Los discípulos ven pero no quieren ver, oyen pero no quieren oír; son advertidos de no contaminarse con la levadura de los fariseos y llamados a dar el paso de la fe (cf. Mc 8, 15-21) Han sido testigos de los milagros de Jesús pero no aciertan a descubrir en Él al Mesías de Dios.

La pedagogía del camino es útil para ilustrar el itinerario de la fe. Al inicio del recorrido nos encontramos con el relato de la curación del ciego de Betsaida (cf. Mc 8,22-26); en el que se destaca que la capacidad de ver, símbolo de la fe, se logra gradualmente con la ayuda de Jesús. Las instrucciones de Jesús a sus discípulos se cierran con la curación del ciego de Jericó, llamado Bartimeo, en la última etapa de la subida a Jerusalén.  De forma ingeniosa el camino de la fe se ilustra en la historia de este hombre ciego y pobre que se convierte en modelo de discípulo.

Contexto

El pasaje del ciego Bartimeo sigue a la instrucción sobre el servicio en la que Jesús mismo se presentó como quien ha venido a servir (cf. 10,45). En esta escena encontramos, como por contraste, la resistencia al servicio de quienes  increpaban al ciego para que se callara; de esta manera se representa la actitud de los discípulos que se niegan a servir y que prefieren no ver la necesidad de este invidente que se les ha vuelto incómodo.

Esto sucede en el camino hacia Jerusalén. Jesús, sus discípulos y una gran muchedumbre, van a la ciudad santa para celebrar la pascua hebrea. En el trayecto, al pasar por Jericó, aparece en escena un ciego que pide limosna y que se encuentra, como es comprensible, justo en el camino por el que deben pasar los peregrinos.

Un encuentro suplicante

Parece ser que Bartimeo –así se llamaba el hombre ciego- ha oído hablar de Jesús, por eso, «al enterarse que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: ¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!» y no obstante que le regañaban y lo querían hacer desistir «gritaba mucho más: ¡Hijo de David, ten compasión de mí!»

Llama la atención que el hombre ciego invoca a Jesús llamándolo por su nombre y con un título mesiánico. Más adelante se dirigirá a Él llamándolo además «Rabbunni» que significa «Maestro». De esta manera nos hace entender de además de su esperanza en aquél a quien reconoce como Mesías, tiene también en Él una gran confianza, comunión y aprecio.

Escucha y disponibilidad

El encuentro inicia con una pregunta de Jesús «¿Qué quieres que te haga?» Esta pregunta nos recuerda la que, en otro momento, el Señor hizo a sus discípulos Santiago y Juan: «¿Qué quiere que haga por ustedes?» Mientras estos hermanos, amigos cercanos de Jesús, quieren el privilegio de tener los puestos de honor, Bartimeo hace la petición más comprensible que nos podemos imaginar: «Rabbuní, ¡que vea

Esta petición del hombre ciego se vuelve el prototipo de petición apropiada para un discípulo en su itinerario creyente.  La fe nos pide dejar actuar a Jesús,  acoger con total apertura la salvación que nos ofrece y recorrer, a pesar de nuestras resistencias, el camino que Él nos señala como Maestro y Mesías.

Bartimeo recibe de la Palabra de Jesús el don de la vista, ahora ve con mayor claridad, el Maestro lo envía a casa, declara su salvación y exalta su fe, sin embargo, él se decide a seguirlo por el camino; así, este hombre curado de su ceguera se convierte en un modelo de discípulo. Su historia ilustra el itinerario de la fe: recibir el anuncio de la Buena Nueva, acogerla con corazón dispuesto y responder implicando toda la vida.

Historia exitosa de discipulado

Contemplamos en la curación de Bartimeo una historia exitosa de discipulado que contrasta con las historias fracasadas que contemplamos los domingos anteriores. Recordemos como ejemplo la historia del hombre rico (cf. Mc 10,17-22) que se presenta seguro de haber cumplido con la ley y deseoso de perfección, en contraste, en Bartimeo, nos encontramos con un hombre pobre, ciego, que se reconoce pecador y que lo único que pide es misericordia. Mientras el hombre rico fue incapaz de seguir a Jesús porque tenía muchos bienes, este hombre ciego al saberse llamado por Jesús, arrojó su manto, su mayor pertenencia y lo dejó todo para ir a su encuentro.

Es claro, como se ha dicho, que el evangelista introduce en medio de dos relatos de curación de ciegos una serie de enseñanzas que tienen que ver con el itinerario de fe de los discípulos del Señor. Hemos visto a los discípulos como ciegos, pues se imaginan a Jesús a su modo (cf. Mc 8, 31-34), contradicen el significado de su misión y rechazan la pedagogía de la Cruz; discuten quién de ellos es el mayor y a pesar del reiterado anuncio de la pasión ellos están preocupados por ocupar los lugares de mayor prestigio y poder (cf. Mc. 10,32-45).

En el camino a Jerusalén, Jesús ilumina poco a poco esa oscuridad en la que se encuentran sus discípulos, acompañándoles así en su itinerario de fe. Les dice con claridad que para ser sus discípulos es necesaria la negación de si mismo, tomar la cruz y seguirlo (cf. Mc 8,34); que el servicio es la única manera de ser importante (cf. Mc 9,35, 10, 41-45) que no es compatible el discipulado con el escándalo a los pequeños y vulnerables (cf Mc 9,42-50) y que la vida eterna se alcanza entregando no sólo los propios bienes, sino la propia vida. (cf. Mc 10,17-31)

¿Por qué la historia de Bartimeo fue exitosa? Porque no parte de la arrogancia ni de la pretensión sino del reconocimiento de los propios límites, particularmente del pecado; porque es Jesús quien llama; porque la respuesta al llamado lleva implícita la confianza y la disponibilidad para renunciar a las propias seguridades; porque Bartimeo se apropia la salvación que Jesús le ofrece y a la posibilidad de hacer su propio camino responde con la decisión de caminar con el Señor.

Nuestro itinerario de fe

Hay que destacar que es el Señor quien toma la iniciativa; Él se hace presente en situaciones inesperadas, particularmente en las de mayor precariedad o cuando parece que la oscuridad es total y nos hace experimentar la misericordia de Dios que escucha nuestro clamor y viene en nuestro auxilio dándonos la oportunidad de identificarnos con Él y de seguirlo en su camino de obediencia que pasa por la Cruz y lleva a la vida plena.

La contemplación de esta escena de curación del ciego Bartimeo es propicia para revisar nuestra experiencia de fe, pues describe el proceso interior de iluminación que lleva de las tinieblas a la luz, camino que es necesario recorrer para pertenecer al Reino de Dios que, para ser acogido, exige la conversión y la fe. El itinerario de la fe es esencial en la vida del discípulo. Sólo la adhesión total, la comunión con el Maestro hace posible seguirlo e implicar en ello todas las dimensiones de la existencia.

Señor, déjala todavía este año…

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Tiempo Ordinario

Sábado de la XXIX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 1-9)

En aquel tiempo, algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mandado matar a unos galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios. Jesús les hizo este comentario: “¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos? Ciertamente que no; y si ustedes no se convierten, perecerán de manera semejante. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante”.

Entonces les dijo esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo; fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala.¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?’ El viñador le contestó: ‘Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús acaba de hablar con la gente y alguien le habla de una matanza ordenada por Pilato contra algunos galileos que tal vez habían promovido una insurrección. Este episodio le proporciona la oportunidad de decir que el mal o las desgracias que nos pasan no son consecuencia directa de nuestras culpas. Jesús afirma que sería erróneo pensar que aquellos galileos asesinados en aquella matanza eran más culpables que los que se salvaron.

Y para explicar este pensamiento suyo, añade otro episodio que se parece más a un desastre natural: los muertos por la caída de la torre de Siloé. No es Dios, quien envía el mal o quien permite los desastres y las masacres, aunque pudiera ser por motivos pedagógicos. El Padre que Jesús vino a revelamos no actúa así. Al contrario, el Padre que está en el cielo debe luchar contra el mal desde el inicio, desde que la horrible violencia del príncipe del mal aparece en la historia de los hombres.

El Señor pide a todos los hombres, y a los discípulos del Evangelio en particular, que participen en esta dura batalla contra la maldad y contra el príncipe del mal que no deja de empujar la creación hacia su destrucción. De ahí el llamamiento a la conversión, es decir, a adherirse al Evangelio con todo el corazón y con todas las fuerzas, para estar junto a Jesús, que vino al mundo para derrotar el mal y llevar la liberación y la salvación a todos, también a la misma creación.

La pequeña parábola que añade Jesús, demuestra el valor de la intercesión. Muchas veces nos encontramos con situaciones que parecen difíciles de cambiar o que a pesar de todos nuestros esfuerzos siguen más o menos igual. Se parecen a aquella higuera de la que habla el Evangelio y que no da fruto. El propietario de la higuera, durante tres años, intenta recoger sus frutos, pero nunca los encuentra. Al final termina la paciencia y le pide al viñador que la corte para que no ocupe terreno inútilmente. El viñador, que estando junto a aquel árbol ha aprendido también a amarlo, ruega al señor que le deje cavar el terreno y echar abono; está seguro de que la higuera dará fruto.

Jesús nos exhorta a tener paciencia, es decir, a permanecer junto a aquella higuera, a rodearla de premura para que, en su debido momento, dé fruto. Tenemos que aprender de Dios a tener su paciencia que sabe tener esperanza en todos, que no apaga la mecha humeante, que acompaña y cura a quien es débil para que recupere fuerzas y también él pueda dar amor.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 395-396.