Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: octubre 2021

Esfuércense por entrar por la puerta que es angosta

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Tiempo Ordinario

Miércoles de la XXX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 22-30)

En aquel tiempo, Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos, mientras se encaminaba a Jerusalén. Alguien le preguntó: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?” Jesús le respondió: “Esfuércense por entrar por la puerta, que es angosta, pues yo les aseguro que muchos tratarán de entrar y no podrán. Cuando el dueño de la casa se levante de la mesa y cierre la puerta, ustedes se quedarán afuera y se pondrán a tocar la puerta, diciendo: ‘Señor, ábrenos’.

Pero él les responderá: ‘No sé quienes son ustedes’.

Entonces le dirán con insistencia: ‘Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas’. Pero él replicará: ‘Yo les aseguro que no sé quiénes son ustedes. Apártense de mí, todos ustedes los que hacen el mal’. Entonces llorarán ustedes y se desesperarán, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, yustedes se vean echados fuera. Vendrán muchos del oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquetedel Reino de Dios.

Pues los que ahora son los últimos, serán los primeros; y los que ahora son los primeros, serán los últimos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús enseña mientras se dirige a Jerusalén. Jesús no camina entre los hombres sin mirar a aquellos con los que se encuentra, centrados en sí mismo y en sus propios problemas. Jesús tiene una meta, Jerusalén, pero no va allí solo para él. Va a morir a la ciudad santa porque quiere que todos se salven. No es él, de hecho, quien necesita salvación sino los hombres.

En ese contexto destaca la pregunta que le hacen sobre el número de los que se salvarán. El interlocutor transmite una preocupación que surgía en aquella época, ya que entre los rabinos algunos excluían de la salvación a quienes no respetaban ciertas disposiciones. De ese modo se ponía en duda que todo el pueblo de Israel se iba a salvar.

En un apócrifo judío, por ejemplo, leemos: «El Altísimo ha hecho este siglo para muchos, pero el futuro para pocos» (IV libro de Esdras). Jesús, en cambio, afirma que nadie entra en el reino de Dios solo porque pertenece al pueblo de Israel, o a un país, o a una etnia, o a una cultura, etc. Lo que salva es la fe. Jesús no responde directamente a la pregunta sobre el número de los que se salvarán. Solo dice que ha llegado el momento de elegir. Y el juicio se hará sobre dicha decisión. Y cuando llega el día del juicio no sirve de nada reclamar derechos de pertenencia a una etnia o a una religión. Es más -añade Jesús-, «Vendrán muchos del oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquete del Reino de Dios».

Lo que importa es decidir de inmediato seguir al Señor, antes de que sea demasiado tarde. Ese es el significado de la imagen de la puerta estrecha: ante la predicación del Evangelio no podemos aplazar la decisión de escuchar, no se puede dilatar el tiempo para elegir. Si rechazamos el Evangelio es como si llegáramos a la casa de la que habla el pasaje evangélico cuando el señor de la casa ya ha cerrado la puerta.

El que se queda fuera, el que no escucha, queda a merced del príncipe del mal y sentirá el aguijonazo del frío de la tristeza y la amargura de la soledad. La afirmación de Jesús sobre aquellos «últimos» que serán primeros -el texto se refiere a los paganos- destaca la «primacía» de escuchar: quien acoge el Evangelio en su corazón y lo pone en práctica se convierte en el primero en el reino de los Cielos.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 400.

El Reino de Dios se parece a una semilla de mostaza

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Tiempo Ordinario

Martes de la XXX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 18-21)

En aquel tiempo, Jesús dijo: “¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué podré compararlo? Se parece a la semilla de mostaza que un hombre sembró en su huerta; creció y se convirtió en un arbusto grande y los pájaros anidaron en sus ramas”.

Y dijo de nuevo: “¿Con qué podré comparar al Reino de Dios? Con la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina y que hace fermentar toda la masa”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Estas dos cortísimas parábolas se pueden comprender mejor si tenemos en cuenta el contexto de la creciente oposición a Jesús por parte de los jefes del pueblo. En realidad, ese es un destino de toda la historia cristiana: el Evangelio encuentra oposición en todas las generaciones que se suceden en la historia.

La novedad del amor de Jesús choca contra la dureza del corazón del hombre y sobre todo con la obra destructora del príncipe del mal. Hoy podríamos pensar en la situación de minoría de los cristianos en el mundo o en las dificultades de comunicar el Evangelio en situaciones difíciles.

¿Cómo se puede instaurar el reino de Dios solo con la humildad y las palabras? ¿El Evangelio no es demasiado débil para cambiar el mundo, que parece tan fuerte? Estas preguntas, o mejor dicho, estas dudas encuentran una eficaz respuesta en las dos parábolas que pronunció Jesús, la del grano de mostaza y la de la levadura en la masa.

El reino de Dios que Jesús vino a instaurar en la tierra empieza no de manera poderosa y clamorosa, sino como una pequeña semilla, como un puñado de levadura. Evidentemente, es importante que la semilla penetre en la tierra y que la levadura se mezcle con la masa. Pero ambas, la semilla y la levadura, si mantienen su fuerza y su energía, es decir, si no sufren los efectos de nuestra pereza y de nuestro egocentrismo, darán fruto.

El evangelista Lucas -y en este punto se diferencia de los otros dos sinópticos- destaca en la parábola la idea del desarrollo, del crecimiento continuo. La semilla, es decir, la predicación del Evangelio y la práctica del amor, dará lugar a un árbol grande y la levadura fermentará la masa de la sociedad y del mundo. Muchos podrán cobijarse a la sombra del árbol del amor y muchos podrán saciarse con el pan de la misericordia.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 399.

… Estaba encorvada y no podía enderezarse

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Tiempo Ordinario

Lunes de la XXX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 10-17)

Un sábado, estaba Jesús enseñando en una sinagoga.

Había ahí una mujer que llevaba dieciocho años enferma por causa de un espíritu malo.

Estaba encorvada y no podía enderezarse. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad”. Le impuso las manos y, al instante, la mujer se enderezó y empezó a alabar a Dios.

Pero el jefe de la sinagoga, indignado de que Jesús hubiera hecho una curación en sábado, le dijo a la gente: “Hay seis días de la semana en que se puede trabajar; vengan, pues, durante esos días a que los curen y no el sábado”.

Entonces el Señor dijo: “¡Hipócritas! ¿Acaso no desata cada uno de ustedes su buey o su burro del pesebre para llevarlo a abrevar, aunque sea sábado? Y a esta hija de Abraham, a la que Satanás tuvo atada durante dieciocho años, ¿no era bueno desatarla de esa atadura, aun en día de sábado?” Cuando Jesús dijo esto, sus enemigos quedaron en vergüenza; en cambio, la gente se alegraba de todas las maravillas que él hacía. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio nos presenta a Jesús que está enseñando como hacía habitualmente, en una sinagoga. Había entre los presentes una mujer a la que una artrosis deformadora había encorvado sobre sí misma. Ya hacía dieciocho años que vivía de aquel modo doloroso. No podía ni siquiera mirar a la gente a la cara, de tan doblegada como estaba. Y a su vez, nadie bajaba hasta su altura para mirarla a la cara . ¡Y cuántas mujeres hay como aquella, esclavizadas por la violencia y por la opresión! 

Aquella mujer está allí, frente a Jesús. No es capaz de levantar la mirada y tampoco osa pedirle ayuda, como hacen otras mujeres. Pero Jesús, al verla, se conmueve y la llama para que se acerque. Sin pronunciar muchas palabras le dice inmediatamente: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad». 

En esta pequeña escena de Jesús inclinado sobre aquella mujer podemos comprender cuál debe ser la actitud de los creyentes ante los débiles y los enfermos, cuál debe ser nuestra manera de mirarlos. Pero hay algo más que debemos aprender: la fuerza de la palabra que cura. Los creyentes han recibido como un don la fuerza misma de Jesús: las palabras dichas con el corazón, con la misma conmoción de Jesús, son eficaces, hacen erguirse a quien está doblegado, como aquella mujer. Sin embargo, los que presenciaron aquella escena no dejaron que llegara a su corazón lo que habían visto. El jefe de la sinagoga incluso se indignó por aquel milagro. 

Si tenemos el corazón lleno de nosotros mismos y de nuestras convicciones ni siquiera los milagros podrán reblandecer su dureza. Jesús replica las acusaciones del Jefe de la sinagoga con la grandeza de la misericordia que vino a traer sobre la tierra. Si los fariseos, con el corazón endurecido, se escandalizaban, la gente, en cambio, hacía fiesta: «la gente se alegraba con las maravillas que hacía». Dichosos los discípulos que se dejan envolver por el misterio de la misericordia del Señor, porque harán fiesta como la gente de entonces.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 398-399.