Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: septiembre 2021

La vela se pone en un candelero, para que los que entran puedan ver la luz

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Tiempo Ordinario

Lunes de la XXV semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (8, 16-18)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “Nadie enciende una vela y la tapa con alguna vasija o la esconde debajo de la cama, sino que la pone en un candelero, para que los que entren puedan ver la luz. Porque nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público.

Fíjense, pues, si están entendiendo bien, porque al que tiene se le dará más; pero al que no tiene se le quitará aun aquello que cree tener”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús explica el misterio de la Palabra de Dios con el ejemplo de la lámpara. Del mismo modo que la luz de la lámpara no tiene la tarea de iluminarse a ella misma sino todo cuanto le rodea, también la Palabra de Dios debe iluminar a todos los hombres y mujeres. Nadie debe quedar a oscuras, todos tienen derecho a la luz.

Los creyentes están llamados a enseñar a los hombres y a las mujeres de todas las generaciones la luz de Dios. Por eso los cristianos no pueden vivir para sí mismos sino para manifestar a todos los hombres, en todo el mundo, en cualquier época, la luz del Evangelio. Dice Jesús: «Nadie enciende una vela y la tapa con alguna vasija o la esconde debajo de la cama, sino que la pone en un candelero, para que los que entren puedan ver la luz».

Nosotros hemos recibido el Evangelio para mostrarlo a los hombres y mujeres de nuestra ciudad. Cada comunidad, cada creyente, puede compararse con aquella lámpara de la que habla Jesús y que hay que poner en el candelabro para que haga brillar la luz del Evangelio.

Al creyente se le pide que manifieste la Palabra del Señor, y no la suya. Por eso -destaca Jesús- el discípulo está llamado ante todo a acoger la Palabra de Dios en su corazón: «fíjense, pues, si están entendiendo bien». Aquel que no escucha no puede transmitir nada de Dios y se transmite solo a sí mismo. Pero entonces será como una luz apagada y sin vida.

Aquel que deja que la Palabra de Dios forje su corazón tendrá el corazón lleno de sabiduría divina y dará frutos buenos para sí mismo y para los demás. Ese es el sentido de las palabras de Jesús: «al que tiene se le dará más», es decir, aquel que acoge el Evangelio en su corazón recibirá una sabiduría abundante.

Gregorio Magno decía: «las Escrituras crecen con quien las lee», uniendo así el crecimiento interior del discípulo con la asiduidad atenta a las Escrituras. No sucederá lo mismo con quien tiene el corazón cerrado a la Palabra: permanecerá en la oscuridad porque en su interior solo está él mismo y su tristeza.

«Al que tiene se le dará más; pero al que no tiene se le quitará aun aquello que cree tener». Sí, el que no presta atención a la palabra evangélica, sentirá que se cierra cada vez más su corazón y vivirá sin la luz. En cambio, si acogemos la Palabra de Dios en nuestro corazón nos transforma y nos hace hombres y mujeres capaces de ofrecer una luz a quien vive en la oscuridad.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 357-358.

¿De qué discutían por el camino?

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Tiempo Ordinario

Domingo de la XXV semana

Ciclo B

Textos

 Del evangelio según san Marcos (9, 30-37)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaban Galilea, pero él no quería que nadie lo supiera, porque iba enseñando a sus discípulos.

Les decía: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le darán muerte, y tres días después de muerto, resucitará”. Pero ellos no entendían aquellas palabras y tenían miedo de pedir explicaciones.

Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntó: “¿De qué discutían por el camino?” Pero ellos se quedaron callados, porque en el camino habían discutido sobre quién de ellos era el más importante.

Entonces Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.

Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe. Y el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado”. Palabra del Señor.

 

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Mensaje

Este Domingo el evangelio nos presenta el segundo anuncio de la pasión que Jesús hace a sus discípulos. A cada anuncio corresponde una instrucción sobre las exigencias para quienes en verdad quieren seguirlo. Al segundo anunció corresponde la instrucción sobre quién es importante en la comunidad. El discípulo que se identifica con el Señor debe aprender a valorar a los demás como el Maestro le ha enseñado.

El contexto

 El contexto del pasaje que leemos este Domingo es el comportamiento incoherente de los discípulos y la consiguiente dificultad para comprender la enseñanza de Jesús. Por un lado los discípulos incapaces para luchar contra el mal (Mc 9,18) porque les falta una relación más estrecha con el Señor y se incomodan al ver que otros, que no caminan con ellos, expulsan demonios en el nombre de Jesús (Mc 9,38-39). Son incapaces de luchar contra el mal y les molesta que otros lo hagan, a pesar de ello, están preocupados por discutir quien es el mayor, el más importante.

Tampoco comprenden la forma como Jesús realizará su misión incluida su muerte y su resurrección. Ellos se imaginaban a Jesús a su manera. No les gustaba la determinación del Maestro por entregar su vida. Lo que Jesús les anunciaba no coincidía con lo que ellos imaginaban o pensaban, estaban en sintonías distintas.

Jesús hijo del Hombre.

Jesús anuncia su pasión diciendo que el «Hijo del Hombre» debe ser entregado. Es el título que más gusta a Jesús y tiene profundas resonancias en el Antiguo Testamento. Encontramos este título en el  libro de Ezequiel, indicando la condición humana del profeta. En el libro de Daniel. Aparece el mismo título en una visión apocalíptica (Dn 7,1-28) en la que Daniel describe los imperios de los babilonios, medas, persas y griegos, bajo la apariencia de animales monstruosos, inhumanos, que persiguen y matan. En la visión del profeta, después de los reinos inhumanos aparece el Reino de Dios que tiene la apariencia no de un animal sino de una figura humana, de un Hijo de hombre. El Reino de Dios se presenta como un reino humano que humaniza y promueve la vida.

En la profecía de Daniel, la figura del Hijo del Hombre, representa no a un individuo, sino al «pueblo de los santos del altísimo». El pueblo de Dios no puede dejarse engañar, ni manipular por la ideología dominante de los imperios inhumanos que se imponen con la lógica del poder y del sometimiento, con la sinrazón del terror y la violencia que degrada y deshumaniza.

Jesús presentándose como «Hijo de Hombre» asume como suya esta misión que es la misión de todo el pueblo de Dios y es la misión a la que nos asocia invitándonos a despojarnos de cualquier pretensión de poderío. No hay gesto más humano que la capacidad de entregar la vida y ponerse al servicio de la vida.

El anuncio de Jesús es claro: se trata de su pasión y de su resurrección pero los discípulos tenían otras perspectivas; las palabras de Jesús no entran en sus mentes. Para ellos el Mesías tenía que ser glorioso y triunfante, no humillado ni ejecutado. Por este contraste entre el anuncio del Señor y sus expectativas, no reciben el mensaje, se llenan de miedo y prefieren discutir sobre quién, de entre ellos, es el más importante. La incoherencia es clara: siguen a un maestro que no sólo no busca puestos de honor, sino que quiere servir hasta la entrega de la propia vida y ellos aspiran a la grandeza.

La historia se repite. Entre las más grandes incoherencias de los discípulos se encuentra la ambición y la lucha por el poder, de la grandeza y el honor. La instrucción del Señor ante esta tentación es muy clara: «si uno aspira a ser el primero, sea el último y servidor de todos», en la lógica del evangelio la grandeza consiste en servir. En nuestra lógica las cosas funcionan de otra manera cuando asumimos que ser servido es sinónimo de grandeza y honor. En la perspectiva evangélica las cosas son distintas: el que no sirve no es grande, no puede ser el primero.

Jesús nos pide que apreciemos no los honores sino el servicio. Esto supone una revolución en nuestra concepción de las personas y de la sociedad. Para mayor claridad un gesto simbólico. Jesús toma a un niño, lo pone en medio, lo abraza e indica «quien reciba a uno de estos niños en mi nombre, me recibe a mi y quien me recibe a mi, recibe al que me envió» De este modo nos hace comprender que el servicio consiste en acoger a las personas y, sobre todo, a los humildes, a los pequeños, a quienes no tienen relevancia en la sociedad. Acoger a Dios no significa encaminarse a las excelencias y los honores sino encaminarse a los humildes.

 Jesús formador

Jesús aprovecha el camino para formar a sus discípulos. En tiempo de Jesús la relación del discípulo con el maestro se definía por el seguimiento. Los discípulos siguen al maestro y viven con él, todo el tiempo. En esta convivencia con Jesús los discípulos reciben su formación, que lejos de ser la transmisión de verdades era la comunicación de la experiencia de Dios y de la vida.

La formación lleva a las personas a tener una visión distinta, una actitud diversa, una nueva conciencia de sí mismo y de la misión; produce una conversión, un cambio de mentalidad y pone a Jesús como eje, centro, modelo y referencia para la comunidad.

Jesús es una persona significativa que dejará una huella profunda en ellos. Es ejemplar en el modo en que da forma humana a la experiencia que Él mismo tenía de Dios, esta se refleja en su modo de ser y de convivir, de relacionarse con las personas, de guiar al pueblo y de escuchar a los que venían a su encuentro para hablar con Él. En su humanidad, vivida en plenitud, en su entrega en el don de si mismo Jesús se deja conocer:

  • como una persona de paz, que inspira paz y reconciliación.
  • como una persona libre y que libera, que despierta la libertad y la liberación.
  • como una persona de oración, al que vemos orar en todos los momentos importantes de su vida y que despierta en los otros las ganas de rezar.
  • como una persona afectuosa, que provoca respuestas llenas de amor.
  • como una persona acogedora, que está siempre presente en la vida de los discípulos y que los acoge a la vuelta de la misión.
  • como una persona realista y observadora, que despierta la atención de los discípulos.
  • como una persona atenta, preocupada por los discípulos, que cuida hasta de su descanso.
  • como una persona que olvida la propia fatiga y el propio descanso cuando ve que la gente lo busca.
  • como una persona amiga, que comparte todo.
  • como una persona comprensiva, que acepta a los discípulos como son, hasta en su huida, la negación, la traición, sin romper con ellos;.
  • como una persona comprometida, que defiende a sus amigos cuando son criticados por los adversarios.
  • como una persona sabia, que conoce la fragilidad del ser humano.

Si queremos seguir a Jesús tenemos que identificarnos con Él. No lo lograremos con nuestro propio esfuerzo, sino permitiéndole como Maestro que nos de forma, a pesar de nuestras incoherencias y miedos, asociándonos a su entrega en el servicio, particularmente a los más débiles y vulnerables y poniendo de nuestra parte para dar forma humana a nuestra experiencia de Dios para que en nuestros gestos más sencillos se deje sentir su presencia humanizadora y dignificante.

Lo que cayó en tierra buena representa a los que escuchan la palabra y la conservan en su corazón.

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Tiempo Ordinario

Textos

† Del evangelio según san Lucas (8, 4-15)

En aquel tiempo, mucha gente se había reunido alrededor de Jesús, y al ir pasando por los pueblos, otros más se le unían.

Entonces les dijo esta parábola: “Salió un sembrador a sembrar su semilla. Al ir sembrando, unos granos cayeron en el camino, la gente los pisó y los pájaros se los comieron. Otros cayeron en terreno pedregoso, y al brotar, se secaron por falta de humedad.

Otros cayeron entre espinos, y al crecer éstos, los ahogaron. Los demás cayeron en tierra buena, crecieron y produjeron el ciento por uno”. Dicho esto, exclamó: “El que tenga oídos para oír, que oiga”.

Entonces le preguntaron los discípulos: “¿Qué significa esta parábola?” Y él les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer claramente los secretos del Reino de Dios; en cambio, a los demás, sólo en parábolas para que viendo no vean y oyendo no entiendan.

La parábola significa esto: la semilla es la palabra de Dios; Lo que cayó en el camino representa a los que escuchan la palabra, pero luego viene el diablo y se la lleva de sus corazones, para que no crean ni se salven. Lo que cayó en terreno pedregoso representa a los que, al escuchar la palabra, la reciben con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba, fallan. Lo que cayó entre espinos representa a los que escuchan la palabra, pero con los afanes, riquezas y placeres de la vida, se van ahogando y no dan fruto.

Lo que cayó en tierra buena representa a los que escuchan la palabra, la conservan en un corazón bueno y bien dispuesto, y dan fruto por su constancia”. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

Las parábolas necesitan que alguien las explique porque hace falta el «espíritu» de Jesús para ir a lo más profundo y unir aquellas palabras con la vida. La primera observación que destaca en esta parábola, no obstante, no hace referencia al oyente sino al sembrador. Este se presenta extraordinariamente generoso al tirar la semilla ( que es la Palabra de Dios): el sembrador, la tira por todas partes, incluso en el camino, entre las piedras, esperando que pueda encontrar un trozo de tierra donde arraigar y crecer. 

Para Jesús, primer sembrador, no hay ningún terreno que no sea apto para recibir el Evangelio. Y el terreno es la vida, o mejor dicho, el corazón de cada hombre y de cada mujer, independientemente de su cultura y su situación. Aunque encuentre corazones duros como piedras o terrenos refractarios a sembradores, Jesús continúa sembrando con la esperanza de que tarde o temprano aquella semilla caiga en alguna rendija y dé fruto. 

A pesar de todo, la parábola no quiere clasificar a los hombres en varios terrenos, de manera que unos serían terreno bueno y otros terreno malo. Eso puede suceder, sin duda, pero depende de las decisiones que tome cada uno. Nadie es bueno o malo por naturaleza. Cada hombre ha recibido la libertad como un don. Es la decisión que a menudo tomamos nosotros de ser en algunas ocasiones terreno bueno, en otras ocasiones terreno menos bueno y en otras, refractarios a escuchar. 

Si miramos nuestra vida vemos que a veces nuestro corazón es como un terreno pedregoso, otras veces está lleno de abrojos, otras dejamos que nuestros quehaceres nos desborden y otras veces somos terreno bueno. El Señor, con esta parábola, nos invita a abrir nuestro corazón para acoger la Palabra de Dios y cuidarlo con perseverancia. 

Él continuará saliendo de buena mañana para sembrar el Evangelio en nuestro corazón, como sucede, por ejemplo, con quien escucha cada día las Escrituras y nos pedirá a cada uno de nosotros que, junto a Él, seamos sembradores de la semilla buena del Evangelio para que sea sembrado hasta los extremos de la tierra y lleve por todas partes frutos de paz y de amor.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 354-355.