Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: septiembre 2021

Rueguen al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos

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 Tiempo Ordinario

Jueves de la XXVI semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (10, 1-12)

En aquel tiempo, designó el Señor a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Cuando entren en una casa, digan: ‘Que la paz reine en esta casa’.

Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes se cumplirá; si no, no se cumplirá. Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’.

Pero si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y digan: ‘Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes. De todos modos, sepan que el Reino de Dios está cerca’.

Yo les digo que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La decisión de enviar a 72 discípulos-ese era el número de naciones que entonces se pensaba que había en la tierra- quiere indicar que desde la pequeña Galilea el horizonte de Jesús ya abarcaba todas las naciones, todos los pueblos. El Evangelio no excluye a nadie.

Ya en los primeros pasos de este viaje hacia Jerusalén se pone de manifiesto el alcance universal. Y también en Jerusalén la Iglesia da sus primeros pasos hacia todos los pueblos, como sucedió en Pentecostés cuando todos los presentes «les oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios».

Jesús mira a las muchedumbres de las periferias de las grandes ciudades y les dice a los discípulos: «La cosecha es mucha y los trabajadores pocos». Es la invitación a vivir una renovada misión. Ir por las ciudades «de dos en dos», bajo el signo del amor, transforma a los discípulos en hermanos y hermanas universales que saben asumir como propias las alegrías, las esperanzas, las angustias y los dolores del pueblo que vive en aquellas ciudades.

Jesús no oculta a los setenta y dos los problemas que encontrarán: «pónganse en camino; los envío como corderos en medio de lobos». Y no es tarea fácil que un «cordero» haga cambiar de vida a un «lobo»; no es fácil derrotar el individualismo y el interés por uno mismo; del mismo modo que no es fácil vencer el miedo que parece seducir cada vez más a las ciudades de nuestra época; no es sencillo derrotar a los ídolos de la arrogancia, de la competencia, de la fuerza y de los intereses individuales; para afirmar el dominio de Dios.

Es fácil caer en la tentación de armarse con atuendos adecuados, con armas adecuadas, con estrategias adecuadas. En realidad, la única fuerza es el Señor y el amor mutuo. Es una «fuerza débil» que resulta ser la única que puede cambiar el mundo; además ha sido la única cosa que ha cambiado nuestro corazón.

Y, como en un retorno ideal de la misión, también nosotros podemos decir llenos de alegría: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Y Jesús puede repetir en voz alta: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Miren, les he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones, así como cualquier demostración de fuerza del enemigo: nada os podrá hacer daño».

Hagamos nuestra esta alegría del Señor, sigamos recorriendo «de dos en dos» los caminos de las periferias del mundo y alegrémonos porque nuestros nombres están escritos en el cielo de Dios.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 239-240.

Verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre

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29 de septiembre

Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

Textos

 Del evangelio según san Juan (1, 47-51)

En aquel tiempo, cuando Jesús vio que Natanael se acercaba, dijo: “Este es un verdadero israelita en el que no hay doblez”. Natanael le preguntó: “¿De dónde me conoces?” Jesús le respondió: “Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera”. Respondió Natanael: “Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”. Jesús le contestó: “Tú crees, porque te he dicho que te vi debajo de la higuera. Mayores cosas has de ver”. Después añadió: “Yo les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La liturgia hoy recuerda a los santos arcángeles : Gabriel, Rafael y Miguel. Sus nombres indican su misión. 

Miguel significa: «¿Quién es como Dios ?». Es un nombre que indica su poder de recordar a los hombres la grandeza de Dios, contra el orgullo de quien quiere ponerse en el lugar de Dios. En la tradición de la Biblia él lucha contra el diablo, el príncipe de la división que con el orgullo quiere separar siempre al hombre de Dios. 

Gabriel significa: «Anuncio de Dios». Es el ángel que anuncia lo que hará el Señor. Encontramos a este ángel en el libro de Daniel y en el Evangelio de Lucas. Él es quien lleva la alegre noticia a Zacarías en el templo de Jerusalén y a la Virgen María en Nazaret. 

Rafael significa: «Medicina de Dios». Él es el protagonista del libro de Tobías. Guía a Tobías por caminos impracticables y dificiles. Acompaña y cura su vida y la de sus seres queridos.

En la tradición bíblica los ángeles, como resume la Carta a los hebreos, son «espíritus servidores, con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación» (1, 14). A ellos Dios les confia la tarea de transmitir su voluntad. Es cierto que Pablo recuerda que hay «un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús» (1 T im 2, 5), pero las Iglesias dan fe del papel que estos mensajeros de Dios han tenido en la historia de la salvación. En cualquier caso nos aseguran la constante presencia de Dios a nuestro lado. Ellos, además, celebran ante Dios en el cielo una liturgia celestial ininterrumpid a a la que los¡ creyentes se unen cada vez que se celebra la misa proclamando a Dios tres veces Santo.

Y Jesús, con las palabras que le dice a Natanael, hoy nos revela una gran verdad. Él es realmente el único mediador entre Dios y los hombres, él ha abierto el cielo de una vez para siempre. A través de él los ángeles bajan para llevar los dones celestes a los hombres. También a través de él los ángeles suben al cielo para presentarle a nuestro Padre celestial toda súplica de gracia, de bendición y de salvación. Ellos están misteriosamente presentes y son misteriosamente eficaces en la oración que cada día dirigimos al Señor.

«Verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre». Los ángeles son, pues, ministros del Señor Jesús. Ministros de su gracia, de su verdad y de su gloria. Ministros de su amor por los hombres. Ministros de consolación. Ministros que están llamados a acompañar al hombre en su camino hasta el Cielo. Ellos muestran con su «subir y bajar» la constante presencia del Señor en nuestra vida. Está fuera de lugar, pues, aquel miedo que puede nacer en los creyentes ante la casualidad o ante las fuerzas oscuras de la naturaleza. El Señor no nos abandona. Él nos rodea con sus ángeles para que nada pueda apartarnos de Él Y dejamos a merced de las fuerzas del mal.


[1] V. Paglia, La palabra de Dios cada día, 2017, 421-422

Los samaritanos no quisieron recibirlo, porque supieron que iba a Jerusalén.

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Tiempo Ordinario

Martes de la XXVI semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 51-56)

Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén. Envió mensajeros por delante y ellos fueron a una aldea de Samaria para conseguirle alojamiento; pero los samaritanos no quisieron recibirlo, porque supieron que iba a Jerusalén.

Ante esta negativa, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: “Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?” Pero Jesús se volvió hacia ellos y los reprendió. Después se fueron a otra aldea. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Con este pasaje Lucas empieza el viaje de Jesús con los discípulos hacia Jerusalén. Jesús sabía que el Evangelio -aun a costa de su vida- debía ser predicado en Jerusalén, esto es, en el corazón político y religioso del pueblo de Israel.

Los discípulos querían detenerlo, pero Jesús «tomó la firme determinación». No se quedó en los lugares que para él eran habituales y seguros, a salvo de la violencia de los enemigos. En definitiva, no quiso ceder a la tentación de la tranquilidad de su entorno habitual, como sí hacemos a menudo muchos de nosotros, que tal vez nos amparamos en la excusa de nuestras limitaciones, de nuestra diócesis, de nuestra parroquia, de nuestros barrios, etcétera.

El papa Francisco repite que el Evangelio debe ir por las calles y recorrer las periferias humanas y de la existencia. Allí está su destino, porque allí es donde debe llevar liberación y alivio.

Desde el inicio de su predicación, es más, desde el inicio de su misma vida -solo hay que recordar la violencia homicida que Herodes, en su afán por acabar con el rey de Israel profetizado, descargó en el episodio de la matanza de los niños inocentes-, Jesús encuentra hostilidad y rechazo, pero nada le detiene. La obediencia al Padre y la urgencia de comunicar el Evangelio del amor tienen el primado absoluto en su vida. Por eso con decisión, es decir, obedeciendo gustosamente y con radicalidad a Dios, sale hacia Jerusalén.

El evangelista indica que envió delante de él a algunos discípulos con el encargo de «conseguirle alojamiento». La primera etapa era un pueblo de Samaria. Al llegar al pueblo los discípulos se encuentran frente a un claro rechazo por parte de los samaritanos del lugar. Era tanta su hostilidad hacia la capital judía que no querían que fueran hacia Jerusalén. Santiago y Juan -enojados con razón- querrían exterminar todo el pueblo. Pero Jesús contesta con el amor ante la frialdad de aquellos que no quieren acogerle y reprocha duramente -según el evangelista Lucas- el «celo» violento de los dos discípulos.

Una vez más se ve con claridad la visión evangélica de la vida que Jesús nos propone: para él no hay enemigos contra los que luchar o a los que destruir, sino únicamente personas a las que amar para que sean fraternas. Y los discípulos están llamados a continuar su misión de preparar los corazones de los hombres para acoger al Señor, sabiendo que Él no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 366-367.