Ecos de la Palabra

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Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas…

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Tiempo Ordinario

Miércoles de la XXI semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (23, 27-32)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los escribas y fariseos: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque son semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre! Así también ustedes: por fuera parecen justos, pero por dentro están llenos de hipocresía y de maldad.

¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque les construyen sepulcros a los profetas y adornan las tumbas de los justos, y dicen: ‘Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, nosotros no habríamos sido cómplices de ellos en el asesinato de los profetas’! Con esto ustedes están reconociendo que son hijos de los asesinos de los profetas.

¡Terminen, pues, de hacer lo que sus padres comenzaron!” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Con estos dos últimos «¡Ay de ustedes!», el sexto y el séptimo, termina la invectiva de Jesús contra los escribas y los fariseos. Los compara con sepulcros blanqueados por fuera mientras que por dentro «están llenos de huesos y podredumbre». Con la imagen del sepulcreo blanqueado, Jesús denuncia la hipocresía que deja prosperar la corrupción interior, a la que Mateo denomina «inmundicia». 

El espíritu farisaico lleva a ser escrupuloso en las prácticas externas, en los ritos, en las tradiciones, pero con el corazón sin compasión ni misericordia. El hipócrita está lejos de Dios. Y es evidente el contraste entre una exagerada observancia de la ley ritual y un total descuido de los deberes morales y solidarios que deben caracterizar la vida del creyente. 

Es una advertencia para todos, no solo para los fariseos. El séptimo «Ay de ustedes» se refiere a la veneración de los profetas y los justos que escribas y fariseos manifiestan construyéndoles sepulcros y monumentos. En realidad, aquellos profetas fueron asesinados por quienes se comportaban del mismo modo que los fariseos. En ese sentido son hijos de sus padres: con su comportamiento dan muerte a la profecía. El motivo de su condena no es que honren las tumbas sino que imiten a aquellos que dieron muerte a los profetas. 

El evangelista advierte a los cristianos de que, si dejan crecer un espíritu farisaico que centra su atención en aspectos exteriores, organizativos, en definitiva, superficiales, olvidando así el corazón de la fe, eliminan la profecía en la Iglesia e impiden que el Evangelio del amor llegue hasta el corazón de los hombres. Y una vez más llevan a Jesús a morir fuera de la ciudad, fuera de Jerusalén.


[1] V. Paglia, Comunidad de Sant’Egidio., La palabra de Dios cada día. 2021, 344-345.

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