Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Dichosos los pobres de espíritu…

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Lunes de la X semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (5, 1-12)

En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos.

Enseguida comenzó a enseñarles, hablándoles así “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

A partir de hoy en la liturgia de la Iglesia camnaremos de la mano del evangelista san Mateo. Lleremos su evangelio día con día, excepto los domingos, desde hoy hasta finales del mes de agosto.

El primer texto que consideramos es el de las «bienaventuranzas» que abren el conocido discurso de la montaña. Jesús quiere mostrar a aquella muchedumbre el camino de la felicidad; su camino, que no es el camino de los fariseos y de una religiosidad hecha de normas pero sin corazón. 

Los creyentes de Israel ya se habían acostumbrado a la noción de bienaventuranza gracias a los salmos que cantan: «Dichoso será el hombre que pone en el Señor su confianza», «dichoso el que cuida del débil», «dichoso quien confía en ti». Esa es la bienaventuranza del creyente de Israel.

Jesús, siguiendo en esta línea, afirma que son bienaventurados los hombres y las mujeres pobres de espíritu, es decir, los humildes -los que confían en Dios y no en las riquezas-. Y también lo son los misericordiosos, los afligidos, los mansos, los que tienen hambre de justicia, los puros de corazón, los perseguidos a causa de la justicia y los que son insultados y perseguidos a causa de su nombre. 

Nadie había dicho jamás palabras como aquellas. Era la primera vez que resonaban en aquel monte de Galilea. A nosotros, que las escuchamos hoy, pueden parecernos lejanas y totalmente irreales. Admitimos que son preciosas, pero es imposible ponerlas en práctica. Para Jesús no es así. Él quiere para nosotros una felicidad verdadera, plena, duradera. A nosotros normalmente nos interesa vivir un poco mejor, estar solo un poco más tranquilos. 

Hay quien habla de un mundo de «pasiones tristes». Y precisamente por distanciarse de la cultura mayoritaria, esta página de las Bienaventuranzas es un verdadero Evangelio, una verdadera «buena noticia». Las bienaventuranzas nos salvan de una vida cada vez más banal y nos llevan hacia una vida llena de sentido, una alegría mucho más profunda de cuanto podemos imaginar. 

Las bienaventuranzas no son demasiado elevadas para nosotros, del mismo modo que no lo eran para aquella muchedumbre que las escuchó por primera vez. Tienen un rostro humano: el rostro de Jesús. Él es el hombre de las bienaventuranzas, el hombre pobre, el hombre manso y hambriento de justicia, el hombre apasionado y misericordioso, el hombre perseguido y asesinado. Mirémoslo y sigámoslo, y así seremos bienaventurados también nosotros.

[1] Paglia, Vincenzo. La Palabra de Dios cada día – Comunidad de Sant’Egidio. Edición de 2021, pp. 250-251.

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