Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: junio 2021

Los endemoniados le gritaron a Jesús: “¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios?

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Tiempo Ordinario

Miércoles de la XIII semana

Textos

+ Del evangelio según san Mateo (8, 28-34)

En aquel tiempo, cuando Jesús desembarcó en la otra orilla del lago, en tierra de los gadarenos, dos endemoniados salieron de entre los sepulcros y fueron a su encuentro.

Eran tan feroces, que nadie se atrevía a pasar por aquel camino. Los endemoniados le gritaron a Jesús: “¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Acaso has venido hasta aquí para atormentarnos antes del tiempo señalado?” No lejos de ahí había una numerosa piara de cerdos que estaban comiendo.

Los demonios le suplicaron a Jesús: “Si vienes a echarnos fuera, mándanos entrar en esos cerdos”. El les respondió: “Está bien”.

Entonces los demonios salieron de los hombres, se metieron en los cerdos y toda la piara se precipitó en el lago por un despeñadero y los cerdos se ahogaron.

Los que cuidaban los cerdos huyeron hacia la ciudad a dar parte de todos aquellos acontecimientos y de lo sucedido a los endemoniados.

Entonces salió toda la gente de la ciudad al encuentro de Jesús, y al verlo, le suplicaron que se fuera de su territorio. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La orilla oriental del mar de Galilea, a la que llega Jesús, limita con la región semipagana de las diez ciudades, conocida como Decápolis; una de esas ciudades es Garlara, pequeña localidad situada en una zona llena de cuevas.

Dos personas que no son dueñas de sus actos salen de una de aquellas cuevas y corren hacia Jesús. Puede parecer extraño, pero nuestras ciudades y pueblos se parecen a un conjunto de cuevas, oscuras, habitadas por hombres aislados, incapaces de dialogar, de encontrarse con los demás, de relacionarse.

No conocemos la historia de aquellos dos hombres. Jesús no los juzga y no tiene miedo de ellos, al contrario de los hombres, que con su actitud agudizan la penosa y violenta situación en la que viven aquellos que no son dueños de sus actos. ¡Cuántos espíritus de soledad y de división se convierten en auténticas patologías! Pensemos en el rencor que se transforma en odio; en la maledicencia, que siempre siembra división y nos hace mudos y sordos. La vida acaba siendo como aquellos desiertos espirituales y humanos en los que los hombres son incapaces de pensar en un futuro común.

Los dos hombres agreden a Jesús: «¿Qué tenemos nosotros contigo? », «¿Qué tienes tú que ver con nuestra vida?». El maestro sabe reconocer qué piden en realidad aquellos dos, entiende que están pidiendo ser liberados, aunque lo expresan de manera negativa. Jesús quiere que cada persona sea dueña de su vida y tiene el poder de expulsar los numerosos espíritus de división, realmente inmundos porque ofuscan nuestra humanidad y belleza. Los habitantes de la ciudad quedan atónitos por lo sucedido y, puesto que la piara tenía un elevado valor, invitan a Jesús a alejarse de aquel territorio.

Frente a los cambios que hay que hacer para disfrutar de una vida más digna -tal vez ese es el significado de la muerte de la piara de cerdos-, los hombres prefieren continuar la vida de siempre y sobre todo conservar sus cosas. El consumismo hace que muchas veces sea más importante poseer cosas que las personas; tener dinero, que hacer que quien había perdido el control de su vida lo recupere. Jesús dio a sus discípulos el poder de expulsar los espíritus de soledad del corazón de los hombres.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 268-269.

Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia

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29 de Junio 

Santos Pedro y Pablo, Apóstoles

Textos

† Del evangelio según san Mateo (16, 13-19)

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.

Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy celebramos la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, columnas fundamentales de la Iglesia, cuyo martirio nos lleva a la contemplación del misterio de la Iglesia.

Una antiquísima tradición asocia a Pedro y a Pablo; por distintos caminos, ambos partieron de Jerusalén y llegaron a Roma, capital del Imperio que en ese momento era la potencia mundial. Se trasladaron a Roma para animar a las comunidades que en ese lugar daban testimonio de Cristo. Allí evangelizaron y sellaron su ministerio apostólico.

Pedro y Pablo son dos tipos distintos.

Pedro caminó con Jesús de Nazaret recorriendo Galilea, lo siguió con generosidad, asumió el liderazgo entre sus compañeros, vivió un proceso de discipulado con momentos álgidos por su carácter obstinado. Acompañó al Maestro hasta el fin, o mejor, casi hasta el fin, cuando su debilidad lo llevó a negarlo; pero su fidelidad fue finalmente la del amor primero de Jesús, porque la mirada misericordiosa del Señor le llegó bien hondo y lo llamó de nuevo.

Pablo, a diferencia de Pedro, no caminó con Jesús, ni escuchó sus parábolas, ni compartió́ con él la Cena. Más bien -a pesar de que escuchó hablar de él- lo que hizo fue combatir a los cristianos que propagaban su memoria y afirmaban su resurrección. También él experimentó la misericordia de Jesús Resucitado, que lo llamó en el camino de Damasco transformándolo en infatigable apóstol que abrió muchos y diversos caminos al evangelio y formó muchas de las comunidades que todavía hoy siguen inspirando las nuestras.

El entendimiento entre ellos no fue fácil. Ambos tuvieron que aprender los caminos de la “comunión”, que es núcleo del evangelio. Pablo cuenta con alegría como en la visita a Jerusalén Pedro, Santiago y Juan “nos tendieron la mano en señal de comunión” (Gál 2,9) pero también como luego tuvo que reprenderlo: “al ver que no procedía con rectitud, según la verdad del Evangelio.» (Gál 2,11-14).

La celebración de los santos apóstoles Pedro y pablo no es secundaria. Cada uno de ellos, con su propio carisma, de Jerusalén a Roma, siguieron el camino de la Palabra, para que la Buena Noticia de Jesús muerto y resucitado pudiera ser escuchada por todos, y para que con su enseñanza la vida en Jesús resucitado tomara forma en los nuevos ambientes en los que penetraba el Evangelio. Su ministerio amasó el pan de la Iglesia con la levadura del Evangelio.

Pedro dice quién es Jesús

El texto del evangelio que se proclama este día se centra en la persona de Pedro; después de escuchar lo que la gente dice acerca de él, Jesús pregunta a los discípulos ellos que es lo que dicen, es entonces cuando Simón le responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”

En esta confesión de fe, el apóstol articula la doble relación que identifica a Jesús. Primero, su relación con el pueblo; Jesús es el Cristo, el Mesías, el único, el último el definitivo rey y pastor del pueblo, que vino al mundo, enviado por Dios para dar a su pueblo y a la humanidad entera la plenitud de la vida. Segundo, su relación con Dios; Jesús es Hijo: vive una relación única, singular con Dios, caracterizada por el conocimiento recíproco, la igualdad y la comunión de amor.

En la confesión de fe, Simón revela a Dios como «viviente», con lo que nos dice que se trata del único Dios, el verdadero y real, que es vida en si mismo, que ha creado todo y que tiene el poder de vencer a la muerte.

Jesús dice quién es Pedro

Después de que el apóstol ha hecho la confesión de fe, Jesús, le dirige unas hermosas palabras, que describen su identidad. Primero, Jesús se dirige a él con nombre y apellido: «Simón hijo de Jonás», con ello indica la realidad humana de Simón, su origen y su historia. Segundo. Jesús revela que la confesión de fe, no es obra de la inteligencia de Simón, sino que el Padre quien le ha dado ese conocimiento. Tercero, Jesús le pone un nuevo nombre: “Tú eres Pedro», indicando que para Simón comienza una nueva vida. Cuarto, Jesús da a Pedro una nueva tarea, una nueva responsabilidad, que se sintetiza en tres símbolos:

El primer símbolo es la Roca. Pedro es la Roca sobre la Jesús edificará su Iglesia. La Iglesia es presentada como la comunidad de los que expresan la misma confesión del Pedro; éste, por su parte, tendrá la tarea de darle consistencia y firmeza a la comunidad de fe; al ministerio de Pedro, Jesús corresponde dotando a la comunidad de duración perenne y solidez.

El segundo símbolo es el de las llaves. Este símbolo no indica que Pedro sea el portero del cielo, sino el administrador, que representa al dueño de la casa ente los demás y que actúa por delegación suya.

El tercer símbolo es una tarea: atar y desatar: es una imagen que indica la autoridad de su enseñanza. Pedro debe decir qué se permite y qué no en la comunidad; él tiene la tarea de acoger o excluir de ella. El punto de referencia de su enseñanza es la misma doctrina de Jesús; por ejemplo, en el Sermón de la Montaña Jesús ya ha establecido cuál es el comportamiento necesario para entrar en el cielo (ver 5,20; 7,21). Por esto, aunque su referencia constante es la Palabra de Jesús, la enseñanza de Pedro tiene valor vinculante.

Jesús es el Señor de la Iglesia, es su Pastor, y nunca la abandona, por ello le da una guía con autoridad. Quien edifica la Iglesia es Jesús, Él es el fundamento, la piedra angular; a Pedro corresponde hacer visible este fundamento y esta piedra, siendo signo de unidad y de comunión entre todos los discípulos que confiesan la misma fe.

[1] F. Oñoro, Un testimonio firmado con la propia sangre. Lectio Divina de Mateo 16, 13-19. CEBIPAL/CELAM:

Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo, nidos

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Tiempo Ordinario

Lunes de la XIII semana 

Textos

† Del evangelio según san Mateo (8, 18-22)

En aquel tiempo, al ver Jesús que la multitud lo rodeaba, les ordenó a sus discípulos que cruzaran el lago hacia la orilla de enfrente.

En ese momento se le acercó un escriba y le dijo: “Maestro, te seguiré a donde quiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en donde reclinar la cabeza”.

Otro discípulo le dijo: “Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre”. Pero Jesús le respondió: “Tú, sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Muchas veces leemos en los evangelios que la gente se acerca a Jesús llevando pobres, enfermos y endemoniados para que los cure. Jesús acoge, mira conmovido a la muchedumbre y sabe distinguir en ella las historias de cada uno. Jesús deja que nuestra humanidad se acerque a él, pero para cambiarla. Es un verdadero maestro, un amigo que, precisamente porque nos ama, nos ayuda a ser distintos. 

A menudo queremos reducir a Jesús a una de las muchas experiencias que deben aseguramos el bienestar. Se le acerca un escriba que lo llama respetuosamente con el título de «maestro» y le manifiesta su disponibilidad a seguirlo. Tal vez piensa que es suficiente seguirlo a una cierta distancia, aprender algunas nociones y formar parte de un grupo respetable. 

Aquel escriba se parece a una semilla que cae allí donde no hay tierra, es decir, donde no hay corazón. Sin raíces la semilla se quema pronto por el sol de las adversidades y se pierde, se convierte en una de tantas ilusiones. Jesús quiere que la semilla dé fruto, contesta diciendo que seguirlo significa vivir como él, es decir, no tener ni casa ni lugar donde reposar, porque la vida es para gastarla para los demás. 

Jesús no vino a la tierra para ofrecer garantías y seguridad para los suyos. El cristiano es siempre un misionero, un hombre que sale de sí mismo para encontrar su salvación. El discípulo está llamado a alimentar y cultivar pasión e interés por el mundo y por las necesidades de la Iglesia extendida por toda la tierra. 

Con esa misma radicalidad, Jesús le contesta al discípulo que le pide ir a enterrar a su padre antes de seguirlo. La respuesta de Jesús es paradójica. No es alguien despiadado y sin corazón. No se trata, de hecho, de una cuestión de dureza en el comportamiento, sino más bien de la absoluta prioridad de optar por el Señor. Si no lo dejamos todo no comprendemos el amor del Señor. Y solo por amor uno lo deja todo.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 266-267.