Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: mayo 2021

Entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel.

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31 de mayo 

La Visitación de la Virgen María

Textos

† Del evangelio según san Lucas (1, 39-56)

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno. Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.

Entonces dijo María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava.

Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen. Ha hecho sentir el poder de su brazo: dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada.

Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia, para siempre”.

María permaneció con Isabel unos tres meses, y se volvió a su casa. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelio de hoy nos coloca ante dos cánticos inspirados que provienen respectivamente de dos mujeres, Isabel y María.

El cántico de Isabel

En sus palabras de felicitación, Isabel deja entender que hay una gloria de María que podemos ver con nuestros ojos sobre la tierra: Ella es la “Bendita entre todas las mujeres”, es la “Madre del Señor”, es la mujer “feliz”.  Y esta gloria brotó de la obra de Dios acogida en la buena tierra de su fe: “¡Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor!” (1,45).

María alcanza esta “bienaventuranza” por el camino doloroso de la fe sostenida por la Palabra, así llega a la meta cierta que Isabel llama la “felicidad”, la plenitud de vida en el Señor.

Pero si es grande la gloria de María sobre la tierra, mayor es su gloria en el cielo. Como se ve en el texto, María no se quedó con la felicitación sino que enseguida la orientó hacia la alabanza de Dios. Por eso elevemos la mirada junto con María para cantar su Magníficat.

El Cántico de María

María acoge la bendición y la bienaventuranza que provienen de Isabel, no en su ego sino en el terreno fecundo de su corazón orante e improvisa un canto festivo, de alabanza, de exultación a Aquel que en ella ha hecho cosas verdaderamente maravillosas, cosas grandes.

En la medida en que se desarrolla su oración vemos cómo se va expresando la conciencia que tiene de la “gloria” que la habita y, al interior de su experiencia personal, de la gloria de Dios que quiere habitar a toda la humanidad. María hace de su cántico una escuela de alabanza y de compromiso en la cual también nosotros redescubrimos nuestra  sublime vocación.

Alabar y agradecer junto con María

Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador

María ama a Dios con un amor grande y lo “glorifica”, es decir, quisiera que fuera reconocida y proclamada con la mayor intensidad posible su grandeza, porque Dios la ha llenado de su gracia y se ha inclinado hacia su humildad.

Lo hace “exultando de alegría”, esto es, cantando, danzando, alabando a Dios con todas sus fuerzas como su Señor y Salvador; canta en nombre de la humanidad con la voz de sus humildes que comprendieron que el “temor” agencia siempre la “misericordia” divina por por los caminos del pueblo en el cual Dios hace justicia.

El Magníficat es un cántico personal y al mismo tiempo es universal, cósmico. Es el cántico de todos los salvados que han creído en el cumplimiento de las promesas de Dios, o mejor, es el himno de todos los que se reconocen hijos del Padre.

 Profetizar el mundo nuevo junto con María

Qué fuertes se sienten hoy las palabras: “Exaltó a los humildes”.

La felicidad de María no es algo que se reserva para sí misma, es el preludio del gozo de la humanidad entera que se descubre transformada por la misericordia de Dios.

María ora a la manera de los grandes profetas, sólo que no lo hace con verbos en futuro sino en pasado: es tan grande su certeza en la misericordia de Dios que se expresa como si ya todo hubiera sucedido. Como los grandes profetas ella infunde esperanza portando en su corazón orante el mundo nuevo que se inaugura en la persona de Jesús.

Sorprende ver que no ignora los sufrimientos de la historia. De hecho, a ella le tocó vivir algunos de los días más oscuros y más negros de la historia humana. Con todo, con su finura espiritual tomó conciencia que aún en aquellos días Dios estaba muy cerca del sufrimiento de su pueblo, que le importaban nuestros dolores, que entraba bien dentro de nuestras llagas para confortarnos y para hacer de cada momento doloroso una posibilidad para ejercitar la solidaridad y el amor, para sacar del mal bien, para hacer de la cruz una resurrección.

Por eso, hay que leer la historia no solo desde su lado oscuro sino también desde su reverso, allí donde está oculto Dios, para que descubramos todos los gestos de amor que no tienen publicidad, a los que no se les hace prensa ni televisión, todos los gestos de amor de Dios y también de personas maravillosas que viven en este mundo que ante los desafíos de la vida irradian lo mejor que llevan dentro, su amor, su bondad, su deseo de construir la paz en todas las cosas.

[1] F. Oñoro. Lectio Divina Lucas 1. 39-56, CEBIPAL/CELAM.

Bauticen a los pueblos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

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Domingo después de Pentecostés

Santísima Trinidad

Evangelio

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (28, 16-20)

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado.

Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.

Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. Palabra del Señor. 

Mensaje

El Domingo que sigue a Pentecostés celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad. Podríamos decir que es la fiesta del Misterio de Dios que, como dijera Rudolf Otto, es un misterio tremendo y fascinante.

La Palabra Santa nos deja conocer la intimidad de Dios que no es un monolito sino una comunidad de personas. El texto evangélico que hoy leemos es el único lugar del Nuevo Testamento que presenta juntos los tres nombres que conforman esta comunión de amor: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Todos los cristianos hemos sido bautizados en el nombre de estas tres divinas personas, es decir, hemos sido llamados a vivir inmersos en el misterio de Dios. El bautismo nos inserta en la vida íntima de la Trinidad y nos hace pertenecer a la familia divina al ponernos en relación con el Padre que nos engendra a una vida nueva; con el Hijo que nos salva y con el Espíritu Santo que nos comunica la vida divina.

El final del evangelio de Mateo que hoy escuchamos nos ayuda a entender el sentido de la encarnación. El Hijo de Dios se hizo hombre para revelarnos el amor del Padre y para comunicarnos el Espíritu Santo. La encarnación y la redención no tienen otra finalidad que la de incorporarnos a la vida íntima de Dios, que es una vida de amor, de un amor tan intenso que hace que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sean un solo Dios: «no una sola Persona, sino tres Personas en una sola naturaleza»

Para los creyentes cristianos es de capital importancia saber que Dios es Uno y Trino; pero más importante todavía es vivir en comunión con las Personas divinas. Dios ha revelado su intimidad. La razón humana puede llegar y reconocer la existencia del Dios pero no alcanza ni siquiera a imaginarse su intimidad; el mismo Dios, con una iniciativa de amor, nos permite acercarnos a ella. A través del don del Espíritu que recibimos de Jesucristo es que podemos clamar «Abba, Padre» introduciéndonos en una relación filial y fraterna en el dinamismo del amor.

En virtud de esta relación amorosa, filial y fraterna, no nos acercamos a Dios con temor ni con la sumisión de los esclavos, porque «no hemos recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor» Dios en su gran generosidad no introduce en su vida íntima, en su vida de familia, que implica una relación filial con él y nos hace hermanos en Cristo. Esta manera de relacionarnos con Dios es obra del Espíritu Santo.

La participación en la vida íntima de Dios ha sido posible por el misterio de la Encarnación y de la Redención llevada a cabo por Jesús en su pasión, muerte y resurrección. Al injertarnos en Cristo por el Bautismo, recibimos el don del Espíritu que nos permite llamar Padre a Dios y que como hijos, nos pide la misma obediencia de Jesucristo, la de presentarle a Dios el único sacrificio que le es agradable: la ofrenda de nuestra propia vida realizada y consumida en el amor que  a su vez verifica que nuestra comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es auténtica.

De aquí derivan algunas exigencias pues el amor auténtico implica todas nuestras capacidades humanas. El amor de Dios es como un fuego que purifica en nosotros la escoria del egoísmo para que con nuestro amor purificado seamos plenamente imagen y semejanza de Dios, capaces de hacerlo presente en el mundo.

¿Con qué autoridad haces todo esto?

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Tiempo Ordinario

Sábado de la VIII semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (11, 27-33)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron de nuevo a Jerusalén, y mientras Jesús caminaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le preguntaron: “¿Con qué autoridad haces todo esto? ¿Quién te ha dado autoridad para actuar así?” Jesús les respondió: “Les voy a hacer una pregunta. Si me la contestan, yo les diré con qué autoridad hago todo esto. El bautismo de Juan, ¿era cosa de Dios o de los hombres? Contéstenme”.

Ellos se pusieron a razonar entre sí: “Si le decimos que de Dios, nos dirá: Entonces ¿por qué no le creyeron?, y si le decimos que de los hombres” Pero, como le tenían miedo a la multitud, pues todos consideraban a Juan como verdadero profeta, le respondieron a Jesús: “No lo sabemos”. Entonces Jesús les replicó: “Pues tampoco yo les diré con qué autoridad hago todo esto”.Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

¿Con qué autoridad haces esto? 

Jesús no había recibido permiso para enseñar, era un «laico», en el sentido de que no pertenecía a ninguna estirpe sacerdotal. Sus opositores estaban convencidos de basar su autoridad en la doctrina de Moisés, pero Jesús, ¿en quién basaba su autoridad para expulsar a los vendedores del templo, para predicar, para curar? 

En realidad, esa pregunta encerraba una cuestión central. Esa cuestión ya había surgido en Nazaret durante la primera predicación de Jesús. Tanto los habitantes de Nazaret como los jefes del pueblo rechazan que Jesús tenga autoridad sobre la gente, y mucho menos sobre ellos: no podía pretender nada de ellos, y mucho menos que le confiasen su vida. 

Jesús no da ninguna respuesta; siguiendo un típico método rabínico de responder a una pregunta haciendo otra, les pregunta: «El bautismo de Juan, ¿era cosa de Dios o de los hombres? Contéstenme». Aquellos sacerdotes, escribas y ancianos podrían haber respondido con la verdad, pero tenían miedo de la reacción de la multitud si hubieran desacreditado la predicación del Bautista. Por eso prefieren responder a Jesús diciendo «no sabemos». 

Es evidente su embarazo, y Jesús recalca que tampoco él responde a su pregunta. Su palabra habría sido del todo banalizada, y se hubiera perdido en corazones explícitamente falsos y marcados de una forma tan clara por el prejuicio. 

El silencio de Jesús viene marcado en realidad por la sordera de quien no sabe ni quiere escuchar. La Palabra no habla a quien no se predispone a acogerla con corazón abierto. Ya en Nazaret, ante la falta total de búsqueda de la verdad, Jesús no pudo hacer ningún milagro. Basta tan solo un resquicio en el corazón para que Jesús abra la puerta y entre en ese corazón.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio., La palabra de Dios cada día. 2021, 238-239