Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: abril 2021

Ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy

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IV Viernes de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (14, 1-6)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones.

Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque voy a prepararles un lugar. Cuando me vaya y les prepare un sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy”.

Entonces Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Jesús le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.

Nadie va al Padre si no es por mí”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, después de haber dado a los Apóstoles el mandamiento del amor les dice que les dejará y los discípulos, al oírle hablar así, se entristecen. Jesús sigue hablándoles con palabras de consuelo: « No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones … Cuando me vaya y les prepare un sitio, volveré y los llevaré conmigo».

Jesús es el primero que desea que los lazos de amistad no se rompan, sino que duren eternamente, tanto que añade: «para que donde yo esté, estén también ustedes». No les abandona, quiere que estén con él para siempre. El va delante para preparar a cada uno de nosotros un lugar en la casa grande del Padre.

Con estas palabras, Jesús nos abre una pequeña ventana hacia nuestro futuro. ¡Cuántas veces nos hemos interrogado sobre la vida después de la muerte y sobre qué les ha sucedido a los amigos ya fallecidos, a aquellos a quienes hemos amado y por quienes quizá hemos trabajado y sufrido! El Evangelio no nos deja sin una respuesta para estas preguntas. Al contrario, casi queriendo hacemos tocar con la mano la consolación, nos habla del más allá como de una casa amplia, espaciosa, habitada por nuestros amigos, los cercanos y los lejanos.

Un camino seguro nos conduce hasta ellos y hasta ese lugar, es Jesús mismo. De hecho, es en el vínculo con él donde está la garantía de que nada de nuestra vida se pierde: ningún pensamiento, ningún gesto de cariño es vano, sino que todo se recoge y se conserva como un tesoro precioso e iluminado por la luz del anuncio de la victoria de la vida sobre la muerte que hemos recibido en Pascua. Jesús parece convencido de que los discípulos han comprendido la verdad sobre lo que hay después de la muerte, hasta el punto de decir: «Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy».

En realidad no era así, como tampoco es así para nosotros hoy. Tomás, en nombre de todos, pregunta cuál es el camino, y Jesús, una vez más, se expresa con claridad: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». Permanecer unidos a él es la garantía para recorrer el camino adecuado para llegar hasta el Padre que está en los cielos.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 191-192.

El siervo no es más importante que su amo

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IV Jueves de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (13, 16-20)

En aquel tiempo, después de lavarles los pies a sus discípulos, Jesús les dijo: “Yo les aseguro: el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía. Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán  dichosos.

No lo digo por todos ustedes, porque yo sé a quiénes he escogido. Pero esto es para que se cumpla el pasaje de la Escritura, que dice: El que comparte mi pan me ha traicionado. Les digo esto ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, crean que Yo soy.

Yo les aseguro: el que recibe al que yo envío, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio que hemos escuchado nos lleva al interior del cenáculo. Jesús acaba de lavar los pies a los discípulos. Quería ofrecer a los discípulos una enseñanza que mostrara hasta dónde llegaba su amor por ellos. La intención del maestro era evidente, quería que este tipo de amor reinara entre sus discípulos de entonces y de siempre.

Inclinarse para lavarse los pies los unos a los otros debe ser el atributo más alto de quien quiera hacerse discípulo suyo. Jesús les dice con solemnidad: «el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía». Se llama a los discípulos de Jesús a comportarse siempre según la lógica de lavarse los pies los unos a los otros. Podríamos decir que era el modo más evidente para mostrar concretamente cómo amar a los demás.

Es en este empeño por donar la propia vida por los demás donde se esconde la alegría de los creyentes: «Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán  dichosos». La frase que el apóstol Pablo dirige a los ancianos de Éfeso confirma esta perspectiva: «Hay mayor felicidad en dar que en recibir».

Es la presentación de un cristianismo que encuentra su alegría en amar a los demás, en gastar la propia vida por el Evangelio. No es que esto no cueste esfuerzo ni comporte sacrificios, pero la comunicación del Evangelio del amor mutuo proporciona una alegría aún más grande, porque nos hace participar del gran diseño de amor de Dios para el mundo.

Jesús conociendo la debilidad de los discípulos, les advierte de las dificultades que llegarán. En ese momento tendrán que resistir las insidias del mal que quiere arrebatarles de las manos buenas del Maestro. Es decisivo permanecer unidos al Señor Jesús de cualquier forma; el problema no es no tener pecado, sino volver poner en Jesús nuestra esperanza, también la de dejarnos perdonar cuando nos alejamos de él.

El evangelista parece sugerir la solemnidad de la epifanía de Jesús: « Les digo esto ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, crean que Yo soy». La fórmula «Yo Soy» evoca la voz que Moisés escuchó desde la zarza ardiente; en efecto, al escuchar a Jesús, escuchamos al Padre mismo que está en los cielos. El que acoge a Jesús como Señor, acoge también al Padre que está en los cielos. (Paglia, p. 190-191)

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 190-191.

He venido como luz para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas

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IV Miércoles de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (12, 44-50)

En aquel tiempo, exclamó Jesús con fuerte voz: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas.

Si alguno oye mis palabras y no las pone en práctica, yo no lo voy a condenar; porque no he venido al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo.

El que me rechaza y no acepta mis palabras, tiene ya quien lo condene: las palabras que yo he hablado lo condenarán en el último día. Porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que mi Padre, que me envió, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar. Y yo sé que su mandamiento es vida eterna.

Así, pues, lo que hablo, lo digo como el Padre me lo ha dicho”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La perícopa constituye el epílogo de la vida pública: es el último fragmento del «libro de los signos» de Juan. El propio Jesús dirige una clara y definitiva llamada a todos los discípulos para que orienten su propia vida en lo esencial con una adhesión convencida y vital a su divina Palabra. Estas palabras son válidas y actuales para cualquier tiempo de la Iglesia.

Antes que nada, recuerda Cristo que el objeto de la fe reposa en el Padre, que ha enviado a su propio Hijo al mundo. Entre el Padre y el Hijo hay una vida de comunión y de unidad, por lo que «el que crea» en el Hijo cree en el Padre, y «el que ve» al Hijo ve al Padre. Existe una plena identidad entre el «creer» en Jesús y el «ver» a Jesús, entre el «creer» en el Padre y el «ver» al Padre.

Para el evangelista, nos encontramos frente a un ver sobrenatural que experimenta el que acoge la Palabra del Hijo de Dios y la vive. Cristo, es decir, la plena revelación de Dios, es el «rostro» de Dios hecho visible. Quien se adhiere a él reconoce y acepta el amor del Padre.

Desde el Padre y el Hijo, pasa Juan, a continuación, a considerar «el mundo» en el que viven los hombres. Quien tiene fe en Jesús entra en la vida y en la luz. Ahora bien, la necesidad de creer en el Hijo y en su misión está motivada por el hecho de que él es «la luz del mundo».

Quien acoge la luz de la vida escapa de las tinieblas de la muerte, de la incomprensión y del pecado, y se salva a sí mismo de la situación de ceguera en la que con frecuencia se encuentra el hombre. En efecto, el verdadero discípulo es el que cree, guarda en su corazón y pone en práctica las palabras de Jesús. Por el contrario, el que no cree ni vive las exigencias del Evangelio incurre en el juicio de condena y, el último día, será cribado por la misma Palabra de vida que no ha acogido.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 233-234.