Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: abril 2021

Es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo

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Martes III de Pascua

Textos 

† Del evangelio según san Juan (6, 30-35)

En aquel tiempo, la gente le preguntó a Jesús: “¿Qué señal vas a realizar tú, para que la veamos y podamos creerte? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo”.

Jesús les respondió: “Yo les aseguro: No fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo.

Porque el pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida al mundo”. Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”.

Jesús les contestó: “Yo soy el pan de la vida.

El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

«¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?». Jesús  había reprendido a sus discípulos por buscar solo su propia satisfacción. A su pregunta Jesús no responde con una multiplicidad de cosas que hacer, como afirman los fariseos, sino indicando una sola cosa necesaria: creer en el enviado de Dios.

Sin embargo, la multitud insiste, quiere conseguir un signo aún más extraordinario que acredite a Jesús como enviado de Dios. Quizá querían que Jesús resolviera el problema del alimento no solo para las cinco mil personas que se habían beneficiado del milagro, sino para todo el pueblo de Israel como había sucedido con el maná.

El recuerdo del maná permanecía muy vivo en la tradición de Israel. Con la venida del Mesías todos esperaban la repetición de este milagro. En cualquier caso, aparece también el egocentrismo de la multitud y la poca confianza en Jesús, no quieren arriesgar nada. Ante su insistencia, Jesús responde que no fue Moisés quien dio el pan venido del cielo, sino «es mi Padre el que les da el verdadero pan venido del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo».

Jesús, al usar las palabras «pan verdadero», interpreta el maná como imagen del nuevo pan que el Mesías traería en el futuro. Era él mismo el nuevo pan, «el pan de Dios» que baja del cielo, pero la dureza del corazón y de la mente de quienes le, escuchan no permite acoger en profundidad las palabras de Jesús. Siguen interpretándolas a partir de ellos mismos, de sus necesidades, de su instinto. No entienden lo que Jesús quiere decir realmente.

Nos sucede también lo mismo a nosotros cuando no profundizamos en las palabras evangélicas porque las escuchamos queriendo reducirlas a nuestro horizonte, sin comprender que nos impulsan a ir más allá. Es necesaria una lectura «espiritual» de la Biblia, una lectura realizada en la oración y en la disponibilidad del corazón.

La Sagrada Escritura debe escucharse con la ayuda del Espíritu y en la comunión con los demás hermanos. Sin la oración, nos arriesgamos a tener delante nuestro, no al Señor que nos habla, sino a nosotros mismos. Sin la comunidad de los hermanos, nuestro «yo» nos impide el diálogo amplio para el que se escribió la Biblia.

En este punto, la petición de la multitud es correcta: «Señor, danos siempre de ese pan». Pero Jesús no se echa atrás y, con una claridad incluso más obvia, afirma solemnemente: «Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed». Es una afirmación solemne y típica en el Evangelio de Juan. Con esta expresión Jesús muestra su origen divino.

Al hojear las páginas del cuarto Evangelio, vemos que Jesús utiliza muchas imágenes concretas para hacemos comprender la grandeza de su amor por nosotros: Él es el pan verdadero, la vida verdadera, la verdad, la luz, la puerta, el buen pastor, la vid verdadera, el agua viva … es la resurrección.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 179-180.

Trabajen por el alimento que dura para la vida eterna

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Lunes de la III semana de pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (6, 22-29)

Después de la multiplicación de los panes, cuando Jesús dio de comer a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el lago. Al día siguiente, la multitud, que estaba en la otra orilla del lago, se dio cuenta de que allí no había más que una sola barca y de que Jesús no se había embarcado con sus discípulos, sino que éstos habían partido solos. En eso llegaron otras barcas desde Tiberíades al lugar donde la multitud había comido el pan.

Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaúm para buscar a Jesús.

Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo llegaste acá?” Jesús les contestó: “Yo les aseguro que ustedes no me andan buscando por haber visto señales milagrosas, sino por haber comido de aquellos panes hasta saciarse. No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna y que les dará el Hijo del hombre; porque a éste, el Padre Dios lo ha marcado con su sello”.

Ellos le dijeron: “¿Qué necesitamos para llevar a cabo las obras de Dios?” Respondió Jesús: “La obra de Dios consiste en que crean en aquel a quien él ha enviado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Después de la multiplicación de los panes, la multitud, que se había quedado en la otra orilla del mar, viendo que ya no estaban con ellos ni Jesús ni los discípulos, subió abordo de otras barcas venidas desde Tiberíades -situada cerca del lugar donde habían comido el pan milagrosamente multiplicado- y se dirigió a Cafanaum para buscar a Jesús. Le encontraron «a la orilla del mar» señala el evangelista. 

En efecto, Jesús no estaba donde ellos le buscaban. No era el «rey» que ellos deseaban para satisfacer sus aspiraciones, por legítimas y comprensibles que estas fueran. La búsqueda del Señor requiere ir más allá de uno mismo y de las propias costumbres, incluso las religiosas. Aquella multitud debía ir más allá, mucho más allá-verdaderamente «a la otra orilla del mar»- de lo que pensaban. 

No habían comprendido el sentido profundo de la multiplicación de los panes, de hecho, cuando llegan hasta Jesús, resentidos como si les hubiera abandonado, le preguntan: «¿Cuándo has llegado aquí?», y Jesús responde desenmascarando la comprensión egocéntrica del milagro de los panes. No habían comprendido el «signo», es decir, el significado espiritual de aquel milagro que Jesús había realizado. 

En realidad, los milagros no eran solo la manifestación del poder de Jesús; eran más bien «signos» que indicaban el nuevo reino que él había venido a instaurar en la tierra. Aquellos signos pedían la conversión del corazón a quienes los recibían y los veían, o sea, la elección de estar con Jesús, de seguirle y participar con él en la obra de transformación del mundo que aquellos «signos» ya indicaban. 

Jesús, como el buen pastor que conduce a su rebaño explica a aquella muchedumbre el sentido del milagro al que habían asistido: «no trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna y que les dará el Hijo del hombre ». El pan que viene del cielo es Jesús mismo, él es el Reino, la justicia, el amor sin límites que el Padre ha dado a los hombres. 

En el Evangelio apócrifo de Tomás se lee una sentencia que fue pronunciada por Jesús: «Quien está cerca de mí está cerca del fuego, y quien está lejos de mí está lejos del Reino». Acoger este don con todo el corazón y hacer de él el alimento cotidiano es la «obra» que el creyente está llamado a realizar. No es un sentimiento vago, sino una verdadera «obra», que exige elección, decisión, compromiso, trabajo, cansancio y sobre todo implicación apasionada y total; y por tanto una gran alegría. 

Nadie puede delegar esta «obra» en otros. Convertirse en discípulos de Jesús significa dejar que el Evangelio modele nuestra vida, nuestra mente, nuestro corazón, hasta transformamos en hombres y mujeres espirituales. Mientras escuchamos la Palabra de Dios y nos comprometemos a seguirla, vemos que se aclaran nuestros ojos y Jesús se nos presenta como el verdadero pan bajado del cielo que nos alimenta el corazón y nos sostiene en la vida.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 177-179.

¿Por qué surgen dudas en su interior?

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Domingo III de Pascua

Textos

† Del santo Evangelio según san Lucas (24, 35-48)

Cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y llegaron al sitio donde estaban reunidos los apóstoles, les contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Mientras hablaban de esas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”.

Ellos, desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma. Pero él les dijo: “No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse: un fantasma no tiene ni carne ni huesos, como ven que tengo yo”. Y les mostró las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creer de pura alegría y seguían atónitos, les dijo: “¿Tienen aquí algo de comer?” Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo tomó y se puso a comer delante de ellos.

Después les dijo: “Lo que ha sucedido es aquello de que les hablaba yo, cuando aún estaba con ustedes: que tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.

Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios y el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto”. Palabra del Señor

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Mensaje[1] 

El Evangelio nos lleva al final del día de Pascua. Los dos discípulos de Emaús acaban de llegar al cenáculo para contar a los discípulos lo que «había pasado en el camino y cómo le habían reconocido al partir el pan». Los apóstoles, aún dominados por el miedo, seguían encerrados en el cenáculo, para ellos un lugar ciertamente lleno de recuerdos, pero que corría el riesgo de convertir … se en un refugio cerrado. Es un miedo que todos conocemos bien: ¡cuántas veces, de hecho, cerramos las puertas del corazón, las de la casa, del grupo, de la comunidad, de la familia, para permanecer tranquilos o por temor de perder algo! 

Pero el Resucitado continúa estando entre nosotros, es más, se coloca en el centro, no a un lado como una persona más, como una palabra entre tantas otras. Entra y se coloca en medio, como la Palabra que salva. Las primeras palabras de Jesús resucitado son el saludo de paz: «La paz con ustedes». Los discípulos, miedosos, creen que es un fantasma. Habían escuchado a las mujeres decirles que habían encontrado a Jesús vivo. Pero la distancia que habían puesto entre ellos y Jesús ya durante los días de la pasión había ofuscado hasta tal punto su mente y endurecido tan fuertemente su corazón, que no lograban ir más allá de sus miedos. 

El evangelista parece sugerir que la incredulidad se apodera siempre de los creyentes cada vez que se alejan de Jesús y se dejan dominar por los miedos por sí mismos. Jesús, que se coloca en medio, les dice enseguida: «La paz con ustedes». Es la primera palabra del Resucitado, sí, el primer fruto de la resurrección es la paz. 

Ciertamente no es la paz de la propia tranquilidad sino la que nace del amor por los demás. La paz de la Pascua no bloquea, sino que empuja con fuerza a salir de uno mismo para ir al encuentro de los demás. La paz pascual es una energía nueva de amor que colma el mundo. La Pascua, aunque sea vivida por un pequeño grupo, incluso al comienzo por algunas mujeres, es para todos, es para el mundo. A los apóstoles esto les parece imposible. Jesús está definitivamente muerto, han matado su palabra para siempre. No creen lo que él mismo les había dicho en otras ocasiones, que después de su muerte resucitaría. Se llenan de miedo al verle, piensan que se les ha aparecido un fantasma. 

Jesús les reprende amorosamente: «¿Por qué se espantan?», y les repite lo que tantas veces les había dicho en el pasado: le darían muerte pero él resucitaría. ¡Cuántas veces tampoco nosotros creemos las palabras de Jesús! Pensamos a menudo que son veleidosas, igual que un fantasma. En cambio, el Evangelio crea una realidad nueva, una comunidad nueva, real, hecha de personas que antes estaban dispersas y llenas de miedo, y que tras escucharlo se vuelven a encontrar juntas en una nueva fraternidad. 

Es lo que ocurre ese día cuando Jesús se pone a comer con ellos, continúa la vida de antes de la Pascua. Aquella comida les volvía a unir con Jesús. Ahora aprendían que siempre estaría con ellos. Es lo que nos sucede también a nosotros, y a los discípulos de todos los tiempos, cada vez que estamos alrededor del altar del Señor para partir su mismo cuerpo. 


[1] V. Paglia, Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 163