Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Fue tentado por Satanás

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Cuaresma

Domingo de la I semana – B

Textos

† Del evangelio según san Marcos (1, 12-15)

En aquel tiempo, el Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto, donde permaneció cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivió allí entre animales salvajes, y los ángeles le servían.

Después de que, arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

El miércoles hemos comenzado el camino de la Cuaresma, una propuesta simple, directa, para que penetre en las muchas costumbres que nos hacen ser siempre iguales a nosotros mismos, incapaces de rebajarnos a un comienzo que es siempre necesariamente pobre.

Jesús afrontó el mal en el desierto, «tentado por Satanás», dice el evangelio de Marcos. Comienza así la agonía de Jesús, es decir, la lucha entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal. Toda la vida de Jesús fue una agonía, una lucha contra el Mal. Por esto «el tiempo se ha cumplido». Significa que finalmente ha venido el Señor, es decir, el que combate al enemigo del hombre, al que siembra división, al que está detrás del instinto de dividirse y combatirse.

Es necesario convertirse a esta lucha. Jesús nos pide cambiar nuestra vida y unirnos a él porque ama a los hombres y no quiere que su vida se pierda; la quiere mejor, a salvo de la triste mediocridad. Quien no cambia su vida se conserva igual a sí mismo, y termina por someterse a los ídolos mudos y sordos, tal vez sin haberlo elegido conscientemente.

La Cuaresma es un itinerario. Y se hace invitación insistente y afectuosa para hombres que lamentablemente prefieren soluciones rápidas, fáciles e inmediatas, que no eligen rebajarse a una disciplina del corazón, creyendo tener siempre a disposición todas las opciones. En realidad sólo está dispuesto a cambiar quien se da cuenta del abismo de su corazón y no se asusta de él, ya que es ahí donde comienza el camino del arrepentimiento. 

Cuaresma es un tiempo de perdón y de alegría porque reencontramos nuestro corazón escuchando a un Padre que nos ama y nos renueva. La Cuaresma es la invitación insistente a acoger la propuesta de cambiar el mundo partiendo de nuestro corazón. Como el pecado y la complicidad con el mal tienen siempre un efecto sobre los demás, de la misma manera nuestro cambio podrá construir un mundo de paz. Un corazón bueno embellece y humaniza la vida de muchos. Los discípulos de Jesús están llamados a ser personas de corazón que se toman en serio la vida de los demás. El primero en hacerlo ha sido Jesús mismo. Jesús exhorta: «crean en el Evangelio». Creer en el Evangelio significa confiarse al amor del Padre que abraza al hijo y lo reviste de su perdón sin méritos, sin expiaciones, tan sólo porque ha vuelto a Él. Creer en el Evangelio quiere decir que esa palabra es camino de paz, y que el mundo puede cambiar. Creer en el Evangelio es también creer en la fuerza de la oración.[1]

En este tiempo de Cuaresma abramos con frecuencia el Evangelio, hagamos silencio de nuestras razones para escuchar la Palabra de Dios. Invoquemos al Señor junto a los enfermos, los que sufren, los que son golpeados por el mal, y descubriremos de nuevo la alianza de amor que el Señor ha establecido con nosotros. Él donó la tierra a los hombres, pero advirtiéndoles que respetasen la vida del hombre, su sangre, para que nadie viviera desentendiéndose de la vida del otro. El mandamiento de Dios se opone a la violencia. El hombre que se convierte, que se vuelve pacífico, reconstruye esta alianza. En lo profundo del corazón humano existe un enorme deseo de paz. 

La Cuaresma es precisamente el tiempo oportuno para reencontrar dentro de nuestro corazón y el del prójimo ese arco iris de paz, para que termine el diluvio de la violencia. Que los muchos que escrutan el cielo implorando ayuda y protección, que piden paz y esperanza, puedan ver pronto ese arco iris que parte de nuestros corazones para posarse sobre todos los que acogen la paz.


[1] V. Paglia, Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 104-105

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