Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: febrero 2021

Se transfiguró en su presencia

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Cuaresma

Domingo de la II semana

Textos

† Del santo Evangelio según san Marcos (9, 2-10)

En aquel tiempo, Jesús tomó aparte a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos a un monte alto y se transfiguró en su presencia. Sus vestiduras se pusieron esplendorosamente blancas, con una blancura que nadie puede lograr sobre la tierra. Después se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué a gusto estamos aquí! Hagamos tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. En realidad no sabía lo que decía, porque estaban asustados.

Se formó entonces una nube, que los cubrió con su sombra, y de esta nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo amado; escúchenlo”.

En ese momento miraron alrededor y no vieron a nadie sino a Jesús, que estaba solo con ellos.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron esto en secreto, pero discutían entre sí qué querría decir eso de ‘resucitar de entre los muertos’.Palabra del Señor. 

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Mensaje[1]

La liturgia de este segundo domingo de Cuaresma está como dominada por dos montañas que se destacan por su altura, fascinantes y terribles, frente a nuestra vida cotidiana: el Monte Moriá y el Monte Tabor, la montaña de la prueba de Abrahán y la montaña de la transfiguración de Jesús. 

El libro del Génesis nos presenta ese viaje de tres días que afronta el patriarca hacia la cima de la prueba: es el paradigma de todo itinerario de fe y del propio camino de Cuaresma. Abrahán debe renunciar a su paternidad para apoyarse únicamente en la Palabra de Dios. No es su hijo, Isaac, quien le asegura su posteridad, sino solo la Palabra del Señor; y Dios le pone a prueba dándole la posibilidad de la destrucción de sus descendientes.

Después de la prueba, Abrahán recibe a Isaac ya no como hijo de su carne, sino de la promesa divina. Él, que había renunciado a Isaac, le encuentra de nuevo y puede regocijarse como aquel padre misericordioso de la parábola del Evangelio que exclamó: «Había muerto y ha vuelto a la vida». Abrahán acoge a Isaac si le hubiera sido devuelto por Dios, ofreciéndonos un ejemplo de fe que hará que le veneren las generaciones futuras de judíos, cristianos y musulmanes como «Padre de todos los creyentes» . ¡Que la fe de Abrahán nos acompañe en nuestra peregrinación diaria! 

La montaña de la Transfiguración, que la tradición sucesiva identificará con el Tabor, se presenta como punto culminante de la vida de Jesús con los discípulos; y el Señor nos toma y nos lleva consigo a la montaña, como lo hizo con los tres discípulos más íntimos, para vivir con él la experiencia de la comunión con el Padre; una experiencia tan profunda que transfigura su rostro, su cuerpo y hasta sus vestidos. A veces uno olvida que también Jesús tuvo su itinerario espiritual. Ascenso al monte también hubo para Jesús, como para Abrahán , Moisés, Elías y para cada creyente. Jesús sintió la necesidad de subir al monte, es decir, de encontrarse con el Padre. El Tabor fue uno de ellos. 

Podemos ver en la Transfiguración también la liturgia dominical a la que todos estamos invitados para vivir, unidos a Jesús, el momento elevado de la comunión con Dios; y es precisamente durante la santa liturgia cuando podemos repetir las mismas palabras de Pedro: «Rabbí , qué bien se está aquí. Vamos a hacer tres tiendas…». 

Para la comunidad cristiana, para cada creyente, basta con Jesús; sólo Él es el tesoro, la riqueza, la razón de nuestra vida y de la Iglesia misma. Aquella tienda que Pedro quería construir con sus manos, en realidad la había construido Dios mismo cuando «la Palabra se hizo carne , y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1, 14); y en cada liturgia aquella tienda de Dios nos hospeda de nuevo. Santo Tomás decía de la Eucaristía que es el lugar donde se construye la Iglesia.


[1] V. Paglia, Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día. 2021

Hagan el bien a los que los odian

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Cuaresma

Sábado de la I semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (5, 43-48)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Han oído ustedes que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo.

Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluviasobre los justos y los injustos.

Porque, si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y si saludan tan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso mismo los paganos? Sean, pues, perfectos como su Padre celestial es perfecto”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Para hablar sobre la «justicia» de Dios, que es tan distinta de la de los hombres, Jesús recuerda la antigua ley del talión, que regulaba la venganza para que no fuese desmedida. En efecto, aquella disposición mosaica cumplía una función equilibradora en una sociedad en la que se podía llegar a matar por cualquier motivo. Sin embargo, Jesús quiere superarla, y afirma que no sólo se debe abolir la venganza, sino que estamos llamados a amar a nuestros enemigos y a rezar por ellos.  Esto parece ajeno al sentir común de nuestra sociedad, donde cuesta incluso amar a los amigos. A pesar de todo es en esta perspectiva que Jesús delinea el comportamiento de los cristianos. 

Seremos reconocidos como discípulos no sólo por cómo nos amamos entre nosotros -y por tanto no por una vida egoísta enfocada sólo a defendernos a nosotros mismos, a menudo sin o contra los demás- sino también por cómo amemos a nuestros enemigos. Con frecuencia los cristianos se comportan igual que los paganos, los que no siguen el Evangelio: aman a quienes les corresponden, saludan a los que los saludan, se preocupan sólo de los que les devuelven los favores. Pero entonces la vida cristiana se empobrece, y los cristianos dejan de ser sal de la tierra y luz del mundo. 

El mandato de Jesús se contrapone a la vida que habitualmente llevamos, y de hecho viene introducido por la expresión «pues yo os digo». La afirmación contracorriente de Jesús se basa en el amor mismo de Dios Padre, el cual «hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos». En cambio nosotros nos hemos acostumbrado a dividir el mundo en buenos y malos, en justos e injustos, comportándonos en consecuencia: favorablemente hacia los primeros y con desprecio hacia los segundos. E

El amor de Dios es universal, no hace acepción de personas: el Padre que está en los cielos quiere que todos sean sus hijos, sin excepción. Y nosotros seremos hijos de este Padre obedeciendo el mandato que Jesús nos ha dado: sólo una vida en el amor nos hace hijos de Dios. Hay por tanto una gran sabiduría en las difíciles palabras de este pasaje evangélico. Jesús lo sabe bien, y pide a sus discípulos amar incluso a los enemigos. Podríamos añadir que si nos cuesta amarlos, al menos recemos por ellos. Si a veces es difícil vencer la enemistad – sucede sobre todo cuando dura mucho tiempo- al menos recemos por nuestros enemigos, nuestros opositores, y los que nos persiguen. La oración cumplirá el milagro de la conversión de los corazones al amor y por tanto el de la reconciliación. 


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 111-112

El que se enoje con su hermano… lo insulte… lo desprecie…

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Cuaresma

Viernes de la I semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (5, 20-26)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.

Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo.

Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda.

Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel.

Te aseguro que no saldrás de ahí hasta que hayas pagado el último centavo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este pasaje de Mateo hay que situarlo en el contexto del Sermón de la montaña. Jesús acaba de decir que ha venido a completar la ley y no a abolirla. Esto significa que Jesús no se aparta de la ley, sino que capta en ella el pensamiento profundo de Dios, su corazón. La justicia de la que habla Jesús, por tanto, no consiste en un igualitarismo exterior, por otra parte imposible, sino en la realización del amor sin límites de Dios, que se acerca a cada uno según sus necesidades. 

Por ello, Jesús advierte con severidad: «si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos». Ser bueno como los fariseos -quiere decir Jesús- vale tanto como no serlo en absoluto, y lo explica con palabras que nadie se ha atrevido a decir antes que él, y que nadie ha escuchado sino del Evangelio. 

Jesús no propone una nueva casuística o una nueva praxis jurídica, sino una forma nueva de entender las relaciones entre los hombres. Llega al corazón del odio, que lleva a la eliminación del adversario. De hecho el odio comienza por pequeñas cosas como la rabia, que con frecuencia marca nuestra convivencia, y por palabras que parecen inocuas, como llamar imbécil o renegado al otro. 

Jesús afirma que sólo el amor cumple la ley, y que sólo en el amor es posible ir más allá de la enemistad. Es necesario, pues, pasar de un precepto en negativo (no encolerizarse, no llamar imbécil, no matar) al positivo de la amistad entre nosotros. El amor es la fuerza nueva que Jesús ha venido a donar a los hombres, llegando a decir que el ejercicio del amor tiene un valor tan alto que su falta obliga a interrumpir incluso el acto supremo del culto. La «misericordia» vale más que el «sacrificio»; el culto, como relación con Dios, no puede prescindir de una relación de amor con los hombres, y es el amor el que debe dirigir nuestras acciones. Por ello Jesús, cuando hay conflictos, aconseja ponerse de acuerdo antes que ir a los tribunales. No se trata sólo de la conveniencia de no acabar en prisión, sino de practicar un estilo fraterno. De esta forma no sólo se supera la pura observancia legal sino que se crea ese modo de vida solidario que hace estable y bella la convivencia entre las personas y los pueblos. 


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 110-111.