Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: enero 2021

Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos

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Tiempo Ordinario

Domingo de la IV semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (1, 21-28)

En aquel tiempo, se hallaba Jesús en Cafarnaúm y el sábado fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate y sal de él!” El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda GalileaPalabra del Señor

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Después de abandonar el desierto de Judá y volver a Galilea , Jesús elige Cafarnaún como su morada habitual. El evangelista Marcos subraya la autoridad con la que Jesús hablaba y las consecuencias de ello: todos en la sinagoga «quedaban asombrados de su doctrina , porque les enseñaba como quien tiene autoridad , y no como los escribas». 

No se podía permanecer indiferente ante esa nueva enseñanza. Los que le escuchaban se veían como forzados a decidir entre seguir a Jesús y su sueño, o bien encerrarse en su propio mundo pequeño. La predicación de los escribas, cuyas palabras estaban llenas de reglas y mandatos, no llegaba al corazón y dejaba a la gente a merced de sí misma. 

Hoy vivimos una situación similar . Nuestras ciudades están como inmersas en una profunda crisis de valores y comportamientos. Lo que parece prevalecer en todas partes es un individualismo exasperado que lleva a la gente a encerrarse y a preocuparse solo de sí mismos. Cada uno parece tener su dios, su templo, su escriba, su predicador, de modo que se puede hablar de ciudades politeístas; pero al final lo que queda es un solo «dios», el propio yo. 

Hay quienes hablan del nuevo culto, la egolatría, el culto al propio yo, en cuyo altar se sacrifica todo, incluso lo más querido. Sin embargo, cuando uno se concentra solo en sí mismo, ese es presa de los innumerables «espíritus inmundos» que en las ciudades contemporáneas se multiplican constantemente.

Estos espíritus, que continúan amargando la vida de nuestras ciudades, no pueden soportar ser perturbados en su dominio, y gritan contra la predicación del Evangelio. «¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret?» De hecho, hay una oposición a la predicación del Evangelio para que no perturbe esa concentración en ellos mismos, que divide y envenena la vida de nuestras ciudades; pero el Evangelio es decisivo para salvar a los hombres y a las mujeres de la esclavitud de una vida llena de miedos y violencia. 

«Cállate y sal de él». Es necesario que las comunidades cristianas y los discípulos salgan de sí mismos y de sus costumbres, incluso las pastorales, para emprender la nueva misión de expulsar a los diversos espíritus que subyugan a muchos en nuestras ciudades; para que se afirme en cambio una nueva cultura, la de la misericordia, la acogida, el encuentro y la ayuda mutua. 

El papa Francisco no deja de recordárselo a todos los discípulos, de hecho, es urgente que toda la Iglesia, cada creyente y toda la comunidad eclesial redescubran el valor de volver a proponer el Evangelio sine glossa , sin añadidos, como decía Francisco de Asís. Esta es la única autoridad que «manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen» .


[1] V. Paglia, Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día. 2021

¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?

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Tiempo Ordinario

Sábado de la III semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (4, 35·41)

Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla del lago”. Entonces los discípulos despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba. Iban además otras barcas. De pronto se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado sobre un cojín.

Lo despertaron y le dijeron: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” El se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: “¡Cállate, enmudece!” Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo: “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” Todos se quedaron espantados y se decían unos a otros: “¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio de Marcos continúa presentándonos a Jesús que camina por las calles de los hombres. Hay en él una urgencia por comunicar el Evangelio a todos. Por ello no se detiene en lugares que son tal vez más seguros y ciertos. 

Dice a los discípulos: «Pasemos a la otra orilla». En el Evangelio de Marcos la otra orilla representa el mundo de los paganos, de los que están lejos de la fe en el Dios de Israel. Los discípulos no habrían ido solos, como a nosotros nos cuesta ir hacia quienes creemos lejanos o no adecuados para acoger el Evangelio de Jesús. 

Todos conocemos la tentación de quedarnos en los horizontes que nos resultan habituales. Jesús nos ensancha el corazón y la mente desde el comienzo. Hay un ansia de universalidad que Jesús comunica a los discípulos Y que, a lo largo de los siglos, se manifiesta con diferente intensidad. Hoy, en un mundo globalizado, esta urgencia es aún más evidente. 

Es verdad que los hombres se han acercado, pero no por esto son mas fraternos y solidarios. Es indispensable «pasar a la otra orilla», la de los corazones y las culturas de los pueblos. Se nos pide acoger la invitación de Jesús como la acogieron aquellos primeros discípulos. Escribe Marcos: «despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba». Durante la travesía, como a menudo sucedía en ese lago, se desencadena una fuerte tempestad. 

Es fácil leer en este comentario del evangelista las muchas tempestades que se abaten sobre los pueblos en este tiempo nuestro, tempestades que descomponen la existencia de muchos. No se trata desde luego de nuestras pequeñas agitaciones psicológicas. En el grito de los apóstoles sentimos el eco del de muchos hombres y mujeres cuya existencia es arrollada por las olas adversas del mal. Muchas veces, este grito recoge también la impotencia y la resignación de quien, arrollado por las tempestades de la vida, cree que el Señor está lejos, que duerme o no vela.

Es un grito que las comunidades cristianas deben recoger, deben hacer suyo y transformarlo en oración al Señor para que, como en aquella ocasión, se levante, increpe a los vientos y diga al mar: «¡Calla, enmudece!». Y que los hombres y las mujeres golpeados duramente por el mal puedan alcanzar la otra orilla, la de la paz. Y que nosotros alcancemos con Jesús la otra orilla de los que esperan el Evangelio y la salvación. 


[1] V. Paglia, Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 77-78

Sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece

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Tiempo Ordinario

Viernes de la III semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (4, 26-34)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por si sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”.

Les dijo también: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra”.

Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Leyendo los Evangelios, vemos inmediatamente que el tema del «reino de Dios» es fundamental en la predicación de Jesús. Y Jesús utiliza todos los lenguajes, incluido el de las parábolas, para que quien le escucha comprenda la llegada del Reino y su acción en la vida de los hombres. Las parábolas no quieren esconder el misterio del reino. Al contrario, el uso de imágenes y de ejemplos de la vida de cada día quiere lograr que los oyentes participen con mayor eficacia en la realidad que presentan.

La primera parábola explica algo que todo el mundo sabe: después de la siembra el campesino debe esperar pacientemente el tiempo de la siega. La tierra por sí misma da fruto. Jesús centra la atención de quienes le escuchan en el «trabajo» que la semilla hace, gracias a su vitalidad propia, desde el tiempo de la siembra hasta que la planta está madura. No hay duda de que quiere reconfortar a sus oyentes. Debemos pensar en la comunidad cristiana a la que se dirigía Marcos, que vivía momentos muy difíciles de persecución. Y sin duda los creyentes se preguntaban dónde estaba la fuerza del Evangelio, y por qué el mal y las dificultades parecían vencer por encima de todo. 

A veces también nosotros, aunque en condiciones diferentes de las que vivía la comunidad de Marcos, pensamos cosas similares. El mal no prevalecerá, asegura el Señor. Jesús no quiere reducir nuestro trabajo, ni tampoco nos invita a dormir y a acomodarnos pensando que el Reino crecerá y se desarrollará de todos modos. El Evangelio, más bien, nos dice que el Reino ya ha sido sembrado en la tierra y que el dominio de Dios sobre el mal ya es definitivo.

La parábola siguiente continúa comparando el Reino de Dios con una pequeña semilla, la menor de todas: la de mostaza. No se hacen cosas grandes por ser poderoso. En el Reino de Dios sucede exactamente lo contrario de lo que sucede entre los hombres. «El que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo», dice Jesús a los discípulos. La pequeña semilla de mostaza, cuando crece, se convierte en un gran árbol en el que los pájaros encuentran reposo. Jesús dice que al Reino de Dios le pasa lo mismo que a aquella pequeña semilla. No se impone por su poder exterior. Más bien elige el camino de la debilidad para afirmar la energía del amor y da prioridad a los pequeños, a los débiles, a los enfermos y a los excluidos para manifestar la fuerza extraordinaria de la misericordia. 

Allí donde llega el Reino, los hambrientos son saciados, los afligidos son consolados, los pobres son acogidos, los enfermos son curados, los que están solos reciben consuelo los presos son visitados y los enemigos son amados. El Reino está allí donde hay amor. Se podría decir que no llegamos al cielo mediante las obras de caridad, sino más bien ya estamos en el cielo cuando vivimos la caridad. La novedad del evangelio es que Jesús se identifica con el Reino. Él es la semilla echada en la tierra de los hombres, una semilla pequeña, débil, maltratada, injuriada, descartada y expulsada. Y aun así, aquella semilla echada en la tierra, una vez muerta, resucita y a través de los discípulos, extiende sus ramas de un extremo al otro de la tierra. 


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 249-250.