Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

El Señor misericordioso, al oír tus gemidos, se apiadará de ti

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Adviento

Sábado de la I Semana

Primera Lectura

Del libro del profeta Isaías (30, 19-21.23-26)

Esto dice el Señor Dios de Israel: “Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén, ya no volverás a llorar. El Señor misericordioso, al oír tus gemidos, se apiadará de ti y te responderá, apenas te oiga.

Aunque te dé el pan de las adversidades y el agua de la congoja, ya no se esconderá el que te instruye; tus ojos lo verán.

Con tus oídos oirás detrás de ti una voz que te dirá: ‘Este es el camino. Síguelo sin desviarte, ni a la derecha, ni a la izquierda’.

El Señor mandará su lluvia para la semilla que siembres y el pan que producirá la tierra será abundante y sustancioso.

Aquel día, tus ganados pastarán en dilatadas praderas.

Los bueyes y los burros que trabajan el campo, comerán forraje sabroso, aventado con pala y bieldo. En todo monte elevado y toda colina alta, habrá arroyos y corrientes de agua el día de la gran matanza, cuando se derrumben las torres.

El día en que el Señor vende las heridas de su pueblo y le sane las llagas de sus golpes, la luz de la luna será como la luz del sol; será siete veces mayor, como si fueran siete días en uno”. Palabra de Dios.

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Mensaje[1]

Las profecías de Isaías que hemos leído a lo largo de esta semana nos han hablado de la transformación que Dios está obrando y que llevará hasta su plenitud en la historia humana. Hoy leemos una profecía que nos presenta la raíz de toda la fuerza transformadora del mundo: el perdón.

El núcleo del anuncio profético lo encontramos en las frases finales: «El día en que el Señor vende las heridas de su pueblo y le sane las llagas de sus golpes, la luz de la luna será como la luz del sol; será siete veces mayor, como si fueran siete días en uno».

Isaías compara al pecador perdonado con una luna que irradia con la intensidad del sol y con un sol cuya luminosidad es siete veces más intensa a la normal. De la misma manera emerge desde dentro -con nuevas energías- el hombre sanado hasta el fondo de su oscuridad por medio de la experiencia del perdón de Dios.

El tiempo de las lágrimas ha terminado.

La situación de pecado cierra los horizontes; el pecador con sus decisiones equivocadas, atrás sobre sí sus propios males. El perdón es la base para una nueva fuerza de crecimiento. Así lo dice el profeta: «Se salvarán si se convierten y se calman; pues en la confianza y la calma está su fuerza». (Is 30, 15).

Pero el pueblo no tomó en serio estas palabras, por eso el profeta lo recrimina: «pero no quisieron actuar así» (Is 30, 15b). Con su actitud el pueblo se echó encima las consecuencias de su decisión equivocada descrita en la profecía en términos de castigo y cuyo daño no es distinto del que el hombre se ha provocado a sí mismo.

Dios no soporta ver al hombre en esta situación, «espera el momento para apiadarse de ustedes» (Is 30, 18). A Dios le duele el sufrimiento de su pueblo, por eso se inclina misericordiosamente y extiende su mano al hombre para salvarlo.

El profeta levanta nuevamente su voz para anunciar que el tiempo de castigo va a terminar, que viene el tiempo del perdón del que el pueblo surgirá renovado. En el perdón se encuentra Dios y el hombre. De Dios se enfatiza la prontitud, es suficiente el clamor de su pueblo que gime bajo el peso de su pecado: «pueblo de Sion, que habitas en Jerusalén, ya no volverás a llorar. El Señor misericordioso, al oír tus gemidos, se apiadará de ti y te responderá, apenas te oiga». Del hombre se enfatiza la apertura y la docilidad para darle un giro a la vida dejándose orientar por la llamada de Dios, quien es Maestro de Vida: «ya no se esconderá el que te instruye; tus ojos lo verán. Con tus oídos oirás detrás de ti una voz que te dirá: ‘Este es el camino. Síguelo sin desviarte».

Una imagen sugerente aparece: Dios va delante y se coloca en las encrucijadas indicándole al caminante la ruta que debe seguir. 

Llama la atención el hecho de que se saque provecho de la experiencia negativa, porque en medio del sufrimiento se aprende a descubrir un sentido, esto es, se “escucha” y se “capta” como el Señor está presente en nuestro caminar guiando nuestro proyecto de vida, revelándose a sí mismo desde el fondo oscuro de nuestra fe.

El profeta no pierde el realismo, porque a pesar de que se ha descubierto el rostro y los caminos de Dios, todavía hay sufrimientos que acompañan al hombre. Por eso dice: «Aunque te dé el pan de las adversidades y el agua de la congoja, ya no se esconderá el que te instruye; tus ojos lo verán».

Comienza un nuevo tiempo de bendición

El hombre se encuentra ahora en una nueva situación que se basa en su comunión con Dios. Para el profeta no basta con decir que se ha entrado en una vida nueva en la que se vive según Dios, también es importante anunciar en qué consiste la novedad y bondad para el hombre.

En la vivencia del perdón-sanación se renuevan las bendiciones de Dios. El profeta lo describe con imágenes fuetes que evocan la potencia de la vida, desde su expresión en una semilla pequeña hasta el hombre con todas sus potencialidades.

Primero aparecen los campos. Sobre ellos Dios hace llover y cada semilla revienta para dar lo mejor de si misma. El grano se vuelve trigo y el trigo se vuelve pan de buena calidad: «el Señor mandará su lluvia para la semilla que siembres y el pan que producirá la tierra será abundante y sustancioso»

Segundo. Aparecen los animales. Las ovejas están pastando la hierba que acaba de germinar; los bueyes y los asnos, están en el establo comiendo su forraje. Se destaca la cantidad y la calidad: «aquel día, tus ganados pastarán en dilatadas praderas. Los bueyes y los burros que trabajan el campo comerán forraje sabroso, aventado con pala y bieldo».

Tercero. Aparece lo que genera la vida: el agua y la luz. Sobre los campos poblados de animales las cimas de los montes se convierten en estanques de agua, lo que garantiza que se tendrá agua por mucho tiempo; en el cosmos, se ve la luna y el sol que hacen más intensa su capacidad de iluminar para que surja la vida y se sostenga por mucho tiempo: «en todo monte elevado y toda colina alta, habrá arroyos y corrientes de agua … , la luz de la luna será como la luz del sol».

La raíz de todo está en el perdón

La imagen más fuerte la encontramos al final: al tiempo que caen las torres enemigas es curada la herida de su pueblo; todo esto sucederá «el día de la gran matanza, cuando se derrumben las torres. El día en que el Señor vende las heridas de su pueblo y le sane las llagas de sus golpes».

El camino de crecimiento, en los caminos del Señor, es al mismo tiempo un camino en el que se suman todas sus bendiciones. El perdón es como una curación que da una nueva fuerza a la vida.

La profecía se realiza en Jesús Mesías.

El evangelio anuncia a Jesús como Mesías misericordioso que cura a su pueblo que deambula disperso «como ovejas sin pastor». Con la venida de Jesús termina el tiempo de las lágrimas y comienza el tiempo de la bendición en el que el pueblo es socorrido por muchos y buenos líderes que reúnen «a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Ellos en nombre de Jesús, sin buscar su propio interés, proclaman la proximidad del Reino de Dios y sanan los sufrimientos del pueblo. En Jesús y en sus mensajeros es manifiesta la misericordia de Dios que responde al clamor de su pueblo.


[1] Oñoro F., Actitudes ante la venida del Señor. Aprender a perdonar. Isaías 30, 19-21.23-26. CEBIPAL/CELAM.

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