Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: noviembre 2020

La Corona de Adviento I

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corona de adviento

La corona de adviento, más que un adorno, es un recurso simbólico oportuno para la celebración del Adviento en nuestra comunidad de fe, comenzando por la familia.

Veamos lo que dice un libro litúrgico[1] al respecto:

«La “Corona de Adviento” o “Corona de las luces de Adviento” es un signo que expresa la alegría del tiempo de preparación a la Navidad. Por medio de la bendición de la corona se subraya su significado religioso.

La Luz indica el camino, aleja el miedo y favorece la comunión. La luz es un símbolo de Jesucristo, luz del mundo. El encender, semana tras semana, los cuatro cirios de la corona muestra la ascensión gradual hacia la plenitud de la Navidad. El color verde de la corona significa la vida y la esperanza.

La corona de Adviento es, pues, un símbolo de la esperanza de que la luz y la vida triunfarán sobre las tinieblas y la muerte. Porque el Hijo de Dios se ha hecho hombre por nosotros, y con su muerte nos ha dado la verdadera vida.

La primera semana

La invitación es a la Vigilancia.

Encendemos la primera vela, como aquél que enciende su lámpara para salir, en la noche, al encuentro del amigo que ya viene. En la primera semana de Adviento queremos levantarnos para esperar preparados al Señor, para recibirlo con alegría. Reconocemos que muchas sombras nos envuelven, muchos halagos nos adormecen. Queremos estar despiertos y vigilantes, porque el Señor nos trae la luz más clara, La Paz más profunda y la alegría más verdadera. [2]

Rito para encender la primera vela de la Corona de Adviento

(Se sugiere hacerla en familia después de haber asistido a la misa dominical a la que se lleva a bendecir la Corona)

[1] Bendicional, Nos. 1235-1237.

[2] Cf. Delfín Poso Marcelino, Corona de Adviento en familia y celebraciones para vivir la Navidad, p. 67-68

¡Estén alerta…!

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Tiempo Ordinario

Sábado de la XXXIV

Textos

† Del evangelio según san Lucas (21, 34-36)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Estén alerta, para que los vicios, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente y aquel día los sorprenda desprevenidos; porque caerá de repente como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra.

Velen, pues, y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del hombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio que hemos escuchado cierra el discurso escatológico según Lucas y también el año litúrgico. Desde que llegó a Jerusalén, Jesús enseñaba cada día en el templo y al atardecer se retiraba al huerto de los olivos para orar. 

Ahora exhorta a los discípulos: «Velen, pues, y hagan oración continuamente». Y no lo dice solo con palabras, sino con hechos. Sabe que ante los momentos decisivos y difíciles hay que estar atento y preparado. Hay que vivir cada día como si fuera el último. De hecho, cada día, de algún modo, es el último, en el sentido de que es único, irrepetible e irreversible. 

El evangelista Lucas presenta la oración como la actividad por excelencia del discípulo que vela para acoger al Señor cuando llame a la puerta de nuestro corazón. La oración no solo aleja el mal y da la fuerza para combatirlo, sino que, sobre todo, nos libra del egocentrismo y nos ayuda a levantar la mirada hacia el Señor que llega. Y Jesús nos pide que oremos siempre, sin cesar. 

Para nosotros, pobres hombres limitados, eso significa orar cada día. Sí, la oración de cada día traduce esa fidelidad que el Evangelio pide y que orienta al discípulo hacia Dios. Cada día debemos «comparecer seguros ante el Hijo del hombre» y con él invocar al Padre que está en el cielo para gozar desde ahora mismo el encuentro definitivo con Él. 

La liturgia de la Iglesia, al introducirnos en el nuevo año litúrgico tras habemos mostrado el «fin» de la historia, nos recuerda que la oración perseverante es la garantía de nuestro encuentro definitivo con el Señor. 


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 435.

¡Vivamos el Adviento!

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El próximo domingo iniciamos con el adviento un nuevo año litúrgico. Adviento, advenimiento, significa propiamente, traducido al pie de la letra, lo que vendrá.

El adviento es tiempo de esperanza. El año litúrgico inicia con la proclamación de la fidelidad de Dios, que se cumple en la historia, una historia que no nos es ajena, que también es nuestra y de la que ahora somos protagonistas. La fidelidad de Dios abre en el horizonte de nuestras vidas la oportunidad de comenzar de nuevo, de ubicarnos en el contexto de la nueva creación, que se recrea para nosotros cuando permitimos que la Palabra, el Verbo de Dios, que existe desde el principio, se pronuncie sobre nuestras vidas.

El P. Karl Rahner [1], nos ayuda a entender cómo el adviento nos ofrece la oportunidad de situarnos en el tiempo, en nuestro tiempo y en el tiempo de Dios, pues encierra “la noción de presente y de futuro, de ser y de falta de ser, de posesión y de espera.” Así, celebramos la memoria de la encarnación del Hijo de Dios, que ya ha acontecido, que permanece y que acontece, como juicio y salvación definitiva.

La liturgia del adviento nos ayuda a interiorizar toda la historia de la salvación: la espera del pasado, de los padres que vivieron antes de Cristo, de la llegada de la salvación todavía escondida en Dios; el presente de la salvación que está sucediendo ya en el mundo, pero todavía oculta en Cristo, el futuro de la misma que ha de revelarse en la transformación del mundo.

El adviento nos sitúa al inicio de un camino de profundización de la fe; propicio para que nos hagamos con seriedad la pregunta acerca de Dios que es promesa, realización y espera y que nos permite por tanto,  habitar con gratitud el recuerdo; vivir con entusiasmo el hoy de nuestra historia y con esperanza el porvenir por incierto que parezca.

Aprovechar la oportunidad es tarea nuestra. La Palabra de Dios nos ilumina y nos orienta; lo demás, los signos, los gestos, las celebraciones, los encuentros, nos ayudan para contemplar en la oscuridad la luz de una estrella Vivamos el adviento y preparemos la Navidad. Hagamos el propósito de hacer un alto en la jornada para meditar la Palabra de Dios; demos sentido y hondura a los signos, a los gestos, y, sobre todo, a los encuentros y convivencias. Feliz adviento.

[1] K. Rahner, El Año litúrgico, 7-12.