Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: octubre 2020

Hoy, mañana y pasado mañana tengo que seguir mi camino

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Tiempo Ordinario

Jueves de la XXX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 31-35) 

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le dijeron: “Vete de aquí, porque Herodes quiere matarte”.

El les contestó: “Vayan a decirle a ese zorro que seguiré expulsando demonios y haciendo curaciones hoy y mañana, y que al tercer día terminaré mi obra.

Sin embargo, hoy, mañana y pasado mañana tengo que seguir mi camino, porque no conviene que un profeta muera fuera de Jerusalén.

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas y apedreas a los profetas que Dios te envía! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas, pero tú no has querido! Así pues, la casa de ustedes quedará abandonada.

Yo les digo que no me volverán a ver hasta el día en que digan: ‘¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

El evangelio de hoy, nos hace sentir el contexto amenazador y peligroso en el que Jesús vivía y trabajaba. Herodes, el mismo que había matado a Juan Bautista, quería matar a Jesús.

El aviso de los fariseos a Jesús. «Se acercaron a Jesús unos fariseos y le dijeron: “Vete de aquí, porque Herodes quiere matarte». Es importante notar que Jesús recibió el aviso de parte de los fariseos. Algunas veces, los fariseos están juntos con el grupo de Herodes queriendo matar a Jesús, pero aquí, se solidarizan con Jesús y quieren evitar que muera. En aquel tiempo, el poder del rey era absoluto. No daba cuenta a nadie de su manera de gobernar. Herodes había matado a Juan Bautista y ahora está queriendo terminar con Jesús.

La respuesta de Jesús. «Vayan a decirle a ese zorro que seguiré expulsando demonios y haciendo curaciones hoy y mañana, y que al tercer día terminaré mi obra». Es una respuesta clara y valiente. Llama a Herodes ‘zorro’. Para anunciar el Reino Jesús no depende del permiso de las autoridades políticas. Manda un recado informando que va a continuar su trabajo hoy y mañana y que seguirá hasta pasado mañana, es decir el tercer día. 

En esta respuesta se percibe la libertad de Jesús ante el poder que quería impedirle de realizar la misión recibida del Padre. ¡Pues, quien determina los plazos y la hora es Dios y no Herodes! Al mismo tiempo, en la respuesta se deja ver un cierto simbolismo relacionado con la muerte y la resurrección en el tercer día en Jerusalén. Es para decir que no morirá en Galilea, sino en Jerusalén, capital de su pueblo, y que resucitará el tercer día.

Lamento de Jesús sobre Jerusalén. «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas y apedreas a los profetas que Dios te envía!». Este lamento de Jesús sobre la capital de su gente evoca la larga y triste historia de la resistencia de las autoridades a los llamamientos de Dios que les llegaban a través de los profetas y de los sabios. En otro lugar Jesús habla de los profetas perseguidos y matados desde Abel hasta Zacarías. Llegando a Jerusalén justo antes de su muerte, mirando hacia la ciudad desde lo alto del Monte de los Olivos, Jesús llora sobre ella, porque no reconoció en tiempo en que Dios vino a visitarla.

Llamó a sus discípulos, eligió a doce de entre ellos

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 28 de octubre

Santos Simón y Judas, apóstoles

Textos

Del evangelio según san Lucas (6, 12-19)

Por aquellos días, Jesús se retiró al monte a orar y se pasó la noche en oración con Dios.

Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, eligió a doce de entre ellos y les dio el nombre de apóstoles. Eran Simón, a quien llamó Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y Juan; Felipe y Bartolomé; Mateo y Tomás; Santiago, el hijo de Alfeo, y Simón, llamado el Fanático; Judas, el hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

Al bajar del monte con sus discípulos y sus apóstoles, se detuvo en un llano. Allí se encontraba mucha gente, que había venido tanto de Judea y Jerusalén, como de la costa de Tiro y de Sidón. Habían venido a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; y los que eran atormentados por espíritus inmundos quedaban curados.

Toda la gente procuraba tocarlo, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy la Iglesia recuerda a los apóstoles Simón y Judas.

Simón es llamado el «zelota» tal vez porque pertenecía a ese grupo que se oponía a los romanos con la violencia. Según la tradición, predicó el Evangelio en Samaría, en Mesopotamia, y murió en Persia.

Judas, llamado también Tadeo, o sea, «magnánimo», es el apóstol que en la última cena preguntó a Jesús por qué se iba a manifestar sólo a los discípulos y no al mundo. Su nombre aparece en último lugar en las listas de los apóstoles. La tradición le atribuye la carta homónima dirigida a los conversos del judaísmo.

De la vida de ambos no se sabe casi nada, pero no por eso son menos importantes que los demás. En la Iglesia no importa la notoriedad, sino la comunión con el Señor y los hermanos. A menudo, por desgracia, sucede en la comunidad lo que sucedía también entre los apóstoles, es decir, que se discute sobre quién es el primero. En la Iglesia la única primacía que hay que buscar es la del amor, la del servicio generoso.

Jesús los llamó también a ellos por su nombre, subrayando así que su amor es lo que da dignidad a los discípulos. Y del amor que Jesús muestra por nosotros nace también el amor que debe reinar entre los discípulos, el amor fraterno que es la razón por la que los demás creerán en el Señor.

El nombre, en la mentalidad bíblica, no es solo un apelativo: significa la historia, el corazón, la vida de cada persona. Cuando el Señor nos llama se produce también un cambio de nombre, es decir, una transformación del corazón y la entrega de una nueva vocación. Por ejemplo, Simón pasa a ser Pedro, o sea, roca, cimiento.

Recibir el nombre significa ante todo ser amado personalmente por Dios. Y también significa recibir de Dios un nuevo encargo. Conocer a los demás por su nombre es uno de los tesoros de la vida. Incluso desde un punto de vista simplemente humano. El Señor lo exalta aún más: conocernos y llamarnos por nuestro nombre es el signo de un amor que lleva el sello de Dios.

Desde ese punto de vista se ve más claramente la familiaridad que debe caracterizar la vida de los discípulos y extenderse a todos, empezando por los pobres. Así pues, es impactante acostumbrarse a llamar también a los pobres por su nombre. Es dificil que eso suceda. Pero existe un vínculo entre el nombre de los discípulos y el de los pobres. Es el don de ser todos hijos amados por Dios, cada uno con su nombre.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 349-350.

El Reino de Dios se parece a la levadura…. que hace fermentar toda la masa

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Tiempo Ordinario

Martes de la XXX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 18-21)

En aquel tiempo, Jesús dijo: “¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué podré compararlo? Se parece a la semilla de mostaza que un hombre sembró en su huerta; creció y se convirtió en un arbusto grande y los pájaros anidaron en sus ramas”.

Y dijo de nuevo: “¿Con qué podré comparar al Reino de Dios? Con la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina y que hace fermentar toda la masa”Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

En el evangelio de hoy, nos encontramos con dos parábolas del Reino.

El Reino de Dios es semejante a una semilla de mostaza. Esta semilla es muy común en Palestina, de modo particular junto al lago de Galilea. Es conocida por su singular pequeñez. Jesús usa esta imagen para expresar su esperanza de que sus discípulos tengan un mínimo de fe: “Si tuvieran fe como un grano de mostaza…”. 

La parábola que leemos ahora es muy sencilla: compara dos momentos de la historia de la semilla: cuando es sembrada y cuando se hace un árbol.  Por tanto, la función del relato es explicar el crecimiento extraordinario de una semilla que se entierra en el propio jardín, a lo que sigue un crecimiento asombroso al hacerse un árbol. 

Al igual que esta semilla, el Reino de Dios tiene también su historia: el Reino de Dios es la semilla enterrada en el huerto, lugar que en el Nuevo Testamento indica el lugar de la agonía y de la sepultura de Jesús; sigue después el momento del crecimiento en el que llega a ser un árbol fecundo, abierto a todos.

El Reino de Dios es semejante a la levadura. La levadura se esconde en tres medidas de harina. En la cultura hebrea, la levadura era considerada un factor de corrupción, hasta el punto que se eliminaba en las casas para no contaminar la fiesta de Pascua, que justamente empezaba la semana de los ázimos. 

El uso de este elemento negativo para describir el Reino de Dios era un motivo de perturbación para los oídos de los judíos. Pero el lector percibe su fuerza convincente: es suficiente meter una pequeña cantidad de levadura en tres medidas de harina para conseguir una gran cantidad de pasta. Jesús anuncia que esta levadura, escondida o desaparecida en las tres medidas de harina, después de un tiempo, hace crecer la masa.

Lucas piensa en la Palabra de Jesús que ya está creciendo pero que todavía no se ha convertido en árbol. Jesús y el Espíritu Santo están dando soporte a este crecimiento de la palabra. La imagen de la levadura completa el cuadro de la semilla. La levadura es el Evangelio que actúa en el mundo, en la comunidad eclesial y en cada creyente.