Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: octubre 2020

Llamó a sus discípulos, eligió a doce de entre ellos

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 28 de octubre

Santos Simón y Judas, apóstoles

Textos

Del evangelio según san Lucas (6, 12-19)

Por aquellos días, Jesús se retiró al monte a orar y se pasó la noche en oración con Dios.

Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, eligió a doce de entre ellos y les dio el nombre de apóstoles. Eran Simón, a quien llamó Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y Juan; Felipe y Bartolomé; Mateo y Tomás; Santiago, el hijo de Alfeo, y Simón, llamado el Fanático; Judas, el hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

Al bajar del monte con sus discípulos y sus apóstoles, se detuvo en un llano. Allí se encontraba mucha gente, que había venido tanto de Judea y Jerusalén, como de la costa de Tiro y de Sidón. Habían venido a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; y los que eran atormentados por espíritus inmundos quedaban curados.

Toda la gente procuraba tocarlo, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy la Iglesia recuerda a los apóstoles Simón y Judas.

Simón es llamado el «zelota» tal vez porque pertenecía a ese grupo que se oponía a los romanos con la violencia. Según la tradición, predicó el Evangelio en Samaría, en Mesopotamia, y murió en Persia.

Judas, llamado también Tadeo, o sea, «magnánimo», es el apóstol que en la última cena preguntó a Jesús por qué se iba a manifestar sólo a los discípulos y no al mundo. Su nombre aparece en último lugar en las listas de los apóstoles. La tradición le atribuye la carta homónima dirigida a los conversos del judaísmo.

De la vida de ambos no se sabe casi nada, pero no por eso son menos importantes que los demás. En la Iglesia no importa la notoriedad, sino la comunión con el Señor y los hermanos. A menudo, por desgracia, sucede en la comunidad lo que sucedía también entre los apóstoles, es decir, que se discute sobre quién es el primero. En la Iglesia la única primacía que hay que buscar es la del amor, la del servicio generoso.

Jesús los llamó también a ellos por su nombre, subrayando así que su amor es lo que da dignidad a los discípulos. Y del amor que Jesús muestra por nosotros nace también el amor que debe reinar entre los discípulos, el amor fraterno que es la razón por la que los demás creerán en el Señor.

El nombre, en la mentalidad bíblica, no es solo un apelativo: significa la historia, el corazón, la vida de cada persona. Cuando el Señor nos llama se produce también un cambio de nombre, es decir, una transformación del corazón y la entrega de una nueva vocación. Por ejemplo, Simón pasa a ser Pedro, o sea, roca, cimiento.

Recibir el nombre significa ante todo ser amado personalmente por Dios. Y también significa recibir de Dios un nuevo encargo. Conocer a los demás por su nombre es uno de los tesoros de la vida. Incluso desde un punto de vista simplemente humano. El Señor lo exalta aún más: conocernos y llamarnos por nuestro nombre es el signo de un amor que lleva el sello de Dios.

Desde ese punto de vista se ve más claramente la familiaridad que debe caracterizar la vida de los discípulos y extenderse a todos, empezando por los pobres. Así pues, es impactante acostumbrarse a llamar también a los pobres por su nombre. Es dificil que eso suceda. Pero existe un vínculo entre el nombre de los discípulos y el de los pobres. Es el don de ser todos hijos amados por Dios, cada uno con su nombre.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 349-350.

El Reino de Dios se parece a la levadura…. que hace fermentar toda la masa

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Tiempo Ordinario

Martes de la XXX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 18-21)

En aquel tiempo, Jesús dijo: “¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué podré compararlo? Se parece a la semilla de mostaza que un hombre sembró en su huerta; creció y se convirtió en un arbusto grande y los pájaros anidaron en sus ramas”.

Y dijo de nuevo: “¿Con qué podré comparar al Reino de Dios? Con la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina y que hace fermentar toda la masa”Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

En el evangelio de hoy, nos encontramos con dos parábolas del Reino.

El Reino de Dios es semejante a una semilla de mostaza. Esta semilla es muy común en Palestina, de modo particular junto al lago de Galilea. Es conocida por su singular pequeñez. Jesús usa esta imagen para expresar su esperanza de que sus discípulos tengan un mínimo de fe: “Si tuvieran fe como un grano de mostaza…”. 

La parábola que leemos ahora es muy sencilla: compara dos momentos de la historia de la semilla: cuando es sembrada y cuando se hace un árbol.  Por tanto, la función del relato es explicar el crecimiento extraordinario de una semilla que se entierra en el propio jardín, a lo que sigue un crecimiento asombroso al hacerse un árbol. 

Al igual que esta semilla, el Reino de Dios tiene también su historia: el Reino de Dios es la semilla enterrada en el huerto, lugar que en el Nuevo Testamento indica el lugar de la agonía y de la sepultura de Jesús; sigue después el momento del crecimiento en el que llega a ser un árbol fecundo, abierto a todos.

El Reino de Dios es semejante a la levadura. La levadura se esconde en tres medidas de harina. En la cultura hebrea, la levadura era considerada un factor de corrupción, hasta el punto que se eliminaba en las casas para no contaminar la fiesta de Pascua, que justamente empezaba la semana de los ázimos. 

El uso de este elemento negativo para describir el Reino de Dios era un motivo de perturbación para los oídos de los judíos. Pero el lector percibe su fuerza convincente: es suficiente meter una pequeña cantidad de levadura en tres medidas de harina para conseguir una gran cantidad de pasta. Jesús anuncia que esta levadura, escondida o desaparecida en las tres medidas de harina, después de un tiempo, hace crecer la masa.

Lucas piensa en la Palabra de Jesús que ya está creciendo pero que todavía no se ha convertido en árbol. Jesús y el Espíritu Santo están dando soporte a este crecimiento de la palabra. La imagen de la levadura completa el cuadro de la semilla. La levadura es el Evangelio que actúa en el mundo, en la comunidad eclesial y en cada creyente.

La mujer se enderezó y empezó a alabar a Dios

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Tiempo Ordinario

Lunes de la XXX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 10-17)

Un sábado, estaba Jesús enseñando en una sinagoga.

Había ahí una mujer que llevaba dieciocho años enferma por causa de un espíritu malo.

Estaba encorvada y no podía enderezarse. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad”. Le impuso las manos y, al instante, la mujer se enderezó y empezó a alabar a Dios.

Pero el jefe de la sinagoga, indignado de que Jesús hubiera hecho una curación en sábado, le dijo a la gente: “Hay seis días de la semana en que se puede trabajar; vengan, pues, durante esos días a que los curen y no el sábado”.

Entonces el Señor dijo: “¡Hipócritas! ¿Acaso no desata cada uno de ustedes su buey o su burro del pesebre para llevarlo a abrevar, aunque sea sábado? Y a esta hija de Abraham, a la que Satanás tuvo atada durante dieciocho años, ¿no era bueno desatarla de esa atadura, aun en día de sábado?” Cuando Jesús dijo esto, sus enemigos quedaron en vergüenza; en cambio, la gente se alegraba de todas las maravillas que él hacía. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio nos presenta a Jesús que está enseñando como hacía habitualmente, en una sinagoga. Había entre los presentes una mujer a la que una artrosis deformadora había encorvado sobre sí misma. Ya hacía dieciocho años que vivía de aquel modo doloroso. No podía ni siquiera mirar a la gente a la cara, de tan doblegada como estaba. Y a su vez, nadie bajaba hasta su altura para mirarla a 1a cara . ¡Y cuántas mujeres hay como aquella, esclavizadas por la violencia y por la opresión! 

Aquella mujer está allí, frente a Jesús. No es capaz de levantar la mirada y tampoco osa pedirle ayuda, como hacen otras mujeres. Pero Jesús, al verla, se conmueve y la llama para que se acerque. Sin pronunciar muchas palabras le dice inmediatamente: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad». 

En esta pequeña escena de Jesús inclinado sobre aquella mujer podemos comprender cuál debe ser la actitud de los creyentes ante los débiles Y los enfermos, cuál debe ser nuestra manera de mirarlos. Pero hay algo más que debemos aprender: la fuerza de la palabra que cura. Los creyentes han recibido como un don la fuerza misma de Jesús: las palabras dichas con el corazón, con la misma conmoción de Jesús, son eficaces, hacen erguirse a quien está doblegado, como aquella mujer. Sin embargo, los que presenciaron aquella escena no dejaron que llegara a su corazón lo que habían visto. El jefe de la sinagoga incluso se indignó por aquel milagro. 

Si tenemos el corazón lleno de nosotros mismos y de nuestras convicciones ni siquiera los milagros podrán reblandecer su dureza. Jesús replica las acusaciones del Jefe de la sinagoga con la grandeza de la misericordia que vino a traer sobre la tierra. Si los fariseos, con el corazón endurecido, se escandalizaban, la gente, en cambio, hacía fiesta: «la gente se alegraba con las maravillas que hacía». Dichosos los discípulos que se dejan envolver por el misterio de la misericordia del Señor, porque harán fiesta como la gente de entonces.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 398-399.