Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: octubre 2020

¡Dichosos!

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1º de Noviembre

Todos los Santos

Textos

† Del evangelio según san Mateo (5, 1-12)

En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó.

Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, hablándoles así: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La Iglesia, realmente madre y maestra, que hace todo cuanto puede para llevar a sus hijos a la santidad, sale hoy a nuestro encuentro para presentarnos a todos los santos comunes. Podríamos decir que los santos que hoy recordamos son la muchedumbre de aquellos que, como el publicano, admitieron su pecado, renunciaron a aducir excusas y privilegios, y confiaron en la misericordia de Dios.

No son héroes de la vida espiritual, a los que se puede admirar pero es imposible imitar. Ellos son hombres y mujeres corrientes, una muchedumbre formada por discípulos de todos los tiempos que han intentado escuchar el evangelio y también personas no creyentes pero de buena voluntad que se han comprometido a vivir no solo para ellas mismas.

El Apocalipsis, que escuchamos en la primera lectura, presenta a Juan una visión increíble: una muchedumbre formada por todos los «hijos de Dios», es la familia de los santos. No son los hombres «importantes» y valientes, sino los llamados por Dios a formar parte de su pueblo: «Han sido santificados, han sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios» (1 Cor 6, 11).

Se trata de un pueblo de débiles, enfermos, necesitados; de gente que está ante Dios no de pie sino de rodillas; no con la cabeza alta sino inclinada; no con una actitud de reivindicación, sino con las manos extendidas para pedir ayuda. Somos santos, pues, no después de la muerte, sino ya ahora, desde que entramos a formar parte de la familia de Dios, desde que nos separamos del destino triste de este mundo.

La santidad no es un hecho intimista ajeno a la historia humana concreta, del mismo modo que tampoco es un paréntesis de nuestra vida; ser hijos de Dios es pertenecer a su familia. Se trata en realidad de una dimensión que revoluciona la vida de los hombres. En términos evangélicos, la santidad se describe en las bienaventuranzas.

Las bienaventuranzas pueden ayudar a los hombres a salir de la tristeza en la que viven. La concepción de la felicidad evangélica, contraria a la de la cultura dominante, es en realidad una indicación preciosa. Sin duda podemos preguntamos: ¿Cómo puede alguien ser feliz si es pobre, si está afligido, si es humilde y misericordioso? Pero si observamos con mayor atención las causas de la amargura de la vida, descubrimos que son la insaciabilidad, la arrogancia, el abuso y la indiferencia de los hombres. El camino de la santidad no es, pues, un camino extraordinario; es más bien el camino cotidiano de hombres y mujeres que quieren vivir a la luz del Evangelio.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 401-402.

Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal

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Tiempo Ordinario

Sábado de la XXX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (14, 1. 7-14)

Un sábado, Jesús fue a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos, y éstos estaban espiándolo.

Mirando cómo los convidados escogían los primeros lugares, les dijo esta parábola: “Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, no sea que haya algún otro invitado más importante que tú, y el que los invitó a los dos venga a decirte: ‘Déjale el lugar a éste’, y tengas que ir a ocupar, lleno de vergüenza, el último asiento. Por el contrario, cuando te inviten, ocupa el último lugar, para que, cuando venga el que te invitó, te diga: ‘Amigo, acércate a la cabecera’. Entonces te verás honrado en presencia de todos los convidados. Porque el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido”.

Luego dijo al que lo había invitado: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque puede ser que ellos te inviten a su vez, y con eso quedarías recompensado. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos; y así serás dichoso, porque ellos no tienen con qué pagarte; pero ya se te pagará, cuando resuciten los justos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio nos presenta a Jesús que, tras ser invitado a comer en casa de un jefe de los fariseos, observa que los invitados se apresuran a elegir los primeros puestos. Elegir los primeros puestos es ponerse a uno mismo delante de todo; es querer supeditarlo todo a las propias comodidades; es querer ser servido en lugar de servir; ser ensalzado en lugar de mostrarse disponible; ser amado antes de amar, o bien ponerse al final para no amar, para no servir. Elegir el primer puesto, en definitiva, significa anteponerse a cualquier otra cosa. Se comprende que no es cuestión de sillas, sino más bien del estilo de vida y del corazón.

Jesús estigmatiza este comportamiento, que no ayuda en nada, sino que más bien perjudica, porque nos convierte en competidores y enemigos, condenándonos a una vida llena de envidias y abusos. No es cuestión de urbanidad o de buenos modales. Jesús va más allá; quiere comprender la concepción que cada uno tiene de sí mismo. Su lección es clara: aquel que se cree justo y piensa que puede tener la cabeza alta hasta el punto de merecer el primer puesto, por delante de los demás, oirá que le dicen: «¡Deja el sitio a este!», y deberá irse atrás avergonzado. Así pues, haremos bien en avergonzamos de nuestra soberbia y de la indulgencia que tenemos hacia nosotros mismos, ya antes de elegir puesto. Haremos bien en avergonzamos ante Dios por nuestro pecado, sin que ello comporte depresión, pues «solo Dios es bueno». 

La santa liturgia nos sugiere esta actitud cuando al inicio nos hace invocar tres veces: «Señor, ten piedad». Y el Señor se pone al lado de cada uno de nosotros y nos exhorta: «Amigo, sube más arriba»; «Amigo, ven, escucha mi palabra, come mi pan y bebe mi cáliz». ¡Sí! Quien se humilla y pide perdón, quien inclina su cabeza delante del Señor, será ensalzado. El Señor no soporta a los soberbios y no tolera a los egoístas. Él es el «Padre de los humildes». 

El humilde entiende, sabe amar, ser hermano, rezar, tener humanidad, mover las montañas más altas y colmar los abismos más profundos. Se delinean así los rasgos de nuestra vocación cristiana: ser un pueblo de humildes y pobres. El humilde hace realidad la otra parábola evangélica: «Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos … no sea que ellos te inviten … y tengas ya tu recompensa … Llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder» (Lc 14, 12-14). 


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 294-295.

Jesús tocó con la mano al enfermo, lo curó y le dijo que se fuera

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Tiempo Ordinario

Viernes de la XXX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (14, 1-6)

Un sábado, Jesús fue a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos, y éstos estaban espiándolo. Había allí, frente a él, un enfermo de hidropesía, y Jesús, dirigiéndose a los escribas y fariseos, les preguntó: “¿Está permitido curar en sábado o no?” Ellos se quedaron callados.

Entonces Jesús tocó con la mano al enfermo, lo curó y le dijo que se fuera. Y dirigiéndose a ellos les preguntó: “Si a alguno de ustedes se le cae en un pozo su burro o su buey, ¿no lo saca enseguida, aunque sea sábado?» Y ellos no supieron qué contestarle. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Lucas inserta, en el marco de un banquete, el relato de un milagro realizado por Jesús y explicita la circunstancia cronológica del sábado. A continuación, refiere algunas enseñanzas de Jesús relativas a la elección de los primeros puestos. Éstas son las dos páginas evangélicas que nos propone la liturgia de la Palabra para hoy y para mañana. 

Es la sexta vez, según el testimonio de Lucas, que Jesús acepta una invitación a comer, y eso revela un rasgo simpático de Jesús, siempre atento a los otros y deseoso de la compañía de los demás. Es un modo con el que el evangelista pretende subrayar la humanidad de Jesús, captada en una de sus expresiones más delicadas. 

Esta vez, es Jesús quien provoca a los maestros de la Ley y a los fariseos sobre la licitud o no de curar en sábado. Al querer proceder a la curación de un hidrópico, Jesús desea despejar el campo de toda objeción previa. Jesús hace frente a sus adversarios y los derrota: no en el análisis de los artículos de la ley, sobre cuya base hubieran podido responder con un «no» seco, sino en el campo de la observancia práctica de la ley, entendida sobre todo en su espíritu originario. Y a este respecto sus adversarios, sin saber qué responder, permanecen mudos. 

Un silencio, a buen seguro, embarazoso, pero tal vez también indicio de un deseo de revancha: por eso lo repite Lucas dos veces. Pero Jesús supera también con elegancia esta situación y lanza un segundo ataque, provocándoles así: «Si a alguno de ustedes se le cae en un pozo su burro o su buey, ¿no lo saca enseguida, aunque sea sábado?». De este modo, Jesús, redimensionando el valor del sábado como sábado, ratifica su invitación- mandato a la caridad y a la benevolencia con el prójimo. Derriba así las superestructuras que amenazan la libertad del hombre e invita a todos y cada uno de ellos a encontrar la verdadera libertad en la caridad. 


[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año.12., 233-234.