Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Descuidan lo más importante… por dentro siguen sucios con su codicia

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Martes de la XXI seman

Textos

† Del evangelio según san Mateo (23, 23-26)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los escribas y fariseos: “¡Ay de ustedes escribas y fariseos hipócritas, porque pagan el diezmo de la menta, del anís y del comino, pero descuidan lo más importante de la ley, que son la justicia, la misericordia y la fidelidad! Esto es lo que tenían que practicar, sin descuidar aquello.

¡Guías ciegos, que cuelan el mosquito, pero se tragan el camello! ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera los vasos y los platos, mientras que por dentro siguen sucios con su rapacidad y codicia! ¡Fariseo ciego!, limpia primero por dentro el vaso y así quedará también limpio por fuera”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Nos vamos aproximando al final de nuestra lectura semicontinua del evangelio de Mateo. Estamos el capítulo 23, en el que leemos  la serie de las siete lamentaciones de Jesús que se conocen también los _“ayes”_ o invectivas contra los escribas y fariseos. 

Es una sección fuerte del evangelio de Mateo; nos permite hacer una evaluación mirándonos con toda honestidad y sin prevenciones en el espejo de la Palabra de Dios. 

En casi todos los “ayes” Jesús repite la expresión “escribas y fariseos hipócritas”.  El término hipócrita está tomado casi tal cual de la lengua griega y significa “actor de teatro” incluso puede traducirse como “comediante” o “payaso”. 

La expresión que en mundo teatral griego es positiva, toma en labios de Jesús un sentido peyorativo indicando una doble vida. Desde esta perspectiva, Jesús evalúa el comportamiento de los líderes de Israel, pero no debemos perder de vista que cuando Mateo lo narra está pensando también en todo aquello en lo que deben estar vigilantes los discípulos del Señor.

Si miramos en conjunto los siete “ayes” notaremos que la hipocresía se diagnostica en: la discrepancia entre ser y aparecer;  el mal manejo de la escala de valores; la falta de discernimiento de lo que es importante y de lo que es secundario, entre lo central y lo periférico.

Lo que cuenta para Jesús no son los títulos, ni la manera como se presenta externamente una persona, para él no hay máscaras ni rótulos. Jesús conoce el corazón y lo que importa para él es el actuar cotidiano impulsado por el amor sincero, aprendido y madurado en la relación profunda con Dios.

Hoy leemos la cuarta y quinta invectiva

Cuarto “¡ay!” Cuando se descuida lo esencial

Jesús pone en tela de juicio la inversión del orden de los valores de la casuística rabínica que –con buena intención- busca la santidad en el detalle: mientras sólo era obligatorio pagar el diezmo por el aceite, el mosto y los cereales,  ellos lo hacían también con elementos menos esenciales como la menta, el anís y el comino. Jesús muestra cómo tal generosidad contrasta con la vivencia de “lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe”.

¿Qué se esperaría del discípulo de Jesús? Poner el corazón en la ley del Señor para tener un corazón íntegro, partiendo de lo esencial que es la misericordia, para vivir desde ahí la relación con Dios (fe) y con los hermanos (justicia), y luego descender poco a poco a todos los detalles en los cuales procurará mostrar una gran generosidad.

Quinto “¡ay!”: Cuando no hay un camino de conversión la espiritualidad es vacía 

Irónicamente Jesús describe a aquellos se la pasan todo el día puliendo la vajilla de plata, por razones de pureza ritual, y haciendo de esta actividad su camino de santidad. En realidad esta es una espiritualidad vacía. Y había sentenciado Jesús diciendo: “pero su corazón está lejos de mí”. Esto sucede cuando el comportamiento moral sólo se preocupa de las apariencias externas y no de la realidad interna.

Qué se esperaría: La verdadera espiritualidad es la que tiene como base un camino responsable de conversión, apuntando siempre al necesario nexo entre lo interno y externo. Hay que sustituir el radicalismo cumplidor de la ley con un radicalismo ético, pasar de la observancia de la letra de la ley a vivir su espíritu.

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