Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: agosto 2020

Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura

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Tiempo Ordinario

Lunes de la XXII semana

Textos

† Del santo Evangelio según san Lucas (4, 16-30)

En aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado.

Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura.

Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.

Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó.

Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él.

Entonces comenzó a hablar, diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura, que ustedes acaban de oír”.

Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios, y se preguntaban: “¿No es éste el hijo de José?” Jesús les dijo: “Seguramente me dirán aquel refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo, y haz aquí, en tu propia tierra, todos esos prodigios que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm’ ”.

Y añadió: “Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra.

Había ciertamente en Israel muchas viudas en los tiempos de Elías, cuando faltó la lluvia durante tres años y medio, y hubo un hambre terrible en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda que vivía en Sarepta, ciudad de Sidón.

Había muchos leprosos en Israel, en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, que era de Siria”.

Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta una barranca del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo.

Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de allí. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Comenzamos la lectura -casi continua- del evangelio según san Lucas que concluiremos con el año litúrgico, a finales el mes de noviembre.

El primer texto que abordamos es el del inicio del ministerio de Jesús en la sinagoga de Nazareth, lugar «donde se había criado». Allí, Jesús realiza su primera predicación. La figura de Jesús es familiar para el auditorio; los presentes lo vieron crecer y frecuentar los sábados esa misma sinagoga; cualquiera pensaría que las tenía todas consigo, pero resulta que lo que parecía ser una ventaja, terminó siendo una barrera de separación entre Jesús y sus paisanos.

La liturgia de la sinagoga era extensa, se componía de oraciones y lecturas. La parte central era la lectura de algunos pasajes de la Ley -los primeros cinco libros de la Biblia- y luego uno de los profetas; después de la lectura, se hacía un comentario edificante para la asamblea. 

Ese sábado, tocó a Jesús hacer y comentar la lectura del pasaje tomado de uno de los profetas. El texto que leyó Jesús se encuentra en Isaías 61,1-2 y 58,6. En él se distinguen dos partes: la identidad del mensajero y el contenido del mensaje

El mensajero es el Mesías, el ungido por el Señor. La autoridad para realizar la misión viene de la unción con el Espíritu. El texto de Isaías originalmente piensa en la unción de un profeta; Jesús entonces es el Profeta, pero Lucas piensa que Jesús ha venido no sólo como profeta sino como Hijo de Dios. 

En los momentos importantes Lucas va a recordar que el Mesías es el Hijo de Dios. Juntando todos estos pequeños detalles Lucas clarifica la identidad del mensajero.

El contenido del mensaje.  Se articula en en cuatro frases paralelas: 1. Anunciar la buena noticia a los pobres,  2. Proclamar la liberación a los cautivos. y la recuperación de la vista a los ciegos; 3. Poner en libertad a los oprimidos; 4. Proclamar un año de gracia del Señor.

¿Qué hay detrás de estas palabras? 

Primero: Se trata de cuatro maneras de expresar la misión de Jesús en términos de una acción liberadora para cualquier tipo de carga u opresión sobre las personas. El mensaje de Jesús es la liberación total de las personas, así como de la sociedad y del ambiente en que viven. Así nos enseña de manera concreta que en esta difícil historia Dios está al lado de todos los que sufren y responde a su esperanza. 

Segundo:  Se trata de un nuevo tiempo: el tiempo mesiánico es el tiempo del jubileo. El trasfondo es el año jubilar en el Antiguo Testamento que tenía como ideal la restauración de las verdaderas relaciones dentro del pueblo: donde no hubiera opresor ni oprimido, ni usurero, ni deudor.

¿Por qué todo esto? Porque Dios es el único Señor; ningún hombre tiene el derecho de ejercer ningún tipo de dominio sobre su hermano. La llegada de este año había sido en otras épocas la esperanza de los pobres y oprimidos. Aquél día en la sinagoga de Nazaret Jesús desempolvó el tema para anunciar así el advenimiento del “Reino de Dios.”

Tercero. Se trata, al fin y al cabo, de la instauración de la soberanía de Dios. La presencia inmediata de la acción salvífica de Dios que ha se ha venido anunciando desde el comienzo del Evangelio es la llegada del Reino de Dios y con esta cita profética Jesús ilustra que la instauración del reinado de Dios en la tierra tiene como consecuencia la liberación de la humanidad. 

Cuarto.  Se trata de un anuncio que reviva la esperanza e invita a abrirse a la acción de Dios, pero apunta al hecho salvífico fundamental: “poner en libertad a los oprimidos”, que abarca todas las formas como se realiza la salvación en el Evangelio, pero que tiene como punto culminante el mayor don de Dios: el perdón de los pecados. En el Evangelio “libertar” y “perdonar” van juntos.

La homilía de Jesús. Después de proclamar el texto de Isaías, Jesús pronuncia su brevísima homilía: «Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura, que ustedes acaban de oír». Anuncia así la fidelidad de Dios, dejando clara su identidad como mensajero de la Buena Noticia, -evangelizador- y el contenido de la Buena noticia -evangelio-; ambos se identifican en su persona y de la misma manera quiere que en sus discípulos misioneros, se identifiquen mensajero y mensaje, para que lleven primero con la vida, después con la Palabra, la alegre noticia del amor misericordioso de Dios.

Tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres

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Tiempo Ordinario

Domingo de la XXII semana

Ciclo A

Textos

† Del evangelio según san Mateo (16, 21-27)

En aquel tiempo, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”.

Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: “¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!” Luego Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga.

Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.

¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla? Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces le dará a cada uno lo que merecen sus obras”. Palabra del Señor. 

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Mensaje[1]

El pasaje que escuchamos hoy es continuación inmediata del que escuchamos y reflexionamos la semana pasada. 

No podemos separar la proclamación de fe de Pedro de su pretensión mundana de aparatar a Jesús del camino de Dios que pasa por la entrega de su vida. La respuesta que había dado al identificar a Jesús con “el Cristo, el Hijo de Dios vivo” era correcta y precisa; sin embargo, lo comprendía a su modo, como lo comprendían muchos de su tiempo. 

Para Pedro no era lógico que el Mesías llegara al extremo de ir a Jerusalén, sufrir a causa de los líderes politico-religiosos de Israel, morir y resucitar; no le parecía adecuado este plan. 

Jesús reprende a Pedro, lo llama piedra de tropiezo, diciéndole “Satanás” palabra de origen hebreo que significa “adversario”, “contrincante”. “opositor malvado”. Pedro esta falseando la misión de Jesús y se convierte en su adversario, en un calumniador. El atrevimiento de Pedro es tan grave que hasta puede hacer tropezar al Maestro, lo puede escandalizar. Y es que los pensamientos de Pedro están lejos de los de Dios. 

Llama la atención también que inmediatamente después de esta confusión Jesús invite a sus discípulos a seguirlo. Ir detrás o en pos de Jesús merece una explicación. 

En tiempo de Jesús se expresaba la relación y la permanencia de los discípulos con el maestro a través de la imagen del seguimiento. Ir detrás, seguir, significa mantener una relación de cercanía con alguien gracias a una actividad de movimiento que tiene que ver con el de la persona que se sigue. Seguir significa al mismo tiempo, cercanía y movimiento.  

Además, el evangelio remarca dos exigencias para poder seguir a Jesús: negarse a sí mismo y tomar su cruz. 

Negarse a sí mismo, no significa menospreciarse. Entre otras cosas, puede significar, aceptar el proyecto de Jesús y no inventarse uno al propio modo; la meta de Jesús es entregar la vida y nadie -como Pedro- debe cambiar los planes de Dios. Además, negarse quiere decir, comprender que en la medida en que el discípulo se fija más en la voluntad de Dios y en las necesidades de sus hermanos se alcanza a apreciar mejor a sí mismo. 

Tomar la cruz no quiere decir “aceptar los sufrimientos”. Más que con el sufrimiento en sí, tiene que ver con el amor, con la entrega; cargar la cruz significa pues amar hasta al extremo. El símbolo de la cruz no debe convertirse en una justificación y aceptación sin sentido de sufrimeintos y problemas, como si fuera el sufrimiento y no el amor lo que nos hace mejores cristianos; tampoco debe ser la cruz un pretexto para aceptar los sufrimientos de manera absurda en lugar de trabajar por la vida y por la superación y solución de los problemas. 

El Evangelio presenta dos preguntas que, por el modo en que están hechas, suponen respuestas muy claras. Las dos preguntas “¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero,  si arruina su vida?” y “¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?” suponen una única respuesta: “¡de nada!”. 

Esto se entiende sólo a partir de la frase del v. 25 que significa algo así como: el que evada o le saque la vuelta a la entrega de la vida, la está perdiendo; en cambio, el que la entrega por Jesús y su proyecto la está ganando. Una vida arruinada, desperdiciada no tiene sentido así se consiga tener el mundo a los pies (Mt 4, 8-10). La vida es algo tan valioso que no hay nada con lo que se pueda intercambiar; sólo se puede entregar en el amor. 

Por último, a diferencia de Marcos (8,38), Mateo quiere convencer a su comunidad de que esto que les ha propuesto no es un principio cualquiera; es algo tan importante que guarda relación con la manifestación gloriosa del Hijo del Hombre. 

La entrega y el esfuerzo por seguir a Jesús no es un añadido en la vida del discípulo; es lo fundamental; a grado tal que será evaluado por Dios. Más aún, quien sigue a Jesús de ese modo y con esa capacidad de entrega en el amor, comienza a degustar y a compartir desde ahora el Reino, la vida de Dios. (Toribio Tapia Bahena, p. 209-212)


[1] T. Tapia Bahena, Del encuentro con Jesucristo a la misión. Itinerarios de encuentro con la Palabra a través de la Lectio Divina. Ciclo A., 209-212.

Herodes sabía que Juan era un hombre honrado y santo… y lo mandó decapitar

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Tiempo Ordinario

El Martirio de San Juan Bautista

Textos

† Del evangelio según san Marcos (6, 17-29)

En aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel, encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano. 

Herodías aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio; no acababa de conseguirlo, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía. Cuando lo escuchaba, quedaba desconcertado, y lo escuchaba con gusto. 

La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados.  El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo doy.»  Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.» 

Ella salió a preguntarle a su madre: «¿Qué le pido?» La madre le contestó: «La cabeza de Juan, el Bautista.»  Entró ella en seguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan, el Bautista.»  

El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados, no quiso desairarla. En seguida le mandó a un verdugo que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre. 

Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo enterraron. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La Iglesia, desde tiempos antiguos, recuerda no solo el nacimiento del Bautista sino también su muerte a manos de Herodes, que prefirió escuchar el capricho de una mujer de mal corazón antes que la palabra dura pero verdadera del profeta. 

Juan Bautista es el último, el mayor de los profetas, el que prepara la llegada del Mesías. Su rigor contrarresta la costumbre de someterlo todo a nuestro interés; la esencialidad nos ayuda a libramos de lo superfluo; su esperanza nos recuerda que no podemos reconocer a Jesús sin prepararnos, sin atender al desierto del corazón y de tantos lugares del mundo. 

Escuchemos su voz para preparar un camino al Señor que viene. El Bautista había predicado la justicia y la conversión del corazón. Y había entrado en el alma del rey. Por el contrario, a Herodías le molestaba cada vez más la predicación del profeta y lo detestaba. Herodes, por desgracia y a pesar del temor que sentía por los reproches que recibía, no continuó escuchando al profeta hasta llegar a la conversión. 

Es la experiencia amarga del rechazo de la predicación de Juan la que lleva inevitablemente a endurecer el corazón hasta hacerlo caer en el mal. Herodes, a pesar suyo, se dejó llevar por los acontecimientos, aunque fueran solo de naturaleza caprichosa, y se convirtió en homicida. Invirtió las prioridades: la palabra dada fue más importante que la vida del profeta. Y mandó decapitar al Bautista. 

Del corazón pervertido de Herodes nacieron el homicidio y el intento de hacer triunfar el mal sobre el bien. Distinta era la conducta de aquellos que iban al Jordán para escuchar al Bautista: se presentaban reconociendo que eran pecadores y que necesitaban perdón, cambio y salvación. 

El testimonio de Juan -sucede igual cada vez que se predica el Evangelio- prepara el corazón de quien escucha para acoger al Señor. Sucedió también con algunos de sus discípulos, que, tras haberle oído hablar de Jesús, se pusieron a seguirlo. No escuchar la voz del profeta, no reparar en sus palabras que exhortan o corrigen, significa decapitar esa palabra dejando sin eficacia su apremiante invitación a acoger al Señor. 

No vayamos a buscar al desierto una caña agitada por el viento, es decir, una de las tantas imágenes que miramos sin entender; tampoco busquemos a un hombre envuelto en elegantes vestidos, porque estos hombres están en los palacios de los reyes, como todas las falsas seguridades del bienestar. Dejemos que nos interrogue aquel que nos hace ver al Señor presente en el mundo, porque es el hombre de la espera. Solo aquel que sabe esperar, solo aquel que despierta de su sueño reconoce la salvación presente.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 291-292.