Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: agosto 2020

El que se ama a sí mismo, se pierde

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lorenzo

10 de agosto

San Lorenzo, Diácono y Mártir

Textos

 † Del evangelio según san Juan (12, 24-26)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro que si el grano de trigo sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna.

El que quiera servirme que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor. El que me sirve será honrado por mi Padre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy, 10 de agosto, celebramos a San Lorenzo mártir, que murió como testigo de Cristo en Roma en el año 258 d.C. en tiempos del emperador Valeriano; en su testimonio encontramos un ejemplo concreto de la vivencia del evangelio: un hombre libre frente a su sociedad.

Los testigos de su persecución cuentan que cuando las autoridades imperiales lo presionaron para que entregara los supuestos tesoros de la Iglesia que estarían bajo su responsabilidad, san Lorenzo extendió la mano hacia un grupo de pobres y mendigos que estaban cerca y dijo: “He aquí los tesoros de la Iglesia”.

El testimonio de Lorenzo nos motiva y la Palabra de Dios, hoy en el evangelio de Juan, nos ofrece razones para que demos el paso valiente de Jesús al tomar la cruz, esto es, de dar la vida con generosidad y amor.

Las palabras de Jesús nos dan la clave interpretativa del misterio de la pasión en tres frases contundentes. Comienza con una comparación, de allí se extrae la aplicación para la vida y finalmente se indica que todo ello se vive junto con Jesús.

  1. Como el grano de trigo.

Si nosotros somos de los que pensamos que es absurdo perder algo en la vida, nos viene bien la comparación del grano de trigo: “si muere, producirá mucho fruto”. Según esta lógica para ganar hay que perder.

Por cierto, nadie dice que la muerte de la semilla, al plantarla en lo frío y oscuro de la tierra, para que luego brote el árbol, sea un absurdo.

Jesús enseña que la muerte es un paso “necesario” y que de ninguna manera es un absurdo si la miramos no desde el ángulo de la pérdida sino de la ganancia.  Lo que hay que mirar es la vida que brota y que se hace visible en su máximo esplendor.

  1. Entregar la vida para ganar la vida

La paradoja del grano de trigo que para dar vida en el árbol muere a sí misma en cuanto semilla, se constata en la vida de un discípulo de Jesús.

El seguimiento de Jesús exige renuncias para optar por el camino de la vida. Esto se comprende mejor dentro del horizonte indiscutible de todo el evangelio que es la Cruz. El reconocimiento, el aplauso del mundo, las imágenes de felicidad que hoy se ponen a nuestro alcance, tienen su gratificación, “sus ganancias”, pero en realidad dan en nada porque no dan la vida en plenitud. La verdadera realización está en el salir de sí mismo, en no vivir para sí, siguiendo el camino de servicio de Jesús.

  1. Estar con Jesús dónde él está por mí

Todo lo anterior se hace posible en el marco de una relación profunda con Jesús y una relación de “servicio” a él en los hermanos.

Como dice Jesús, esta relación tiene un presupuesto, el “seguimiento”, y tiene una consecuencia, “el Padre lo honrará”, es decir, lo reconocerá como su hijo en la gloria.

En el centro de este versículo aparece la idea central de toda esta experiencia de Jesús: estoy llamado a estar con Jesús allí donde él está por mí, o sea, en la cruz, envueltos en esa única vivencia de amor en la entrega a lo demás para que todos tengan vida. Ahí está el sentido, el valor y la verdadera realización de nuestra vida.

 

 

[1] F. Oñoro, Dar vida con la fuerza de la Cruz, Lectio Divina: Juan 12, 24-26:, CEBIPAL/CELAM

 

Tranquilícense y no teman. Soy yo

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camina sobre las aguasTiempo Ordinario

Domingo de la XIX semana

Ciclo A

Textos

† Del evangelio según san Mateo(14, 22-33)

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.

Entretanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua.

Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror.

Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”.

Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó.

Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

Para comprender mejor lo leído consideraremos, en primer lugar, que el texto remarca que los discípulos estaban en lo profundo del lago. Se supone que están en el Lago de Galilea pues anteriormente se ha mencionado que Jesús había llegado a su patria (Nazaret).

El Evangelio menciona que la barca estaba adentrada en el lago “muchos estadios”; un estadio era una medida con una equivalencia aproximada de los 185 metros que servía para distancias terrestres y marítimas. Esta distancia, más el detalle de que en el lago de Galilea no eran raras las tormentas y tempestades hacen comprensibles el miedo de los discípulos; de hecho se insiste en que la barca era zarandeada por un viento contrario. Además, no debemos olvidar que en el momento en que Jesús se les hace presente es la cuarta de Vigilia, es decir, de tres a seis de la mañana.

En segundo lugar, hay que considerar que lo que hemos leído es una combinación de milagro con manifestación (epifanía) de Jesús. Mateo ya había relatado antes un acontecimiento parecido en 8,23-27; sin embargo, en esa ocasión los discípulos habían sido incapaces de reconocerlo como Hijo de Dios; más aún, hasta los endemoniados lo captaban mejor que los mismos discípulos.

Por eso, llama la atención que ahora presente ambos elementos con bastante claridad: por un lado, Pedro es salvado de un peligro amenazador (la violencia del viento y el hundirse); por otro, el reconocimiento de que verdaderamente Jesús, a quien habían confundido momentos antes con un fantasma, era el Hijo de Dios.

En tercer lugar, es interesante el énfasis que Mateo pone en el miedo de los discípulos. Por un lado, era comprensible que tuvieran miedo: la barca zarandeada por vientos contrarios y la aparición de alguien que piensan que es un fantasma los hace gritar, por otro, una vez que se ha identificado la presencia del Señor ya no es posible tener miedo; cualquier indicio de éste es falta de fe.

Si vemos con atención, ante el primer miedo Jesús los conforta diciéndoles: “¡ánimo, soy yo, no teman!”; en cambio, en el segundo caso, reprocha a Pedro su falta de fe (v. 32).

Por último,la proclamación de fe de que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios, no viene de Pedro sino de quienes habían permanecido en la barca. Esta indicación tiene bastante importancia.

Da la impresión de que Pedro se ha incapacitado para reconocer al Señor, no porque tenga miedo solamente; los demás, como él, cuando se encontraban en la barca zarandeada por el viento en la madrugada también se habían espantado.

El problema de Pedro era que, aún con la presencia del Señor seguía dudando, permanecía con miedo. Este tipo de miedo, según los evangelios (Mt 10,26.28.31; Lc 12,4.7.32; Mt 14, 27; Mc 6,50; Jn 6,20) no es compatible con el seguimiento de Jesús, ni con la fe.

[1]Tapia Bahena Toribio. Del encentro con Jesucristo a la Misión, pp. 195-197

Señor, ten compasión de mi hijo

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curandoTiempo Ordinario

Sábado de la XVIII semana

Textos

+ Del evangelio según san Mateo(17, 14-20)

En aquel tiempo, al llegar Jesús a donde estaba la multitud, se le acercó un hombre, que se puso de rodillas y le dijo: “Señor, ten compasión de mi hijo. Le dan ataques terribles. Unas veces se cae en la lumbre y otras muchas, en el agua. Se lo traje a tus discípulos, pero no han podido curarlo”.

Entonces Jesús exclamó: “¿Hasta cuándo estaré con esta gente incrédula y perversa? ¿Hasta cuándo tendré que aguantarla? Tráiganme aquí al muchacho”. Jesús ordenó al demonio que saliera del muchacho, y desde ese momento éste quedó sano.

Después, al quedarse solos con Jesús, los discípulos le preguntaron: “¿Por qué nosotros no pudimos echar fuera a ese demonio?” Les respondió Jesús: “Porque les falta fe. Pues yo les aseguro que si ustedes tuvieran fe al menos del tamaño de una semilla de mostaza, podrían decirle a ese monte: ‘Trasládate de aquí para allá’, y el monte se trasladaría. Entonces nada sería imposible para ustedes”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Estamos ante un típico fragmento evangélico que presenta una vez más a Jesús en su actividad milagrosa sanadora, aspecto que produjo un fuerte impacto en las primeras comunidades cristianas. Éstas, inmersas en el ambiente judío y pagano, exaltaron la figura de Cristo como médico.

Aquí se trata de un caso especial. La enfermedad reviste formas patológicas de carácter psíquico, atribuibles, por consiguiente, a fuerzas malignas y superiores que no es difícil atribuir en este contexto religioso a la acción de Satanás, el enemigo de Dios y, por tanto, enemigo del hombre.

Para nuestra mentalidad científica, los síntomas descritos por el padre de este desgraciado muchacho presentan las características de una crisis de epilepsia. Jesús aparece una vez más, como sucede con frecuencia en estas primicias de su evangelización, en contraste implacable con el diablo, origen del mal y de todos los males.

La indicación de que los discípulos no han conseguido curar al muchacho sirve para dejar bien claro que Jesús cuenta con una evidente superioridad sobre ellos. Para estar a la altura de Jesús, para realizar sus mismos milagros, es preciso contar con una fe auténtica, fuerte, que permite a los discípulos identificarse con él, con su persona, su misión y su fuerza.

Sin embargo, su fe es todavía débil e insuficiente. Jesús, con unas palabras que tienen el sabor de la retórica y el lenguaje típicamente orientales, les invita a mostrarse atrevidos a la hora de pedir, a creer en su poder, hasta el absurdo. Les pide una fe capaz de trasladar montañas; y, en primer lugar, las de sus propios corazones.

 

[1]G.Zevini– P.G.Cabra– M.Montes, Lectio divina para cada día del año. 11., XI, 51-52.