Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Tenían hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerse los granos

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Wheat near Mount Nemrut, Eastern Turkey

 Tiempo Ordinario

Viernes de la XV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (12, 1-8)

Un sábado, atravesaba Jesús por los sembrados. Los discípulos, que iban con él, tenían hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerse los granos. Cuando los fariseos los vieron, le dijeron a Jesús: “Tus discípulos están haciendo algo que no está permitido hacer en sábado”.

El les contestó: “¿No han leído ustedes lo que hizo David una vez que sintieron hambre él y sus compañeros? ¿No recuerdan cómo entraron en la casa de Dios y comieron los panes consagrados, de los cuales ni él ni sus compañeros podían comer, sino tan sólo los sacerdotes? ¿Tampoco han leído en la ley que los sacerdotes violan el sábado porque ofician en el templo y no por eso cometen pecado? Pues yo digo que aquí hay alguien más grande que el templo.

Si ustedes comprendieran el sentido de las palabras: Misericordia quiero y no sacrificios, no condenarían a quienes no tienen ninguna culpa. Por lo demás, el Hijo del hombre también es dueño del sábado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Una de las características de los discípulos de Jesús es que viven libres del “yugo” de la rígida observancia de la ley y llevan el “yugo” suave y ligero de la misericordia de Dios que han de comunicar con alegría. El evangelio de hoy, nos presenta un caso.

Contemplamos la primera controversia sobre el estricto cumplimiento de la ley del descanso del sábado.

La escena acontece en el campo. Los interlocutores son los fariseos, que reprochan a Jesús que sus discípulos hagan en sábado lo que no está permitido por la ley, pues yendo de camino, cuando sintieron hambre «se pusieron a arrancar espigas y a comerse los granos».

Los fariseos se refieren sobre todo al hecho de “arrancar espigas“, oficio que estaba clasificado en el índice de lo que estaba prohibido hacer en sábado. Se fijan en lo que hicieron pero no en por qué lo hicieron: «tenían hambre y se pusieron a arrancar espigas». Tampoco se fijaron en la misericordia de Jesús que les permite romper la norma para remediar la necesidad.

Los fariseos esperaban que Jesús les hiciera caso y reprendiera a sus discípulos, pero no sucedió así. De hecho, si los discípulos hicieron esto fue porque los animó su Maestro.

En su respuesta a los fariseos, Jesús apela a la historia bíblica y los confronta con una sutileza recordándoles las excepciones de la ley, por ejemplo las que eximían a los sacerdotes del cumplimiento de algunas normas cuando estaban en el ejercicio de sus funciones en el templo; de manera que si el Templo dispensa de la Ley del descanso, ¿por qué no dispensar de una norma que impide la caridad?

Las afirmaciones de Jesús suenan a los fariseos como blasfemia; para los discípulos son ocasión de profundizar en la identidad y misión del Maestro: «aquí hay alguien más grande que el templo» y  «el Hijo del hombre también es dueño del sábado».

El Señor no quiere una observancia fría y exterior de las normas, sino el corazón del creyente; no hay que despreciar las normas, pero por encima de toda norma está la compasión, que es don de Dios y no una conquista propia.

El verdadero culto a Dios no está en los ritos externos sino en tener un corazón  como el suyo; esa fue la insistencia de los profetas. Cuando esto no se asume, fácilmente se cae en posturas condenatorias que pueden ser coherentes o justificarse con la norma escrita, pero están lejos de la prioridad de Dios que es la vida plena del hombre.

La auténtica experiencia religiosa apunta siempre a la comunión con Dios. Si bien el sacrificio del Templo tenía esta finalidad, no se podía olvidar que lo fundamental está en el corazón: Según eso, ¿cuál es el verdadero culto que Dios espera de mí: la misericordia o el rígido cumplimiento de la ley?

Si respondemos que lo que Dios quiere es el cumplimiento de la ley, no solo no nos sacrificaremos nosotros mismos a Dios, sino que sacrificaremos su amor y condenaremos a los que no tiene culpa.

 

 

 

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