Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: julio 2020

¿De dónde ha sacado éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos?

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rechazo 

Tiempo Ordinario

Viernes de la XVII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (13, 54-58)

En aquel tiempo, Jesús llegó a su tierra y se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal forma, que todos estaban asombrados y se preguntaban: “¿De dónde ha sacado éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos? ¿Acaso no es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre y no son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Qué no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde, pues, ha sacado todas estas cosas?” Y se negaban a creer en él.

Entonces, Jesús les dijo: “Un profeta no es despreciado más que en su patria y en su casa”. Y no hizo muchos milagros allí por la incredulidad de ellos. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Con el texto del evangelio que leemos hoy, comenzamos una nueva etapa en nuestro caminar de la mano del Evangelio de Mateo. Una vez que se ha expuesto cuál es la nueva visión que caracteriza a un discípulo de Jesús, éste es interrogado por su experiencia de fe.

Los próximos días, mientras leemos los siguientes cuatro capítulos de este evangelio encontraremos una serie de cuadros evangélicos en los que podemos confrontarnos sobre cómo es nuestra relación con Jesús.

El primer cuadro es el de la falta de fe en Jesús. El escenario su pueblo. Los protagonistas, sus paisanos que “se negaban a creer en él.” Es interesante notar que en la actitud de la gente se da un vuelco radical: al principio «todos estaban asombrados» después murmuraban y no creían.

Quienes viven este cambio de actitud ante Jesús no son las personas lejanas, los pecadores, los paganos, etc., sino precisamente aquellas personas que más estaban familiarizadas con el Señor: lo conocían desde niño en la pequeña aldea de Nazareth, allí no era ningún extraño, incluso se podía identificar bien a cada uno de los de su familia.

¿Cuál es el escándalo que cierra el corazón a la fe entre las personas más cercanas a Jesús? Está en ver en Jesús nada más que un hombre, una persona común y corriente, y por lo tanto un encantador que ofrece cosas que sería incapaz de realizar.

¿Por qué sucede esto? Es lo que se podría llamar el “escándalo de la encarnación”: la humanidad plena de Jesús puede llevar a familiarizarse tanto con Él de manera que, “ya no dice nada”, es decir, no consigue penetrar el misterio de su persona.  La familiaridad excesiva lleva a la rutina, la rutina a la superficialidad en el trato, la superficialidad a las resistencias ante la novedad del otro y, entonces, la resistencia cierra a la fe.

Es lo mismo que nos sucede con alguna frecuencia en las relaciones humanas: ponemos “etiquetas” a las personas y les negamos la oportunidad de mostrarnos algo novedoso de sí mismas. En la vida espiritual esto es peor ya que con Dios corremos el riesgo de caer en la actitud de la gente de Nazareth, esto es, caer en la rutina espiritual, perder el encanto y el sabor de los ‘cosas’ del Señor que son siempre novedosas, porque su misterio es sorprendente.

La fe supone fascinación por Dios que se descubre y se expresa en la apertura a la novedad que siempre está por revelarse. Si queremos conocer a Jesús es necesario que nos dejemos sorprender y que la maravilla que nos causan sus palabras y sus obras sea la pista para descubrir su verdadero origen en Dios y el gran valor de la obra que quiere realizar entre nosotros permanentemente.

Esta apertura de la fe es condición para que su actuar tenga efecto en y entre nosotros.  Digámosle hoy a Jesús: “Que todo mi ser se abra más a ti, Señor, para que tú obres más en mi”.

 

El Reino de los cielos se parece también a la red de los pescadores

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Jueves de la XVII semana

Textos 

+ Del evangelio según san Mateo (13, 47-53)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de los cielos se parece también a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces.

Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos.

Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación.

¿Han entendido todo esto?”. Ellos le contestaron: “Sí”.

Entonces él les dijo: “Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”.

Y cuando acabó de decir estas parábolas, Jesús se marchó de allí. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

El evangelio de hoy nos presenta dos pequeñas parábolas que nos ilustran muy bien en qué consiste el reino de los cielos: la red y el escriba que se ha hecho discípulo del reino.

La parábola de la red empieza con una mirada universal. La red es una y «echada en el mar atrapa peces de toda especie». Es como si Jesús quisiera recordarnos que el Reino de los cielos está abierto a todos. No se trata aquí de una red selectiva en la cual sólo entran algunos peces.

Posteriormente Mateo nos habla de pescadores y de selección. Ellos escogen y apartan los buenos de los malos. Los primeros los ponen en cestas y los segundos los tiran. Esto nos hace recordar la parábola del juicio final cuando el Juez coloca a las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda. No hay que perder de vista el pescador no decide qué pez es bueno o no, sólo verifica y separa. Lo mismo el Juez, no define o decide quién es oveja o cabrito, solo los distingue y separa.

A este punto es importante recordar que el don de la salvación es ofrecido a todos. También nos lo confirma el hecho de que la red la sacan solamente cuando está llena. Dios quiere que todos se salven pero respeta la libertad, quien opta por el mal opta implícitamente por su autodestrucción.

Antes de continuar su discurso Jesús, como queriendo captar la atención de sus oyentes, pregunta: «¿Lo han entendido todo?» y ellos le responden que sí. A la respuesta afirmativa de quienes lo escuchan Jesús añade la última parábola que nos aclara muchos aspectos.

Habla de un «escriba instruido en las cosas del Reino». Es interesante ver cómo Jesús, en esta parábola, ya no hace una comparación con el reino de los cielos, sino con uno que se ha hecho discípulo del reino. Si pasamos esta expresión por las parábolas anteriores podríamos afirmar que discípulo del reino es:

  1. Quien ha dejado que la semilla de la Palabra de Dios caiga en su vida como en un terreno fértil y produzca ciento, sesenta y treinta por ciento.
  2. Quien creciendo junto a la cizaña se ha mantenido como buen trigo que al final es llevado a los graneros del reino.
  3. Quien dejando que en su corazón crezca la Palabra de Dios, se ha hecho árbol frondoso capaz de ser casa para otros.
  4. Quien como buena levadura es capaz de fermentar la masa en el lugar donde se encuentra.
  5. Quien se desprende con alegría de todo lo que tiene, para adquirir el verdadero tesoro y la perla fina.
  6. Quien así obra será como el pescado bueno escogido y metido en la cesta.

¿Que es lo que hace de particular quien se ha hecho discípulo del reino?

El texto nos dice que se parece «al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas». Es interesante esta afirmación. No solamente saca cosas ‘nuevas’ rechazando lo que de alguna forma podría llamar ‘antiguo’. Es el equilibrio de quien sabe aprovechar todo sin aferrarse ni a las tradiciones antiguas ni a las novedades del momento. Sabe que todo esto puede servir para hacerse ‘discípulo del reino’.

 

 

 

Una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa

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29 de julio

Santa Marta

Textos

† Del evangelio según san Lucas (10, 38-42)

En aquel tiempo, entró Jesús en un poblado, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra. Marta, entre tanto, se afanaba en diversos quehaceres, hasta que, acercándose a Jesús, le dijo: “Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude”.

El Señor le respondió: “Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria.

María escogió la mejor parte y nadie se la quitará”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista Lucas coloca inmediatamente después de la parábola del buen samaritano el episodio de Marta y María, como si quisiera unir íntimamente las dos actitudes fundamentales del cristiano: amar a los pobres -el buen samaritano- y escuchar la Palabra de Jesús -María-.

En la Iglesia no hay expertos en caridad por una parte y expertos en oración por otra. Cada cristiano está llamado a amar a los pobres y a rezar. No se puede separar la oración de la caridad. Por eso Jesús quiso estigmatizar la actitud del sacerdote y del levita: no se puede servir al altar sin servir también a los pobres. Son dos cultos inseparables.

El Evangelio nos hace comprender la oración como escucha de la Palabra de Dios. María a los pies de Jesús representa la imagen de todo discípulo. El cristiano, efectivamente, es ante todo aquel que escucha la palabra del Maestro y la guarda en su corazón. Sí, el cristiano es una persona de oración. El discípulo, en definitiva, debe parecerse más a María que a Marta. Esta última se deja atrapar por un activismo que la aleja de escuchar la Palabra y hace que su alma, no irrigada por la Palabra, se endurezca y llegue a pervertirse hasta el punto de tildar de insensible al mismo Jesús.

El cristiano es siempre y sobre todo un discípulo del Señor. Esta es la definición más verdadera y profunda que se puede hacer de él. La forma de ser y de actuar del cristiano nace escuchando la Palabra de Dios. En la oración descubrimos que somos hijos, que podemos tratar de «tú» a Dios y confiar plenamente en él. Por eso se podría decir que la oración es la primera y la principal obra del cristiano. Lo es tanto la oración personal, que podemos hacer en cualquier parte, como la oración común.

En la oración aprendemos a amar al Señor, a los hermanos y a los pobres. El amor, en realidad, no nace de nosotros, de nuestro carácter ni de nuestras dotes naturales. El amor es un regalo de las alturas; es el mismo Espíritu de Dios que se vierte en nuestro corazón mientras nos ponemos con humildad y disponibilidad ante el Padre que está en los cielos.

Se podría concluir este pasaje evangélico con las palabras que Jesús dijo al doctor de la Ley en la parábola del buen samaritano: «Vete, y haz tú lo mismo». Sí, dejemos que María sea nuestro ejemplo y sabremos pararnos frente a los más pobres.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 374-375.