Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: junio 2020

No soy digno de que entres en mi casa

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centurión 3
Tiempo Ordinario

Sábado de la XII semana

Textos

+ Del evangelio según san Mateo (8, 5-17)
En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un oficial romano y le dijo: “Señor, tengo en mi casa un criado que está en cama, paralítico, y sufre mucho”. El le contestó: “Voy a curarlo”.
Pero el oficial le replicó: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; cuando le digo a uno: ‘¡Ve!’, él va; al otro: ‘¡Ven!’, y viene; a mi criado: ‘¡Haz esto!’, y lo hace”.
Al oír aquellas palabras, se admiró Jesús y dijo a los que lo seguían: “Yo les aseguro que en ningún israelita he hallado una fe tan grande. Les aseguro que muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos. En cambio, a los herederos del Reino los echarán fuera, a las tinieblas. Ahí será el llanto y la desesperación”.
Jesús le dijo al oficial romano: “Vuelve a tu casa y que se te cumpla lo que has creído”. Y en aquel momento se curó el criado.
Al llegar Jesús a la casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. Entonces la tomó de la mano y desapareció la fiebre. Ella se levantó y se puso a servirles.
Al atardecer le trajeron muchos endemoniados. El expulsó a los demonios con su palabra y curó a todos los enfermos. Así se cumplió lo dicho por el profeta Isaías: El hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El segundo milagro de Jesús también se realiza con un marginado. El centurión romano, en cuanto gentil o pagano, era considerado religiosamente impuro por el hecho de no pertenecer al pueblo de Israel. De él Jesús dirá: «No he encontrado en nadie una fe tan grande».

Las costumbres de la época enseñaban que los judíos no podían conversar con los gentiles ni tocarlos ni mucho menos entrar en sus casas. Por eso es sorprendente que Jesús desde el primer instante manifieste un vivo interés por entrar en la casa del romano: «Voy a curarlo». La intención de Jesús aparece como la respuesta pronta a la noticia de que el criado «sufría mucho». A una persona de la más baja categoría social ¡Jesús le da valor!.

Pero no sucede como Jesús planeó en un primer momento. El diálogo que sostienen Jesús y el centurión romano ocupa la mayor parte del relato. Sólo al final se dirá muy brevemente: «Y en aquel momento se curó el criado». En realidad lo que se coloca en primer plano es la fe del centurión. Llama la atención la manera como el romano expresa siempre más clara y decididamente su propia fe, y cómo Jesús la valora.

Veamos el proceso. En primer lugar, el centurión se aproxima a Jesús, no le formula ninguna petición, sino que –de forma breve y concisa- se limita a describir la dolorosa situación de su criado: «Señor, tengo en mi casa un criado que está en cama, paralítico, y sufre mucho». Desde el principio deja a Jesús tomar la decisión que considere conveniente. Llama la atención que el centurión se presenta ante Jesús casi como un papá preocupado por su hijo.

En segundo lugar. vemos la reacción del centurión. Cualquiera, en el lugar del centurión, se habría puesto contento ante la noticia: «Voy a curarlo» , que implica un “voy a entrar en tu casa”. En cambio, el centurión ve las cosas desde otro punto de vista: expresa una profunda y clara comprensión de su posición y de su poder. Al renunciar a la visita que le ofrece Jesús, está reconociendo –no sólo con palabras- sino efectiva y realmente, que Jesús tiene una dignidad superior y un poder indiscutible: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa”.

En tercer lugar, el centurión hace un parangón en el que refleja su manera militar de concebir la autoridad, lo cual le sirve de lenguaje para expresar que reconoce en Jesús un poder superior capaz de actuar con plena eficacia: «con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano».

Por su parte, Jesús, quien no tuvo ningún escrúpulo para tocar al leproso ni tampoco para decidir entrar en la casa del pagano, se detiene para apreciar con admiración la claridad objetiva y la sobria solidez de la fe del centurión. El centurión no dijo quién era Jesús, pero lo dio a entender de forma práctica y real: Jesús tiene poder para ayudar y curar, ¡el puede salvar!

Jesús toma posición ante la fe del centurión y se la valora: ¡Ésa es la actitud que se necesita para entrar en el Reino de los Cielos! El Reino aparece representado aquí en la mesa (del final de los tiempos) de los patriarcas. La novedad del Reino aparece en la imagen gráfica de unos que son admitidos y otros que son expulsados de la mesa. El pueblo de Abraham se reconoce por su “fe”. Juan Bautista y Jesús ya dijeron: una fe que da frutos. Pues bien, el centurión demostró la fe necesaria para la salvación, lo cual lo hace digno del pueblo de Dios.

Así, el Reino de Dios no tiene barreras, la única exigencia es la fe en Jesús y la aceptación de su propuesta de vida y fraternidad que ya comenzó a plantearse en el Sermón de la Montaña. Al final Jesús le responde dándole una orden a aquel que confió absolutamente en el poder de su palabra para alcanzar la salvación: «que se te cumpla lo que has creido».

[1] Cf. F. Oñoro. Una fe que sorprende hasta al mismo Jesús. Mateo 8, 15-17.

Sí quiero, queda curado

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curación 2Tiempo Ordinario

Viernes de la XII semana

 Textos

+ Del evangelio según san Mateo (8, 1-4)

En aquel tiempo, cuando Jesús bajó de la montaña, lo iba siguiendo una gran multitud.

De pronto se le acercó un leproso, se postró ante él y le dijo: “Señor, si quieres, puedes curarme”. Jesús extendió la mano y lo tocó, diciéndole: “Sí quiero, queda curado”.

Inmediatamente quedó limpio de la lepra. Jesús le dijo: “No le vayas a contar esto a nadie. Pero ve ahora a presentarte al sacerdote y lleva la ofrenda prescrita por Moisés para probar tu curación”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El capítulo 8 de Mateo abre la serie de los milagros de curación de Jesús, milagros que muestran su autoridad, superior a la de los maestros de la Ley y dotada de un carácter sacerdotal.

La primera intervención de Jesús es la purificación de un leproso, es decir, de una persona que, en cuanto afectada por la máxima modalidad de impureza, era considerada como excomulgada. Por consiguiente, se le impedía no sólo la convivencia con los hombres, sino también la comunión con Dios. Los evangelios, en efecto, a propósito de los leprosos, hablan siempre de «purificar», de «limpiar», no de «curar».

Jesús deja que el leproso -que, a causa de su enfermedad, debería mantenerse a distancia de todos y gritar: «¡Impuro, impuro!»- se le acerque. Jesús es sacerdote y médico: no teme el contacto con la impureza y sana al leproso.

Ahora bien, para que éste sea reintegrado en la asamblea de Israel, es preciso que el sacerdote lo declare limpio y lleve a cabo el rito de la purificación. Jesús le envía, por tanto, a presentar la ofrenda en el templo, mostrando con ello que ha venido no a abrogar la ley, sino a llevarla a su plenitud.

Curar la lepra es una acción exclusiva de Dios, señor de la vida y de la muerte. ¡Jesús es el Señor! El leproso curado, que manifiesta su fe en Jesús, Señor y Salvador, es figura de todo hombre que acude a Jesús para recibir el don de la vida, libre por fin de la muerte. Cristo ha venido precisamente a decirnos a cada uno de nosotros: «Quiero, queda limpio». (Zevini(10), p. 189-190)

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año. 10, X, 189-190.

Les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas

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sobre roca

Tiempo Ordinario

Jueves de la XII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (7, 21-29)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos.

Aquel día muchos me dirán: ‘¡Señor, Señor!, ¿no hemos hablado y arrojado demonios en tu nombre y no hemos hecho, en tu nombre, muchos milagros?’ Entonces yo les diré en su cara: ‘Nunca los he conocido. Aléjense de mí, ustedes, los que han hecho el mal’.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente, que edificó su casa sobre roca.

Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos y dieron contra aquella casa; pero no se cayó, porque estaba construida sobre roca.

El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, se parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre arena.

Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos, dieron contra aquella casa y la arrasaron completamente”.

Cuando Jesús terminó de hablar, la gente quedó asombrada de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelio nos presenta en el gran final del Sermón de la Montaña, un fuerte recordatorio de que lo que cuenta es nuestra vida interior, nuestro corazón y no nuestras palabras.

La Palabra de Jesús se muestra muy exigente; no hasta con decir, también es preciso cumplir la voluntad del Padre, que pide nuestra santificación en el amor: «Misericordia quiero y no sacrificio».

En efecto, el Maestro no reprocha la simple incoherencia, que nos sirve incluso de humillación y de motivo de constante conversión. Lo que Jesús denuncia es la autosuficiencia de quien se considera una persona de bien porque dice: «Señor, Señor», sin que Jesús sea en realidad el Señor de su vida. A la oración debe corresponderle un compromiso total con el cumplimiento de la voluntad del Padre «en la tierra como en el cielo». Al final, en efecto «ese día», se verá cómo hemos construido.

La parábola de la casa construida sobre la roca ilustra la actitud del verdadero creyente, es decir, del que pone en práctica la palabra que ha escuchado. Seremos necios o sensatos según dónde pongamos los fundamentos de nuestro edificio espiritual. El que los ponga en la arena se verá arrollado por las tempestades. Sólo el que construye sobre la roca de la Palabra, el que va edificando día tras día su vida, podrá convertir su morada en un lugar de encuentro con Dios y con los hermanos.

Los edificios necesitan cimientos sólidos. Una base arenosa es poco fiable. El mensaje aplica también a nuestra vida de fe, en tanto que tratamos de participar más activamente con Jesús. La palabra de Dios es la roca donde debemos construir. Mientras más profunda y sólida es la cimentación, más segura es la casa. El conocer al Señor y sus palabras nos ayuda a reconocer los caminos de Dios y a estar abiertos a la voluntad de Dios para con nosotros. Nos ayuda a vivir y hablar con la convicción que tuvo Jesús.

Al final, el texto subraya el estupor de la muchedumbre ante la enseñanza de Jesús que no remite, como hacían los maestros de la Ley, a una tradición precedente, sino que tiene en sí mismo la misma autoridad de Dios y lleva a cabo aquello para lo que Dios le ha enviado.

La gente estaba admirada por la enseñanza de Jesús, porque les enseñaba con autoridad, no como los escribas. Lo mismo nos pasa: nos conmovemos con palabras de personas realmente íntegras, antes que con un hermoso discurso hecho de palabrería que no está basada en hechos.

La Palabra de Dios sostiene e ilumina nuestras vidas día tras día. La sabiduría de Jesús es una roca de la verdad, en la cual podemos apoyarnos para tomar nuestras decisiones y compromisos. Leer lentamente la Palabra en nuestra oración diaria, nos permite recibir perspicacia y compasión para todo lo que hagamos en este día.

 

 

[1] Cf. G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año. 10, X, 181-182.