Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: junio 2020

Se levantó, dio una orden a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma.

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tempestad 2Tiempo Ordinario

Martes de la XIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (8, 23-27)

En aquel tiempo, Jesús subió a una barca junto con sus discípulos.

De pronto se levantó en el mar una tempestad tan fuerte, que las olas cubrían la barca; pero él estaba dormido.

Los discípulos lo despertaron, diciéndole: “Señor, ¡sálvanos, que perecemos!” El les respondió: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” Entonces se levantó, dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma.

Y aquellos hombres, maravillados, decían: “¿Quién es éste, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Después de leer el largo discurso de Jesús conocido como Sermón de la Montaña, en la sección que ahora consideraremos se muestra cómo la fuerza del Reino se revela a través de los signos o señales que Él hace. En los siguientes dos capítulos -8 y 9 de san Mateo- encontramos nueve milagros: la curación de un leproso, la curación del sirviente del centurión; la curación de la suegra de Pedro, la tempestad calmada, que consideramos hoy y otros cinco.

Los discípulos representan a los cristianos del tiempo de Mateo que, después de haberse hecho discípulos de Jesús, experimentan la adversidad y están a punto de perecer.

Seguir a Jesús supone afrontar una existencia insegura y llena de adversidades, en la que muchas veces los discípulos, hombres de poca fe, pierden la confianza. Jesús se lo reprocha y enseguida, con la actitud propia del resucitado -se levantó se dice en griego con la misma palabra que resucitó-, les muestra su poder sobre los elementos de la naturaleza para hacerles comprender que Él sigue en medio de ellos para salvarlos y alentarlos en su misión.

Jesús se despierta, no por las olas, sino por el grito desesperado de los discípulos. Se dirige a ellos y dice: _”¿Por qué tienen miedo? ¡Hombres de poca fe!”_ Luego, él se levanta, amenaza los vientos y el mar, y todo queda en calma.

Queda la impresión de que no era necesario aplacar el mar, pues no había ningún peligro. Es como cuando llegas a casa de un amigo, y el perro, que está junto al del dueño de la casa, empieza a ladrarte; sabes que no hay nada que temer porque tu amigo está presente y controla la situación.

¿Quién es Jesús para nosotros, para mí? Esta debe ser la pregunta que nos lleva a continuar la lectura del Evangelio, todos los días, con el deseo de conocer más y más el significado y el alcance de la persona de Jesús para nuestra vida.

 

 

 

Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías…”

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pedro y pablo29 de junio

 Santos Pedro y Pablo, Apóstoles

Textos

† Del evangelio según san Mateo (16, 13-19)

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.

Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Hoy celebramos a los santos apóstoles Pedro y Pablo. Una antiquísima tradición los asocia y recuerda el mismo día; uno y otro, por distintos caminos, partieron de Jerusalén y llegaron a Roma, capital del Imperio que en ese momento era la potencia mundial. Se trasladaron allí para animar a las comunidades que en ese lugar daban testimonio de Cristo, evangelizándola y allí sellaron con el martirio su ministerio apostólico.

Pedro caminó con Jesús de Nazaret recorriendo Galilea, lo siguió con generosidad, asumió el liderazgo entre sus compañeros, vivió un proceso de discipulado con momentos álgidos por su carácter obstinado. Acompañó al Maestro hasta el fin, o mejor, casi hasta el fin, cuando su debilidad lo llevó a negarlo; pero su fidelidad fue finalmente la del amor primero de Jesús, porque la mirada misericordiosa del Señor le llegó bien hondo y lo llamó de nuevo.

Pablo, a diferencia de Pedro, no caminó con Jesús, ni escuchó sus parábolas, ni compartió con Él la Cena. Más bien -a pesar de que escuchó hablar de él- lo que hizo fue combatir a los cristianos que propagaban su memoria y afirmaban su resurrección. También él experimentó la misericordia de Jesús Resucitado, que lo llamó en el camino de Damasco transformándolo en infatigable apóstol que abrió́ muchos y diversos caminos al evangelio y formó muchas de las comunidades que todavía hoy siguen inspirando las nuestras.

El entendimiento entre ellos no fue fácil. Ambos tuvieron que aprender los caminos de la “comunión”, que es núcleo del evangelio. Pablo cuenta con alegría como en la visita a Jerusalén Pedro, Santiago y Juan “nos tendieron la mano en señal de comunión” (Gál 2,9) pero también como luego tuvo que reprenderlo: “al ver que no procedía con rectitud, según la verdad del Evangelio.” (Gál 2,11-14).

La celebración de los santos apóstoles Pedro y Pablo no es secundaria. Cada uno de ellos, con su propio carisma, de Jerusalén a Roma, siguieron el camino de la Palabra, para que la Buena Noticia de Jesús muerto y resucitado pudiera ser escuchada por todos, y para que con su enseñanza la vida en Jesús resucitado tomara forma en los nuevos ambientes en los que penetraba el Evangelio. Su ministerio amasó el pan de la Iglesia con la levadura del Evangelio.

El evangelio de hoy se centra en la persona de Pedro, él nos dice quién es Jesús, y Jesús nos dice quién es Pedro, el lugar y tarea que tiene en la Iglesia.

Jesús es el Señor de la Iglesia, nunca la abandona, por ello le da una guía con autoridad; a Pedro corresponde hacer visible a Jesús, siendo signo de unidad y de comunión entre todos los que confiesan la misma fe y presidirlos en la caridad.

Pidamos en este día por el sucesor de Pedro, el Papa Francisco. Que Dios lo fortalezca, le dé salud, lo proteja de sus enemigos, lo conserve y le dé sabiduría para conducir a la Iglesia por el camino del evangelio.

El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

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Cruz y me siga Tiempo Ordinario

Domingo de la XIII semana Ciclo A

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (10, 37-42)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o su hija más que a mí, no es digno de mí, y 

El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.

Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.

Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

Este domingo, continuamos la formación de los apóstoles, que además de saber qué es lo que deben hacer, deben aprender a saber cómo hacerlo y una dimensión que no se puede descuidar es la de los “afectos”. Jesús enseña a sus discípulos a integrar los afectos más entrañables, los de la familia, en la vida apostólica.

Instrucciones acerca de la familia

Mateo se inspira en el profeta Miqueas que dice: «porque el hijo desprecia al padre, la hija se alza contra su madre, la nuera contra su suegra. ¡Sus propio parientes se convierten en enemigos!» (7,6) y nos presenta de manera reformulada el costo de la opción cristiana para las habituales relaciones familiares.

La ruptura familiar, que es uno de los fenómenos que caracteriza la tribulación final en la predicación profética de Miqueas, aparece anticipada para la hora misma en la cual se da el paso de la fe.

En la vida familiar, así como en muchos otros ámbitos de relación, se viven situaciones que se aceptan como normales, pero una vez que se ha conocido el evangelio de Jesús, éstas ya no pueden ser toleradas. Definitivamente el evangelio es un acontecimiento de vida que subvierte y transforma toda estructura social.

El encuentro con Jesús en principio lo que genera es una nueva capacidad de amar. Pero el verdadero amor es profético: no puede tolerar la injusticia, no se pude acomodar a lo que no es correcto. La experiencia de Dios tiene una gran capacidad para remover las estructuras más compactas, una de las cuales –quizás la más visible en la sociedad patriarcal israelita- es la familia.

Un segundo grupo de dichos que pronuncia Jesús, es más fuerte que el primero. La jerarquía de valores comienza a jugar su papel aquí: este breve texto nos introduce en la dinámica del seguimiento radical del Señor desde las mismas prioridades afectivas del discípulo. Jesús es el valor fundamental del discípulo. Él está por encima –se le “ama más”- de los más grandes amores que uno puede tener en la vida (papá, mamá, hijo, hija, la persona misma), si no el discípulo-misionero “no es digno de mí” (se repite tres veces en este pasaje).

De esta forma se vuelve a presentar la exigencia de romper con toda clase de seguridades, mientras que un nuevo horizonte se le abre a la vida del discípulo. Todo ello está simbolizado en el gesto de “tomar la cruz y seguir detrás de Él” (10,38), mediante el cual se deja de lado toda clase de intereses netamente personales para abrazar la Cruz como expresión de una vida toda ella entregada a la causa de Jesús.

Instrucciones acerca de la identificación de Jesús con sus misioneros

En la lectura que hicimos del Sermón de la Montaña, vimos cómo toda la primera parte se centra en mostrar que un verdadero hijo de Dios se parece a su Padre en su actuar (5,16). Ahora bien, lo mismo es afirmado en este capítulo misionero con relación a Jesús y sus discípulos: “Quien a ustedes recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado” (10,40).

El discípulo plenamente identificado con Jesús recibe aquí tres títulos:

Primero. Es “profeta”. Como ya vimos antes, el misionero se presenta como “profeta” de palabra exigente y clara, pero también como animador de la vida en Señor para todos sus hermanos.

Segundo. Es un “justo”, porque –por la vivencia de las bienaventuranzas- a aprendido la justicia nueva del Reino, la cual le enseña a sus hermanos.

Tercero. Es un “pequeño” del Reino que en su humildad se reconoce como persona siempre en crecimiento, necesitada de los demás, consciente que no basta con invitar a otros a entrar en el Reino sino entrar él primero. El hermano “mayor” de la Iglesia, que es su misionero que la ha formado y animado, no olvida nunca que él es un “pequeño” del evangelio.

Como misioneros que trabajan por la vida y el crecimiento de los demás, pidámosle al Dueño de la Mies que no se nos olvide nunca quiénes somos ante él: sus pequeños, sus justos y sus profetas al estilo de Jesús.

Qué el éxito no nos lleve a creernos más que los demás y que el fracaso nos aplaste. No demos ni un paso atrás en la entrega al Señor del Reino, así nos sobrevenga uno que otro sinsabor.

 

[1] F. Oñoro. Mateo 10, 34 – 11,1 El manual de los buenos obreros del Evangelio. CEBIPAL/CELAM: