Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Si me aman, cumplirán mis mandamientos

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El Greco. The Feast in the House of Simon, 1608/1

Domingo VI de Pascua

Ciclo A

Textos

† Del evangelio según san Juan(14, 15-21)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de verdad.

El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes.

No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes.

Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán.

En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes. El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama.

Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él”. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

Este domingo, el escenario de nuestra contemplación es una vez más el cenáculo; la atmósfera de emociones es de sentimientos encontrados por el dolor y la separación y el atisbo de consuelo que las palabras de Jesús dejan en el corazón de los discípulos. Jesús sabe bien que sus discípulos están conmovidos por el dolor de la separación y por la incertidumbre de lo que sucederá cuando Él ya no esté con ellos.

En el texto que leemos Jesús demuestra que así como no abandonó a sus discípulos, tampoco nos abandona a nosotros; que siempre estará presente; así como el Padre y Él son uno, así es uno con nosotros, y siempre vivirá entre nosotros. Jesús anuncia la venida del Espíritu de Verdad, que será de gran ayuda para sus discípulos y anuncia también su propia venida.

El mandamiento del amor, es el marco del texto que contemplamos. Lo que Jesús ha enseñado no se anula con su partida, sino que su enseñanza conserva validez para siempre. Sólo quien se atiene a sus mandamientos puede recibir el Espíritu y abrirse al amor de Jesús y del Padre. No se puede pretender amar a Jesús sin practicar sus mandamientos.

  1. Amar a Jesús y practicar sus mandamientos.

El amor de los discípulos por Jesús se manifiesta en el dolor que experimentan por la separación. La sinceridad de su deseo que Jesús permanezca entre ellos requiere la puesta en práctica de sus mandamientos, que también es expresión del amor por su maestro.

En el evangelio de Juan, la exhortación «ámense unos a otros como yo los he amado» es la única que se define prácticamente como mandamiento de Jesús. Al mismo tiempo, lo que Jesús hace de palabra y de obra, es algo que el discípulo está llamado a hacer: «el que crea en mí hará las obras que yo hago».

Por tanto, poner en práctica los mandamientos es tomarse en serio y con fe sus enseñanzas y orientar la propia vida y conducta, por su testimonio. Jesús permanece presente en su Palabra y en las exigencias que ella implica. Quien se deja guiar por la Palabra de Jesús, lo sigue, permanece unido a Él y conserva su amor.

El amor a Jesús no consiste en palabras, sentimientos o recuerdos, más bien se demuestra o verifica en la capacidad de escucha y en la obediencia a las enseñanzas del Maestro. El verdadero amor se traduce en seguimiento a Jesús, amarlo es adherirse a él y apropiarse su voluntad.

  1. La promesa del Espíritu consolador

Quien está unido a Jesús, de la manera como se ha descrito anteriormente, recibe por parte de Dios el don prometido: el Espíritu Santo.

Al Espíritu se le llama Paráclito, es decir consolador, abogado, ayudador.  Es ayuda divina para la vida de los discípulos; hace posible el seguimiento; capacita para vivir el mandamiento del amor; asiste a los discípulos en los momentos difíciles y en las tribulaciones. La acción del Espíritu Santo se describe con precisión: viene como un nuevo apoyo, Jesús se va pero deja su Espíritu.

Jesús habla de otro Paráclito. Hasta ahora Jesús lo ha sido; el ha apoyado a sus discípulos; se ocupó de ellos, se puso a su servicio, los guio, les dio ánimo y fortaleza. Como Buen Pastor, nunca los abandonó a su suerte, siempre estuvo con ellos. Ahora que se va, no quedarán solos, les dará el Espíritu Santo, que estará siempre con ellos, al lado de ellos y en ellos.

También se refiere al Espíritu como “Espíritu de la Verdad”. Con esta definición lo presenta como Aquel que hace permanecer a los discípulos en la “Verdad” transmitida por Jesús, es el que da testimonio de Él, como el que continúa con su ministerio terrenal y los protege de los falsos maestros y de las opciones equivocadas.

Quienes han rechazado a Jesús “no lo pueden recibir”. Sólo si creemos en Jesús y nos decidimos por cumplir sus mandamientos, estamos abiertos al Espíritu Santo, podemos recibirlo y experimentar su acción.

  1. El regreso de Jesús

Jesús asegura a sus discípulos que no quedarán “huérfanos”. La ausencia de Jesús no los dejará a la deriva, ni expuestos a la orfandad; por el contrario, la ausencia del Maestro da paso a la nueva presencia del Paráclito.

Jesús vivirá su pascua, su muerte, su resurrección y su ascensión al cielo, pero volverá. Anuncia su muerte y también su resurrección; Él mismo, resucitado vendrá a su encuentro y lo verán, como de hecho sucedió y lo contemplamos en los relatos pascuales.

Los discípulos no sólo verán al Señor, sino que participarán de su misma vida. La compañía permanente del Espíritu es para los que estén en comunión de vida con Jesús resucitado. Al Espíritu Santo lo percibe vivo el creyente que vive de la vida de Jesús resucitado, así como sucedió el día de la resurrección en que el Señor sopló sobre sus discípulos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo».

El mundo, quienes se oponen al plan de Dios, sabe que Jesús murió en la cruz, saben de su muerte pero no conocen su vida. Jesús volverá exclusivamente a sus discípulos y se les mostrará como el viviente. El día pascual es un día grandioso, pues en él se revela completamente Jesús: «aquel día, comprenderán que yo estoy en mi Padre y ustedes en mi y yo en ustedes».

Con la resurrección de Jesús se demuestra que Dios está junto a Él, aunque aparentemente haya estado ausente en la pasión; está junto a Él con todo su amor y su potencia, confirmándolo como Mesías y como Hijo amado y dejando claro que las obras que realiza en el nombre del Padre son auténticas.

La resurrección también hace evidente el vínculo que Jesús tiene con los discípulos: se muestra y se deja reconocer como el que Vive, sólo a ellos. El encuentro de los discípulos con el resucitado es un nuevo impulso y un fundamento duradero para creer todo lo que Él dijo de su unión perfecta con el Padre y sobre su vínculo indisoluble con ellos.

 

[1]F. Oñoro, Jesús no nos abandona. El mandato del amor y las promesas de Jesús.Lectio Divina Juan 14, 15-21, CEBIPAL/CELAM

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