Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Señor, ¿ a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna

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a quien iremos

Sábado III de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (6, 60-69)

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús dijeron al oír sus palabras: “Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?” Dándose cuenta Jesús de que sus discípulos murmuraban, les dijo: “¿Esto los escandaliza? ¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da la vida; la carne para nada aprovecha. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida, y a pesar de esto, algunos de ustedes no creen”.
(En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo habría de traicionar). Después añadió: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.
Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: “¿También ustedes quieren dejarme?” Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿ a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

El pasaje evangélico de este domingo cierra el «discurso sobre el pan» que Jesús hace en la sinagoga de Cafamaún. Había mucha gente escuchándole, además de los discípulos. Las palabras de Jesús, cuya intención era afirmar que Él «era» el pan y no que «tenía» el pan, no fueron aceptadas por la gente, que casi de inmediato se fue de la sinagoga. «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo? », fue la reacción de la gente, y también de los discípulos.

Sin duda el discurso de Jesús obligaba a aquellos oyentes a tomar una decisión: elegir entre estar con Jesús o vivir como siempre. Era un momento crucial también para el mismo Jesús. En la sinagoga de Cafarnaún se repetía, de manera nueva pero con la misma radicalidad, lo que le pasó al pueblo de Israel al llegar a Siquén, corazón de la tierra prometida y sede de un santuario nacional asociado al recuerdo de los patriarcas.

Josué reunió a todas las tribus y les dijo: «elijan hoy a quién han de servir», si a los ídolos paganos o al Dios liberador de la esclavitud de Egipto. Y el pueblo contestó: «Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses. Porque el Señor… es nuestro Dios». Fue una decisión fundamental para Israel, cuando se disponía a tomar posesión de la tierra que Dios le había dado. Y aquel día, eligieron bien.

En cambio, algunos discípulos de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún no eligieron bien. «Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con él», indica con amargura el evangelista. Jesús se volvió hacia los Doce (es la primera vez que aparece este término en el cuarto Evangelio) y les preguntó: «¿También ustedes quieren dejarme?». Este es uno de los momentos más determinantes de la vida de Jesús. Se habría podido quedar solo, a pesar del trabajo que había hecho para rodearse del primer núcleo del nuevo pueblo.

Pedro tomó la palabra en nombre de todos y dijo: «Señor, ¿ a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna». No dijo «adónde» sino «a quién» vamos a ir. Pedro, con estas palabras suyas, subraya aquella relación de intimidad con Jesús que caracteriza no solo la fe del discípulo sino toda su vida. Para ellos Jesús era un punto de referencia sin parangón; era superior a cualquier otro maestro; solo él tenía palabras de vida eterna. En nombre de los presentes, y también de los que vendrán,

Pedro contestó a Jesús que era su salvador. No lo habían comprendido todo, pero intuyeron la unicidad y la preciosidad de la relación con Jesús. Nadie jamás había hablado como él, nadie los había amado tan de cerca, nadie les había tocado tan profundamente el corazón. ¿ Cómo podían abandonarle? A diferencia de los discípulos que «ya no andaban con él», Pedro y los demás once continuaron siguiéndole, escuchándole, queriéndole, como sabían.

La salvación para aquellos Doce, como para los discípulos de todos los tiempos, no consiste en no tener defectos ni culpas, sino únicamente en seguir a Jesús. Las palabras de Pedro conservan hoy toda su fuerza. Sí, ¿a quién iremos también nosotros para encontrar palabras de vida?

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