Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: mayo 2020

Reciban al Espíritu Santo…

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Pentecostes 2

Domingo de Pentecostés

Textos 

† Del evangelio según san Juan (20, 19-23)

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado.

Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.

Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo llegamos a la conclusión de la Pascua con la Solemnidad de Pentecostés. Celebramos la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y sobre toda la Iglesia.

El Espíritu Santo es el don más grande que hemos recibido del Señor Jesús. Es el Espíritu quien hace nacer la Iglesia a partir de la aceptación y confesión de una misma fe en Jesús nuestro Señor y hace posible en ella la unidad en la diversidad de dones, carismas y ministerios.

El contexto

La escena evangélica que hoy contemplamos ocurre al atardecer del día de Pascua. El anuncio de Magdalena parece no haber encontrado eco en el corazón de los discípulos que, por miedo a los judíos, siguen encerrados en un cuarto con las puertas cerradas.

El primer encuentro de Jesús resucitado con su comunidad tiene dos momentos: en el primero, Jesús se manifiesta a su comunidad como Señor resucitado; en el segundo, Jesús les comparte su misma misión, su propia vida y su propio poder para perdonar pecados.

Jesús se manifiesta como Señor resucitado

Jesús realiza tres acciones: se coloca “en medio de ellos”, les da su paz: «La paz esté con ustedes»; les hace ver las marcas de su crucifixión: «les mostró las manos y el costado». Por su parte los discípulos, reaccionan con alegría: «Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.»

La presencia de Jesús resucitado es para los discípulos una experiencia pascual en primera persona; experimentan el “paso” de la tristeza a la alegría y del miedo, el desánimo y la frustración a la paz. Paz y alegría son los grandes dones del resucitado.

La paz y la alegría

Dos veces insiste en ello el texto que contemplamos. En el discurso de despedida, que recién hemos contemplado las últimas semanas del tiempo pascual,  había prometido a sus discípulos la paz: para superar la turbación y la cobardía les ofrece una paz distinta a la que da el mundo.

La paz que Jesús ofrece no significa para los discípulos que no tendrán dificultades, ya les había dicho: «en el mundo tendrán tribulaciones», significa más bien, seguridad y confianza en medio de ellas, al estilo del mismo Jesús que ya los había exhortado diciéndoles: «Ánimo, yo he vencido al mundo».

Pero la victoria, pasa por la cruz. Jesús muestra a sus discípulos las llagas de la pasión; el crucificado es el resucitado; el condenado a muerte la ha vencido. Las llagas de las manos y del costado, evocan al Buen Pastor, dispuesto a enfrentar al lobo para defender a su rebaño, son el signo del inmenso amor de Jesús por los suyos, por quienes dio la vida. Son las llagas de un Resucitado, por tanto, a los discípulos, no les faltará el amor; del cuerpo glorioso de Jesús manará en forma perenne el don del Espíritu Santo a todo el que se acerque a Él.

La reacción de los discípulos es lógica; es el gozo de quien se sabe amado y esa es la experiencia fundamental de la Pascua, constatar el amor fiel y misericordioso de Dios. La situación ha cambiado, mientras el mundo les infunde miedo, les hace encerrarse, ellos tienen de su parte al que ha vencido al mundo; por tanto, no deben cerrarse ante el mundo y sus desafíos, sino entrar en él llenos de confianza, de paz y alegría, compartiendo con todos los dones pascuales que los han transformado.

Jesús les comparte su misión

El resultado es inmediato: los discípulos se llenan de alegría. El miedo desaparece. Jesús renueva su don de la paz y lo extiende a toda la humanidad a través de la misión de los apóstoles. Los hombres y las mujeres de todos los tiempos están llamados a entrar en la paz de Dios reconciliándose con Él.

Jesús repite el saludo de paz. La paz del resucitado está asociada a la misión: «Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». Ahora a los discipulos corresponde dar a conocer Jesucristo y al Padre que lo envió; conducir a todos a creer en el Hijo, de manera que a través de Él entren en comunión con el Padre. Con el nuevo saludo de paz, les comparte su propia misión, vida y poder para perdonar pecados.

Para cumplir la misión les infunde su Espíritu

Para cumplir esta misión los llena de su Espíritu Santo . Llama la atención en este relato de efusión del Espíritu la referencia a este “soplo” de Jesús sobre sus discípulos: «Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo…».

Encontramos una alusión al “soplo vital de Dios” (en hebreo: “Ruah”) que actuó en los orígenes, cuando Dios creó el mundo y al hombre (cf. Gén 2,7): el Espíritu que Jesús Resucitado comunica es el principio de una nueva creación y de un nuevo pueblo.

Juan el Bautista ya lo había anunciado al inicio del evangelio: Jesús bautizaría en el Espíritu Santo. Hemos contemplado como Jesús lo infunde sobre todos desde la Cruz, lo desborda en el agua que mana de su costado y ahora, glorificado, lo sopla, como en la primera creación.

El Espíritu Santo principio de vida nueva

Con el Espíritu Santo, Jesús comunica una vida nueva que no pasa, que es pereene porque pone, a quienes lo reciben, en comunión plena con el Padre y el Hijo y les capacita para comprender su obra en el mundo y para ser testigos de ella. Él es el principio de la vida nueva que debe ser anunciada y comunicada a todo hombre.

Esta vida nueva no es posible sin la reconciliación con Dios, sin el perdón de los pecados. Y esta es la misión del nuevo pueblo de Dios: perdonar, tarea imposible si no se ha experimentado en carne propia el perdón, la respuesta amorosa de Dios que a pesar de nuestras infidelidad quiere para nosotros no la destrucción sino la plenitud de vida

Por medio del Espíritu Santo, los apóstoles entran a fondo en la misiòn de Jesús; Él fue presentado por el Bautista como el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” y así lo realizó en la Cruz, ahora, resucitado, envía a sus discípulos con la plenitud del poder para perdonar o remitir los pecados.

El perdón está asociado con la experiencia del Espíritu que purifica los pecados y en el cual se nace de nuevo “de lo alto”. También tendran el poder de “retener” los pecados, no en el sentido de una condena inapelable, sino en el de un renovado llamado a la conversión. Así es como la obra de Jesús, salvador del mundo, llega a todo hombre, comunicando la paz de Dios a quien lo acepta en su vida.

Por el don del Espíritu se renueva la vida, cuando con su impulso los hombres y las mujeres se convierten a Dios reconociéndose como creaturas; cuando con sus dones vencen la tentación de reemplazar a Dios erigiéndose en ídolos de si mismos y de los demás; cuando con su luz aceptan la verdad de la naturaleza humana con todos sus límites y posibilidades; cuando con su consejo se descubren capaces de renunciar a la violencia y de sofocar en si el deseo de la venganza.

El Espíritu Santo es el amor personal del Padre y del Hijo y amor quiere decir, vida, alegría, felicidad. Es Dios mismo que se entrega a los hombres y a las mujeres y les mueve interiormente para acoger su presencia y abrirse a los hermanos. Es la fuente de la santidad de la Iglesia su obra es salvar, sanar, exhortar, fortalecer, consolar.

El Espíritu Santo, actuando desde nuestro interior

  • Nos ayuda a identificarnos con Jesús, con sus palabras, gestos y acciones.
  • Abre nuestros oídos y corazones para que la Palabra cale hondo en nuestro interior.
  • Nos impulsa a ser mensajeros de la Buena Nueva.
  • Restaura en nosotros la imagen de Dios deteriorada por el pecado.
  • Hace posible que amemos y perdonemos a nuestros hermanos;
  • Nos incorpora al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia,
  • Da a nuestra existencia alegría, paz, verdad, libertad, comunión.
  • Hace fructificar nuestros esfuerzos porque nos precede en todo lo que hacemos.

 

[1] F. Oñoro, Lectio Divina La alegría de la fe en medio de la comunidad pascual, CEBIPAL/CELAM.

Domingo de Pentecostés

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Guía para la celebración de la Palabra en Familia

Portada Subsidio Domingo Pentecostés 31 Mayo 2020

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Tú, sígueme

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pedro y juan Sábado VII de Pascua

Textos

†Del evangelio según san Juan (21, 20-25)

En aquel tiempo, Jesús dijo a Pedro: “Sígueme”.

Pedro, volviendo la cara, vio que iba detrás de ellos el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había reclinado sobre su pecho y le había preguntado: ‘Señor, ¿quién es el que te va a traicionar?’ Al verlo, Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¿qué va a pasar con éste?” Jesús le respondió: “Si yo quiero que éste permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú, sígueme”.

Por eso comenzó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no habría de morir.

Pero Jesús no dijo que no moriría, sino: ‘Si yo quiero que permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?’ Ese es el discípulo que atestigua estas cosas y las ha puesto por escrito, y estamos ciertos de que su testimonio es verdadero.

Muchas otras cosas hizo Jesús y creo que, si se relataran una por una, no cabrían en todo el mundo los libros que se escribieran. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

El último pasaje del evangelio de Juan le da la ocasión a Jesús para pronunciar por última vez el imperativo de la vocación del discípulo: “Tú, sígueme

El contexto del pasaje no nos da el mejor ángulo de Pedro, se trata de una confrontación con el discípulo amado. Pedro le pregunta a Jesús: “Señor, y éste, ¿qué?”,en el sentido de “¿qué será de él?”.  Pedro, a quien Jesús le ha dado a entender que su destino es el martirio, quiere saber cuál será el destino de su compañero.

La respuesta de Jesús es dura: “Si yo quiero que éste permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?” ¿Cómo entender esta reacción?  Ante todo como una invitación a no compararse con los demás: Jesús tiene un camino para cada uno y ninguno es mejor ni peor. Pertenece a la soberana libertad de Jesús indicarle el camino del seguimiento a cada uno. Cada discípulo es invitado a apreciar y respetar el itinerario del otro.

El “Tú, sígueme” es, entonces, la norma de vida del discípulo: su mirada está siempre puesta en el Maestro y, desde ahí, acoge también el amor y estilo de relación que tiene con todos los discípulos.

En el “Tú, sígueme”, Pedro es llamado para hacer lo que Jesús le pida –como por ejemplo, el martirio- sin importar si no se lo pide a los demás. Es aquí donde la pureza de  alcanza su más alto grado.

Las palabras finales del evangelista, nos muestran que la obra de Jesús es infinitamente grande, que siempre nos sobrepasa: aún cuando creamos conocer el Evangelio, siempre hay novedades, hay sorpresas.  Ni siquiera el mismo Juan fue capaz de agotar en su evangelio lo que es el Misterio de Dios.

La profunda humildad que aprende Pedro en la última escena del evangelio es también la profunda humildad del evangelista, quien cierra su obra sabiendo que Jesús siempre le supera. Una actitud que lleva finalmente a la confianza, porque sabemos que, por una parte, el “testimonio es verdadero”, y por otra, que el Resucitado estará siempre ahí realizando las promesas que el evangelista nos hizo contemplar.