Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Yo soy el pan de la vida

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panPascua

Martes de la III semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (6, 30-35)

En aquel tiempo, la gente le preguntó a Jesús: “¿Qué señal vas a realizar tú, para que la veamos y podamos creerte? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo”.

Jesús les respondió: “Yo les aseguro: No fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo.

Porque el pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida al mundo”. Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”.

Jesús les contestó: “Yo soy el pan de la vida.

El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

El discurso del pan de vida que comenzamos a leer ayer desarrolla una catequesis basada en preguntas y respuestas. Cuando se lee despacio y con atención, se descubre el itinerario que se nos invita a recorrer. Jesús va conversando con la gente y la va llevando como si  estuviera subiendo una escalera: cada paso lleva a un nivel más alto.

Observemos el itinerario básico. En la primera parte de la catequesis sobre el pan de vida notamos los siguientes pasos: a) El nuevo encuentro con Jesús en “la otra orilla del mar”; b) purificar los motivos de la “búsqueda”; c) dar un salto cualitativo en la “búsqueda” dejándose orientar por la nuevas pistas dadas por Jesús; d) Hacer la comunión vivificante entre el hombre y Dios, acogiendo el “Pan  de Vida” que es Jesús.

Los dos primeros los consideramos ayer, hoy nos detenemos brevemente en los dos últimos puntos.

En primer lugar:, los interlocutores de Jesús, teniendo en cuenta que Jesús se presenta como el que “obra” de parte de Dios, se remiten inmediatamente a una de las grandes  acciones de Dios en favor de su pueblo durante el camino en el desierto y le piden que actúe de manera semejante. La multiplicación de los panes, les hizo recordar el don del maná en el desierto, cuando Dios alimentó milagrosamente al pueblo peregrino y lo salvó de morirse de hambre.

Los judíos interpelan a Jesús que les pide que “crean en el enviado” y lo desafían para que actúe igual que Dios, que en el desierto dio “pan del cielo” al pueblo de Israel. La respuesta de Jesús: “Es mi Padre quien da el verdadero pan del  cielo…” En su respuesta, con palabras precisas, Jesús abre los horizontes de la mente y el corazón de sus interlocutores para que puedan descubrir en su persona la presencia y la obra de Dios.

Al decir “es mi Padre el que da el verdadero pan del cielo”, se afirma que en la nueva pascua de Jesús, el Padre está ofreciendo un nuevo maná en el que no hay ambigüedades. Si bien el maná en  el desierto fue toda una bendición para “sobrevivir” y que les mató el hambre sólo por un tiempo; en el “pan” que ofrece Jesús, que es el pan que da el Padre, y del cual la multiplicación fue un primer signo, se ofrece un alimento  infinitamente superior que va más allá de la sobrevivencia y mata el hambre definitivamente, por eso es “verdadero pan”

Jesús les dice que el maná no había sido el verdadero pan de  Dios, sino apenas un símbolo. El “pan de Dios” tiene dos características: la primera, “baja del cielo” y la segunda, “da vida al mundo”.

La ultima etapa del diálogo de la gente con Jesús, es la petición y el ofrecimiento de ese pan que Jesús poco a poco ha hecho anhelar: “Señor, danos siempre de ese pan”; con esta súplica que parte del fondo del corazón, se deja entender que “Jesús” rebasa las expectativas de satisfacción de las necesidades vitales del  hombre. Por fin la gente ha entendido que no hay que buscar en el Maestro únicamente el pan terreno; se reconoce que él puede, y de hecho quiere, dar un regalo incomparablemente mayor que viene de lo alto.

En un determinado momento, la muchedumbre da la impresión de haber comprendido: «Señor, danos siempre de ese pan» (v. 34). Pero la verdad es que la gente no comprende el valor de lo que piden y anda lejos de la verdadera fe. Entonces Jesús, excluyendo cualquier equívoco, precisa: « Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no volverá a tener hambre» (v. 35). Él es el don del amor, hecho por el Padre a cada hombre. Él es la Palabra que debemos creer. Quien se adhiere a él da sentido a su propia vida y alcanza su propia felicidad.

 

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